martes, 15 de septiembre de 2009

Ni Agua, ni Luna

por:
OSHO

Índice

Capítulo 1 Ni Agua Ni Luna
Capítulo 2 Alojamiento a cambio de diálogo
Capítulo 3 “¿Ah, sí?”
Capítulo 4 La respuesta del muerto
Capítulo 5 El dedo de Gutei
Capítulo 6 “¿Por qué no te retiras?”
Capítulo 7 El Buda de la nariz negra
Capítulo 8 El que da, debería sentirse agradecido
Capítulo 9 Un filósofo pregunta a Buda
Capítulo 10 Ninakawa sonríe

CAPÍTULO 1

Ni Agua, Ni Luna


La monja Chiyono dedicó años al estudio, pero fue incapaz de alcanzar la iluminación. Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Mientras caminaba, contemplaba la luna llena reflejada en el agua del cubo. De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron, y el cubo se hizo pedazos. El agua se derramó, el reflejo de la luna desa¬pareció, y Chiyono se iluminó.
Más tarde escribió este poema:

De una y otra forma, intenté mantener íntegro el cubo,
esperando que el frágil bambú nunca se rompería.
De pronto, el fondo cedió.
Se derramó el agua; se acabó la luna en el agua
(vacío en mi mano).


La iluminación siempre es repentina: No hay un progreso gradual hacia ella, porque toda gradación es de la mente y la iluminación no es de la mente. Todos los grados pertenecen a la mente y la iluminación está más allá de ella. Así que no puedes acercarte a la iluminación, simplemente saltas dentro de ella. No puedes ir subiendo escalones; no hay escalones. La iluminación es como un abismo, o saltas o no saltas.
No puedes tener la iluminación por partes, por fragmentos. Es una totalidad -estás dentro o fuera de ella, pero no hay una progresión gradual-. Recuerda esto como una de las cosas más básicas: sucede de forma no fragmentada, completa, total. Su¬cede como un todo, y ésta es la razón por la que la mente es siempre incapaz de entender. La mente puede entender cual¬quier cosa que pueda dividirse, cualquier cosa a la que pueda llegarse a plazos, porque la mente es análisis, división, frag¬mentación. La mente puede entender las partes; el todo siem¬pre se le escapa. Por eso si escuchas a la mente nunca llegarás.
Esto es lo que ocurrió: esta monja, Chiyono, se dedicó a estudiar años y años y no sucedió nada. La mente puede estu¬diar acerca de Dios, acerca de la iluminación, acerca del ab¬soluto. Incluso puede pretender haberlo entendido todo. Pero Dios no es algo que tengas que entender. Incluso si lo sabes todo “acerca de” Dios, no lo conoces; el conocimiento no es "acerca de". Mientras digas "acerca de" seguirás afuera. Qui¬zás estés dando vueltas alrededor, pero no has penetrado en el círculo.
Cuando alguien dice "Sé acerca de Dios", está diciendo que no sabe nada de nada, porque ¿cómo vas a saber algo "acerca de" Dios? Dios es el centro, no la periferia. Puedes sa¬ber acerca de la materia, porque la materia no tiene centro, es sólo la periferia. No puedes saber nada acerca de la consciencia: no hay sí mismo, no hay nadie en su interior. La materia es sólo lo de fuera; puedes saber acerca de ella. La ciencia es conocimiento. La misma palabra ciencia significa conoci¬miento: conocimiento de la periferia, conocimiento de algo cuyo centro no existe. Siempre que te acercas al centro desde la periferia, aquél se te escapa.
Tienes que convertirte en ello; es la única manera de cono¬cerlo. Acerca de Dios, nada puede saberse. Tienes que ser; aquí el único conocimiento es el ser. Respecto del absoluto, todos los "acerca de" significan equivocarse una y otra vez. Tienes que entrar y hacerte uno con él.
Por eso Jesús dice: “Dios es como el amor”, no amante, sólo como el amor. No puedes saber nada acerca del amor, ¿o acaso puedes? Puedes estudiar y estudiar, puedes convertirte en un gran estudioso, pero no lo has tocado, no has entrado en él. El amor sólo puede ser conocido cuando te conviertes en amante. Y no sólo esto: el amor únicamente puede ser conoci¬do cuando te conviertes en amor. Hasta el amante desaparece, porque también él/ella pertenece al exterior. Dos personas enamoradas se ausentan. No están ahí. Sólo existe el amor, el ritmo del amor. Quizás son los dos polos del ritmo, pero ellos no están ahí. Algo del más allá ha tomado cuerpo. Ellos han desaparecido.
El amor existe cuando tú estás vacío. El conocimiento existe cuando estás lleno. El conocimiento pertenece al ego, y el ego nunca puede penetrar en el centro; es la periferia. La periferia sólo puede conocer la periferia. No puede conocer algo que pertenece al centro mediante el ego. El ego puede es¬tudiar, el ego puede hacerte un gran erudito, acaso un erudito religioso, un gran pandit. Puedes saber todos los Vedas, todos las Upanishads, todas las Biblias y los Coranes, y sigues sin saber nada -porque no es conocimiento de afuera, es algo que sucede cuando has entrado y te has convertido en uno.

La monja Chiyono dedicó años al estudio...

Podría haber estudiado durante vidas. Has estudiado du¬rante muchas vidas. Has ido dando vueltas y más vueltas, en redondo. Pero cuando uno va dando vueltas en redondo, se crea una gran ilusión: crees que avanzas. Siempre crees que te mueves, pero no estás yendo a ninguna parte, porque estás dando vueltas. Vas repitiendo. Por eso los hindúes han llama¬do a este mundo samsara, que significa la rueda, el círculo. Te mueves y te mueves y te mueves, y nunca llegas a ninguna parte, y siempre crees que estás llegando. «El destino está ya cerca, porque he caminado tanto...». Intenta caminar en un gran círculo. Nunca puedes verlo como un círculo, porque sólo conoces una parte del mismo, y para ti siempre es una ca¬rretera, un camino. Esto es lo que ha venido sucediendo du¬rante muchas vidas.
Chiyono estudió y estudió, pero fue incapaz de alcanzar la iluminación -no porque la iluminación sea difícil, sino por¬que estudiarla es un craso error-. Vas por un camino equivo¬cado. Es como si alguien intentara entrar en esta habitación por la pared. No es, que entrar en esta habitación sea difícil, pero tienes que entrar por la puerta. Si lo intentas por la pared, parece difícil, casi imposible. No lo es. Eres tú el que va por un camino equivocado. Son muchos, muchos los que al co¬menzar el viaje empiezan por el estudio, por el aprendizaje, por el conocimiento, la información, la filosofía, los sistemas, la teología. Comienzan por el "acerca de"; así que están lla¬mando a la pared.
Jesús dice: «Llamad, y la puerta se os abrirá». Pero, por fa¬vor, comprueba si es o no una puerta. No vayas llamando a la pared, pues si es así no se te abrirá ninguna puerta. Y en reali¬dad cuando llamas a la puerta, cuando de verdad te acercas a la puerta, verás que ha estado siempre abierta. Siempre te ha estado esperando. Una puerta es una espera, una puerta es una bienvenida, una puerta es una receptividad. Te ha estado es¬perando, y has estado llamando a la pared. ¿Qué es la pared? Cuando empiezas por el conocimiento y no por el ser, estás llamando a la pared.
¡Conviértete!, ¡sé! No acumules información. Si quieres conocer el amor, sé un amante. Si quieres conocer a Dios, sé meditación. Si quieres entrar en el infinito, sé oración. ¡Pero sé! No sepas acerca de la oración. No intentes acumular lo que otros hayan dicho acerca de ello. Aprender no te ayudará; al revés, lo que te ayudará es desaprender. Olvida todo cuan¬to sepas para poder saber. Olvida toda información y todas las escrituras, olvida todos los Coranes y las Biblias y las Gitas; son los obstáculos, son la pared. Y si sigues llamando a la pa¬red, estas puertas nunca se te abrirán, porque no son puertas, y la gente va llamando al Corán, a los Vedas, a la Biblia, y ninguna puerta se abre. Estudian y estudian, y les sucede lo que a la monja Chiyono:

dedicó años al estudio, pero fue in¬capaz de alcanzar la iluminación.

¿Qué es la iluminación? Es darte cuenta de quién eres. No tiene nada que ver con el mundo exterior. No tiene nada que ver con lo que otros han dicho. Lo que otros han dicho es irre¬levante. ¡Estás ahí! ¿Para qué ir y consultar la Biblia, y el Co¬rán, y la Gita? Cierra los ojos, y ahí estás tú, en tu infinita glo¬ria. Cierra los ojos y las puertas están abiertas. Como estás aquí, no necesitas preguntar a nadie. Preguntas..., entonces errarás. El mero hecho de preguntar demuestra que crees estar en algún otro sitio. El mero hecho de preguntar demuestra que pides un mapa. Y para el mundo interior no hay mapa, no es necesario, porque no te diriges a un destino desconocido.
En realidad, no te mueves en absoluto. Estás ahí. Tú eres el destino. No eres el que busca, eres la iluminación. ¿Pues qué es la iluminación? Un estado -cuando buscas afuera- es au¬sencia de iluminación; otro estado -cuando buscas adentro¬ es iluminación. Por lo tanto la única diferencia está en el en¬foque. Si enfocas afuera, no estás iluminado. Si enfocas aden¬tro, estás iluminado. Así que todo consiste en un giro.
La palabra cristiana conversión es preciosa, pero la han uti¬lizado de una manera horrible. Conversión no significa hacer un cristiano de un hindú, o un hindú de un cristiano. Conversión significa un giro. Conversión significa volverse hacia la fuente, hacia adentro; entonces eres converso. Y tu consciencia puede fluir en dos direcciones, hacia afuera y hacia adentro; la corriente de tu consciencia puede fluir en estas dos direcciones. Hacia afuera, puede fluir durante muchas, muchas vidas -nun¬ca llegará a su destino, porque el destino está en la fuente-. El destino no está enfrente, está detrás. El destino no se encuentra en un lugar adonde hayas de llegar, sino en un lugar que ya has abandonado. El origen es el destino. Esto debe ser comprendi¬do muy profundamente. Si puedes retroceder hasta tu primer punto de partida, llegas al destino.
La iluminación es llegar al origen, y el origen está dentro de ti; la vida está allí fluyendo, latiendo, palpitando continuamen¬te en tu interior. ¿Por qué preguntar a otros? Estudiar significa preguntar a otros. ¿Preguntar sobre ti mismo y preguntar a otros? Es una excelente estupidez. Es un absurdo absoluto pre¬guntar sobre ti mismo y preguntar a otros. Esto es lo que signi¬fica estudio: buscar la respuesta. iY tú eres la respuesta!

Chiyono dedicó años al estudio, pero fue incapaz de al¬canzar la iluminación.

Es natural, obvio. No es nada raro. Estaba buscando afue¬ra, estudiando.
Otra cosa que hay que recordar: tu ser es vida, y ninguna escritura puede estar viva. Las escrituras están muertas irre¬misiblemente. Las escrituras son cadáveres, y estás pregun¬tando a los muertos acerca de tu vida. Ellos no pueden res¬ponderte. Krishna no te ayudará mucho, ni Jesús -excepto si te conviertes en un Krishna, o en un Jesús-. Los muertos no pueden dar respuestas sobre la vida. Y si piensas que vas a en¬contrar la respuesta, te verás más y más lastrado por las res¬puestas, y la respuesta seguirá siéndote desconocida. Esto es lo que sucede a un hombre que está estudiando, que es un pen¬sador, que es un filósofo. Se ve lastrado por sus propios es¬fuerzos, palabras y palabras y palabras, y está perdido. Y la respuesta estaba ahí desde el principio. Sólo se necesitaba un giro.
No, nadie te responderá. No acudas a nadie, acude a ti mis¬mo. Un maestro lo único que puede hacer es ayudarte a llegar a ti mismo, esto es todo. Ningún maestro te puede dar la res¬puesta, ningún maestro te puede dar la llave ahí, sólo puede ayudarte a mirar hacia dentro, esto es todo. La llave está ahí, el tesoro está ahí, todo está ahí.

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Mien¬tras
caminaba, contemplaba la luna llena reflejada en el agua del cubo.
De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron,
y el cubo se hizo pedazos. El agua se derramó, el reflejo
de la luna desapareció, y Chiyono se iluminó.

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Tam¬bién tú acarreas un cubo muy, muy viejo, lleno de agua. Es tu mente, llena de pensamientos. Es lo más viejo que arrastras, casi muerto.
La mente siempre es vieja, nunca es nueva. No puede ser¬lo, por su misma naturaleza, porque mente significa memoria. ¿Cómo puede la memoria ser nueva? La mente significa lo conocido. ¿Cómo puede ser nuevo lo conocido? La mente significa el pasado. ¿Cómo puede ser nuevo el pasado? Ob¬serva tu mente: todo cuanto acarrea es viejo, muerto. En el momento en que conoces, ya ha pasado. Cuando reconoces algo que has conocido, ya se ha ido. No está aquí ahora, ha en¬trado en el mundo de lo muerto.
Así que la mente, por su propia naturaleza es vieja, y nun¬ca nace nada original de ella. La mente no puede ser original, sólo puede ser repetitiva. La mente va repitiendo. Puede repe¬tir algo de mil maneras diferentes, incluso con palabras nue¬vas, pero sigue siendo lo mismo. La mente no puede conocer, no puede ir al encuentro de lo fresco, lo joven, lo nuevo. Siempre que te encuentras con lo fresco, lo joven, lo nuevo, tienes que prescindir de la mente, porque sólo entonces tus ojos no están llenos del pasado, del polvo del pasado; enton¬ces tu espejo puede reflejar lo que está aquí ahora.
Lo nuevo nace de la consciencia, no de la mente. La consciencia es tu fuente más honda. La mente es el polvo acumu¬lado en tus muchos viajes, como si nunca te hubieras bañado, y has estado viajando y viajando y todo se ensucia y el polvo se acumula y nunca te has bañado. Tu mente no se ha bañado nunca. Tú te aferras a ella, pero está completamente sucia. Los métodos de meditación sirven para bañar esta mente, to¬mar un baño, el baño interior, para eliminar el polvo y que la consciencia escondida aflore a la superficie y pueda contactar con la realidad.
La realidad está ahí, tú estás ahí, pero no hay contacto por¬que entre tú y la realidad está la mente. Todo cuanto ves, lo ves a través de la mente. Todo cuanto oyes, lo oyes a través de la mente -así que estás casi sordo, casi ciego-. Jesús repite a sus discípulos: «Si tenéis oídos para oírme, oídme. Si tenéis ojos para ver, ved». Todos ellos tenían ojos como tú. Todos ellos tenían oídos como tú. Pero Jesús sabía, como yo sé, que estás sordo, que estás ciego.
Cuando oyes a través de la mente, no estás oyendo, porque la mente interpreta, la mente colorea, la mente cambia, se mezcla ella misma; y cuanto te llega ahora ya es viejo. La mente ha llevado a cabo su truco. Ha dado su propio signifi¬cado, la interpretación. Ha comentado.
Por eso, excepto si te conviertes en un oyente correcto... Escuchar correctamente significa tener la capacidad de escu¬char sin la mente. Espectador correcto es el que tiene la capa¬cidad de mirar sin la mente, la capacidad de mirar sin inter¬pretar, juzgar, condenar; sin evaluación, sin decir sí o no. Cuando te hablo, hasta puedo ver tu mente afirmando o ne¬gando. Pese a que el gesto sea invisible, puedo verlo. Quizás no te des cuenta, a veces dices sí -la mente ha interpretado-. A veces dices no -la mente ha interpretado, la mente se ha presentado, y está evaluando-. Te lo has perdido.
Al escuchar sin juzgar, de repente te das cuenta de que la mente ha sido el único problema. Es vieja, algo que hay que recordar, y nunca puede ser nueva. Así que nunca pienses que tienes una mente original. Ninguna mente puede ser original, todas son viejas, repetitivas. Por eso a la mente siempre le gusta la repetición, y está siempre contra lo nuevo. Como la mente ha creado la sociedad, ésta lucha siempre contra lo nue¬vo. La mente ha creado el estado, la civilización, la moral, re¬alidades, están contra lo nuevo.
Todo lo creado por la mente se hallará siempre enfrentado a lo nuevo. No puedes encontrar nada más ortodoxo que la mente.
Con la mente, no es posible ninguna revolución. Por lo que, si eres un revolucionario que se vale de la mente, no te engañes a ti mismo. Un comunista no puede ser revolucionario, porque nunca ha meditado. Su comunismo se encuentra dominado por la mente. Ha cambiado de biblia, no cree en Jesús, cree en Marx, o cree en Mao, la última edición de Marx, pero cree. Es tan ortodoxo como cualquier hindú, católico o musulmán. Es la misma ortodoxia, porque la ortodoxia no depende de aquello en lo que crees, depende de si crees a través de la mente; la orto¬doxia se halla subordinada a la mente. Este es el elemento más ortodoxo del mundo, el más conformista. .
Así pues, debes saber que nada de lo que crea la mente puede ser nuevo, siempre será viejo y estará contra lo nuevo; será siempre contrarrevolucionario. Por eso en el mundo no hay más revolución que la religiosa; no puede haber otro tipo de revolución porque sólo la religión llega a la misma fuente. Abandona la mente, el viejo cubo, y verás que de repente todo será nuevo, porque tu mente lo estaba haciendo todo viejo mediante su interpretación. De pronto vuelves a ser un niño. Tus ojos son frescos y jóvenes, miras las cosas sin conoci¬miento; sin erudición. El verdor de los árboles es más intenso, ha cambiado -no es mortecino, está vivo. De pronto el canto de un pájaro es totalmente distinto.
Esto es lo que está experimentando mucha gente mediante las drogas. Por ello estas sustancias fascinaron tanto a Aldous Huxley porque, por un instante, o a veces durante un tiempo más largo, anulan la mente activando determinados procesos químicos. Miras el mundo, ahora los colores son simplemen¬te milagrosos. Nunca habías visto nada igual. Una flor se con¬vierte en toda la existencia, es portadora de toda la gloria de la divinidad. Una hoja se vuelve tan profunda, como si toda la verdad se revelara a través de ella. Todas y cada una de las co¬sas cambian inmediatamente. La droga no puede cambiar el mundo; sólo aparta a un lado por un momento tu mente.
Te vuelves adicto cuando la mente ha absorbido la droga también. Sólo una vez, al principio, por vez primera, o dos o tres veces, puedes engañar a la mente químicamente, pero lue¬go, poco a poco, la mente integra la droga, recobra su dominio. Se pierde el impacto original. Se vuelve adicta a la droga, y la pide; esta exigencia parte de la mente. Ahora, no podrás rele¬gar a un lado la mente ni siquiera con sustancias químicas. Te habrás convertido en un adicto. Los árboles volverán a ser viejos, los colores ya no serán tan radiantes, las cosas tornarán a ser mortecinas. La droga te ha matado; no ha podido matar a la mente.
La droga supone un tratamiento de shock que afecta a la parte química del cuerpo y produce un desajuste. Se abren grietas; puedes mirar a través de ellas, pero esto no puede convertirse en un ejercicio. No puedes jugar con la droga. Tar¬de o temprano se convierte en parte de la mente; y ésta toma el control. Entonces todo envejece de nuevo.
Sólo la meditación puede matar a la mente, nada más. La meditación es el suicidio de la mente, la mente suicidándose. Si puedes dejada a un lado, sin productos químicos, sin me¬dios físicos, entonces tú te conviertes en el amo. Y cuando esto ocurre, todo es nuevo. Siempre ha sido así. De principio a fin todo es nuevo, joven, fresco. La muerte nunca ha tenido lugar en este mundo. Es la vida eterna.

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua...

Estás acarreando el viejo cubo lleno de agua. La mente es el viejo cubo, y los pensamientos son el agua. Y como valoras tanto los pensamientos, no puedes deshacerte de este viejo cubo. Porque ¿qué les pasaría entonces a tus pensamientos? Te agarras a ellos como si fueran una fuente muy honda de felici¬dad, una fuente profunda de silencio; como si a través de los pensamientos pudieras conseguir la vida y los tesoros que se ocultan en ella. Nunca has logrado nada así a través de los pen¬samientos. Esa es una absurda esperanza.
¿Qué has conseguido gracias a los pensamientos? Nada, excepto ansiedad, tensión. Pero te aferras a ellos, esperando que un día u otro, en algún momento futuro, te lleven a la ver¬dad. Hasta el momento, nada semejante ha sucedido, y no va a suceder nunca, porque la verdad, no es nada que pueda pen¬sarse. Está ahí. Sólo tienes que mirar. No es preciso pensar acerca de ella. Será necesario pensar si no está ahí, si tanteas en la oscuridad. Pero en la existencia no hay oscuridad; la existencia es absoluta luz. No tienes que andar a tientas. Estás tratando de reconocer las cosas con los ojos cerrados innece¬sariamente, y piensas: «Si dejo de hacerlo, me perderé». Pen¬sar es tantear.
Meditar es abrir los ojos. Es mirar. Por eso los hindúes lo han llamado darshan, que significa "mirar", mirar a, no pen¬sar en. El mero mirar transforma. Pero llevas pensamientos en ese viejo cubo al que vas remendando, cuidando: ¿qué pa¬saría con tus valiosos pensamientos si tu cubo se rompiera? Tus pensamientos no valen nada.
Un día haz un pequeño experimento. Cierra tus puertas, siéntate en la habitación y empieza a escribir tus pensamien¬tos, todo lo que te pase por la mente. No los cambies, porque no tienes que enseñar este trozo de papel a nadie. Simplemen¬te ve escribiendo durante diez minutos y luego míralos: ahí tienes tus pensamientos. Si los miras, creerás que es la obra de un loco. Si le enseñas a tu íntimo amigo ese trozo de papel, también te mirará y pensará: «¿Te has vuelto loco?». Y él está también en la misma situación. Pero nos dedicamos a ocultar la locura. Tenemos rostros, y tras ellos somos unos locos.
¿Por qué valoras tanto estos pensamientos? Te has vuelto adicto a ellos -son una droga, son químicos-. Recuerda: pensar es algo químico, una droga. Siempre que empiezas a pensar entras en una especie de sueño hipnótico. Por eso te has vuel¬to adicto, pensar es como tomar opio: puedes olvidarte del mundo, de las preocupaciones, de las responsabilidades. Sim¬plemente inicias otra clase de mundo en tu interior: soñando, pensando.
Quienes han estado trabajando durante mucho tiempo en la ciencia de los sueños dicen que dormir es necesario para poder soñar. Y cuando les preguntas por qué son necesarios los sue¬ños, dicen que sirven para mantenerse sano, porque en los sue¬ños puedes echar afuera tu locura. Toda la noche es una catar¬sis. Durante el sueño liberas tu locura, y por el día puedes mantener un comportamiento sano, ya volverás a actuar loca¬mente. Los expertos dicen que si se te privara de tus sueños durante unos días te volverías loco, porque no habría catarsis y la locura empezaría a salir. Explotarías. Durante la noche sueñas -es una catarsis-, durante el día piensas -esto también es una catarsis, y te ayuda a dormir-. Es una droga. No tienes que preocuparte de lo que esté suce¬diendo. Simplemente te encierras en tus pensamientos. Ade¬más los conoces bien, te sientes a gusto con ellos, te sientes como en tu propia casa; no importa cuán sucia y vieja sea, has vivido en ella tanto tiempo que te has acostumbrado. Te has acostumbrado a tu cárcel. Les sucede a los prisioneros: si es¬tán en la cárcel durante mucho tiempo, tienen miedo de salir, les da miedo la libertad porque les traerá nuevas responsabili¬dades. Salir de la mente significa libertad absoluta, los hindú¬es lo han llamado moksha. No hay nada semejante: la cárcel queda destruida, estás simplemente bajo el cielo infinito. Te asalta el miedo; quieres volver a tu hogar, tu cómodo hogar, con paredes, con vallas.
Sientes temor ante el infinito porque se parece a la muerte. Te has acostumbrado a lo finito, con fronteras evidentes, distin¬ciones claras. Por eso no puedes prescindir de los pensamien¬tos, no puedes deshacerte del cubo. En vez de ello, vas hacien¬do el cubo más y más grande, y es como tu vientre: cuantos más pensamientos metes dentro, más se expande. Y el vientre pue¬de estallar si comes demasiado, pero la mente no.
Una mente ordinaria puede contener todas las bibliotecas del mundo. En tu cabecita hay setenta millones de células, y cada una de ellas puede contener por lo menos un millón de elementos de información. Todavía no se ha inventado un or¬denador que pueda ser comparado con tu mente. Dentro de tu cabecita, llevas todo el mundo. Y sigue expandiéndose.
Chiyono estudió y estudió, puso más y más agua en el vie¬jo cubo. No pudo alcanzar la iluminación. Pero:

Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Mien¬tras
caminaba, contemplaba la luna llena reflejada en el agua
del cubo.

La luna llena estaba alta en el cielo, y se reflejaba en el agua, en el cubo, y ella la miraba. Esto es lo que le sucede a todo el mundo. No es un cuento, no es una anécdota, es un he¬cho, te está sucediendo a ti. Nunca has mirado la luna llena. No puedes. Siempre miras la luna reflejada en tu agua, en tus pensamientos. Por esto los hindúes, en particular Shankara, han dicho: todo cuanto conoces es maya, ilusión. Es como si estuvieras mirando la luna en el agua, un reflejo, no la luna verdadera. Y piensas que es la luna.
Todo cuanto ves, lo ves a través del reflejo. Tus ojos refle¬jan; tus ojos no son sino espejos. Tus oídos reflejan. Todos tus sentidos son espejos, reflejan. Y luego está el mayor espejo de todos, tu mente; refleja. Y no sólo eso, también comenta, in¬terpreta. Junto y en paralelo con el reflejo, ofrece un comen¬tario. Distorsiona.
¿Has visto espejos que distorsionen? No hace falta ir a nin¬gún sitio, tienes uno en tu interior; tu mente lo distorsiona todo. Todo cuanto hasta el momento has conocido, no ha sido la luna real en el cielo, porque con este viejo cubo lleno de agua, ¿cómo puedes mirar la luna real? Vas mirando el refle¬jo y el reflejo es ilusorio. Éste es el significado de maya, ilu¬sión. Todo cuanto conoces es maya, es apariencia, no lo real. Lo real aparece sólo cuando el cubo se rompe, entonces el agua se escapa, el reflejo desaparece.

De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron,
y el cubo se hizo pedazos.

Sucedió de pronto; fue como un accidente. Intenta enten¬der este fenómeno. La iluminación es siempre como un acci¬dente porque es impredecible: no puedes conseguirla, no pue¬des disponer las cosas para que se dé la iluminación, no puedes hacer que suceda. Si pudieras hacerlo, la iluminación no podría ser algo más allá de la mente, sería sólo una trampa de la mente. Mucha gente lo intenta. Hacen esto y lo otro, cre¬ando la causa para que la iluminación suceda, pero no se trata de algo causal. Si la causas no pueden ser más grande que tú. Si la causas, es absolutamente inútil. Ocurre, no puede ser causada. No es una continuidad de tu mente, es un abismo dis¬continuo. De repente no estás ahí y ella está ahí. ¿Cómo po¬drías conseguirla? Si la consigues, tú estarás ahí.
Cuando Gautama Siddharta se iluminó, se convirtió en un buda. ¿Era el mismo hombre? ¡No! Si el mismo hombre se ilumina... eso es imposible. La continuidad se rompe; el hombre viejo simplemente ha desaparecido. Éste es un hom¬bre absolutamente nuevo. Gautama Siddharta, el príncipe que había dejado su palacio, su mujer y su hijo, ya no está allí. Aquel ego ya no existe; aquella mente ya no existe. Aquel hombre viejo ha muerto -el viejo cubo se ha roto-. Ahora éste es absolutamente nuevo; nunca había estado allí. Por eso le damos un nuevo nombre, le llamamos Buda. Abandonamos el viejo nombre, porque el viejo nombre pertenecía a otra iden¬tidad, otra personalidad, a algún otro. Aquel viejo nombre nunca perteneció a este hombre.
La iluminación es un fenómeno discontinuo. No es conti¬nuo, porque si es continuo sólo puede ser, en el mejor de los casos, un pasado modificado; no puede ser absolutamente nuevo, porque el pasado continuará -sólo habrá sido modifi¬cado, estará un poco cambiado aquí y allá, pintado, pulido, pero lo viejo continuará-. Puede ser mejor, pero seguirá sien¬do lo viejo.
La iluminación es como un accidente. Pero no me malinter¬pretes, porque cuando digo que la iluminación es como un ac¬cidente, no estoy diciendo que no hagas nada por ella. No es éste el sentido. Si no haces nada por ella, ni siquiera el acciden¬te sucederá. Éste ocurre únicamente a quienes han estado ha¬ciendo mucho por él; pero nunca sucede como resultado de sus actos. Éste es el problema: nunca sucede como resultado de sus actos; nunca sucede sin sus actos. Estos actos no son la causa de que suceda, sólo son la causa que crea en ellos la situación para que se vuelvan propensos a sufrir accidentes, esto es todo.
Tus meditaciones te predispondrán al accidente, esto es todo. Por eso ni siquiera un buda puede decir cuándo va a su¬ceder tu iluminación. La gente viene a mí y pregunta; yo les digo: «Pronto». No significa nada. Pronto puede ser el mo¬mento siguiente, pronto puede no llegar por muchas vidas, porque el accidente no puede ser predicho. Si pudiera prede¬cirse no sería en absoluto un accidente, entonces se trataría de una continuidad.
Pero no dejes de hacer cosas. No pienses que si va a suce¬der, va a suceder; entonces no sucederá nunca. Tienes que es¬tar preparado para cuando ocurra el accidente, preparado para lo desconocido -preparado, esperando, receptivo-. De lo con¬trario el accidente acaso llegue y te pase inadvertido. Puedes estar durmiendo. Lo desconocido puede llamar a la puerta y puedes no escucharlo. Puedes estar profundamente dormido o hablando con alguien, o puedes interpretar que es sólo el vien¬to contra la puerta. Puedes pensar tantas cosas... todos somos grandes pensadores.
Mantente preparado para el accidente. Y recuerda: lo que ha¬ces no es una causa que provoque el accidente, simplemente crea una situación en ti; tus actos no pueden causar el accidente, sólo pueden invitar a que suceda. La diferencia es grande, por¬que si piensas que pueden causado, empiezas a exigir. Dices: «¿Por qué no está sucediendo? ¿Por qué no me ha sucedido has¬ta ahora?». Crea una tensión interna, y si hay tensión, es imposible que suceda. Tiene que cogerte desprevenido. Deberías estar esperando, pero no ansioso, has de estar relajado. Deberías invi¬tarle, pero no tener la certeza de que el invitado va a llegar.
A fin de cuentas, depende del invitado, no de ti. Pero sin la invitación, el invitado nunca vendrá, esto es seguro. Con tu invitación no es seguro que venga; pero con tu no-invitación seguramente no vendrá. Si lo invitas puede venir, hay una po¬sibilidad. Así que espera en la puerta, pero no estés ansioso, no estés demasiado seguro.
La certeza es de la mente, la espera es de la consciencia. Y la mente es superficial, todas sus certezas son superficiales. Puede suceder en cualquier momento. En cuanto estés prepa¬rado para ver, para mirar, te darás cuenta de que ha estado siempre sucediendo a tu lado. No estabas mirando, no mira¬bas hacia este rincón.

He oído decir que en cierta ocasión el Mulla Nasrudin estaba descansando en su silla. Su mujer miraba la calle y él miraba la pared. Estaban sentados dándose la espalda, como hacen siempre marido y mujer.
De pronto la mujer dijo:
-Nasrudin, ¡mira! El hombre más rico de la ciudad ha muerto y miles de personas van a darle el último adiós.
-¡Lástima -dijo Nasrudin-, no estoy mirando hacia ese lado!
«¡Lástima, no estoy mirando hacia ese lado!». No va a mi¬rar, se trata de un simple giro de la cabeza... Pero esto es lo que te sucede a ti. Qué lástima. No estás mirando hacia el lado donde el accidente está ocurriendo, donde lo desconocido está ocurriendo.
Las meditaciones te ayudarán a mirar hacia lo desconoci¬do, hacia lo desacostumbrado, hacia lo extraño. Te harán más abierto al accidente. Pero no puedes causarlo.
Incluso si estás preparado, puede que tengas que esperar. No puedes forzarlo; no puedes traerlo hasta ti. Si pudieras for¬zarlo, entonces la religión sería como la ciencia. Ésta es la di¬ferencia básica entre ciencia y religión. Aquélla puede forzar las cosas porque depende de la causa, no de invitaciones. La ciencia puede hacer cualquier cosa porque encuentra la causa. Una vez se conoce la causa, todo puede hacerse. La ciencia sabe que si calientas agua hasta los cien grados se evaporará -ésta es una causa-. Puedes estar seguro: en cuanto llega a cien grados, el agua empieza a evaporarse. Puedes forzar el agua a evaporarse calentándola. Puedes mezclar oxígeno e hi¬drógeno y puedes forzarlos a convertirse en agua. Puedes cau¬sar. La ciencia intenta conocer la causa.
La religión es diferente, básicamente diferente. Nunca puede convertirse en una ciencia en este sentido, porque bus¬ca lo incausado, lo discontinuo; está buscando una conversión absoluta. Puede causarse una conversión relativa, una trans¬formación parcial. ¿Pero absoluta? ¿Nada de lo viejo y todo nuevo? -entonces tiene que existir un intervalo-. No puede haber un vínculo. Tiene que haber un salto. De forma que lo viejo deja de existir y lo nuevo comienza a existir, y no están unidos -hay un intervalo-. Gautama Siddharta sencillamente desaparece. Gautama Buda aparece: hay un intervalo.
Este intervalo debe ser recordado. Por eso digo que la ilu¬minación es como un accidente. Pero tienes que estar trabajan¬do continuamente por él, ésta es la paradoja. Escuchándome no te vuelvas perezoso. Escuchándome no te duermas. Escu¬chándome no empieces a pensar y a razonar que «si es un ac¬cidente y no podemos causarlo, entonces ¿por qué meditar? Entonces, ¿por qué hacer esto y lo otro? Lo único que puedo hacer es esperar». No, tu espera no debe ser una espera pere¬zosa. Tu espera debe ser viva. Debes esperar con absoluta energía a tu disposición. No puedes esperar como un hombre muerto: debes esperar joven, fresco, vivo, palpitante. Sólo en¬tonces puede sucederte este algo desconocido. Cuando estás en lo mejor de tu vida, al máximo de tu capacidad, cuando es¬tás más vivo, cuando estás en la cumbre, sólo entonces sucede. Sólo una cumbre puede reunirse con esta gran cumbre; sólo cumbres: sólo lo similar puede reunirse con lo semejante.
Sigue trabajando todo lo que puedas, pero no crees por ello ninguna exigencia. No digas «He hecho esto, ahora debe suce¬der». No hay deber que valga. Es un extraño. Le vas escribien¬do invitaciones, pero no tiene dirección, por lo que no puedes enviárselas. Vas echando a los vientos tus invitaciones; acaso lleguen, acaso no. Dios es siempre un "quizás"; pero es bello cuando las cosas son "quizás". Cuando las cosas son seguras, se pierde la belleza.
¿Has observado que en la vida lo único seguro es la muer¬te y que todo lo demás es inseguro? ¡Todo es inseguro! Na¬die sabe si vendrá o no el amor. Nadie sabe si podrás o no can¬tar una canción. Una cosa es segura: la muerte. La certeza pertenece a la muerte, nunca a la vida. Y si estás buscando la vida eterna, entonces vive en el quizás. Vive abierto, esperan¬do, pero siempre recordando que no puedes causarlo. Cuando suceda, desaparecerás.
Éste es el significado de este bello suceso:

De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron.

Sucedió de pronto. Pero ella estaba trabajando, estudiando, meditando. Era una gran monja. Había vivido por lo menos durante treinta, cuarenta años con un maestro, y había trabaja¬do tremendamente.
Tengo que decirte algo sobre Chiyono. Era una mujer muy bella, de una belleza rara, única. En su juventud, hasta el em¬perador y los príncipes la pretendían. Los rechazó, porque quería sólo ser la amante de la divinidad, por lo que nadie era bastante para ella, nadie podía llenarla.
Fue de un monasterio a otro para tomar sannyas, para ser ordenada monja; pero incluso grandes maestros se negaron a aceptada, porque era tan bella que hubiera traído problemas. Había muchos monjes, y claro está, los monjes son unos re¬primidos, y ella era tan bella que ellos se hubieran olvidado de Dios y de todo lo demás. Y es que era bella de verdad, así que todas las puertas se le cerraron.
El maestro decía: «Tu búsqueda es auténtica, pero yo tengo que tener en cuenta también a mis seguidores. Hay quinientos sannyasins; se volverían locos. Olvidarían sus meditaciones, sus escrituras, todo. Te convertirías en el dios. Así que, Chiyo¬no, no crees problemas a estos pobrecillos, vete».
¿Y qué hizo Chiyono? No encontrando otra salida, se que¬mó la cara, convirtió en una cicatriz toda su cara. Y entonces acudió a un maestro; él ni siquiera pudo discernir si era una mujer o un hombre. Entonces fue aceptada como monja.
Estaba muy preparada. La búsqueda era auténtica. El acci¬dente era merecido, se lo había ganado. Estudió, meditó du¬rante treinta, cuarenta años sin descanso. Entonces, de repente, una noche, el desconocido llegó a su puerta...

De pronto las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron, y
el cubo se hizo pedazos. El agua se derramó, el reflejo de
la luna desapareció, y Chiyono se iluminó.

Ella iba mirando la luna, era preciosa. Hasta los reflejos son bellos, porque reflejan la belleza absoluta. También es be¬llo el mundo, porque es un reflejo de Dios. Así que no digas que el mundo es feo. ¿Cómo puede ser feo el reflejo, cuando refleja la divinidad?
Por eso quienes dicen que el mundo es feo y renuncian a él se equivocan del todo, porque si renuncias a este mundo, en el fondo estás renunciando al creador. No renuncies. Incluso un rostro de mujer es bello, porque refleja. El rostro de un hom¬bre es bello, el cuerpo es bello, porque reflejan. Los árboles son bellos, los pájaros son bellos, porque reflejan. El reflejo es tan bello... ¿qué podemos decir del original?
Por eso un buscador auténtico no está contra el mundo. Un verdadero buscador ama tanto al mundo que quiere ver el ori¬ginal. Ama tanto este reflejo que surge el deseo de ver, ver la luna llena en el cielo. Abandona este reflejo, no porque esté contra él, abandona este reflejo en aras de la búsqueda de aquello que se reflejaba en él. No está en contra del amor, su oración no es contra el amor. Ha conocido en el amor tanta be¬lleza que quiere ir más adentro. La oración es el "enamora¬miento" más profundo. Ha conocido tanto en el reflejo, era tan bello, tan fragante, había allí una música tal que ahora ha surgido el deseo de conocer su fuente. Y si el reflejo es tan musical, ¿qué armonía debe haber en la fuente original?
Un buscador auténtico no está nunca contra nada. Está a favor de algo, pero nunca contra algo. Está a favor de Dios, pero nunca contra el mundo, porque en definitiva el mundo pertenece a Dios. Si veo tu rostro en un espejo y es bello, ¿ten¬dré que estar contra el espejo? En realidad, tendré que sentir¬me agradecido, porque te reflejó. Pero no voy a limitarme al espejo; voy a ir a buscarte a ti, que te reflejabas en el espejo. Tendré que dejar el espejo, pero no porque esté en contra de él. Me sentiré agradecido hacia él, porque reflejó algo, y en el reflejo era tan bello... pero ahora tengo que irme a encontrar la fuente original.

El agua se derramó, el reflejo de la luna desapareció,
y Chiyono se iluminó.

Iba mirando la luna reflejada en el cubo. De repente el cubo cayó, el agua se derramó y la luna desapareció, y esto se convirtió en el punto de inflexión.
Siempre hay un punto de inflexión a partir del cual lo vie¬jo desaparece y empieza lo nuevo, a partir del cual renaces. Esto se convirtió en el punto de inflexión. De pronto, el agua se derramó y ya no había luna. Así que debió de mirar arriba, y la verdadera luna estaba allí. Y esto se convirtió en una pa¬rábola, se convirtió en un fenómeno interno. Lo mismo esta¬ba sucediendo dentro: todo era visto a través de la mente, ésta era el espejo. De pronto, se dio cuenta de este hecho, de que todo era un reflejo, una ilusión, porque era visto a través de la mente. Al hacerse pedazos el cubo, también la mente en su interior se hizo pedazos. Estaba preparada. Todo cuanto po¬día hacerse había sido hecho. Todo cuanto era posible lo ha¬bía hecho. No quedaba nada, estaba preparada, se lo había ganado. Este incidente ordinario se convirtió en un punto de inflexión.
Pero recuerda: no sigas a Chiyono. A ti no te va a suceder de la misma manera. Como conoces la anécdota, puedes rom¬per la vasija, y ver derramarse el agua, y ver que el reflejo de¬saparece... pero que nada te sucede. No hay que hacer de ello un ritual.
Pero así es como ha venido actuando por los siglos de los siglos la tonta humanidad. Se conocen puntos de inflexión, pero son siempre individuales y únicos. No pueden ser repeti¬dos, porque nadie puede ser Chiyono de nuevo. El mundo nunca repite. Dios es tan original, nunca repite. Chiyono na¬ció sólo una vez, nunca más, nunca, nunca más. Por lo que tú no puedes repetir lo que le sucedió a ella, porque tú no eres Chiyono.
Pero así es como va la cosa, porque nuestra mente funciona como un sistema lógico. Si le ocurrió a Chiyono llevando un cubo de agua, entonces yo también llevaré uno, se romperá, el agua se derramará, se acabará el reflejo, la iluminación llegará. Conviertes lo ocurrido en un ritual. Esto es lo que se lleva a cabo en las iglesias, las mezquitas, los templos: rituales.
¿Cómo le sucedió a Buda? Siéntate así, planta un árbol Bodhi, siéntate debajo con los ojos cerrados, como un buda, y sólo eres un tonto. No te convertirás en un buda, eres sólo un tonto. Si no fuera así, no lo hubieras repetido. Los rituales son repetidos por los idiotas. Porque este grado de comprensión... que no se trata de sentarse bajo un árbol bodhi. La larga pre¬paración que tuvo Buda, los millones de vidas que pasó... Buda es una personalidad única. Éste es el último punto de in¬flexión. Es el punto final. Muchas, muchas vidas de esfuerzo, de búsqueda... y entonces llega este clímax.
El que estuviera sentado bajo el árbol bodhi es sólo acci¬dental. Hubiera sucedido de cualquier modo. Si no hubiera es¬tado sentado allí, también habría sucedido. Si no hubiera ha¬bido árbol, también habría sucedido. No era necesario que estuviera sentado, hubiera podido estar caminando y hubiera sucedido. Esto es una conclusión. Fue una coincidencia el que estuviera sentado bajo el árbol bodhi en una postura determi¬nada. La postura no es la causa, el árbol no es la causa, la ma¬nera de estar sentado no es la causa. Si fueran las causas, tú podrías repetir todo lo que Buda hizo. Caliéntala a cien grados y el agua se evaporará. Siéntate bajo el árbol bodhi exacta¬mente en la misma postura que Buda, incluso más perfecta¬mente que él, y te iluminarás.
No, no es la manera. Y no seas tonto, no sigas a ciegas, y no hagas de nada un ritual. Se necesita comprensión, no ritual. Es bueno sentarte en la postura de un buda, pero recuerda bien que no eres Buda y que para ti no va a funcionar el mismo punto de inflexión, sino algo diferente. Y si vas siguiendo a Buda, absolutamente ciego, en este caso puede escapársete tu punto de inflexión; éste es el problema, porque no va a suce¬der con este ritual repetitivo, tienes que buscar el tuyo propio.
Utiliza la ayuda de todos los budas, pero no seas ciego. Compréndelos tan a fondo como puedas, porque ellos han llegado, pero no hay un camino hecho.
La dimensión espiritual es como el cielo: no se dejan huellas, no puedes seguir. Un pájaro vuela, no queda huella. El cielo si¬gue vacío, no se forma un camino. No es como la tierra. Si pasa mucha gente, aparece un sendero; puedes seguir. La dimensión espiritual es la dimensión del cielo, porque es inmaterial, no es terrenal, no queda huella. Buda vuela; mira el vuelo, su belleza, el vislumbre, la luz; disfrútalo, compréndelo, pero no intentes seguirlo, no seas ciego. La ceguera no va a ayudarte.
Chiyono se iluminó, y de esta manera nunca le ha sucedi¬do a nadie más. Buda no llevaba un cubo de agua, ni tampoco Mahavira, ni Krishna, ni Lao-Tse, ni Zarathustra; ninguno de ellos llevaba un cubo de agua. Pero después de Chiyono mu¬chos lo han llevado, porque parece tan simple... Puedes ha¬cerlo, parece tan simple, no entraña dificultad. La luna llena vuelve todos los meses; puedes esperar y volver a hacerlo.
No seas ritualista. El ritual no es religión. El ritual es la cosa más antirreligiosa del mundo. Recuerda que eres único, y te va a suceder algo único, que nunca ha sucedido antes, que nunca va a volver a suceder. No sólo son únicas tus hue¬llas dactilares, tu alma es única.
Estaba leyendo una obra de investigación científica que prueba que cada una de las partes del cuerpo es única -no sólo las huellas dactilares: tienes un hígado diferente, un tipo dife¬rente de corazón, un tipo diferente de estómago; nadie más lo tiene-. Y en los libros de texto que lees y en los que ves la imagen del estómago, nunca encontrarás este estómago; éste es sólo el promedio, imaginario. Si miras los estómagos de personas reales, todos serán diferentes.
El "promedio" no es la verdad; es sólo una aproximación matemática, no un hecho. El hecho es siempre único. Tienes un tipo de ser diferente de todos los demás. Y es bueno, y es bello que seas diferente -no una repetición, no como un auto¬móvil Ford-. Se pueden producir un millón de automóviles idénticos. Tú no eres una máquina, eres un hombre. ¿Y en qué consiste tu hombría, tu humanidad? ¿En qué te diferencias de una máquina? En tu unicidad. Las máquinas son repetibles, sustituibles. Puedes sustituir un automóvil Ford por otro; no hay problema. Pero ningún hombre puede ser sustituido, nun¬ca. Es una floración tan única, sólo sucede una vez.
Por lo que no seas ritualístico, y trata de comprender. Que la comprensión sea la ley, la única ley que hay que seguir.

Chiyono escribió este poema después. Celebró este fenó¬meno con un poema, con una canción. Escribió:

De una y otra forma,
intenté mantener íntegro el cubo,
esperando que el frágil bambú nunca se rompería.
De pronto, el fondo cedió,¬ se derramó el agua;
se acabó la luna en el agua
(vacío en mi mano).

De una y otra forma intenté mantener íntegro el cubo... De una y otra forma has intentado mantener íntegro el cubo. Has estado ayudando a tu mente de mil maneras para conser¬varla íntegra. Y la mente es la barrera -sin embargo piensas que la mente es el amigo-. La mente es el enemigo, y lo has estado ayudando de mil maneras.
Yo te estoy diciendo muchas cosas contra la mente, y vas a meter estas cosas en tu mente y apoyarte en ellas. Si las co¬sas que digo se convierten para ti en conocimiento, cuando te separas de mí y te alejas eres más erudito. Entonces, incluso las cosas contra la mente se han convertido en apoyos. No conviertas en algo aprendido lo que digo, no lo hagas parte de tu conocimiento. En vez de esto, mira lo que digo y olvida todo cuanto sabes. No lo conviertas en un aporte nuevo a tu vieja mente.

De una y otra forma,
intenté mantener íntegro el cubo,
esperando que el frágil bambú nunca se rompería.

¿Puedes encontrar algo más frágil que la mente? ¿Puedes hallar algo más tenue o más impotente que los pensamientos? Nada sucede a partir de ellos, nada sale de ellos; sólo conti¬núan. Son del mismo material que los sueños; en realidad son inexistentes, meros remolinos en el vacío de tu ser.
De pronto, el fondo cedió y Chiyono dice: «Yo no hice nada. De hecho, estaba haciendo lo contrario; tratando de ¬mantener íntegro el cubo y esperando que el frágil bambú nunca se rompería. De pronto el fondo cedió, nada que yo hiciera, no fue actuación mía. De pronto el fondo cedió -fue un accidente-. Se derramó el agua; se acabó la luna en el agua (vacío en mi mano). Y desapareció el agua. Y desapareció el cubo. Sólo vacío en mi mano».
Y es esto lo que es un buda: un vacío en la mano. Cuando tienes vacío en la mano lo tienes todo, porque el vacío no es algo negativo. El vacío es la cosa más positiva, porque todo viene de la nada. Todo ha nacido de la nada. Vacío en la mano significa fuente en la mano.
Tenemos una semilla, tan pequeña, y luego nace un gran árbol. ¿De dónde viene este árbol? Observa la semilla, róm¬pela e intenta encontrarlo. Si rompes la semilla, encontrarás vacío allí. De este vacío viene este gran árbol, de este vacío viene todo este universo;-de la nada viene el ser.
Vacío en mi mano significa todo en mi mano; es la misma fuente de la que todo mana, y adonde todo vuelve, adonde todo regresa. Vacío en mi mano significa todo en mi mano, to¬das las cosas en mi mano.
«Y, de pronto sucedió. No puedo felicitarme por ello. Su¬cedió de pronto. Yo estaba haciendo lo contrario».
Por esta razón los santos -los que creen, o los que usan la terminología de Dios-, dicen que todo sucede por la gracia di¬vina. Chiyono o los budistas no creen en ningún dios, no uti¬lizan esta simbología. Por lo que Chiyono no podría decir: «Por la gracia divina». Eckhart diría: «Por su gracia -sin mé¬rito de mi “parte”. No he hecho nada para merecerlo. No lo he causado». Mirabai diría: «Por gracia de Krishna». Teresa di¬ría: «Jesús y su gracia».
Los budistas no creen en ningún dios personalizado; su perspectiva es totalmente ajena a los símbolos personales. No son antropocéntricos. Así que Chiyono no puede decir "gra¬cia", dice simplemente "sucedió de pronto", pero significa lo mismo. «Sucedió de pronto. Yo estaba haciendo más bien lo contrario. Todo desapareció: el agua se derramó, la luna desa¬pareció (vacío en mi mano)».
Y esto es la iluminación: cuando hay vacío en tu mano, cuando todo está vacío, cuando no hay nadie, ni siquiera tú -porque si tú estás aquí, el cubo está aquí, el viejo cubo-. Si tú no estás aquí y la habitación está totalmente vacía, tu ser no está lleno de nada, te has convertido en la fuente. Has alcan¬zado el rostro original del zen.
Y éste es el momento más feliz de todos los posibles. Y este momento se convierte en eterno -no tiene fin-. Este mo¬mento se convierte en la eternidad. Entonces no puedes ser de otra forma, porque ya no eres. ¿Quién puede estar triste? ¿Quién puede sufrir? ¿Quién puede sentirse decepcionado? ¿Quién puede desear y sentirse frustrado? El vacío no puede ser frustrado. El vacío no puede desear. El vacío no puede es¬perar nada, así que sigue estando absolutamente feliz, absolu¬tamente feliz.
Si eres, sufrirás. Si no eres, no puedes sufrir. Así que todo el problema consiste en: ¿ser o no ser?
Y Chiyono de pronto se dio cuenta de que no era: vacío en la mano.
Basta por hoy.

CAPÍTULO 2

Alojamiento A Cambio De Diálogo


Según una antigua tradición de ciertos templos zen japone¬ses, si un
monje que está de paso, y sale airoso de una discu¬sión sobre budismo
con uno de los monjes residentes, puede pasar allí la noche. En caso
contrario, tiene que irse.
En el norte de Japón había uno de estos templos, dirigido por dos
hermanos. El hermano mayor era muy erudito y el hermano menor era
más bien tonto y sólo tenía un ojo.
Cierta tarde un monje llegó a pedir alojamiento. El hermano mayor
estaba muy cansado, pues había estado estudiando durante muchas horas,
así que le dijo al hermano menor que fuera y se hiciera cargo de la
discusión.
-Pide que el diálogo tenga lugar en silencio -dijo el herma¬no mayor.
Poco después el viajero se acercó al hermano mayor y dijo:
-Qué tipo tan encantador es tu hermano. Ha ganado limpia¬mente la
discusión, por lo que tengo que irme. Buenas noches.
-Antes de marchar-dijo el hermano mayor-,
te ruego que me cuentes cómo fue el diálogo.
-Bien -dijo el viajero-, en primer lugar levanté un dedo para representar
a Buda. Entonces tu hermano levantó dos dedos para representar a
Buda y su doctrina. Así que yo le¬vanté tres dedos, para representar a
Buda, su doctrina y sus seguidores. Entonces tu avispado hermano agitó
su puño ce¬rrado ante mi cara, para indicar que los tres procedían de un
mismo acto de comprensión.
Dicho lo cual el viajero se marchó.
Poco después llegó el hermano menor, con un aire muy pre¬ocupado.
-Me he enterado de que ganaste la discusión -dijo el her¬mano mayor.
-No gané nada -dijo el hermano menor-. Este viajero es un hombre
muy bruto.
-¿Si? -dijo el hermano mayor-. Dime el tema de la discu¬sión.
-Pues -dijo el hermano menor-, en cuanto me vio, levantó
un dedo para insultarme indicando que sólo tengo un ojo.
Pero como era forastero, pensé que tenía que ser cortés, por
lo que yo levanté dos dedos, felicitándole por tener dos ojos.
Ante lo cual, el miserable grosero levantó tres dedos, como
queriendo decir que entre los dos sólo teníamos tres ojos,
por lo que me enfadé y le amenacé con darle un puñetazo en
la nariz. Así que se fue.
El hermano mayor se rió.



Todas las discusiones son fútiles y estúpidas. La discusión es tonta en sí misma, porque nadie puede llegar a la verdad mediante la discusión, mediante el debate. Podrás conseguir alojamiento para la noche, pero nada más. Lo que explica esta costumbre.
Es una tradición preciosa. En cualquier templo zen del Ja¬pón, durante muchos siglos, si pides alojamiento tienes que discutir. Si ganas la discusión puedes quedarte, esto es muy simbólico, pero sólo por una noche. Llegada la mañana de¬bes irte. Lo cual indica que mediante la discusión, la lógica, el razonamiento, nunca alcanzarás el objetivo, sólo alojamiento por una noche. Y no te engañes pensando que el alojamiento por una noche es el objetivo. Tienes que continuar. Por la ma¬ñana tienes que ponerte de nuevo en camino.
Pero muchos se han engañado a sí mismos. Piensan que todo cuanto han conseguido mediante la lógica es el objetivo. El alojamiento nocturno se ha convertido en el no va más. Ya no avanzan y muchas mañanas han pasado. La lógica puede llevar a conclusiones hipotéticas, nunca a la verdad.
Y recuerda que lo que se aproxima a la verdad es también una mentira, porque ¿qué significa? Algo es verdadero o fal¬so; no hay término medio. Algo es verdadero o no lo es... No puedes decir que es cierto a medias; no existe algo así, como tampoco existe un semicírculo, porque la misma palabra cír¬culo significa lo completo. Los semicírculos no existen. Si es medio, no es un círculo.
Las medias verdades no existen. La verdad es el todo, no puedes tenerla a trozos, no puedes poseerla por partes.
Una verdad aproximada es un engaño, pero la lógica sólo puede llevar al engaño. Puedes conseguir alojamiento para una noche, sólo para retirarte, relajarte, pero no hagas -de él tu ¬hogar. Por la mañana, tienes que seguir adelante, el viaje no puede acabar ahí. Por la mañana deberás volver a empezar, una y otra vez. Relájate en la lógica, en el razonamiento, pero no te quedes con esto, no te pares ahí, y recuerda continua¬mente que tienes que seguir.
Es una bella tradición. Y una cosa que hay que entender de la tradición y el significado: es simbólico. Segunda cosa: to¬das las discusiones son tontas, porque si mantienes una acti¬tud de confrontación nunca podrás entender al otro. Todo cuanto te diga será mal interpretado. Una mente decidida a ganar, a conquistar, no puede entender. Es imposible, porque la comprensión necesita una mente no violenta. Cuando in¬tentas salir victorioso, estás siendo violento.
La discusión es violencia. Puedes matar con ella, no pue¬des resucitar con ella. No puedes dar vida con ella, puedes asesinar con ella. Las verdades pueden ser asesinadas me¬diante discusión, pero no pueden ser resucitadas. Es violen¬cia; la actitud misma es violenta. En realidad no pretendes la verdad, pretendes la victoria. Cuando el objetivo es la victo¬ria, puedes sacrificar también la victoria.
El objetivo debe ser la verdad, no la victoria, porque cuan¬do el objetivo es la victoria eres un político, no un hombre re¬ligioso. Eres agresivo, estás intentando de alguna manera sub¬yugar al otro, dominarlo y tiranizado. Y la verdad nunca puede convertirse en una dominación, nunca puede destruir al otro. La verdad nunca puede ser una victoria en el sentido de que has subyugado al otro. La verdad aporta humildad. No son ego-trips, pero todas las discusiones son ego-trips. Por lo que la discusión nunca puede llevar a lo real; siempre condu¬ce a lo irreal, lo falso, porque el mismo fenómeno que persi¬gues, la victoria, es estúpido. La verdad gana, no tú, no yo. En una discusión tú ganas, o yo gano, la verdad nunca gana.
Los buscadores auténticos permitirán que la verdad venza a ambos. Los participantes en una discusión pretenden que la victoria les pertenezca a ellos, no debe pertenecer al otro. En la verdad, no hay otro. En la verdad, nos encontramos y nos convertimos en uno. Así que ¿quién puede ser el vencedor y quién el vencido? En la verdad, nadie resulta vencido. En la verdad, la verdad gana y nosotros nos perdemos. Pero en la discusión yo soy yo y tú eres tú; en realidad no existe un puente.
¿Cómo puedes comprender al otro cuando estás en contra de él? La comprensión es imposible. La comprensión necesi¬ta simpatía, participación. Comprender significa escuchar al otro, sólo entonces florece la comprensión. Pero si estás dis¬cutiendo algo, debatiendo, razonando, no estás escuchando al otro, sólo finges estar escuchando. En el fondo estás prepa¬rándote, en el fondo ya has dado el siguiente paso, lo que vas a decir cuando el otro acabe. Estás preparándote para refu¬tarlo. ¡No le has escuchado, y estás intentando refutarle!
En realidad, la verdad no tiene importancia en una discu¬sión, en un debate. Por lo que éste nunca es una comunica¬ción, es imposible llegar a una comunión mediante el debate. Puedes discutir, pero cuanto más discutes... más te separas del otro. La separación, se convierte en un abismo; no puede haber terreno común. Por esto los filósofos nunca coinciden, los pandits nunca coinciden: son grandes discutidores. Se abre un abismo entre ellos. No pueden coincidir con el otro; esto es imposible.
Sólo los amantes coinciden pero los amantes no pueden discutir, pueden comunicar. Por esto en Oriente hay una insis¬tencia tan grande en shraddha: confianza, fe. Si discutes con tu maestro, se ensancha la brecha. Entonces es mejor seguir adelante; deja que este maestro sea el refugio de una noche, pero sigue adelante. Quedarte con él no te llevará a ninguna parte, la brecha se hará más grande. Si eres discutidor, no pue¬de salvarse esa distancia. Es imposible. Confianza significa simpatía; confianza significa que no estás discutiendo -has venido a escuchar, no a discutir-. Has venido a entender, no a discutir. No has venido a vencer; en todo caso estás dispuesto a perder.
El auténtico discípulo está siempre intentando que el maes¬tro le venza. Éste es el momento más grande en la vida del dis¬cípulo, cuando es totalmente destruido y derrotado. No es que el maestro vaya a ganar; él va a ser derrotado, el discípulo va a ser vencido. Y cuando el discípulo ya no existe, ha sido com¬pletamente derrotado, ha desaparecido, sólo entonces se ha tendido un puente sobre la brecha, se ha salvado el abismo y el maestro te puede penetrar.
Por eso sucedió que los discípulos que Jesús reunió mien¬tras recorría su tierra eran todos hombres sencillos, ni una sola persona educada. No es que no hubiera eruditos entonces; ha¬bía grandes sabios en aquella época. Los judíos estaban en la cima de su gloria, por eso pudieron producir un hijo como Je¬sús. Él era la culminación. Jesús pudo suceder, lo que demues¬tra que los judíos estaban en la cumbre. Nunca más volverían a alcanzar semejante cumbre. Habían grandes eruditos, se orga¬nizaban grandes debates. La sinagoga judía era la sede del aprendizaje, una verdadera universidad. La gente viajaba de una parte a otra del país para discutir, debatir, razonar, descu¬brir; pero era una pelea. Ni un solo erudito siguió a Jesús.
De hecho, todos los eruditos estuvieron por unanimidad de acuerdo en que Jesús tenía que ser destruido. Todos los erudi¬tos, gente educada, estaban dispuestos a matado. ¿Por qué?
Porque él estaba en contra de la discusión. Amenazaba sus ci¬mientos mismos; toda la estructura se hubiera derrumbado. Jesús hablaba contra la razón, y a favor de la fe, del amor, de cómo crear un puente entre dos corazones.
La discusión es entre dos mentes, dos cabezas; el amor, la comunicación, la confianza nacen entre dos corazones. Él es¬taba abriendo un nuevo camino -de amistad, de discipulado, de crecimiento-. Pensaba en términos de una dimensión total¬mente diferente -la cualidad era diferente-. Decía: «Dejad a un lado vuestras escrituras. No necesitamos vuestras biblias, porque son sólo palabras». El erudito, el pandit, no podía to¬lerarlo. Jesús fue crucificado.
Sólo pudo encontrar gente sencilla: un pescador, un leña¬dor, un zapatero
-hombres sencillos-. Todos sus discípulos, excepto Judas, eran incultos. Sólo Judas era verdaderamente culto, un caballero refinado, y vendió a Jesús por treinta mo¬nedas de plata. Este Judas culto y refinado le traicionó y Jesús sabía que si alguien podía traicionarle, ese era Judas. ¿Por qué? Porque al amor sólo puede traicionarle la cabeza. El amor sólo puede ser vencido por la lógica; ninguna otra cosa puede acabar con él. ¬
Así que ésta es la segunda cosa a recordar antes de que yo entre en la anécdota: que mediante la lógica, la cabeza, la argu¬mentación, os hacéis forasteros, mutuamente extraños; se pier¬de el puente que os une. ¿Cómo vas a alcanzar la verdad cuan¬do no puedes entender al otro, cuando ni siquiera eres capaz de escucharle, cuando tu mente se limita a discutir y pelear? Eres violento, agresivo. Esta agresión no sirve.
Así pues, todas las discusiones son fútiles, nunca llevan a ninguna parte. Incluso cuando crees que se ha llegado a una conclusión, ésta es forzada; no se llega a ella gracias a la dis¬cusión. Puedes silenciar al otro, pero la convicción nunca lle¬ga actuando así; nunca. Y lo digo de forma categórica: nunca. Si posees ciertos trucos lógicos, puedes silenciar al otro, que puede ser incapaz de contestarte. Sabes más que él. Conoces más trucos y puedes acorralarlo mediante palabras y razona¬mientos mientras que él no puede responder. Pero no es ésta la manera de convencerle. En el fondo, él sabe que «algún día encontraré más trucos y te pondré en tu lugar. Por el momen¬to, no puedo contestarte. Muy bien, acepto la derrota». Ha sido derrotado, pero no lo has conquistado.
Y éstas son dos cosas diferentes. Cuando conquistas un co¬razón, no está derrotado, se siente feliz. Es victorioso en tu victoria, participa. No es tu victoria, ha vencido la verdad, y ambos podéis celebrarlo. Pero cuando derrotas a alguien, nun¬ca es conquistado; sigue siendo enemigo. En el fondo espera el momento oportuno para imponerse.
Ningún debate puede convertirse en una convicción. Y si no se llega a la convicción, ¿en dónde está la conclusión? La conclusión es forzada, es siempre prematura. Es exactamente como un aborto, no es un parto natural. Lo has forzado, nace un niño muerto, o un niño lisiado, que seguirá siendo lisiado, débil y muerto durante toda su vida.
Sócrates acostumbraba decir: «Yo soy una comadrona, asisto al parto natural». Un maestro es una comadrona. No va a forzar, porque un parto forzado no va a ser un parto auténti¬co. Es más como la muerte y menos como la vida.
Por esto un maestro nunca es discutidor. Y si a veces lo pa¬rece, sólo está jugando contigo, y jugando por alguna razón. No te dejes enredar. Está jugando por alguna razón; puede discutir sólo para averiguar si estás o no en una actitud discu¬tidora. Si es así, tú te lo has perdido. Si puedes escuchar sus argumentos sin adoptar una actitud discutidora, él no va a ju¬gar contigo este juego. Tiene que mirar en tu interior. Acaso estés escuchando conscientemente, pero discutiendo incons¬cientemente. Entonces él tiene que hacer aflorar tu incons¬ciente, para que te des cuenta de ello.
A veces un maestro parecerá agresivo, como si quisiera vencerte. Pero nunca quiere tu derrota, sólo derrotar tu ego, no a ti; sólo destruir tu ego, no a ti. Y recuerda: el ego es el ve¬neno, te está destruyendo. Una vez que el veneno haya sido destruido, estarás libre y vivo por primera vez. Una luz abun¬dante te sucederá por primera vez. Está destruyendo la enfer¬medad, no a ti.
A veces tiene que discutir. Han existido maestros muy dis¬cutidores. Era imposible vencerlos, imposible jugar el juego de las palabras con ellos. Pero simplemente intentaban hacer aflorar tu consciencia, para que pudieras darte cuenta de si tu fe era verdadera o no.

Sucedió una vez: un sufí, Junnaid, vivía con su maestro. Y éste era tan discutidor que negaba todo cuanto le decían. Si le decían: «Es de día», él respondía: «No, es de noche», y de he¬cho no era así, era de día.
Cualquier cosa que Junnaid decía era negada por su maes¬tro. Entonces él simplemente inclinaba la cabeza y decía: «Sí, maestro, es de noche».
Un día, el maestro dijo:
-Junnaid, has ganado. No pude despertar en ti una actitud discutidora. Y he sido tan obviamente falso que incluso al¬guien que nunca haya discutido nada hubiera dicho: «Qué tontería. Es de día. No es necesario discutir, es tan evidente». Tú en cambio has dicho: «Sí Maestro, es de noche». Tu con¬fianza es profunda. Ahora nunca te discutiré, ahora puedo de¬cir la verdad, porque estás preparado.
Cuando el corazón dice sí totalmente, estás preparado para escuchar. Y sólo entonces puede serte revelada la verdad. Si el más mínimo "no" queda dentro de ti, la verdad no puede ser¬te revelada, porque este "no" destruirá todo lo demás. El "no", por pequeño que sea, es poderoso, muy poderoso; entonces la verdad será dicha, pero no te será revelada. El "no" va a ocul¬tarla otra vez.
Por eso digo que todos los debates son fútiles, y por eso voy repitiendo una y otra vez que todo el esfuerzo de la filo¬sofía ha sido inútil. No ha llegado a ninguna conclusión; no puede hacerlo.
Voy a contarte algo, y luego entraré en esta anécdota zen. Sucedió que un día el gran primer ministro de un gran em¬perador murió. El primer ministro era alguien excepcional, muy inteligente, casi sabio, muy listo, agudo, gran diplomáti¬co, y era muy difícil encontrarle un sustituto. Se buscó por todo el reino. Todos los ministros fueron enviados para en¬contrar por lo menos tres personas; entonces se tomaría la de¬cisión final, y uno de ellos sería elegido.
La búsqueda se prolongó durante meses. Se peinó todo el reino; cada uno de los recovecos y rincones. Por fin se encon¬traron tres personas. Uno era un gran científico, un gran mate¬mático. Podía resolver cualquier problema matemático, y las matemáticas son en realidad la única ciencia positiva, todas las ciencias son ramas suyas, o sea que estaba en la raíz.
Otro era un gran filósofo, era un gran constructor de siste¬mas: podía crear todo de la nada. Con meras palabras, podía crear sistemas muy bellos -es un milagro, sólo los filósofos pueden hacerlo-. No tienen nada en sus manos; son los más grandes magos. Crean a Dios, crean la teoría de la creación, crean todas las cosas -y no tienen nada en las manos-. Pero son hábiles artesanos de palabras: juntan las palabras de tal manera que te dan una impresión de sustancia cuando no hay nada allí.
El tercero era un hombre religioso, un hombre de fe, plega¬ria, devoción. Y quienes habían estado buscando a estos tres debían de ser muy sabios, porque lograron su propósito.
Estos tres representan las tres dimensiones de la consciencia. Son las únicas posibilidades: un hombre de ciencia, un hombre de filosofía y un hombre de religión; son los cimientos.
El hombre de ciencia se ocupa en experimentos: si algo no es demostrado mediante experimentos, no puede ser acepta¬do. Es empírico, experimental; su verdad es la verdad del ex¬perimento.
El hombre de filosofía es un hombre de lógica, no de ex¬perimentos. El experimento no es la cuestión; sólo mediante la lógica, prueba y refuta. Es un hombre puro, más puro que el científico, porque éste tiene que aportar experimentos, por lo que necesita el laboratorio. El hombre de filosofía trabaja sin laboratorio, sólo con la mente, con la lógica, con matemáti¬cas. Todo su laboratorio está en su mente, puede probar y re¬futar únicamente con argumentos lógicos. Puede resolver cualquier problema, o puede crear cualquier tipo de problema.
Y el tercero es la dimensión religiosa. Este hombre no con¬templa la vida como un problema. La vida no es un problema para un hombre religioso. No es nada que haya que resolver, es algo que hay que vivir.
El hombre religioso es el hombre de la experiencia, el científico es el hombre del experimento, el filósofo es el hom¬bre del pensamiento. Para el religioso -el hombre de la experiencia-, la vida es algo que hay que vivir. Si hay alguna so¬lución, surgirá de la experiencia, del vivir. Nada puede ser decidido de antemano mediante la lógica, porque la vida es más grande que la lógica. Ésta es una mera burbuja en el vas¬to océano de la vida, por lo que no puede explicarlo todo. Los experimentos pueden ser llevados a cabo sólo cuando no estás implicado, los experimentos sólo pueden ser llevados a cabo con objetos.
La vida no es un objeto, es el núcleo mismo de la subjeti¬vidad. Cuando experimentas eres diferente; cuando vives eres uno. Por lo que el hombre religioso dice: «A menos que seas uno con la vida, nunca puedes conocerla». ¿Cómo puedes co¬nocerla desde fuera? Puedes ir de un lado a otro, dando vuel¬tas a su alrededor, pero nunca darás en la diana. Por lo que ni experimento, ni pensamiento, únicamente experiencia; sim¬ple, confiado: un hombre de fe.
Buscaron y encontraron a estos tres hombres, y entonces fueron convocados a la capital para el juicio definitivo.
Dijo el rey: «Descansad y preparaos durante tres días. En la maña¬na del cuarto día tendrá lugar el juicio, el final. Uno de voso¬tros será escogido; se convertirá en mi primer ministro –el que demuestre ser el más sabio».
Empezaron a trabajar, cada uno a su manera. ¡Tres días no eran suficientes! El científico tenía que pensar en muchos ex¬perimentos y llevarlos a cabo; era imposible saber de qué tipo sería el examen Así que no pudo dormir durante tres días, no tenía tiempo: y tenía toda la vida para dormir después de ser escogido, por consiguiente, ¿por qué preocuparse de dormir?
No dormía, no comía. No tenía bastante tiempo; debía hacer muchas cosas antes del examen.
El filósofo empezó a pensar, tenía que resolver muchos pro¬blemas: «¿Quién sabe qué tipos de problema van a plantear¬me?». Sólo el hombre religioso estaba tranquilo. Comía, y co¬mía bien. Sólo un hombre religioso puede comer bien, porque comer es una ofrenda, es algo sagrado. Dormía bien. Rezaba, se sentaba afuera, paseaba, miraba los árboles y daba gracias a Dios; porque para un hombre religioso el futuro no existe y no hay examen final. Cada momento es el examen, de modo que ¿cómo vas a prepararte para él? Puedes prepararte para algo que está en el futuro; pero si algo está ahora mismo, aquí, ¿cómo puedes prepararte para ello? Tienes que afrontarlo. No había futuro.
A veces el científico decía: «¿Qué estás haciendo? ¿Per¬diendo el tiempo, comiendo, durmiendo, haciendo oración?
Puedes decir tus oraciones más tarde». Pero él se reía y no dis¬cutía. No era hombre de discusiones.
El filósofo decía: «Duermes, te sientas en el jardín, miras los árboles. Esto no te va a servir de nada. Un examen no es un juego de niños, tienes que estar preparado para superarlo». Pero él se reía. Creía más en la risa que en la lógica.
Y llegada la mañana del cuarto día, cuando se dirigieron al palacio para el examen final, el científico ni siquiera era capaz de andar. Estaba tan cansado por sus experimentos, como si toda su vida se le hubiera escapado. Estaba muerto de cansan¬cio, como si en cualquier momento fuera a caer dormido. Los ojos le pesaban y su mente estaba turbia. Casi se había vuelto loco.
¿Y el filósofo? No estaba tan cansado, pero se sentía más inseguro que nunca, porque había pensado y pensado, y argu¬mentado y argumentado, y no hay argumento que pueda con¬vertirse en la conclusión. Estaba confuso, hecho un lío, era un caos. El día en que había llegado hubiera podido contestar mu¬chas cosas, pero no ahora. Incluso sus respuestas ciertas se ha¬bían vuelto inciertas. Cuanto más piensas, más inútil se vuelve la filosofía. Sólo los tontos pueden creer en certezas. Cuanto más piensas, cuanta más inteligencia te llega, puedes darte cuenta de que no son más que palabras, no hay sustancia. Qui¬so volverse atrás, porque presentía que su esfuerzo iba a ser inútil. No estaba en forma. Pero el científico decía: «¡Vamos! Probemos. ¿Qué podemos perder? Si ganamos, bien. Si no ga¬namos, bien. Pero probemos. No te desanimes tanto».
Sólo el hombre religioso caminaba alegremente, cantan¬do. Podía oír los pájaros en los árboles, podía ver la salida del sol, los rayos del sol en las gotas de rocío. Toda la vida era un milagro tan grande. No estaba preocupado, porque no había examen -llegaría y afrontaría lo que sucediera, simplemente llegaría y vería lo que pasara-. Y no pretendía nada, no esta¬ba expectante, estaba fresco, joven, vivo; nada más. Así es como uno debe acercarse a Dios; no con fórmulas prefabrica¬das, no con teorías prefabricadas, no con muchos experimen¬tos de investigación, no con muchos diplomas de doctor en fi¬losofía. No, eso no va a servir de nada. Uno debe ir cantando y bailando hacia el templo. Y si estás vivo, entonces puedes responder a cualquier cosa que llegue, porque la respuesta lle¬ga de la vida, del corazón, y el corazón está preparado cuando canta, cuanto baila.
Llegaron. El emperador había montado una estratagema muy especial. Fueron conducidos a una habitación en la que había puesto una cerradura, un rompecabezas matemático. En la cerradura había muchas cifras, pero no había llave. Estas cifras tenían que ser puestas de cierta forma: ahí estaba el se¬creto, pero uno tenía que buscarlo y encontrarlo. Si aquellas cifras se colocaban de determinada manera, la puerta se abri¬ría. El emperador les dijo: «Éste es un rompecabezas mate¬mático, uno de los más grandes que se han conocido. Ahora tenéis que encontrar la solución, no hay llave. Si podéis ha¬llar la respuesta a este problema matemático, la cerradura se abrirá. Y la persona que salga primero de esta habitación será elegida. Así que ahora empezad». Cerró la puerta y salió.
Inmediatamente el científico empezó a hacer muchos ex¬perimentos, muchas cosas, muchos problemas sobre el papel. Miraba, observaba las figuras en la cerradura. No había tiem¬po que perder, era una cuestión de vida o muerte. El filósofo cerró los ojos, empezó a pensar en términos matemáticos qué hacer, cómo puede ser solucionado este rompecabezas, que era absolutamente nuevo.
Éste es el problema con la mente: si algo es viejo, puede encontrarse la respuesta; pero si algo es absolutamente nuevo, ¿cómo salir airoso con la ayuda de la mente? Ésta es muy efi¬caz con lo viejo, lo conocido, la rutina, pero se muestra inútil cuando se topa con lo desconocido.
El hombre religioso no se acercó a la cerradura, porque ¿qué podía hacer? No sabía nada de matemáticas, no sabía nada de ciencia experimental. ¿Qué podía hacer? Se limitó a sentarse en un rincón. Cantó un poco, rezó a Dios, cerró los ojos. Los otros dos pensaron que no era un competidor. «De alguna manera está bien, porque el asunto se ha de decidir en¬tre nosotros dos». Entonces, de pronto, se dieron cuenta de que el hombre religioso había abandonado la habitación, ya no estaba allí. La puerta estaba abierta.
El emperador entró y dijo: «¿Qué estáis haciendo ahora? Se acabó. El tercer hombre está fuera».
Pero ellos preguntaron: «¿Cómo?.. Pero si no ha hecho nada». Así que le preguntaron al hombre religioso, y él les dijo: «Sólo estaba sentado. Recé y una voz en mi interior dijo: "Tú, tonto. Ve y mira. La puerta no está cerrada con llave". No había problema que resolver, de modo que salí».

La vida no es un problema. Si estás intentando resolverla, te la estás perdiendo. La puerta está abierta, nunca ha estado ce¬rrada. Si la puerta estuviera cerrada, los científicos hallarían la solución. Si la puerta estuviera cerrada, los filósofos hallarían un sistema para abrirla. Pero la puerta no está cerrada, por lo que sólo la fe puede servir -sin ninguna solución, sin ninguna respuesta prefabricada-. Empuja la puerta y sal.
La vida no es un acertijo que haya que resolver, es un mis¬terio que hay que vivir. Es un profundo misterio, de modo que confía y déjate llevar. Ninguna discusión -con algún otro o contigo mismo- puede ayudarte. Todas las discusiones son fútiles y tontas.
Ahora entremos en esta bella anécdota:

Según una antigua tradición de ciertos templos zen japo¬neses, si un
monje que está de paso, y sale airoso de una discu¬sión sobre budismo
con uno de los monjes residentes, puede pasar allí la noche. En
caso contrario, tiene que irse.

Las discusiones pueden darte sólo esto: alojamiento por una noche, nada más.

En el norte de Japón había uno de estos templos, dirigido por dos
hermanos. El hermano mayor era muy erudito y el hermano menor
era más bien tonto y sólo tenía un ojo.

Para dirigir un templo, se necesitan dos tipos de personas: alguien educado y alguien muy tonto. Y así es como todos los templos son dirigidos. En ellos siempre hay estas dos clases de personas: las educadas, que se han convertido en los sacer¬dotes, y las tontas que les siguen. Así se constituye cualquier templo.
De modo que estas anécdotas son algo más que anécdotas, son indicativas de ciertos hechos. Si la gente tonta desaparece de la faz de la tierra, se acabarán los templos. Si la gente edu¬cada desaparece de los templos, se acabarán los templos. Para que exista un templo, se necesita una dualidad. Por esto no puedes encontrar a Dios en un templo, porque no puedes en¬contrarlo en una dualidad.
Los templos son inventos de la gente lista para explotar a los tontos. Los sacerdotes son la gente más lista, son los mayores explotadores, y explotan de tal forma que ni siquiera puedes re¬belarte contra ellos. Te explotan por tu propio interés, te explo¬tan por tu propio bien. Los sacerdotes son los más listos, porque tejen teorías de la nada: todas las teologías, todo cuanto han creado... ¡Tremendo! Se necesita ser inteligente para crear teo¬rías religiosas. Y se dedican a crear edificios tan grandes que al hombre corriente le es casi imposible entrar en ellos. Y utilizan tal jerga, utilizan términos técnicos tan complicados, que no puedes entender de qué están hablando. Y como no puedes en¬tender piensas que son muy profundos. Siempre que no puedes entender algo piensas que es muy profundo: «No llego».
Recuerda esto: Buda habla un lenguaje muy llano que cualquiera puede entender. No es el lenguaje de un sacerdote. Jesús habla en pequeñas parábolas, cualquier persona no edu¬cada puede entenderlo, nunca utiliza ninguna jerga religiosa.
Mahavira habla, imparte sus enseñanzas, en el idioma de la gente más sencilla.
Mahavira y Buda nunca utilizaron el sánscrito, nunca, por¬que el sánscrito era el idioma del sacerdote, del brahmán. El sánscrito es el idioma más difícil. Los sacerdotes lo han hecho muy difícil, han pulido, y pulido, y pulido. La misma palabra sánscrito significa pulir, refinar. Lo han refinado hasta tal punto que sólo si eres muy, muy erudito puedes entender lo que están diciendo, si no, no llegas.
Buda utilizaba el lenguaje del pueblo, el pali, que era el len¬guaje de los campesinos. Mahavira usaba el pracrito, que es la forma grosera del sánscrito; el pracrito es la forma natural del sánscrito -no tiene gramática propiamente dicha-. El erudito no ha llegado todavía, no ha refinado las palabras convirtién¬dolas en incomprensibles para la gente sencilla. Pero los sa¬cerdotes han venido utilizando el sánscrito, todavía lo utilizan. Nadie entiende hoy el sánscrito, pero ellos siguen hablando en sánscrito porque su profesión depende de crear una brecha, no un puente. Sólo si el pueblo llano no entiende pueden subsistir los sacerdotes. Si el pueblo llano entiende lo que los sacerdo¬tes dicen, éstos están perdidos, porque no dicen nada.
En cierta ocasión el Mulla Nasrudin fue a visitar a un médico, y los médicos han aprendido el truco de los sacerdo¬tes: escriben en latín y en griego, y escriben de tal forma que incluso a ellos mismos les resulta complicado leer sus escri¬tos. Nadie tiene que entender lo que escriben. De modo que el Mulla Nasrudin fue a un médico y le dijo:
-Mire, sea claro. Limítese a decirme los hechos. No utili¬ce latín y griego.
-Si usted insiste y me permite la franqueza -dijo el médi¬co-, no tiene ninguna enfermedad. Lo único que tiene es pe¬reza.
-Muy bien -contestó Nasrudin-, gracias. Ahora escríbalo en griego y en latín, para que se lo pueda enseñar a la familia.
Los listos han estado siempre explotando a la gente senci¬lla. Por esto Buda, Jesús y Mahavira nunca fueron respetados por los brahmanes, los eruditos, los listos, porque eran des¬tructivos, estaban destruyendo todo su negocio. Si la gente entiende, entonces el sacerdote no es necesario.
¿Por qué? Porque el sacerdote es un mediador. Entiende el lenguaje de Dios. Por eso dicen que el sánscrito es dev-bhas- Jha, el lenguaje de Dios: «¿No sabes sánscrito? Yo lo sé, de modo que me convierto en el eslabón intermediario, me con¬vierto en el intérprete. Dime lo que quieres y se lo diré a Dios en sánscrito, porque él sólo entiende sánscrito». Y natural¬mente tienes que pagar por ello.
Éstos son los dos tipos necesarios para un templo.

En el norte de Japón había uno de estos templos, dirigido por dos
hermanos. El hermano mayor era muy erudito y el hermano menor
era más bien tonto y sólo tenía un ojo.

¿Cuál es el simbolismo de un único ojo en esta anécdota? Una persona tonta es de una pieza: nunca duda, siempre está segura, y una persona educada es siempre dual: duda, conti¬nuamente se divide en dos. Siempre está discutiendo por den¬tro, en su interior tiene lugar un continuo diálogo; conoce am¬bas partes.
Un hombre educado es una dualidad: dos ojos. Un hombre tonto es tuerto: siempre está seguro, no tiene argumentos, no está dividido.
Ésta es la razón de que si miras a una persona tonta, una persona estúpida, tienes la sensación de que se parece más a un santo que un hombre educado. En un santo encontrarás algo parecido al tonto, al estúpido. La cualidad es diferente, pero hay algo igual; la etiqueta es diferente. El tonto está en el primer escalón y el santo está en el último, pero ambos se ha¬llan en los extremos de la escalera. El tonto no sabe, por eso es simple, tiene un ojo. El santo sabe, por eso es simple. Tam¬bién tiene un ojo; le llama el tercer ojo. Los dos ojos se han convertido en el tercero. También es un tuerto. Es una unidad, al igual que el tonto. Pero ¿cuál es la diferencia?
La ignorancia también está rodeada de inocencia, y tam¬bién la sabiduría. El erudito está entre ambos: es ignorante y piensa que es sabio. Ésta es la división del erudito: es igno¬rante y piensa que es sabio. No está en este nivel, ni en el otro, cuelga entre ambos. Por esto se halla siempre en tensión. Un ignorante está relajado, un sabio está relajado. El ignorante no ha comenzado su viaje, se encuentra en casa. El sabio ha lle¬gado a su destino, está en casa. El erudito está entre ambos, pidiendo alojamiento en algún monasterio, siquiera por una sola noche; es un vagabundo.
Los bhikkhus budistas han sido vagabundos, y Buda ha di¬cho: «Sed vagabundos hasta conseguirlo. Sé un vagabundo. No sólo por dentro, sino también por fuera, sé un vagabundo hasta que lo consigas. No te detengas antes». Cuando lo has logrado, cuando te has convertido en siddha, en buda, enton¬ces se te permite sentarte.
La ignorancia y la sabiduría tienen una cualidad que com¬parten: la inocencia; ninguna de las dos es astuta. Por eso ha su¬cedido en alguna ocasión que un hombre de Dios ha sido con¬siderado como un hombre tonto, un loco, el loco de Dios. San Francisco es conocido como el loco de Dios. ¡Lo era! Pero ser el loco de Dios es la mayor de las sabidurías, porque el ego se ha perdido. No dices que sabes, eres un loco porque no te atri¬buyes sabiduría. Y si no lo haces, ¿quién va a aceptar que eres un conocedor? Incluso cuando te la atribuyes, nadie lo acepta. Tienes que clavada con un martillo en las cabezas de los de¬más. Tienes que hacerles callar, discutir con ellos. Cuando no pueden decir nada más, entonces, de mala gana, aceptan que quizás, sólo quizás, seas un sabio. Pero siempre dirán "quizás". Dejarán abierta la posibilidad de poder negarlo algún día.
Y sino pretendes nada, ¿quién va a aceptarte? Y si tú mis¬mo dices «Soy un ignorante, no sé nada», ¿quién va a pensar que eres un sabio? La gente va a aceptarlo inmediatamente si dices: «No sé». Dirán: «Ya lo sabíamos. Lo aceptamos, esta¬mos totalmente de acuerdo contigo en que no sabes nada».
¡El loco de Dios! Si lees una de las grandes novelas de Dostoyewsky, te darás cuenta de lo que significa este loco de Dios. Dostoyewsky siempre tiene, en sus muchas novelas, un personaje: que es el loco de Dios. Está en Los hermanos Ka¬ramazov. Es inocente, puedes explotarlo. Incluso si lo explo¬tas, confiará en ti. "'Puedes destruirlo, pero no puedes destruir su confianza: ésta es su belleza.
¿Qué te pasa, a ti? Si una persona te engaña. La humanidad toda se convierte en el mentiroso. Si un hombre te engaña, has perdido tu confianza en el "Hombre” -no en este hombre, sino en toda la humanidad-. Si dos de tres personas te engañan tú crees que no existe el hombre digno de confianza. Toda confianza ha desaparecido.
Es como, ¡si desde el principio no quisieras confiar! Y estas dos o tres personas te han dado la excusa. Si no fuera así, dirías: «Este hombre no es digno de confianza pero ¿”toda la huma¬nidad”? No lo se, de modo que debo confiar, tengo que confiar, de lo contrario». Y... si eres un hombre capaz de ver, dirás: «No, sólo este hombre. Es totalmente indigno de confianza; fue en ese momento, si digo que este hombre puede haber sido indigno de confianza en el pasado, pero ¿quién sabe si seguirá siéndolo en el próximo momento? Porque los santos pueden volverse pecadores, y los pecadores pueden convertirse en santos.
La vida es un movimiento. Nada es extático. En ese momento el hombre ¡era débil!, pero en el próximo momento puede recobrar el control, no volverá a engañar por lo que al día si¬guiente si vuelve; "volverás a confiar en él, porque este día es diferente, "este hombre es diferente”, el Ganges nunca es igual, por tanto, no es el mismo río.
Sucedió una vez que un hombre fue y le pidió al Mulla Nasrudin un poco de dinero. Nasrudin conocía a ese hom¬bre, sabía bien que no le iba a devolver el dinero, pero era una suma tan pequeña que pensó: «Que se lo lleve; aunque no me lo vaya a devolver, nada se pierde. ¿Por qué decir "no" por una suma tan pequeña?». De modo que le dio el dinero.
Tres días después, el hombre volvió. Nasrudin estaba sor¬prendido: Parecía imposible, era un milagro que este hombre hubiera vuelto. Dos o tres días más tarde el hombre volvió de nuevo y pidió una fuerte suma. Nasrudin dijo:
-¡No! La última vez me engañaste y no voy a permitir que suceda otra vez.
-¿Qué estás diciendo? -dijo el hombre-. La última vez te devolví el dinero.
-Cierto, me lo devolviste, pero me engañaste, porque yo no creía que me lo devolverías. Pero esta vez, no. Ya está bien. La última vez actuaste contra mis expectativas. Pero ya basta; ahora no voy a dártelo.
Así es como funciona la mente astuta.

En este templo, uno era ignorante -un hombre sencillo, tuerto, seguro-. Otro era un estudioso, y el estudioso siempre estaba cansado porque trabajaba mucho por nada. De modo que ocupado sin ocupación, estaba siempre cansado.

Cierta tarde un monje llegó a pedir alojamiento. El her¬mano
mayor estaba muy cansado, pues había estado estu¬diando
durante muchas horas...

Es imposible encontrar un estudioso que no esté cansado. ¡Ve y observa! Ve a los pandits de Kashi y observa. Siempre cansados, siempre cansados, trabajando tanto -con palabras-. Recuerda, incluso un obrero no está tan cansado, porque él está trabajando con la vida. Cuando trabajas sólo con las pala¬bras, fútiles palabras, únicamente con la cabeza, te cansas. ¡La vida es vigorizadora! ¡La vida rejuvenece! Si vas al jardín y trabajas, sudas pero estás ganando más energía, no estás per¬diendo. Sales de paseo y ganas más energía, porque estás vi¬viendo en el momento. Si te limitas a encerrarte en tu estudio con palabras, te dedicas a pensar y pensar, es un proceso tan muerto que estarás cansado. Un estudioso está siempre cansa¬do. Un tonto está siempre fresco, un santo está siempre fresco también. Tienen muchas cualidades similares.

...así que le dijo al hermano menor que fuera y se hiciera cargo de
la discusión.
-Pide que el diálogo tenga lugar en silencio- dijo el her¬mano
mayor.

Porque sabía que su hermano era tonto. De modo que el si¬lencio es de oro si eres tonto, y también es de oro si eres un santo. Si sabes algo, te mantendrás callado. Si no sabes, es mejor mantenerse callado.
Un sabio se calla porque sabe y cuanto sabe no puede ser dicho. Un tonto tiene que estar callado porque, diga lo que diga, le cazarán. Un tonto puede engañar si se calla, pero no si habla, porque cualquier cosa que salga de él demostrará su tontería. Este hermano estudioso sabía bien que su hermano menor no era hombre de muchas palabras, era un hombre sen¬cillo, inocente, ignorante, por eso le dijo: «Pide que el diálo¬go tenga lugar en silencio».

Poco después el viajero se acercó al hermano mayor y dijo.
-Qué tipo tan encantador es tu hermano-.

Este otro debía ser también un estudioso, y si un tonto se calla puede derrotar a un estudioso. Si hablas te descubrirán, porque entonces entras en el mundo del estudioso. Con pala¬bras, no puedes ganar.
Este otro era también un estudioso, un hombre de palabras. Le hubiera sido muy difícil mantenerse en silencio y discutir. ¿Cómo discutir? Si no puedes hablar, sólo emplear gestos, todo el asunto se vuelve mudo y toda tu listeza desaparece, porque si no puedes hablar y el habla es tu mayor habilidad... Por ello si un estudioso no sabe mantenerse callado puede- ser vencido por un tonto, porque su habilidad, que se basaba en las palabras, se pierde.
En silencio, es un tonto -éste es el significado-. Por eso los eruditos nunca están callados, siempre hablan. Si nadie está presente, hablan consigo mismos, pero hablan. Hablan, y hablan, y hablan, por dentro y por fuera, porque hablando así su habilidad aumenta, se vuelven más eficientes. Pero si se to¬pan con el silencio, de pronto todo su arte desaparece. Son más tontos que un tonto. Hasta un tonto puede vencerles. Es¬tán fuera de su mundo profesional, están simplemente desco¬nectados. Se sienten seguramente en un gran aprieto.

...dijo: «Qué tipo tan encantador es tu hermano. Ha ga¬nado
limpiamente la discusión, por lo que tengo que irme.
Buenas noches».

Si encuentras un hombre educado, guarda silencio. Hazle frente con gestos. Le vencerás, porque no sabe nada de este tipo de lenguaje, no sabe nada del silencio. De hecho, es muy difícil para él quedarse callado. El viajero pensó inmediata¬mente que había sido vencido, por lo que debía irse y buscar otro monasterio antes de que se hiciera demasiado tarde, y en¬contraría un tipo con el que discutir hablando, intelectual¬mente.
Los gestos están vivos; cuando mueves la mano, todo tu ser la mueve. Cuando miras con los ojos, todo tu ser brota de ellos. Cuando caminas, caminas como un hombre total. Tus piernas no pueden caminar por sí mismas, pero tu cabeza pue¬de ir dando vueltas y más vueltas por sí misma. La cabeza puede hacer tal cosa. Ninguna otra parte del cuerpo puede volverse autónoma. De modo que si quieres estudiar a un hombre, no escuches lo que dice y mira en cambio cómo se comporta, cómo entra en la habitación, cómo se sienta, cómo anda, qué aspecto tiene. Observa sus gestos, éstos revelarán la verdad.
Las palabras son engañosas. Hablamos no para revelar, sino para ocultar. Así que calla y observa a la persona. El len¬guaje del cuerpo es más verdadero que el de tu cabeza. Ade¬más es muy, muy natural; proviene de la fuente misma, por lo que es muy difícil engañar con él. Puedes estar diciendo: «Es¬toy bien», pero tus ojos, tu misma actitud, la forma en que te mantienes en pie, dice que sabes que no es cierto. Puedes de¬cir con tus palabras que confías, pero todo tu cuerpo tiembla y muestra que no es así.
Cuando entra un ladrón, entra de una forma diferente. Cuando aparece un mentiroso, aparece de una forma diferen¬te. Cuando camina un hombre sincero, camina diferentemen¬te. No tiene nada que ocultar, no tiene motivo para engañar. Es sincero, su modo de andar es inocente. Basta con que hagas algo que tienes que ocultar, y entonces obsérvate: tu cuerpo dirá que todo es diferente. Hasta caminando estás ocultando algo. Tu estómago está tenso, estás alerta, tus ojos miran a to¬das partes para ver si alguien te observa o no, si te han cogido o no. Tus ojos son astutos, no son remansos de inocencia; se vuelven maliciosos. Observa tus movimientos corporales, te darán una imagen más auténtica de ti mismo. No hagas caso de las palabras.
Yo tengo que hacer esto continuamente. La gente se acer¬ca a mí con toda clase de engaños. Tengo que observar sus gestos, no lo que dicen. Pueden estar tocando mis pies y toda su actitud muestra ego, de modo que el tocamiento de pies es inútil. Lo están manipulando. No sólo están engañándome a mí, se están engañando a sí mismos. Toda su actitud dice: «¡Ego!», mientras que todo lo que dicen con palabras es hu¬mildad.
No puedes engañar con el cuerpo; tu cuerpo es más since¬ro que tu mente. Y todas las religiones que han sido inventa¬das por los sacerdotes te dicen: «Tienes que estar contra el cuerpo y a favor de la mente», porque el sacerdote vive en la
mente, explota con la mente. Con el cuerpo es imposible ex¬plotar; el cuerpo es auténtico. Siglos de vida inauténtica no han sido capaces de destruir la autenticidad del cuerpo. El cuerpo sigue siendo auténtico, muestra claramente quién eres.

-Ha ganado limpiamente la discusión, por lo que tengo que irme.
Buenas noches.
-Antes de marchar -dijo el" hermano mayor-, te ruego que
me cuentes cómo fue el diálogo.

¡Se siente perplejo. ¿Cómo puede ser listo el tonto de su hermano? ¿Qué ha sucedido? Es un perfecto estúpido, ¿cómo pudo discutir, cómo pudo debatir, cómo pudo ganar? De modo que preguntó.

-Bien -dijo el viajero-, en primer lugar levanté un dedo para
representar a Buda.

Porque un hombre de estudios utiliza los gestos como si fueran palabras, porque conoce tan sólo un lenguaje. Si besa a su amada, por dentro pronunciará la palabra "beso". Esto es una tontería; estás besando, no es necesario repetir "beso" in¬teriormente; pero él lo hará. Obsérvate a ti mismo: haciendo el amor, por dentro dirás: «Estoy haciendo el amor». ¡Qué tontería! Nadie te lo pregunta. No hay nadie a quien decírselo.
¿Por qué lo vas repitiendo? ¿Por qué?, siempre que haces algo, lo verbalizas. "Porque sin verbalizar no estás "cómodo”. Con la palabra Dios, todo va bien; por esto un hombre de estudios irá al templo, a la mezquita, a la iglesia, también allí se dedica a charlar. Charlará con Dios... palabras.
Soren Kierkegaard dijo: «Cuando entré en la iglesia, al principio acostumbraba hablar. Solía decir cosas, quejarme, rezar. Pero luego, poco a poco; me sentí ridículo. Le estoy ha¬blando y no le estoy dando ninguna oportunidad de que me hable. Es mejor escuchar; cuando estás ante Dios, es mejor escuchar». De modo que dejó de hablar. Poco a poco, aban¬donó todas las oraciones. Se limitaba a ir a la iglesia y sentar¬se "en silencio”, pero en este silencio también había palabras por dentro. No las estaba utilizando por fuera, pero giraban en su interior.
Así que, poco a poco, también tuvo que abandonar las pa¬labras interiores solo así se hace posible escuchar. Enton¬ces entras en una dimensión totalmente diferente, de escucha, de pasividad, de receptividad. Te conviertes en una matriz. Entonces puedes recibir la verdad, porque no estás hablando, porque no eres agresivo. En ese instante sólo Dios está traba¬jando y tú le permites que lo haga. Entonces Kierkegaard se volvió absolutamente silencioso; y dejó de ir a la iglesia. Alguien preguntó: «¿Por qué? ¿Por qué has dejado de ir a la iglesia?». Él dijo: «Ahora he aprendido lo que significa la iglesia; sólo significa estar callado y escuchar. Esto "puede" ha¬cerse en todas partes, y es mejor hacerlo en otra parte, porque mucha gente va allí, a la, iglesia a hablar. Me molestan. Es me¬jor bajo un árbol. Es mejor bajo el cielo».
Y la iglesia es más grande allí, más natural. Y si tienes que estar callado, piensa que Dios está en todas partes. Si tienes que hablar: ve al templo. Pero si tienes que estar callado, ¿por qué ir a algún sitio? Dios está en todas partes, pero tú no pue¬des estar callado. Haces algo y lo repites por dentro. Tienes hambre y dices: «Tengo hambre». ¿No basta con tener ham¬bre? Si no lo dices, no estás cómodo; te has vuelto adicto a las palabras.
Este hombre... debió de haber sido un estudioso, un au¬téntico estudioso:

-Bien -dijo el viajero-, en primer lugar levanté un dedo para
representar a Buda. Entonces tu hermano levantó dos dedos,
para representar a Buda y su doctrina (el Dharma).

El hombre que no puede usar un gesto sin palabras tradu¬cirá los gestos del otro a palabras. Fíjate en la conexión. ¿Qué sucede? Conectarás el gesto del otro de la misma manera que interpretas tus propias palabras.
Pensaba: «Este dedo. Un dedo representa...». Un dedo no representa nada. Un dedo se basta a sí mismo. Un dedo es un dedo. ¿Por qué hacer de él un representante? No es el repre¬sentante de nadie. Y el dedo es tan bello, ¿por qué tiene que representar algo? Pero a la mente le gustan las cosas de se¬gunda mano. El dedo no basta, tiene que representar algo.
Si miras una flor, no puedes mirar la flor directamente; in¬mediatamente tiene que representar algo. De modo que dices: «Es igual que la cara de mi mujer». Si miras la luna, dices: «Es como la cara de mi amada». Qué tontería. La luna es la luna. Entonces cuando miras la cara de tu amada, dirás: «Es como la luna». Ni la luna se basta a sí misma, ni la cara de tu amada se basta a sí misma. Pero todo se basta a sí mismo. Nada representa a otra cosa.
Todo el mundo se representa únicamente a sí mismo. Cada uno es original, único. Nadie es una copia. Y cuando dices que el dedo representa a Buda, Buda se ha convertido en el original, el dedo se ha convertido en la copia. ¡No! Este Buda no lo puede permitir. ¡No lo puedo permitir! El dedo es tan bello cuando no representa a nadie. Pero si piensas que tu dedo representa a Buda, entonces los otros dos dedos repre¬sentarán a Buda y su Dharma, su doctrina. Porque tu manera de entender al otro no es escuchándolo. Entiendes al otro es¬cuchando tu propia mente. Interpretas al otro. Cuando yo digo algo, nunca creas que has oído lo mismo. Cuando yo digo algo, tú oyes algo, pero esto no tiene que ver conmigo; tiene que ver con tu propio proceso mental.
El proceso mental del monje que estaba de paso era: «Este dedo representa a Buda». Y cuando el otro levantó dos dedos ni sospechó qué quería decir. No puedes entender al otro si tienes palabras dentro, porque en este caso todo se conecta con tu palabra, con tu proceso mental, y entonces se colorea. El viajero pensó está diciendo que hay dos cosas, no una: Buda y su Dharma, su doctrina, su ley.

«Así que yo levanté tres dedos», fíjate en la conexión in¬terna. No estás comunicando de ninguna manera con el otro. Estás comunicando contigo mismo. Esto es lo que quiere de¬cir locura. Locura significa no conectar con el otro, es limi¬tarse a ir hacia dentro y conectar tu nuevo momento con el pa¬sado, la nueva experiencia con el pasado, interpretarla, colorearla.

«Así que yo levanté tres dedos», porque si dice «Buda, Dharma», yo diré «Buda, Dharma, sangha», Buda, su doctri¬na y sus seguidores.
Éstos son los tres refugios budistas. Cuando un bhikkhu quiere ser iniciado, se convierte en un bhikkhu, dice: «Budd¬ham sharanam gachchhami», voy, me refugio en Buda. «Dhammam sharanam gachchhami», me refugio en la doctri¬na. «Sangham sharanam gachchhami», me refugio en la sangha, en los seguidores de Buda. Éstos son los tres refu¬gios, las tres joyas del budismo.
Pero este hombre no se fija en lo que el otro está haciendo, ¡totalmente inconexo!, de modo que levantó tres dedos.

-Así que yo levanté tres dedos, para representar a Buda, su doctrina y sus seguidores. Entonces tu avispado hermano agitó su puño cerrado ante mi cara, para indicar que los tres procedían de un mismo acto de comprensión.
Dicho lo cual el viajero se marchó.
Poco después llegó el hermano menor, con un aire muy preocupado.
-Me he enterado de que ganaste la discusión -dijo el her¬mano mayor.
-No gané nada -dijo el hermano menor-. Este viajero es un hombre muy bruto.
-¿Si? -dijo el hermano mayor-. Dime el tema de la discusión.
-Pues -dijo el hermano menor-, en cuanto me vio, levantó un dedo para insultarme indicando que sólo tengo un ojo.

Entiendes según tú mismo: lees un libro, entiendes sólo lo que ya sabes. Y escuchas, pero interpretas con el pasado, tu pasado se mezcla. Un hombre tuerto tiene siempre presente la herida. Aca¬rrea una herida; en todas partes espera el insulto. Nadie se preo¬cupa de ti, pero si tienes una sensación de inferioridad, andas buscando quién te va a insultar. Estás seguro de que ocurrirá, y entonces interpretarás. El otro acaso está diciendo «Buda», pero tú crees que está indicando que sólo tienes un ojo. Nadie se pre¬ocupa de tus ojos, pero interpretamos según entendemos.
Un hombre se acercó a Bayazid, un místico sufí, y le hizo una pregunta. Bayazid le dijo: «Vuelve dentro de un año, por¬que ahora mismo estás enfermo. Tu interior está agitado y no puedo decirte la verdad porque no la entenderías, la interpre¬tarías mal. Así que intenta durante un año mantenerte sano, callado, meditativo y luego vuelve. Si entonces me parece que puedes escuchar, te lo diré. Si no, acude a algún otro».
El hombre escuchó y se marchó. Durante un año se esforzó en permanecer sano, callado, tranquilo, pero nunca volvió.
¬Por lo que Bayazid preguntó:
-¿Qué le sucedió a aquel buscador?
Dijo alguien:
-Le preguntamos: «¿Por qué no vuelves?», y él dijo: «Aho¬ra ya no necesito volver, porque puedo entender desde aquí, en donde estoy, lo que Bayazid puede decir».
Ésta es la paradoja: cuando no estás preparado, preguntas, pero entonces no se te puede decir nada. Cuando estás prepara¬do no preguntas, pero sólo entonces se te puede decir algo.
Si eres tuerto, estás siempre buscando insultos, y si buscas insultos los encontrarás: éste es el problema. Si estás buscan¬do algo, ésta es la desgracia: lo encontrarás. No es que nadie te esté insultando; lo encontrarás. De modo que no busques este tipo de cosas, porque las encontrarás en todas partes.
Alguien reirá, no de ti, porque ¿quién eres tú? ¿Por qué pien¬sas que eres el centro del mundo? Ésta es una actitud egoísta. Vas por una calle y alguien ríe y piensas que se ríen de ti. ¿Por qué de ti? ¿Quién eres tú? ¿Por qué estás seguro de que eres el centro de todo el mundo? Alguien ríe: se ríe de ti; alguien insul¬ta: te insulta; alguien se enfada: se enfada contigo.
En toda mi vida, no he encontrado ni una sola persona que estuviera enfadada conmigo. Mucha gente estaba enfadada, pero nadie estaba enfadado conmigo, porque yo no soy el cen¬tro del mundo. ¿Por qué iban a estar enfadados conmigo? Es¬tán enfadados; esto es algo relacionado consigo mismos, no conmigo. Me he topado con gente violenta hacia mí, pero no eran violentos hacia mí. Esta violencia venía de su pasado; yo no era la causa de su origen. Yo era quizás la excusa, pero no la causa. Sólo una excusa: si yo no hubiera estado allí, cual¬quier otro hubiera provocado esa misma reacción en ellos; al¬gún otro se hubiera convertido en la víctima. Por lo que era una coincidencia que yo estuviera allí.
Cuando tu mujer se enfada contigo, es una coincidencia que estés allí. ¡Huye! Y no pienses demasiado en que está en¬fadada contigo. Estaba enfadada, tú estabas allí, esto es todo. Se hubiera enfadado con la criada, el niño, el piano, con cual¬quier cosa.
Todo el mundo vive a través de su pasado. Sólo los budas viven en el presente. Nadie más.
Ese hombre pensó: «Bien, me está mostrando que sólo tengo un ojo. Es un grosero. Me está insultando, dice que ten¬go sólo un ojo. Pero como era forastero, pensé que tenía que ser cortés».
Pero en el momento en que piensas que debes ser cortés, no eres cortés. ¿Cómo puedes serlo? La idea se ha colado: si piensas que el otro es grosero, te has vuelto grosero. No hay una pregunta ahora, porque la misma idea "el otro es grosero" se produce porque tu propia grosería ha aflorado. A través de tu grosería el otro parece grosero, le has coloreado. El otro muestra su dedo representando a Buda, ni siquiera ha mirado tu ojo. No le importa, sólo quiere cobijo.
Un Buda... y la interpretación de «Me está mostrando que sólo tengo un ojo; es grosero». Cuando piensas de alguien que es grosero, mira atrás: tú eres grosero. Por eso lo interpretas así.
Pero ¿por qué eres grosero? Porque tu grosería es una ma¬nera de proteger tu herida. La gente grosera está siempre su¬friendo de sentimientos de inferioridad. Si una persona no está de alguna manera aquejada de complejo de inferioridad, no será grosera. La grosería es su protección. Mediante la gro¬sería, protege su herida. Dice: «No te permitiré que toques mi herida. No te permitiré que me golpees».
Protege, pero la protección se convierte en “proyección”. Piensa que eres grosero, sólo entonces puede serlo el otro. Ésta es una manera de ser grosero. Primero tienes que probar que el otro es grosero, y tu ego dice aún: «Intentaré ser cortés».
Cuando eres cortés, tu cortesía no es sino una fachada. Por dentro, ha aparecido la grosería, y pronto o tarde explotará.

Pero como era forastero, pensé que tenía que ser cor¬tés, por lo que yo levanté dos dedos, felicitándole por tener dos ojos.

Esto es simplemente falso. ¿Cómo puedes felicitar a una persona si te sientes insultado? Si sientes que tienes un ojo y los otros tienen dos, ¿cómo puedes felicitar? En el fondo pue¬des sentirte envidioso, pero ¿cómo puedes felicitar? ¿Cómo puede la felicitación nacer de la envidia? Pero todas tus felici¬taciones nacen así. Es un modo cortés, es educación, etiqueta. Si eres vencido por alguien, incluso entonces le felicitas por la victoria. ¡Qué falsedad! Si fueras tal persona en realidad no hubieras luchado de ninguna manera. Cuando luchabas eras el enemigo, y ahora estás vencido y vas y le felicitas. En el fon¬do no hay más que envidia, estás hirviendo, quisieras matar a ese hombre. ¿Lo intentarás? en el futuro, ¡ya verás!
Pero la sociedad necesita de la etiqueta. ¿Por qué? Porque todo el mundo es violento. Si no hubiera etiqueta, saltaríamos al cuello del prójimo continuamente. La sociedad tiene que crear barreras. No se os puede permitir que ataquéis al otro siempre, de lo contrario la vida sería imposible.
Pero en realidad sí estáis continuamente saltando al cuello del prójimo. Tu etiqueta, tu cultura, tus modales civilizados, no hacen más que ocultar este hecho. No permiten que tenga lugar una verdadera civilización. Se vive algo falso, por esto se necesita cada diez años una gran guerra, en la que toda eti¬queta, todos los modales, toda moralidad son abandonados y las personas se lanzan unas contra otras sin ningún sentimien¬to de culpa. Entonces matar se convierte en el juego; cuanto más asesinas, más grande eres. Cuanto más grosero eres, me¬jor guerrero se te considera.
Y de regreso a vuestro país seréis recibidos como héroes; Pad-mabhushan, Mahavirachakra, la Cruz de la Victoria, os se¬rán dadas. Os darán medallas. ¿Por qué os dan tales medallas?
Por convertiros en bárbaros, en asesinos; y como has sido un gran asesino, tu país te entrega esta medalla. Y llamamos ci¬vilizados a estos países, donde los asesinos de masas son re¬conocidos, apreciados... eso sí, si alguien mata a una persona va a la cárcel, una acción así no puede tolerarse. Cuando toda la sociedad se vuelve loca, estalla la guerra; todo se pone a un lado, se permite que los hombres muestren su verdadera natu¬raleza. Por eso todo el mundo se siente feliz cuando hay una guerra. Debería ser de otro modo, pero no; no sentís porque ahora se os permite ser animales. Siempre quisisteis serlo. Vuestra cultura, vuestra etiqueta, vuestros modales son meros modos pulidos tras los que esconder el animal. Este hombre dijo:

...Por, lo que yo levanté dos dedos, felicitándole por te¬ner dos ojos. Ante lo cual, el miserable grosero levantó tres dedos, como queriendo decir que entre los dos sólo teníamos tres ojos.

Hagas lo que hagas, tu herida estará ahí. El otro está di¬ciendo: «Las tres Joyas de Buda», pero para ti es sólo la heri¬da que vuelve. Intentaste ser cortés, intentaste no ser grosero, incluso intentaste felicitar. Pero tú eres tú, tu mente continúa.
Ahora está mostrando tres dedos. De nuevo tu mente apa¬rece y dice: «¡Este energúmeno! Está diciendo que entre los dos tenemos tres ojos». De nuevo está señalando que tienes un solo ojo. Esto es demasiado. iYa basta!

... por lo que me enfadé y le amenacé con darle un puñe¬tazo en la nariz.
Así que se fue.

Estaba enfadado desde el principio. Antes de encontrarse con el otro ya estaba enfadado, porque no puedes crear enfa¬do si éste no está presente. Sólo puedes crear cosas que ya es¬tán presentes, tu creación no viene de la nada. Es tan sólo que un estado inmanifestado se vuelve un estado manifestado. La cólera está ahí, no necesitas crearla. Alguien se convierte en la excusa y aflora. No estás enfadado con él, no es la causa. Es¬tás acarreando la cólera y él se ha convertido en la excusa. El enfado está dentro; nadie puede hacerte enfadar si no estás ya enfadado. Pero siempre pensamos que alguien nos hace enfa¬dar, alguien nos deprime, alguien nos hace esto o lo otro.
Nadie te hace nada. Incluso si te dejan solo estarás enfada¬do, estarás colérico. Aunque todo el mundo desaparezca, ha¬brá momentos en que estarás triste, momentos en que te sen¬tirás feliz, otros en los que estarás enfadado, o bien te sentirás muy benevolente.
Es la manifestación de tu historia interior. Esto es lo que llega a entender un hombre con capacidad de comprensión: que todo es una manifestación de mí mismo. Tú me das sólo la oportunidad, la situación, pero el resto es una manifestación de mí mismo.
Una semilla cae en la tierra, germina, empieza a crecer un árbol. La tierra, el aire, las lluvias, el sol, le están dando una oportunidad, pero el árbol estaba escondido en la semilla. Tú acarreas todo el árbol de tu manifestación; los demás se con¬vierten en la oportunidad. Cuando suceda algo, no mires afue¬ra, mira adentro, porque lo que está sucediendo se halla co¬nectado con tu pasado, no con la persona allí presente.

... me enfadé y le amenacé con darle un puñetazo en la nariz. Así que se fue.
El hermano mayor se rió.

El hermano mayor podía ver ambos puntos de vista. Por una parte, el vagabundo educado no había hablado a este hombre, su hermano no había gesticulado para él. Por otra parte, el tonto de su hermano no entendió los gestos de aquél. No se tocaron; entre ellos había habido un abismo, sin puente.
Discutieron, concluyeron. Uno fue vencido, otro fue vence¬dor, y nunca se encontraron, ni por un instante. Se rió.
Esta risa puede convertirse en iluminación, en compren¬sión profunda, en transformación. Si esta risa no se debe a la estupidez de este hermano o a la estupidez de aquel vagabun¬do, si esta risa se debe a toda la situación: cómo funciona la cabeza, cómo dos cabezas, dos pasados, pueden no encontrar¬se nunca, cómo dos mentes siempre permanecen separadas, no hay para ellas modo de encontrarse y mezclarse una con otra. Si se ríe de la situación en conjunto, no de este her¬mano o de aquel vagabundo educado, porque si se ríe de este hermano o de aquel vagabundo educado, esta risa no puede convertirse en iluminación, seguirá siendo el mismo, si se ríe de la situación en su conjunto: cómo funciona, cómo argu¬menta la mente, cómo trabaja dentro de sí misma, sin salir nunca, cómo siempre está cerrada, nunca abierta, cómo la mente sólo es un sueño interior, una pesadilla... Si entiende esto, esta risa se convertirá en un estallido. El cubo, todo el cubo caerá, el agua se derramará; ni agua, ni luna.
Basta por hoy.






CAPÍTULO 3

«¿Ah, sí?»

Los vecinos del maestro zen Hakuin le respetaban como a quien lleva una vida pura.
Cierto día se descubrió que una guapa chica que vivía cerca de Hakuin estaba preñada.
Sus padres se enfadaron mucho. Al principio, la muchacha no quería decir quién era el padre, pero tras mucho tira y afloja nombró a Hakuin.
Muy encolerizados, los padres se dirigieron al maestro, pero él sólo dijo: «¿Ah, sí?».
Al nacer, el niño fue entregado a Hakuin, que por entonces ya había perdido su reputación, aunque tal cosa no parecía afectarle demasiado.
Hakuin lo cuidó muy bien. Consiguió leche, alimento y todo cuanto el niño necesitaba de sus vecinos.
Pasado un año, la joven madre no pudo aguantar más, de modo que les contó la verdad a sus padres: el padre verda¬dero era un muchacho que trabajaba en el mercado del pes¬cado. La madre y el padre de la chica fueron inmediatamen¬te a contarle la historia a Hakuin, se deshicieron en excusas y tras pedirle perdón, quisieron recuperar al niño.
El maestro, entregándoles al pequeño sin hacerse rogar dijo: «¿Ah, sí?».

¿Qué es una vida pura? ¿Qué es lo que llamas pureza? Por¬que lo que llamas pureza no es la pureza verdadera. Tu pure¬za es un cálculo, un cálculo moral. Tu pureza no es la pureza de un santo -su pureza es inocencia-. Tu pureza es una espe¬cie de astucia, un truco.
Esto es lo primero que hay que comprender. Sólo si lo en¬tiendes a fondo podrás saber lo que es un sabio, lo que es un santo, lo que es un hombre de conocimiento. Porque si tomas mal la medida, si la base misma de juicio es falsa, todo el res¬to será falso.
La pureza verdadera es como un niño: inocente; inocente en cuanto a lo que es bueno y lo que es malo; inocente res¬pecto de toda distinción. La pureza verdadera no conoce qué es Dios y qué el diablo. Pero tu pureza es una elección, una elección de Dios a costa del diablo, de lo bueno a costa de lo malo. Ya has establecido una distinción, ya has dividido la existencia. Y una existencia dividida no puede llevar a la ino¬cencia.
La inocencia florece únicamente cuando la existencia es indivisa. La aceptas tal cual. No escoges, no divides, no esta¬bleces ninguna distinción. En realidad no sabes lo que es bue¬no y lo que es malo. Si lo sabes, calcularás, y la pureza será entonces un artificio, no una floración.
Voy a contarte una anécdota: Jalil Gibran escribió un cuento precioso. Un sacerdote se dirigía al templo. Justo a lado de la carretera vio a un hombre a punto de morir. Estaba sangrando, como si hubiera sido objeto de un grave ataque. Se encontraba lleno de heridas y perdía mucha sangre.
El sacerdote tenía prisa; tenía que llegar al templo a la hora, la gente debía de estar allí esperando. Pero era un hom¬bre de principios; no diré de pureza... era un hombre de prin¬cipios. Reflexionó sobre lo que tenía que hacer. Calculó y a continuación pensó: «Es mejor ayudar a este hombre que se está muriendo. Es lo que dijo Jesús. Es mejor olvidar el tem¬plo, los creyentes; ellos pueden esperar un poco. Pero a este hombre hay que ayudarlo enseguida, si no se morirá».
De modo que se acercó al herido; pero en cuanto le vio el rostro se asustó. Esa cara le parecía familiar, y muy malvada. Entonces de pronto recordó que en su templo había un cuadro del diablo, que no era otro que ese hombre. ¡Era el diablo! Así que empezó a correr hacia el templo.
El diablo le llamó: «¡Sacerdote, escucha! -dijo-. Si muero te arrepentirás por siempre jamás. Porque si muero, si el mal muere, ¿dónde estará Dios? Si el mal muere, ¿cómo sabrás lo que es bueno? Existes gracias a mí. ¡Piénsalo!».
El sacerdote se detuvo. El diablo tenía razón: si él moría, no habría infierno. Y si dejaba de existir el miedo, ¿quién ado¬raría a Dios? Todas las plegarias se basan en el miedo. Estás asustado, tu amor por Dios se basa en el miedo del diablo. El mal es la medida de tu bondad. Dios necesita al diablo.
El diablo dijo: «¡Dios me necesita! No puede existir sin mí. Todos los templos se derrumbarán y nadie acudirá a adorar. No encontrarás ni a un solo hombre religioso si yo no existo. Yo los tiento; gracias a mi tentación se hacen santos. ¿Has oído hablar de un santo que no haya sido tentado por el diablo? Tu Jesús, tu Zoroastro, tu Buda, ¡todos ellos fueron tentados por mí! Yo fui quien los hizo santos. De modo que, ¡vuelve!».
El sacerdote vaciló un poco, pero el diablo era lógico, lo es siempre; es la lógica encarnada. No puedes razonar con él, no puedes discutir. Si discutes, pierdes. No puedes ganar una dis¬cusión con el diablo.
El sacerdote tuvo que darle la razón. Dijo: «Parece que tie¬nes razón. ¿Dónde estaríamos sin ti?». De modo que llevó a cuestas al diablo hasta el hospital. Esperó allí hasta tener la certeza de que ya no había peligro y que sobreviviría, y de esta forma también sobrevivirían todos los templos, todos los sacerdotes y todas las religiones.
Este sacerdote es un hombre moral, pero no un hombre puro. Su vida es un cálculo matemático, y si calculas ya has sido vencido por el diablo. No puedes calcular mejor que él. Si discutes, si divides la vida, si ésta se convierte en un pro¬blema lógico, ya no tienes posibilidad de vencerle nunca. El juego ya está perdido. Estás perdiendo la batalla.
Un hombre de inocencia no sabe quién es Dios y quién es el diablo. Un hombre de inocencia vive con su inocencia, no con sus cálculos. No es astuto, es sencillo. Vive momento a momento, ni el pasado ni el futuro tienen para él sentido al¬guno. Le basta el momento presente.
Pero tu moral..., tu moral ha sido creada por el sacerdote que ayudó al diablo; porque discutió, y discutió bien. Tu moral no es pura. De modo que cuando hay alguien que puede com¬portarse como piensas que debe hacerlo un hombre puro, que puede manipularse a sí mismo, le honras, le respetas, le llamas santo. Tus santos son tan de pacotilla como tú, porque tú decides y juzgas quién es santo. Tu moral no es más que miedo, un mie¬do oculto, y lo disimulas tan bien que nunca lo descubres.
¿Cómo puede volverse inocente un cálculo? Y si no te vuelves inocente, inocente como los árboles, inocente como los animales, inocente como los recién nacidos, ¿cómo pue¬de sucederte la pureza? No es algo que puedas controlar. Si controlas, es represión y siempre está presente lo contrario. Si te vuelves casto, el sexo está ahí escondido, en el inconscien¬te, esperando el momento de exigir, de rebelarse. Si te vuelves no violento, la violencia está allí. El contrario no puede ser eliminado. Si escoges, el contrario queda siempre reprimido; es lo único que puedes hacer. Sólo en una mente inocente de¬saparece el contrario, porque nada se ha escogido: el contra¬rio no puede existir sin elección.
Por eso Krishnamurti recomienda continuamente no esco¬ger y vivir sin escoger: es ésta la base de la inocencia. Pero tú puedes engañarte a ti mismo escogiendo no escoger: «Como Krishnamurti dice "No escojas", no escogeré». Si tú decides, ha entrado en escena la voluntad, y la voluntad es astuta. Si tú decides no escoger, tu abstención será parte de una moral, no de la pureza.
Limítate a comprender, no escojas, ni siquiera escojas no escoger. Limítate a comprender el conjunto de la situación: que todo cuanto escojas, todo cuanto hagas, nacerá de la men¬te calculadora. No puede ser lo auténtico. Tu mente sólo pue¬de producir sueños, no puede producir la verdad. Ésta no pue¬de ser producida, nadie puede producirla. Está ahí; hay que verla. No hay que hacer nada, basta con una mirada, una mi¬rada sin prejuicios, una mirada sin elección, una mirada sin distinciones.
Un hombre de Dios, si ha reprimido, si ha negado al dia¬blo, no es un hombre de Dios auténtico. El diablo estará a la vuelta de la esquina. Una vez que has dividido, estás atrapado en la batalla de los contrarios y serás aplastado. Si no decides, no sabes lo que es bueno, lo que es malo, te limitas a acep¬tar cuanto sucede. Sucede, ¿qué puedes hacer? No se puede hacer nada. De modo que flotas como una nube blanca. No sa¬bes adónde vas, ni por qué vas. El viento sopla hacia el norte, vas hacia el norte; el viento vira entonces hacia el sur, te des¬lizas hacia el sur. Flotas con el viento. No dices: «Voy hacia el sur, no puedo ir hacia el norte». No luchas.
Un hombre de pureza no es un soldado, es un santo. Y un hombre de moral es un soldado, no es un santo. Claro está que la lucha es por dentro, no por fuera. Claro que la lucha no es con otro, sino consigo mismo; pero hay lucha.
No te hace falta ser un luchador. Y si luchas, perderás la batalla. ¿Cómo puedes luchar contra el todo? Sólo eres una parte diminuta, una parte atómica. ¿Cómo puedes luchar con¬tra el todo? Un hombre de pureza ni lucha ni se rinde, porque también la rendición pertenece al soldado. Primero lucha, lue¬go encuentra imposible ganar, y entonces se entrega. Su en¬trega es también de segunda mano, llega gracias a la lucha. Un hombre de pureza sencillamente existe. No es un lucha¬dor, no tiene por qué rendirse. No hay nada que entregar, na¬die a quien entregarlo. ¿Quién va a entregarse y qué es lo que hay que entregar? Nunca ha luchado.
La comprensión te lleva a la aceptación, y ésta te da pure¬za. Pero esta pureza no puede ser honrada por la gente, por los vecinos: no la pueden entender. La moral pertenece a un país, la pureza no pertenece a ningún país. La moral pertenece a una época, la pureza es intemporal. La moral pertenece a esta sociedad, o a esta otra: hay tantas morales como sociedades. La pureza es una, vayas adonde vayas es la misma, como el sabor del mar: vayas adonde vayas es salado.
Si saboreas un Buda, un Jesús, un Ramakrishna, todos ellos son como el mar -el mismo sabor salado-. Pero un hom¬bre de moral es diferente. Un hombre de moral, si es musul¬mán, será diferente; si es hindú, no puede ser igual. Si es cris¬tiano, también será diferente. Un hombre de moral tiene que seguir el código, la ley de la sociedad. Las sociedades son mu¬chas, las morales son millones. Las sociedades cambian, las morales cambian. La pureza es eterna: trasciende el tiempo y el espacio. Trasciende clima, países; trasciende tribus. Tras¬ciende cuanto está hecho por el hombre. La pureza no está he¬cha por el hombre; las morales sí lo están.
Ahora deberíamos entrar en esta bella historia, que suce¬dió en realidad, es un hecho histórico.

Los vecinos del maestro zen Hakuin le respetaban como a quien lleva una vida pura.

No sabían, no se daban cuenta de que la pureza de sus mentalidades no puede aplicarse a este hombre. No se daban cuenta. Pensaban: «Es un hombre moral», y no era un hombre moral. Era un hombre puro, un hombre inocente, pero no un hombre moral. Era un hombre religioso, y recuerda la dife¬rencia, pertenecía a la inocencia eterna, era como un niño. Pero la gente le respetaba porque todavía no se habían dado cuenta de la distinción entre moral y pureza amoral.
Pensaban que era un santo, pero no era santo tal como ellos lo entendían. Era un santo, pero no un santo que puede ser medido por ti. Tus reglas no pueden aplicarse aquí. Ten¬drás que abandonar tus medidas y mirar; sólo entonces el san¬to, el auténtico santo, se te revelará.

Cierto día se descubrió que una guapa chica que vivía cerca de Hakuin estaba preñada.
Sus padres se enfadaron mucho. Al principio, la muchacha no quería decir quién era el padre, pero tras mucho tira y afloja nombró a Hakuin.
Muy encolerizados, los padres se dirigieron a Hakuin, pero él sólo dijo: «¿Ah, sí?».

Ni lo negaba ni lo aceptaba. No se comprometía. No decía: «No soy responsable». No decía: «Soy responsable». Sólo de¬cía algo muy poco comprometedor; decía: «¿Ah, sí?», como si no tuviera que ver con él, indiferente, totalmente ajeno al asunto. Simplemente preguntaba: «¿Es cierto que soy el padre del niño?».
¿Qué significa esto? Significa una aceptación tan total que ni siquiera se necesita la aceptación. Porque cuando dices: «Acepto», en el fondo has negado. Cuando dices sí, el no está implícito. Él no podía siquiera decir sí. ¿Quién era él para de¬cir sí o no? Si tal cosa había sucedido, si era un hecho, enton¬ces él iba a ser tan sólo un testigo del mismo. Si la gente ha¬bía llegado a pensar que él era el padre, entonces ¿por qué molestarles innecesariamente y decir algo así o asa? No iba a escoger. Esto es ausencia de elección. No iba a ser esto o lo otro, no iba a defenderse.
La pureza nunca está a la defensiva. La moral siempre lo está, por eso se ofende muy fácilmente. Basta con que mires a un moralista, a un puritano, para que se sienta ofendido. Si di¬ces algo, se ofende; inmediatamente lo negará y se defenderá. Pero éste es uno de los descubrimientos básicos de todo busca¬dor: que cuando defiendes algo significa que estás asustado.
Si Hakuin hubiera sido un santo ordinario se hubiera de¬fendido, y también se hubiera defendido honestamente, no ha¬bía problema a este respecto: más tarde se demostró que el niño nunca había sido suyo, no era el padre. Un santo ordina¬rio, por decirlo de alguna forma, un hombre de moral, incluso si hubiera sido el padre, se hubiera defendido. Y Hakuin no era el padre, pero no se defendió.
La inocencia es inseguridad, por eso es inocencia. Si la de¬fiendes y la haces segura, no es inocencia, ha entrado en esce¬na el cálculo.
¿Qué debe haber pasado dentro de Hakuin? ¡Nada! Se limi¬tó a escuchar el hecho de que la gente había empezado a creer que él era el padre, por lo que preguntó: «¿Ah, sí?». ¡Nada más, eso es todo! No reaccionó de ninguna manera. No iba a decir sí, ni no. No estaba a la defensiva, estaba abierto y vulnerable. La inocencia es vulnerable; es total vulnerabilidad, apertura.
Cuando defiendes, cuando dices que esto no es así, estás asustado. Sólo el miedo es defensivo. En ausencia de miedo no puede haber defensa. El miedo siempre se protege. Si alguien dice que no eres honesto, inmediatamente te defiendes. ¿Por qué? ¿Por qué preocuparse tanto por esto? ¿Por qué reaccio¬nar? Porque sabes que eres deshonesto. Por eso duele. La ver¬dad duele mucho, porque la herida existe. Sabes que eres des¬honesto, y si alguien dice que eres deshonesto no puedes reír, te pones serio. Tienes que defenderte, de otro modo la cosa llegaría a saberse. Tienes que luchar, sino el mundo empeza¬ría a pensar que eres lo que eres.
Y si la gente se entera de que eres deshonesto, será difícil serlo, porque sólo si la gente cree que eres honesto puedes continuar siendo deshonesto. Así funciona. La gente tiene que creer que eres un hombre sincero, sólo así puedes mentir. Si todo el mundo sabe que eres un mentiroso, ¡se acabó! ¿Cómo puedes mentir entonces? Hasta las mentiras necesitan que haya una especie de confianza a tu alrededor.
Únicamente puedes ser un ladrón si la gente piensa que eres un santo, entonces es muy fácil ser ladrón, porque no in¬tentarán protegerse de ti.
Una persona inmoral defenderá siempre su carácter. Inten¬tará demostrar que es un hombre de carácter, pero esto de¬muestra que no tiene carácter. Si no eres deshonesto y alguien dice que eres deshonesto, dirás: «¿Ah, sí? Quizás, puede ser, ¿quién sabe?». Dirás: «Observaré de nuevo. Tengo que obser¬var de nuevo mi interior. Acaso tengas razón».
Pero esto es honestidad. ¿Cómo puede ser deshonesto un hombre que dice: «Observaré, intentaré averiguar. Acaso ten¬gas razón»? Esto es auténtica honestidad. Este hombre no puede ser deshonesto. Pero si eres deshonesto y alguien te lo dice, te ofendes. Te defiendes porque te ofendes. Estás siem¬pre preparado y dispuesto a responder. Llevas encima certifi¬cados de carácter: «Soy un hombre de carácter».
El miedo crea una armadura. Ahora la psicología profunda se ha dado cuenta de que todos los caracteres son armaduras.
Nace un niño, no sabe lo que es bueno, lo que es malo. En¬tonces hay que enseñarle a hacer distinciones. Si hace algo que es considerado malo se le castiga. ¿Qué sucede con la mente del niño? ¿Qué sucede en su consciencia? En lo que res¬pecta a su inocencia, no puede ver lo que aquello tiene de malo. ¿Por qué es malo? Pero el padre y la madre, que son po¬derosos, dicen: «Esto es malo, y si lo haces serás castigado. Si no lo haces, serás apreciado, premiado».
Tiene que escucharles, porque son poderosos, y tiene que reprimirse a sí mismo y a su propia inocencia. Crea una ar¬madura alrededor de sí mismo. Algunas cosas que no tiene que hacer empiezan a darle miedo, porque si las hace, le cas¬tigarán. Debe hacer algunas otras cosas, porque entonces le premiarán.
Se crea la codicia, se crea el miedo. Y entonces el niño pasa a través de muchas experiencias en las que es castigado, en las que es premiado. Poco a poco, crea un carácter alrede¬dor de su consciencia. Carácter significa crear hábitos que la sociedad considera buenos y destruir hábitos que la sociedad considera malos -esto es carácter-. Y este carácter es una ar¬madura, porque si no lo creas la sociedad te destruirá. La so¬ciedad no te permitirá existir. Para existir, para sobrevivir, tie¬nes que confeccionar un carácter, pues de otro modo acabarás en la cárcel, castigado.
¿Por qué estáis tan en contra de los criminales? ¿Por qué los castigáis tanto? No porque sus crímenes sean tan grandes, no porque la justicia así lo exija, no. Os estáis vengando. Han desobedecido a la sociedad, os han desobedecido a vosotros, a la estructura, a lo establecido. Son rebeldes. Le estabais di¬ciendo: «Esto es malo», y ellos lo siguieron haciendo; la sa¬ciedad se vengará. Y vuestros tribunales y jueces no son en re¬alidad hombres de justicia, son verdugos. Son los asesinos nombrados por la sociedad, en nombre de la justicia, para ven¬garse. Asesinan, matan, pero en nombre de la justicia.
Un hombre roba, es un ladrón. Le envían a la cárcel por cinco años, siete años, diez años. ¿Va a servir de algo? Cuan¬do sale, ¿le va a impedir volver a robar? No, al contrario; sal¬drá convertido en un ladrón más perfecto, porque en la cárcel se encontrará con los maestros. Allí aprenderá los secretos de la profesión, allí se enterará de por qué le han cogido, en qué falló. La próxima vez no será tan fácil cazarle. Se volverá más eficaz, estará más alerta.
Vuestro castigo nunca cambia a nadie. Pero seguís casti¬gando y decís: «Le estamos castigando para cambiarle». Un hombre asesina, entonces la sociedad le asesina... Dicen: «¿Por qué asesinaste?». Pero esto parece una estupidez. Él ha asesinado, hizo algo malo, y ahora la sociedad lo asesina a él, ¡Y la sociedad no hace nada malo! ¿Y cómo va a cambiarle el hecho de matarle? Ya no existirá.
¡No! Os estáis vengando. Y sabéis en el fondo que no sólo es la sociedad la que está haciendo esto, vosotros lo estáis ha¬ciendo también. Sois un padre, o una madre; castigáis a vues¬tro hijo. ¿Habéis observado alguna vez vuestra mente, por qué castigáis? Id hasta el fondo y allí encontraréis una actitud ven¬gativa. Diréis: «Le estamos enseñando. ¿Cómo va a aprender si no es castigado?». Pero éstas sólo son racionalizaciones. In¬teriormente, el padre se siente herido porque el niño ha deso¬bedecido, ha sido rebelde, ha hecho algo que se le dijo que no hiciera: el ego del padre se siente herido.
Si observáis las escrituras antiguas, el Antiguo Testamen¬to, el Corán y otras escrituras, inmediatamente os daréis cuen¬ta de que Dios es muy vengativo. Te envía al infierno, no por¬que lo exija la justicia, sino porque has desobedecido. En el Antiguo Testamento, se dice: La obediencia es virtud, la de¬sobediencia es pecado. No es cuestión de lo que se te diga, la obediencia es virtud, y la desobediencia, pecado.
Si la obediencia se hace forzosa, nace un carácter. Entonces el niño empieza poco a poco a aprender; aprende, se vuelve cal¬culador -qué hacer, qué no hacer-. La inocencia es envenena¬da. Ya no queda inocencia, ha aparecido el cálculo. Y ahora ya sabe cómo influenciarte, cómo manipularte, cómo ser un niño bueno para ser premiado y cómo no ser un niño malo.
Y esta armadura del carácter funciona en doble sentido. Se protege a sí mismo de la sociedad, pero en el fondo la consciencia no sabe lo que es bueno y lo que es malo. Por lo que tiene que luchar consigo mismo continuamente. Este carácter se convierte en un arma de doble filo: exteriormente es una protección contra la sociedad, interiormente es una lucha constante.
Te enamoras de una mujer y no es tu mujer. ¿Qué hacer? La sociedad te ha enseñado que esto es inmoral. Pero incluso tu consciencia se ha enamorado, porque la consciencia no sabe lo que es inmoral y lo que es moral. Sucede algo, no puedes remediarlo. Tu carácter empieza a luchar y dice: «Esto es in¬moral, evítalo, contrólalo. No vayas en esta dirección, es malo». Entonces empiezas a luchar. Esta lucha crea ansiedad, tu espontaneidad se pierde. Para los otros, eres un hombre de carácter; no puedes perder tu reputación, porque entonces el ego se perdería.
Por dentro tú también piensas que eres un hombre de ca¬rácter. Empiezas a sentirte culpable, empiezas a castigarte. Tantos monjes en tantos monasterios ayunan no por ser un acto religioso, sino como autocastigo. Se sienten culpables, continuamente. Y es muy difícil encontrar un monje que no se sienta culpable, muy difícil, porque todo es malo: mirar una mujer bella es malo, comer algo sabroso es malo, sentirse có¬modo es malo; todo es malo. Continua culpabilidad, de modo que ¿qué hacer ahora?
Sólo queda una cosa... No es un criminal, porque no ha he¬cho nada, por lo que la sociedad no le puede castigar. Y todos le respetáis. Así que ¿qué puede hacer? Tiene que castigarse a sí mismo. Comenzará un ayuno. Empezará una vigilia de siete días. No se permitirá dormir, no se permitirá sentirse cómodo, no comerá cosas sabrosas, no mirará nada bello, no gozará de nada. De esta manera se castigará a sí mismo, y cuanto más se autocastiga, más honorable se vuelve a vuestros ojos. Y no es, sino un hombre enfermo, un pervertido.
Es patológico, es un caso clínico. Hay que estudiarlo, no respetarlo. Algo le ha fallado dentro. Su mente no está bien: se halla dividido, fragmentado, está continuamente en contra de sí mismo. Esto es lo que significa ansiedad: cuando estás en contra de ti mismo, estás ansioso. Luchar continuamente con¬tra ti mismo creará tensión.
Y nunca te puedes permitir nada, porque temes que si, lo haces todo lo que has reprimido saldrá a la superficie. No pue¬des relajarte. Vuestros así llamados santos no pueden relajar¬se. Ni siquiera durmiendo pueden hacerlo, porque tienen mie¬do de la relajación. Si se relajan, ¿qué sucederá? Entonces el cuerpo dirá: «Ponte cómodo». Entonces la mente dirá: «En¬cuentra sabroso el alimento, encuentra alimento sabroso». Entonces el cuerpo deseará: «Encuentra una mujer, encuentra un bello cuerpo que abrazar. Encuentra alguien con quien te puedas unir y fundir». Si te relajas, también se relajará todo lo que has reprimido. De modo que vuestros santos no pueden relajarse, tienen miedo de hacerlo. Están tensos, continua¬mente tensos, se puede sentir esta tensión. Si te acercas a un santo, a su alrededor hay un campo de tensión. Si te acercas a un santo también te pondrás tenso.
Pero un santo auténtico, un sabio, que es un hombre de pu¬reza, no un hombre de moralidad, está continuamente relaja¬do... y si te acercas a él te sentirás relajado. Pero entonces quizás te asustes, porque en ese estado de ánimo es más fácil que tus propias represiones empiecen a aflorar.
Mucha gente viene a mí y dice: «Esto es peligroso, porque cuando meditamos y nos relajamos, muchas cosas que no nos estaban molestando antes, empiezan a molestamos».
Un hombre casado con seis hijos vino a mí hace unos días y dijo: «Nunca en mi vida he mirado a otras mujeres, nunca. Pero ¿qué está ocurriendo? Estoy meditando y por primera vez, y tengo ahora cuarenta y ocho años, seis hijos, una espo¬sa y todo va bien, de repente, las mujeres se han vuelto muy atractivas. ¿Qué hacer?». Ahora tiene miedo. Debe haber es¬tado reprimiendo este sentimiento a lo largo de cuarenta y ocho años. Ahora, de pronto, ha aprendido cómo relajarse. Pero cuando te relajas, lo haces totalmente, de modo que cuanto ha sido reprimido se relaja también.
Por primera vez se está volviendo joven. «En realidad -le dije- nunca has sido joven. Ahora te estás volviendo joven otra vez, de modo que las mujeres se han vuelto atractivas para ti. Pero no tengas miedo, todo se va a volver atractivo ahora: los árboles parecerán diferentes, las flores parecerán diferentes, ¿y por qué no una mujer? Todo va a ser diferente. Y si tienes miedo de que esto ocurra, entonces la existencia nunca será bella para ti.
“Y cuando toda la existencia se ha vuelto bella, has llega¬do a la puerta de la divinidad, nunca antes. Si tienes miedo de una mujer, ¿qué pasará cuando Dios llegue? Será tan bello que olvidarás completamente a tu mujer. ¿Qué harás? Tienes miedo de una mujer, ¿qué sucederá contigo cuando una belle¬za tremenda estalle en el mundo, por todas partes? De modo que no te cierres...».
Pero él dijo: «Quizás tengas razón, pero ¿qué pasará con mi familia? Tengo hijos».
Éstos son los temores. Con una mente reprimida, la relajación es lo más peligroso. Te acercas a mí y preguntas: «¿Cómo rela¬jarse?». No sabes lo que estás preguntando, porque tu sociedad te ha entrenado para no relajarte, tu sociedad te ha enseñado cómo controlar, y aquí yo te estoy enseñando a relajarte. Es algo total¬mente antisocial. Pero Dios es antisocial. El más allá es antiso¬cial. Tu sociedad es creación de mentes patológicas como la tuya.
Han hecho normas y reglas, y los tipos patológicos son siempre muy eficaces a la hora de hacer reglas y normas. Ellos mismos están reprimidos y tristes; quieren que los demás también estén reprimidos y tristes. No pueden permitirte ser tan feliz.
Observa al profesor de una escuela primaria, con una vara en la mano, matando niños pequeños que todavía son felices. La sociedad no los ha destruido, todavía son espontáneos. Ob¬serva a este profesor: triste, enfadado, siempre enfadado, siem¬pre matando lo natural, el Tao, lo espontáneo. Sólo será feliz cuando todos estos niños se vuelvan viejos y muertos. Enton¬ces se sentirá cómodo, habrá hecho su trabajo.
Los psicólogos dicen que quienes se sienten atraídos por las escuelas, para convertirse en maestros, son gente sádica. Y no hay nada como una escuela si eres un sádico, porque los ni¬ños son tan débiles, tan indefensos, que puedes hacer con ellos cualquier cosa. Les pegas y no pueden rebelarse. Haces algo y no pueden responder, tendrán que aguantar. Y estás ha¬ciendo esto por su propio bien, de modo que no se te puede re¬prochar. Le estás ayudando a crecer.
Pearl ha dicho que toda la sociedad está loca y que los ni¬ños caen en manos de muchos locos. Llegan inocentes, pero in¬mediatamente nos ocupamos de ellos y los convertimos en lo¬cos. Algunos de ellos huyen por la puerta de servicio: son criminales. Y otros huyen por la puerta principal: son sabios.
Los sabios y los criminales tienen una cualidad en común: la rebeldía. Pero el criminal se ha torcido en su rebeldía. Su rebeldía es destructiva, no creativa. Mientras que el santo ha tomado un camino de rebeldía, pero creativa.

Sus padres se enfadaron mucho. Al principio, la muchacha no quería decir quién era el padre, pero tras mucho tira y afloja nombró a Hakuin.
Muy encolerizados, los padres se dirigieron a Hakuin, pero él sólo dijo: «¿Ah, sí?».
Al nacer, el niño fue entregado a Hakuin, que por entonces ya había perdido su reputación, aunque tal cosa no parecía afectarle demasiado.

Un sabio, un hombre puro, no encuentra muy diferente que le honres o le deshonres. De hecho, lo que pienses de él no tie¬ne importancia.
¿Por qué te importa tanto lo que piensan los otros? ¿Por qué las opiniones de los otros son tan importantes para ti? ¿Por qué te preocupas tanto? Porque no sabes quién eres. De¬pendes de sus opiniones sobre ti. Es el único conocimiento que tienes sobre ti mismo. Si dicen que eres bueno, eres bue¬no. Si dicen que eres malo, eres malo. No tienes nada dentro que pueda decir: «Sus opiniones son sus opiniones. Si soy bueno, soy bueno; lo que digan no cambia nada. Si soy malo, soy malo. Todo el mundo puede respetarme como a un santo, pero si soy malo, sé que soy malo, y esta fama no puede con¬vertirse en un sustituto, es inútil. Y si soy bueno, todo el mun¬do puede decir que no soy bueno, malo, perverso, el mismo diablo encarnado, ¿cómo puede esto cambiar nada?».
Quien se conoce a sí mismo nunca se preocupa por lo que piensas de él. Pero quien no se conoce a sí mismo siempre está preocupado, porque todo su conocimiento consiste en tus opiniones. Su conocimiento es sólo un archivo en el que ha acumulado lo que la gente piensa de él. Esto no es conoci¬miento de sí mismo. Es ignorancia de ti mismo, que escondes, disfrazas, mediante las opiniones de los demás. Tu identidad, tu imagen, está hecha por los otros. Estás condenado a una constante ansiedad porque los demás van cambiando sus opi¬niones.
Las opiniones son como el clima: nunca es igual. Por la mañana estaba nublado y ahora las nubes se han ido. Ahora hace sol, y poco después está lloviendo. Las opiniones son como las nubes, como el clima. ¿Qué puedes hacer tú? Mira a Richard Nixon: hace un instante lo era todo, y poco después, nada. La opinión ha cambiado, quienes estaban a su favor es¬tán ahora en contra, iy los mismos!
Esto es lo mejor del caso: la misma gente que te sienta en el trono te arrojará de él. Hay una dinámica, una ley interna, que la gente que te respeta en el fondo también te falta el res¬peto. Quienes te aman también te odian, porque están dividi¬dos. No son uno. De modo que después de ayudarte a llegar al trono, una parte de ellos se ha acabado: la parte del amor. ¿Qué sucederá ahora con la parte del odio? Inmediatamente la parte del odio empieza a funcionar. De modo que en cuanto un hombre se convierte en respetable el clima comienza a cambiar. En cuanto un hombre se ha convertido en presidente o en primer ministro, los votantes están ya cambiando. En re¬alidad, en el momento de votar una parte se acaba: la parte del amor. Ahora aflorará la parte del odio. De modo que la misma gente te lleva al trono, y la misma te hace bajar de él.
Sólo un sabio permanece impertérrito. ¿Por qué? Porque nunca presta atención a lo que dices. Lo que dices es de hecho basura. No sabes nada de ti mismo, y dices algo de Mahavira, Buda, Cristo. No sabes nada de ti mismo, y estás tan seguro de Jesús, de si es bueno o malo. Es basura. Y una persona puede prestar atención a tu basura únicamente si es como tú. Un sa¬bio no es como tú, y ésta es la diferencia.

Al nacer, el niño fue entregado a Hakuin, que por entonces ya había perdido su reputación.

Naturalmente, obviamente, los mismos que pensaron que era un sabio empezaron a pensar que se trataba de un diablo. Había cometido el pecado más grave, porque para la gente el sexo es el pecado más grave.
Estás tan en contra de la vida que el sexo se ha convertido en el pecado más grave, porque el sexo es el origen de la vida.
Estás tan muerto por eso el sexo se ha convertido en el peca¬do más grave. El sexo es el fenómeno más vivo del mundo. No hay nada tan vivo como el sexo. Llegas a través de él, al igual que los árboles o los pájaros; todo llega a través de él. Y todo lo que se vuelve vivo lo es gracias a él; el sexo es la fuen¬te originaria.
Si puedes dar un paralelo a Dios en este mundo, es el sexo. Por eso los hindúes han creado su símbolo, el shivalinga. Los hindúes son realmente excepcionales, sin comparación en este mundo, gente muy valiente, al hacer del shivalinga, el órgano sexual de Shiva, el símbolo de la divinidad.
El sexo es lo más divino en este mundo. Pero ¿por qué lo llamas pecado? Porque desde un principio te han enseñado que es un pecado. Te has olvidado completamente de que sa¬liste de él. Y has disimulado el hecho de que cuando la ener¬gía sexual se acabe en ti, morirás. La vida es la energía sexual latiendo dentro de ti.
Por eso un joven está más vivo, y un viejo está menos vivo. ¿Qué diferencia hay entre un joven y un viejo? En los jóvenes, la energía sexual está crecida. En el viejo, el aprovi¬sionamiento ha desaparecido, la corriente está bajando. Se ha convertido en un chorrito. En cuanto la energía sexual desa¬parece, estás muerto.
El sexo es vida, y hemos hecho de él el mayor pecado. En el fondo estamos contra la vida.
Por eso cuando te enteras de que un santo ha tenido una re¬lación sexual, toda su reputación desaparece de golpe. Si fue¬ra un ladrón no sería tan malo, le hubieras podido perdonar. Si se dedicara a acumular dinero, vuestros santos se dedican a ello, le hubieras podido perdonar; no sería un gran problema, la codicia no es un gran problema. Cualquier otra cosa que hubiera estado haciendo, le hubieras podido perdonar, pero sexo... ¡Imposible!
Nos hemos vuelto enemigos tan mortales de él que los cristianos dicen que Jesús nació sin sexo. Porque ¿cómo pue¬de Jesús nacer del sexo, el pecado original? ¿Cómo puede Je¬sús nacer del sexo? Todo el mundo nace del sexo; Jesús, no. Como el sexo es algo tan peligroso, dicen que Jesús nació del Espíritu Santo. Jesús no tiene padre, no ha habido contacto se¬xual. Salió de la matriz sin ningún contacto con el otro sexo.
¿Por qué este sinsentido? Pero dejemos a un lado a Jesús y a los cristianos. ¡Tú! Si piensas siquiera que tu padre, en uno u otro momento, debe estar haciendo el amor con tu madre, te sentirás culpable. ¿Cómo naciste tú? No eres un bastardo. Pero sólo pensar en tu padre haciéndole el amor a tu madre... Todo esto parece feo. Parece tan feo que no puedes imaginar a tu padre haciéndolo. Otros pueden estar haciéndolo, pero ¿tu padre? ¡Imposible! Has nacido de un padre bramachari, célibe; es lo que los cristianos dicen de Jesús.
Y cuando llegas a la certeza de que un santo, un gran sabio como Hakuin, ha dejado preñada a una chica, obviamente no sólo se ha esfumado el respeto. Debió de ser fuertemente insulta¬do. Debe de volverse imposible para él ir por la ciudad pidiendo limosna. La gente seguramente le arrojaría piedras, los mismos que le habían llevado guirnaldas y flores y se habían inclinado ante sus pies, los mismos. Pero Hakuin no se inmutaba.

Hakuin lo cuidó muy bien. Consiguió leche, alimento y todo cuanto el niño necesitaba de sus vecinos.
Pasado un año, la joven madre no pudo aguantar más, de modo que les contó la verdad a sus padres.

Debió de ser demasiado para ella ver que el respeto por Hakuin se perdía, que la gente le insultaba, que toda la ciudad estaba en su contra, y que él, mientras tanto, seguía mendi¬gando por el niño, para conseguir leche y alimento, las puer¬tas se cerraban en sus narices. Debió de ser verdaderamente difícil para ella.
... de modo que les contó la verdad a sus padres: el padre verdadero era un muchacho que trabajaba en el mercado del pescado.

Siempre trabajan en el mercado del pescado, los padres verdaderos.

La madre y el padre de la chica fueron inmediatamente a contarle la historia a Hakuin, se deshicieron en excusas, y tras pedirle perdón, quisieron recuperar el niño.
El maestro, entregándoles al pequeño sin hacerse rogar, dijo: «¿Ah, sí?».

En gracia o en desgracia, el sabio sigue igual. Respetado, in¬sultado, el sabio sigue igual. En la vida o en la muerte, el sabio si¬gue igual. De nuevo se limitó a decir las mismas palabras: «¿Ah, sí?». Otra vez sin comprometerse con nada, sin decir nada, sen¬cillamente aceptando el hecho: «¿Ah, sí?, muy bien».
Ésta es la consciencia de la pureza. Cuanto traiga la vida, dale la bienvenida. Si trae desgracia e insulto, acéptalo, dale la bienvenida. Si trae honor, felicidad, dale la bienvenida, acépta¬lo. Y no hagas ninguna distinción entre ambos. Si diferencias, tu equilibrio se ha perdido y el equilibrio es la pureza.
Cuando eres equilibrado, eres un sabio. Cuando deja de ha¬ber equilibrio, estás perdido, te has convertido en un pecador. El pecado no es algo que haces, el pecado es algo que sucede en tu interior cuando el equilibrio se ha perdido. No es un acto, es un equilibrio interno. Es lo que Mahavira llamó samyaktva: equilibrio interno; ni eso, ni esto. Entre ambos, ni hacia este lado, ni hacia este otro, porque si te mueves, aun el menor mo¬vimiento que nadie detectará, excepto tú... Recuerda esto: na¬die puede detectar tu equilibrio interno. Sólo tú puedes notarlo, ¡es tan sutil! Sólo un pequeño movimiento... y ya no estás en paz, ya no estás centrado, has perdido la divinidad. Porque ¿qué significa una ligera inclinación? Significa que has escogido, que se ha establecido una distinción, que has dicho esto es bue¬no, esto es malo, que ha aparecido la expectación y que ha ger¬minado el deseo. Significa que ahora estás motivado.
Si Hakuin hubiera dicho: «¡Bien! ¿O sea que os habéis en¬terado de la verdad?», hubiera significado que no era un sa¬bio, porque con ello hubiera querido decir que había estado esperando ese momento durante todo el año, que no había es¬tado en el presente, sino que durante todo ese año había pen¬sado en el futuro: «Un día u otro se sabrá la verdad. La gente me volverá a respetar. Cuando se enteren de que el niño no es mío, me respetarán de nuevo». Entonces hubiera esperado, pero el equilibrio se hubiera perdido...
Si Hakuin no hubiera sido un sabio, hubiera pensado y re¬zado a Dios para que él revelara la verdad a la gente. Pero, ¿por qué? Si ocurre que un niño te ha sucedido, y la gente piensa que es tu hijo, si la vida te ha traído un hijo, ¿qué im¬porta quién es el padre verdadero? ¡No importa! Hakuin le dio todos los cuidados, como un padre. El niño necesitaba un pa¬dre, ésta era la cuestión. Y Hakuin le hizo de padre con tanto amor como ningún otro hombre hubiera podido hacerlo. In¬cluso en el caso de que hubiera sido suyo, hubiera sido difícil darle tantos cuidados como le dio.
No era culpa del niño. No estaba contra él. Si hubieras es¬tado en el lugar de Hakuin, hubieras matado al niño, porque era la causa de tu desgracia. Te hubieras desembarazado de él y te hubieras trasladado a otro pueblo donde la gente te respe¬tase, porque no te conociese. Hubieras hecho algo para defen¬der tu respeto -todo tu prestigio estaba hecho añicos-. Pero Hakuin se limitaba a ocuparse del niño, sin preocuparse del pueblo. Lo que diga la gente no es la cuestión, no tiene im¬portancia. El niño necesitaba un padre, de modo que Hakuin se convirtió en su padre. No se inmutó, no reaccionó.
Y entonces, pasado un año..., cuando cuidas a un niño con tanto amor, nace el apego, es inevitable. Aunque el niño no sea tuyo, el niño se vuelve tuyo. Vivir con un niño durante un año y sufrir por él, sacrificar tanto por el niño, hace que naz¬ca un profundo lazo, una profunda relación. Uno se apega. Pero cuando los parientes regresaron y explicaron toda la historia, le pidieron perdón y recuperaron al pequeño, el maestro -se lo entregó sin hacerse rogar, sin que hubiera ni un solo temblor de apego. Sencillamente entregó el niño, dijo: «¿Ah, sí?», como si nada hubiera pasado. Todo el año había sido un sueño. Sólo el sueño se ha roto, y estás despierto.
Un sabio vive en este mundo entre vosotros, como si vi¬viera en un sueño. Sois sombras. Vive entre vosotros como si representara un papel, no se involucra. Está aquí, pero no dentro, sigue siendo un extraño. Y si puedes seguir siendo un extraño, tarde o temprano te darás cuenta: ni agua, ni luna. Porque cuando te involucras, se crea el agua; entonces vives con el reflejo, y no puedes pasar a lo real, entonces vives con lo irreal.
Tu apego crea el engaño. Y el engaño no está fuera de ti, maya no está fuera de ti, está dentro, en tus actitudes: apega¬do, escogiendo, a favor de esto y contra esto otro, haciendo distinciones, gusto y disgusto.
Está en ti. Creas tu ilusión y luego vives en ella, y enton¬ces ella te aturde. En este estado de aturdimiento sólo puedes ver el reflejo, nunca puedes ver la luna real.
Este Hakuin se mantuvo equilibrado. Cuanto sucedió afuera no le afectó para nada por dentro. Por dentro siguió equilibrado: no entraron ondas, vibraciones de fuera. Perma¬neció callado, como si fuera un sueño. Y aceptó cuanto suce¬dió. No se convirtió en un hacedor, un karta, siguió siendo un testigo.
Estas palabras, «¿Ah, sí?», pertenecen al alma que testifi¬ca; sin emitir juicio, diciendo simplemente: «¿Ah, sí?». Y esto es todo cuanto había en su interior, «¿Ah, sí? Está bien».
Para un santo, todo cuanto sucede está bien, no tiene elec¬ción. Y cuando no hay elección, no hay agua. Ni agua, el re¬flejo desaparece, maya desaparece, ni luna.
Basta por hoy.

Capítulo 4

La Respuesta Del Muerto


Mamiya se convirtió más tarde en un famoso profesor, pero cuando estudiaba con un maestro se le pidió que explicara el sonido de una mano que aplaude.
Aunque Mamiya le dedicó mucho esfuerzo, un día su maes¬tro le dijo:
-No trabajas suficiente. Estás demasiado apegado a la co¬mida, el dinero, las cosas y este sonido. Sería mejor que te murieras.
Cuando Mamiya volvió a presentarse ante su maestro, se le volvió a preguntar qué tenía que decir acerca del sonido de una mano que aplaude. Mamiya cayó al suelo sin más, como si estuviera muerto.
-Vale, estás muerto -dijo el maestro-, pero ¿qué hay del so¬nido ese?
Mirando hacia arriba, Mamiya contestó:
-¡Oh!, esto no lo he resuelto todavía.
-¿Qué? -rugió el maestro-. Los muertos no hablan. ¡Fuera!

Lo absurdo es necesario para sacarte de tu mente, porque la mente es razonamiento. Mediante el razonamiento no pue¬des salir de ella. Mediante el razonamiento darás muchos pa¬sos, pero en círculo.
Es lo que has estado haciendo durante muchas vidas. Una cosa lleva a otra, pero esa "otra" forma parte del círculo tanto como la primera. Te parece que te mueves porque hay cam¬bios, pero sigues un círculo. Te mueves en redondo, dando vueltas -no puedes salir del círculo-. Cuanto más piensas en salir, cuantos más sistemas; técnicas, métodos creas para es¬capar, más atrapado estás en él. Porque el problema básico es: el razonamiento no te puede sacar de ahí, porque el razona¬miento es el fenómeno mismo en el que estás metido.
Se necesita algo irracional, algo que esté más allá de la ra¬zón. Algo absurdo, algo loco -sólo una cosa así puede libe¬rarte-. Todos los grandes maestros se han dedicado a inventar trucos, y sus trucos son absurdos. Si los analizas, yerras el tiro. Tienes que seguir su línea sin razonar. Por eso la filosofía no sirve de gran cosa. Sólo la religión puede ayudar, porque la religión es absoluta locura.
Tertuliano dijo: «Creo en Dios porque Dios es absurdo». No hay razón para creer en él; ¿hay alguna razón para creer en Dios? ¿Ha sido alguien capaz de demostrar que Dios existe?
No hay ninguna razón que lo apoye: de ahí la fe. Fe significa lo absurdo. Fe significa que no hay razón para creer, y crees.
Fe significa que no hay argumentos, ni pruebas que demues¬tren, y te juegas la vida entera. Nadie puede demostrar que Dios existe y saltas al abismo. Cualquiera que sea razonable creerá que te has vuelto loco, y esto es lo que han venido cre¬yendo todos los racionalistas. Un Buda, un Krishna, un Jesús; se han vuelto locos, dicen tonterías.
Existe en Occidente una escuela que demuestra que cual¬quier religión es un sinsentido. Y yo “soy un hombre religioso”, y digo que tienen razón -tienen razón, aunque están equivo¬cados. Piensan que si demuestras que la religión es un sinsentido,¬ la has descartado, la has refutado. ¡No!
Los hombres religiosos han dicho siempre: «¡Somos ab¬surdos! Nuestro mundo no es el del sentido, sino uno que hay más allá». Y el más allá será necesariamente un sinsentido. ¿Qué sentido puede tener la religión? Si le puedes dar un sen¬tido a la religión, has errado el tiro. Entonces estás en el mun¬do de la teología, la filosofía, los sistemas, pero nunca podrás tocar esa pureza que está más allá de la razón.
Tertuliano tiene razón, acierta. Dice: «Creo, porque Dios es absurdo». Creer significa creer en lo absurdo. No necesitas cre¬er en este mundo que te rodea: está ahí; nadie necesita creer en él. ¿Cómo puedes dejar de creer en él? Está tan aquí, tan pre¬sente; todo demuestra que está aquí. Alguien puede arrojarte una piedra y está demostrado que estás, porque sangrarás. Te han golpeado; la piedra está aquí.
Pero Dios no te puede golpear como una piedra. Ni siquie¬ra puedes tocarlo. No hay manera. ¿Cómo olerlo? ¿Cómo ver¬lo? No obstante, crees. Creer siempre significa creer en lo ab¬surdo.
Pero ¿qué sucede cuando alguien es capaz de creer en lo absurdo? Está fuera de su razón. De repente el círculo se para, la rueda se detiene, porque ya no la estás alimentando. Se para el argumento, se para el pensamiento. De pronto estás fuera de él, como si se te hubiera despertado del sueño. Y el sueño más grande es el de la razón, porque la razón crea sueños tan bellos, y tan reales, que engaña a todo el mundo.
Una vez estás despierto y fuera del círculo vicioso, Dios está aquí, ninguna otra cosa existe. Entonces ya no es necesa¬rio creer. Entonces sabes. Pero antes de que suceda este cono¬cimiento, será necesaria la fe. Y todos esos filósofos que a lo largo de los siglos han intentado demostrar que Dios existe no son religiosos, no están sirviendo a Dios; son muy perjudicia¬les. Porque cuando aduces una prueba, haces de Dios también parte de la mente. Y cuando alguien cree porque Dios es un echo probado, no puede salir de la razón.
Por eso todos los religiosos, todos los maestros, han inven¬tado maneras de sacarte de la razón. El zen tiene su técnica particular, y esta técnica se llama koan. Un koan es un acertijo absurdo. No puedes resolverlo. No importa cuánto lo intentes, tu esfuerzo no tiene importancia. «Más, más -irá diciendo el maestro-, no te esfuerzas bastante». Y te está engañando, por¬que cuanto hagas nunca será bastante para resolver el proble¬ma: ¡porque el problema es irresoluble! No depende de si tra¬bajas duro en él, o no. Pero si lo haces con tu totalidad, de pronto te darás cuenta del absurdo, nunca antes. De repente empezarás a reír. Todo era absurdo. Y si puedes reír con la risa loca que aparece cuando la razón no funciona...
¿Has visto reírse a un loco? Su risa es totalmente diferente de tu risa. La tuya es razonada, hay una razón para ella. Alguien ha contado un chiste, alguien se ha caído por la calle, resbalado con una piel de plátano, y te ríes. Hay una razón, ha sucedido algo ridículo. ¿Por qué te ríes cuando un hombre se cae en la ca¬lle, al resbalar con una piel de plátano? ¿Por qué? ¿Qué tiene de gracioso? Hay algo: el ego es la cosa más ridícula del hombre, y cuando un hombre se cae por una piel de plátano, hasta la piel de plátano es más fuerte que tú. El absurdo total del ego queda demostrado, el hombre no es nada: hasta una piel de plátano te puede hacer perder el equilibrio.
Toda la civilización del hombre está centrada en el ego. Culturas enteras, naciones, todos los sueños de grandezas han llegado al hombre porque es el único animal que se mantiene erecto sobre dos pies. Por eso el hombre piensa que no es un animal, que es diferente y único, que él no pertenece al mun¬do animal. Pero cuando resbalas con una piel de plátano, de pronto la posición erecta se ha esfumado. De pronto caes en el mundo animal, eres un animal impotente, nada más. Por eso es ridículo ver caer a un hombre.
Y piensa, si un mendigo se resbala con una piel de plátano, no te reirás mucho; pero si cae un primer ministro, reirás más. ¿Por qué? Porque un mendigo es un mendigo; era ya parte del mundo animal, no mucho más. Pero este primer ministro, el pre¬sidente, el rey, la reina, nunca podías creer que la reina de Ingla¬terra podía caer exactamente igual que los otros seres humanos. ¡Imposible! Han creado a su alrededor una falsa impresión de que son infalibles. Y una simple piel de plátano lo destruye todo. Queda al descubierto que eres tan sólo un ser humano impoten¬te. Y no sólo un ser humano impotente, sino un mero animal, te ves a cuatro patas, no sobre dos piernas.
Eso es ridículo. Ríes, pero hay una razón. Observa cómo ríe un loco: esa risa es sin razón. Por eso le llamas loco. Le pre¬guntas: «¿De qué te ríes?». Si puede responder por qué, no está loco. Si no puede responder, dices que ha perdido la razón.
Cuando se entiende un koan por primera vez... no cuando lo resuelves, porque un koan no puede ser resuelto, un koan es insoluble, no puede ser resuelto. No hay manera de resolverlo, es imposible, es un callejón sin salida para la mente, no puedes seguir adelante. De pronto, quedas atorado y el maestro sigue diciendo: «¡Trabaja duro! No trabajas suficiente». Y cuanto más trabajas, más atorado estás, sin moverte: no puedes volver atrás, no puedes ir hacia adelante; atorado. Y el maestro sigue martilleándote: «Aprisa, aprisa, más duro. ¡Trabaja duro!».
Llega un momento en que no reservas parte alguna de tu ser, todo tu ser está involucrado, y sigues atorado.
De repente, cuando toda la energía está involucrada, te das cuenta. Y esto sólo sucede cuando estás totalmente involucra¬do, cuando has puesto sobre el tapete todo lo que has podido. Sólo en esta cima, en este clímax de energía, te das cuenta de que este problema es absurdo, no puede ser resuelto. Una risa se propaga por todo tu ser, es una risa loca. Y con esta risa, todo cambia, se transforma. Esto es lo primero.
Lo segundo, luego podemos entrar en la historia; todos vosotros sois grandes imitadores. Es más fácil imitar que ser auténtico, porque la imitación existe en la superficie. La au¬tenticidad necesita tu centro, te necesita en tu totalidad. Esto es demasiado. Te involucras sólo en la superficie, en el fondo te quedas fuera.
La imitación es muy fácil, y la cultura y la sociedad enteras dependen de la imitación. Todo el mundo te está diciendo cómo comportarte, y cuanto te enseñan no es sino imitación. Los re¬ligiosos, los llamados religiosos, los sacerdotes, los teólogos, también te están enseñando: «Sé como Jesús, sé como Buda, sé como Krishna». Nadie te dice nunca: «Sé sólo tú mismo», na¬die. Parece que todo el mundo está en contra de ti. Nadie te per¬mite ser tú mismo, nadie te da libertad alguna. Puedes estar en este mundo, pero tienes que imitar a alguien.
Todo esto es ridículo, porque estas mismas cosas le decían a Buda. Le decían: «Sé como Rama, sé como Krishna». No los siguió, así es como se convirtió en un buda. Se iluminó porque nunca fue víctima de la imitación. Nadie puede imitar. Si imitas, seguirás siendo falso.

He oído contar: un león y un conejo entraron en un restau¬rante. De repente, todo el mundo se puso en guardia, no podían creer lo que veían. Entonces el conejo le dijo al camarero:
- Tráeme una lechuga, sin aliñar.
El camarero estaba asustado, pero no obstante preguntó: -¿Y tu amigo? ¿Qué quiere que le traiga?
El conejo dijo:
-Nada.
El camarero preguntó:
-¿No tiene apetito?
El conejo miró al camarero y le dijo:
-¿Crees que estaría sentado aquí si fuera un león de ver¬dad? Es un actor.

El mundo entero se ha vuelto irreal y finge, nadie es real. Es muy difícil encontrar un hombre real. Si puedes encontrar a uno, no lo dejes, quédate cerca de él; su realidad se volverá infecciosa. El simple hecho de estar cerca de él será para ti transformación suficiente. No es necesario hacer nada. Esto es lo que hemos estado llamando satsang: estar cerca de un hombre verdadero, un hombre real, un hombre auténtico. No se necesita nada más. Sólo estar cerca de él y observar y sen¬tir cómo es; esto basta.
Pero la sociedad os ha hecho imitadores, actores. No sois reales, sois falsos. Nunca te han permitido ser tú mismo, que es lo único que puedes ser, no puedes ser otra cosa. Puedes in¬tentarlo, imitar, pero te quedarás en la superficie: en el fondo, seguirás siendo tú mismo..., y así ha de ser. La falsedad que pones sobre ti mismo no puede convertirse en tu ser. ¿Cómo puede ser? A lo sumo puede ser un traje, una postura, un ges¬to superficial.
El mundo entero os ayuda a ser imitadores, de modo que cuando vais a un monasterio, cerca de un maestro, volvéis a probar los viejos métodos que habéis practicado en el mundo. Empezáis a imitar allí también, pero en el monasterio la imi¬tación no va a servir de nada, sólo será una barrera. En el mundo está bien, porque el mundo entero es de imitadores. Si en el mundo eres real tendrás problemas; si eres falso, serás aceptado. Esto que llaman mundo sólo quiere que seas una sombra, no un hombre real, porque un hombre real es peli¬groso.
Sólo las sombras pueden ser sometidas, las sombras pue¬den ser obedientes, las sombras pueden seguir; todo cuanto se les dice que hagan, lo harán. Un hombre real no dirá siempre sí; a veces dirá no, ¡y cuando dice no, quiere decir no! No pue¬des someterlo, no puedes reprimirlo.
De modo que desde el principio enseñamos a los niños a ser falsos. Y eso es lo que llamamos "carácter". Si se vuelven realmente falsos, irreales, les apreciamos, les damos meda¬llas, decimos que son reales. Esta falsedad es llamada real, ideal. Y si un niño se rebela, intenta ser él mismo, es un "niño problemático". Hay que psicoanalizarlo, o hay que enviarlo a una institución donde puedan enderezarlo; tiene algo torcido. Y no hay nada torcido, está sencillamente imponiéndose. Está diciendo: «Dejadme ser yo mismo».

Un niño pequeño, Tommy, asistía a su primera ceremonia nupcial. Alguien le preguntó (un invitado):
-Tommy, ¿con quién te gustaría casarte y cuándo?
-Nunca. No me quiero casar -dijo el niño.
El hombre se sorprendió.
-¿Por qué? -preguntó.
Él dijo:
-He vivido demasiado con gente casada y son tan falsos.
-Y su padre y su madre estaban allí presentes-.
No quiero casarme porque quiero ser yo mismo.

La esposa no permitirá que el marido sea él mismo. El ma¬rido no permitirá que la esposa sea ella misma. Nadie permi¬te a nadie que sea él o ella misma, porque piensan que esto es peligroso.
¡Reprime! Y esto ha reprimido a la sociedad: si es triste, tiene que serlo, es natural. La gente falsa no puede ser feliz. Como mucho pueden ser tristes; como mucho, en el mejor momento, pueden estar tristes, deprimidos. Freud dijo que la humanidad no tiene la posibilidad, la esperanza, de ser feliz. Y tiene razón; la humanidad ha ido avanzando, y si sigue avanzando en esta dirección, sólo es posible un estado sin es¬peranza, sólo tristeza, depresión. Únicamente llevándose a cuestas uno mismo, como una carga, sin danza, sin burbujeo de energía, sin vitalidad, canto, nada, sin flores, sólo arras¬trarse.
La gente falsa sólo puede ser así. Pero cuando esta gente falsa se aburre demasiado, empachados de la llamada socie¬dad, acuden a un maestro en busca de la verdad. Allí también ensayan sus viejas técnicas, pero entonces allí fallarán el tiro. Está bien ser falso con la gente falsa, porque sería difícil ser real con ellos. Pero cuando estás buscando la verdad, cuando acudes a un maestro y sientes la urgencia de saber qué es la rea¬lidad, no puedes imitar. Si imitas, has traído tu viejo modelo, tu modo de existencia, y este modo de existencia se convertirá en la barrera.
En religión, no se permite la imitación. Pero observa a los religiosos; verás iglesias, templos, mezquitas, y allí encontra¬rás a los más grandes imitadores. Esto significa que no queda religión -las iglesias, los templos, las mezquitas son ahora tumbas muertas-. Con Jesús uno tenía que ser real, pero con el Papa del Vaticano tenéis que ser imitadores. Ahora la cris¬tiandad del Vaticano es parte de la sociedad.
Jesús nunca fue parte de la sociedad. Fue siempre un ex¬traño. Todos los religiosos reales han sido siempre extraños, marginales. Cuando mueren, entonces se construye una Igle¬sia sobre sus cadáveres; esta Iglesia es parte de la sociedad, está dirigida por la sociedad, controlada por ella.
La sociedad tiene muchos trucos astutos. Si huyes del mer¬cado, te cazará la Iglesia, porque ésta no es sino una extensión de aquél. El mercado alimenta la Iglesia, la controla, el merca¬do es en realidad el propietario de la Iglesia. Y el sacerdote no representa a la divinidad, representa al mercado.
El sacerdote representa las finanzas de la sociedad. Y Marx tiene razón cuando dice que la religión ha estado en ma¬nos de los capitalistas, o de los feudalistas, o de quienes ex¬plotan y son poderosos. La religión ha sido utilizada como un instrumento de explotación. Y Marx tiene razón en lo que dice respecto a la religión del Vaticano, o la religión de Puri Shan¬karacharya, o la religión de la Meca y Medina. Pero no la tie¬ne si se refiere a Mahoma, o al Shankaracharya original, o a Jesús. Se equivoca, porque ellos no existieron como parte de la sociedad, existieron en el desierto, como extraños y decla¬rándose contrarios a la sociedad y la imitación. Existieron como mensajeros de la divinidad. Éste es el significado de avatar, de hijo de Dios, de profeta, un paigamber, existieron como mensajeros del más allá.
Recuerda estas dos cosas, y luego entraremos en esta his¬toria.

Mamiya se convirtió más tarde en un famoso profesor...

Y recuerda, sólo uno que ha sido un discípulo real puede convertirse en un profesor. Uno que nunca ha sido discípulo, que nunca ha sabido lo que es el discipulado, ni ser un estu¬diante, no puede ser un profesor. Antes de enseñar debes aprender. Pero todo el mundo quiere ser profesor sin ser estu¬diante, tu ego quiere ser maestro y no ser discípulo; te con¬viertes en un falso maestro. Y entonces no sólo tú estarás en peligro, guiarás a muchos otros al peligro. Un ciego guiando a otros ciegos; están condenados a caer en un hoyo.
Recuerda esto, porque el ego quiere enseñar. Es tan bonito para el ego dar consejo, enseñar. A veces, sorprende en ti a este ego, porque también tú estás haciendo esto. No puedes perderte una oportunidad de enseñar. Has perdido miles de oportunidades de aprender, pero no puedes perder una oportu¬nidad... Alguien habla, te entremeterás. Alguien pregunta algo, no sabes lo que significa la pregunta, no conoces la res¬puesta, pero contestarás, porque el ego se siente muy bien cuando pareces ser entendido. Tú sabes, y el otro es ignoran¬te; por eso hay tanta atracción en convertirse en profesor. En¬seña: entonces eres el que sabe, y el otro se convierte en el ig¬norante.
Es el viejo truco: tú tienes las riquezas y el otro es pobre; tie¬nes una posición y el otro es un don nadie; tú eres el que sabe y el otro es ignorante. Siempre que puedes creer que el otro ha sido hundido, estás en la cima. Esto es explotación: por eso hay tantos profesores en el mundo pero muy pocos maestros verda¬deros. Pero esto será así siempre, siempre ha sido así.
Cuando nació Mahavira... era un maestro verdadero, y los jainistas en la India habían esperado a un tirthankara durante muchos, muchos años. Tenía que llegar el vigésimo cuarto, es¬peraban al vigésimo cuarto. Los jainistas tienen calculado que en cada kalpa, una creación, nacen veinticuatro grandes maes¬tros. De modo que ya habían nacido veintitrés y estaban espe¬rando al vigésimo cuarto. Había una gran expectativa, pero ¿cómo saber cuál era el vigésimo cuarto? Cuando llegó Maha¬vira era el vigésimo cuarto, pero otros ocho también pretendían ser el verdadero, y estos ocho hicieron errar a muchos.
Eran grandes profesores, pero no maestros. Podían hablar, podían predicar, podían discutir; eran polémicos, discutido¬res, e influenciaron a mucha gente. Porque eres influido por la discusión. No eres influido por el ser, porque para ver el ser tienes que elevar la consciencia más y más. Sólo entonces pue¬des ver las cumbres. Si existes en el valle, ¿cómo puedes ver la cima? Tienes que elevarte más.
Ver a Mahavira era difícil; porque también estaba Goshalak, y Prabuddha Katyayan, y Poom Kashyap, y otros. Eran ordina¬rios, pero mentes extraordinarias. Ordinarios en el sentido de que no tenían consciencias evolucionadas, no estaban ilumina¬dos. Pero eran grandes eruditos, más grandes que Mahavira, eran grandes discutidores, podían hacer callar a cualquiera. Y cuando ellos pretendieron, muchos los escucharon, y Mahavira se man¬tuvo en absoluto silencio durante doce años.
¿Quién va a acudir a él? Le expulsaban de todos los pue¬blos. Cuando llegaba a algún sitio, la gente le expulsaba, porque callaba y siempre sospechas de un hombre callado, puede ser del CID, del FBI. Así que todos los pueblos sospechaban de Mahavira porque este hombre no hablaba, ni siquiera mira¬ba a nadie. ¡E iba desnudo! Esto creaba más problemas, por¬que la gente preguntaba: «¿Por qué vas desnudo?». Y él calla¬ba. De modo que o bien era un criminal que se ocultaba, o un loco que iba desnudo, porque sólo los locos van desnudos. ¿Por qué iba a ir desnudo? Debe de ser alguien inmoral, por¬que ir desnudo en la sociedad es la cosa más inmoral.
¡Y sin contestar! «O es tonto, no puede contestar, o es sos¬pechoso. Quizás es un agente de un país extranjero, o alguna otra cosa». Le echaban fuera de la ciudad; fue expulsado du¬rante doce años. Y decimos que la gente le estaba esperando.
Pero limitarse a esperar no basta. Necesitas ojos para ver. Los judíos esperaron a Jesús durante miles de años. Siguen es¬perando y Jesús ya ha sucedido. ¿Qué hacer con la mente hu¬mana? Los judíos siguen esperando al Mesías que ha de llegar y ya ha llegado. Han pasado veinte siglos. Llegó a ellos, llamó a su puerta y se negaron a creer en él porque no hablaba como esperaban. ¿Y cómo puede un mensajero divino hablar como esperas? No es parte de ti, llega del más allá, no puede hablar tu lenguaje. Todo cuanto diga será destructivo para ti, te des¬truirá. Tal como eres, tienes que ser destruido, sólo entonces nace lo nuevo. Pero los judíos se negaron a creer y siguen es¬perando.
Y debes saber que si él reúne valor otra vez... Creo que Je¬sús no va a reunir valor otra vez, porque tal como le tratasteis, ¡ya basta! Si reúne valor otra vez, si olvida lo que sucedió hace veinte siglos, cómo le crucificasteis, cómo le insultas¬teis, lo mal que os portasteis; si lo olvida y vuelve y llama a las puertas de los judíos, que han estado otra vez esperando, le rechazarán de nuevo.
Pueden aceptar a gente ordinaria con mentes extraordina¬rias, pero no pueden aceptar a gente con estados extraordina¬rios del ser. Porque para ver tal ser tienes que transformarte. Tal como eres, no puedes ver; tal como eres, no puedes entender a Jesús.
Recuerda bien, el ego quisiera convertirse en un mesías, el ego quisiera convertirse en un tirthankara, el ego quisiera pre¬tender algo que no existe. El ego es un gran pretendiente; no posee nada, pero pretende, se dedica a pretender. Hay muchos profesores; alerta, de no ser así puedes convertirte en una víc¬tima.
Recuerda bien: no des ningún consejo a nadie a menos que hayas aprendido, a menos que hayas pasado por el proceso del discipulado. Y el discipulado es difícil, porque tienes que entre¬garte. Tienes que abandonar tu ego, tienes que convertirte en un no-yo. Y ésta es la paradoja: si no te conviertes en un no-yo, nunca te convertirás en un yo. Lo falso debe ser abandonado, sólo entonces aflora lo real. La moneda falsa debe ser arrojada, sólo entonces comienza la búsqueda de lo real y lo auténtico.

Mamiya se convirtió más tarde en un famoso profesor, pero cuando estudiaba con un maestro se le pidió que expli¬cara el sonido de una mano que aplaude.

Más tarde se convirtió en un gran profesor, pero tuvo que pasar por el discipulado con un maestro. Y le fue dado un pro¬blema que explicar.
Uno de los koans zen más famosos es: «Averigua cuál es el sonido de una mano que aplaude». Inmediatamente la men¬te dirá: «¡Inútil! La búsqueda es inútil, fútil, porque ¿cómo puede una mano aplaudir? El sonido es creado por dos cosas que chocan. Todos los sonidos son creados por dos cosas que chocan, de modo que ¿cómo con una mano?». Así pues, que si eres un buen lógico te apartarás inmediatamente de este maestro porque dice tonterías. No es posible aplaudir con una mano, y hagas lo que hagas nunca lo conseguirás; esto es sim¬ple lógica, simple razonamiento. Pero no entiendes el quid. ¡Éste es el quid!
Muchas veces en tu vida pasada te has apartado de un maes¬tro porque pedía algo imposible. Pero un maestro pedirá siem¬pre lo imposible; sólo entonces puedes cambiar. Con lo posible te quedarás igual. Cuanto tu mente piensa que es posible, está dentro de ella. Cuanto tu mente dice que es imposible, está fue¬ra de ella. Intenta lo imposible. La religión es el esfuerzo de al¬canzar lo imposible. La religión es el esfuerzo de hacer que su¬ceda lo que no puede suceder.

... se le pidió que explicara el sonido de una mano que aplaude.

Si hubiera sido un hombre discutidor, se hubiera ido inme¬diatamente. Pero Mamiya se quedó con el maestro, sabiendo muy bien que aplaudir con una mano es imposible. «Pero cuando el maestro lo dice, algo debe de haber ahí. Puede ser imposible, puede parecerme absurdo, pero cuando el maestro lo pide, debe de haber algo que ahora no veo.» Esto es fe. Esto es confianza.
Si dices: «No puedo ver. Si no me lo explicas antes, no voy a hacer ningún esfuerzo...», el maestro no puede explicártelo, porque no hay nada que explicar, la explicación no existe. Sólo tu cambio de consciencia te dará los ojos con los que podrás conocer y reír con el maestro: entonces tampoco habrá explicación.
El maestro pide lo imposible porque pide confianza. Si pi¬diera lo posible no se necesitaría confianza. Puedes razonarlo, puedes hacerte una idea; entonces cuando te has hecho una idea confías en tu mente. Pero cuando no puedes hacerte una idea, cuando tu mente se siente incapaz de hacer nada, sim¬plemente se niega a hacer alguna cosa y tú sigues, esto es con¬fianza. Mamiya siguió: confiaba en el maestro.

Aunque Mamiya le dedicó mucho esfuerzo... y empezó a trabajar.
Sólo hay dos posibilidades: o rechazas al maestro o recha¬zas tu mente. La lucha no es entre tú y el maestro, la lucha es entre tu mente y el maestro. Cuando aquélla es derrotada, no hay barrera entre tú y el maestro: os convertís en uno. El dis¬cípulo se convierte en el maestro y éste se convierte en el dis¬cípulo, todas las barreras se rompen. La barrera es la mente, y ésta dirá esto y lo otro e intentará... «Este maestro está loco: está pidiendo algo imposible. Nadie puede hacerlo. No pier¬das tiempo. Encuentra a alguien razonable.»
Pero Mamiya lo intentó, le dedicó mucho esfuerzo. Recha¬zó la mente, rechazar la mente es síntoma de confianza. Una mente es razonable, de modo que la confianza es irracional.

... un día su maestro le dijo: «No trabajas suficiente».

Y estaba trabajando duro. Pero los maestros son imposi¬bles, nunca puedes satisfacerlos. Irán martilleándote, fuerte y fuerte y fuerte, porque no sabes cuánto puedes hacer. No sa¬bes nada de ti mismo.
Cuando dices: «Estoy trabajando duro», el maestro sabe que sólo. Está funcionando una parte de ti. Los psicólogos di¬cen que incluso un hombre con mucho talento, un genio, nun¬ca utiliza más del quince por ciento de su energía; así pues, Einstein nunca utilizó más del quince por ciento de su ener¬gía. ¿Y un hombre ordinario? Utiliza aproximadamente el tres o el cinco por ciento como máximo. El noventa y cinco por ciento de tu energía vital es simplemente derrochada. De modo que cuando dices: «Estoy trabajando duro», no sabes lo que dices. De tus fragmentos, el que has estado usando quizás está trabajando duro, pero no es más que una décima parte, las nueve partes restantes están dormidas. Tu maestro quisiera que estuvieras todo tú involucrado en el esfuerzo, porque... sólo cuando es así ocurre la transformación.

«No trabajas suficiente. Estás demasiado apegado a la co¬mida, el dinero, las cosas y este sonido. Sería mejor que te murieras».

¿Qué quería decir el maestro? Éstos son los apegos ordi¬narios del mundo. La comida es un apego, y adquiere una ma¬yor fuerza cuando alguien renuncia al sexo.
En un monasterio, un monasterio budista, renuncias al sexo, vives una vida de célibe. Cuando renuncias al sexo, toda tu energía se enfoca más y más hacia la comida. Éste es un problema que hay que entender, porque el sexo y la comida son las dos cosas más profundas en ti.
Si practicas demasiado el sexo, no te preocupará mucho la comida. Pero si el sexo no es una prioridad en tu vida, toda tu energía empieza a fluir hacia la comida. Por eso vuestros sad¬hus, aquellos que han renunciado al sexo, irán siempre tras la comida. Observa a los sadhus hindúes, los sannyasins hindú¬es de grandes panzas. ¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué estos tienen grandes panzas? Se dedican a comer y comer y comer, pero éste es un fenómeno natural; hay que entender por qué ocurre. Han renunciado al sexo, de manera que la energía que fluía hacia el sexo ¿hacia dónde puede ir ahora? Y la comida y el sexo son básicos, aquélla más que éste. Porque puedes vivir sin sexo, pero no sin comida. Vivir sin sexo no es un proble¬ma. Y de hecho, los que han vivido con sexo encontrarán que es más fácil vivir sin sexo, porque la otra persona al implicar¬se en la relación crea problemas, y bastante problema eres para ti mismo, para que el otro te cree más preocupaciones. Y cuando dos personas viven en una vida sexual, no es que los problemas se doblen, no, se multiplican. No es una simple adición, es una multiplicación.
Por eso los que han vivido con el sexo saben bien que crea más problemas de los que resuelve. Pero cuando por fin te en¬teras, estás tan metido en él que no puedes salir. Este es el pro¬blema: la experiencia llega a través de la experiencia, pero en¬tonces no sirve, porque ya estás dentro. Y si dices esto a alguien que está todavía fuera no va a escuchar, porque dirá que es muy difícil estar solo, se necesita a otro para compar¬tir. No sabe lo que va a ocurrir cuando empiece a compartir: empezará a compartir los problemas, nada más.
La comida es más básica que el sexo. La comida es nece¬saria desde el primer momento en que nace un niño, el sexo, no. El niño puede vivir durante catorce años sin sexo. Pero, desde el primer día, el primer instante, el primer grito llega por la comida, porque ésta es la base de tu existencia biológi¬ca, en cambio el sexo es la base de la existencia biológica de la sociedad, no de la tuya. Sin sexo, la sociedad desaparecería; puedes vivir, pero sin sexo no te puedes reproducir, no nace¬rían niños, la sociedad dejaría de existir.
Si todos se vuelven bramacharis, célibes, lo que es impo¬sible, entonces habrá paz mundial, paz verdadera, porque no quedará nadie. Será un suicidio global. Pero puedes existir sin sexo, no es un problema muy grave.
De manera que siempre que la energía que se dirige al sexo es obstaculizada, la misma energía empieza a dirigirse hacia la comida. Éstas son las cosas básicas. Los sannyasins hindúes, u otros, se dedican a comer demasiado. Por eso en todas las es¬crituras, jainistas, budistas, hindúes, han hecho reglas para que los sannyasins no coman demasiado. ¿Por qué? Porque han obstaculizado el sexo, ahora saben que comerán demasia¬do. Por eso hay que hacer muchas reglas para proteger al sann¬yasin, de lo contrario se convertirá en un adicto a la comida, se volverá loco, comiendo, comiendo y comiendo.
La comida te puede dar placer sexual, porque el centro se¬xual y la boca están unidos. Por esto un beso es algo tan se¬xual. De no ser así, ¿por qué...? Y si estás besando a alguien apasionadamente, inmediatamente sentirás la energía sexual que se despierta. ¿Por qué?.. ¡Si la boca y el sexo están muy alejados! No lo están, están unidos; son los dos polos de una misma energía.
De modo que siempre que privas de alimento al centro sexual toda la energía se dirige a la boca, y tendrás que co¬mer más, chicle, pan o cualquier cosa. O, por lo menos, ten¬drás que hablar continuamente, porque al hablar la boca se mueve. Por eso la gente habla todo el día. Ni siquiera el día basta; si te sientas a su lado durante la noche, verás que es¬tán hablando.

El Mulla Nasrudin fue a visitar a un doctor y dijo: -¡Haga algo! Me está poniendo nervioso. Mi mujer habla demasiado por la noche.
De manera que el doctor contestó:
-¿Dónde está tu mujer? Tráela, haré algo.
-No me entiende -dijo el Mulla Nasrudin-. A ella no hay que hacerle nada. Hágame algo a mí para que pueda permanecer despierto, es tan interesante. Me quedo dormido... y ella está hablando, y es tan interesante. Dice unas cosas tan bonitas y re¬vela unas cosas tan bonitas; nunca habla así cuando está des¬pierta. Cuando está despierta dice naderías. Así que deme algo para que pueda permanecer despierto y pueda escucharla.

Si observas a la gente, verás que se pasan toda la noche ha¬blando, hablan continuamente. Su boca se mueve, producen so¬nidos y hacen toda suerte de cosas. Si se obstaculiza un polo de energía, entonces el otro empieza, porque la energía tiene que ser liberada de alguna manera. No puedes retenerla. Es como si comes e impides la defecación: ¿qué ocurre? Tienes que vomi¬tar, no hay otro modo, porque si comes entonces las cosas tienen que ser vomitadas. Si no utilizas el sexo como válvula de esca¬pe, entonces tienes que encontrar otra forma de desahogarte.
Cuando un hombre está marcado, cuando un hombre está condicionado por el apego, puede abandonar el mundo, pero esto no cambia nada. Puede dejarlo todo, pero su sentimiento de apego sigue dominándolo, y ahora busca nuevos objetivos. Si dejas el palacio y te quedas sólo con tres túnicas, éstas se con¬vertirán en tu mayor afecto. Todo el apego, toda la energía que estaba dirigida hacia el palacio, se refiere ahora a las tres tú¬nicas. No hay diferencia alguna. Puedes ir abandonando co¬sas, pero el sentimiento de apego se mantiene.
Muy pocas cosas, ¡pero el apego! El maestro dijo: «Estás todavía apegado a la comida, las riquezas...». Ya no tiene ri¬quezas, pero los apegos pueden seguir sin riquezas. Porque no se trata de cosas objetivas, se trata de los sentimientos subje¬tivos... Y este sonido, y esto también se convierte en un pro¬blema. Si estás demasiado apegado a la meditación, la medi¬tación se convierte en tu mundo. Si estás demasiado apegado a tu oración, ésta se convierte en la barrera.
Hay una preciosa anécdota en la literatura hassidita. Los hassidas están entre la gente más bella del mundo -rebeldes ju¬díos-. Tienen una tradición, una tradición valiosa, y es que siempre que tu mente pida, no le des lo que reclama y espera. Si quieres dar, hazlo sólo cuando el deseo haya pasado. Si la mente dice: «Tengo apetito», no le des comida, espera. Cuan¬do el deseo haya pasado, come; pero no comas cuando lo pide la mente, no sigas a la mente, continúa siendo el amo.


Sucedió una vez que uno de los discípulos de Baal Sem es¬taba enfermo, muriéndose. Y cuando uno se está muriendo, tie¬ne que orar, rezar la última oración antes de dejar el cuerpo; la última acción de gracias y oración. Estaba en el lecho de muer¬te, dando vueltas, muy preocupado. De manera que Baal Sem preguntó, había ido a verle para darle el último adiós:
-¿Hay algún problema?
-Sí -contestó él-, porque la mente dice: «Haz la oración».
Y no puedo hacerlo hasta que el deseo se vaya. Cuando el de¬seo se vaya haré la oración, pero no sé si estaré vivo o muer¬to. Por eso voy cambiando de posición una y otra vez, para se¬guir vivo y que el deseo se vaya.
Baal Sem dijo a sus otros discípulos que estaban allí pre¬sentes:
-¡Mirad! Este hombre sabe lo que es la oración.
Si el apego está presente y estás rezando, la oración se ha vuelto de este mundo, porque el apego lo convierte todo en material. Hasta la oración es pecado cuando la haces como apego. Cuando rezas sin que participe en ello un deseo mental, sólo entonces la oración tiene éxito.
Por eso el maestro dice: «Y este sonido también se ha con¬vertido en un apego. Estás pensando continuamente en cómo resolverlo. No estés apegado. Resuélvelo, muy bien, pero no estés apegado. No te vuelvas loco. Trabaja duro, pero no te vuelvas loco, sería mejor que te murieras».
Pero Mamiya no lo entendió bien, como sucede a todos los discípulos ordinariamente. El maestro dijo: «Sería mejor que te murieras». ¿A quién se lo decía? A la mente, no a Mamiya, porque Mamiya no puede morir, Mamiya es inmortal. Es a la mente, al ego, que está intentando resolver este problema que no puede ser resuelto por la mente.
El problema será resuelto únicamente cuando la mente se muera, cuando haya hecho todo lo que pueda y entonces se rin¬da y diga: «No puedo más, me retiro». Cuando esto ocurra y por primera vez te quedas solo, sin la mente, existe la consciencia, el testigo, pero no el pensamiento, el problema está re¬suelto, has oído el sonido de una mano que aplaude. Hay un so¬nido, los hindúes lo han llamado omkar, aum -es este sonido-. Si estás totalmente callado lo oirás. Y comprobarás que no lo crea el choque de dos cosas. No es fruto de dos manos que aplauden, no es mediante conflicto. Es la música universal, es el sonido mismo de la existencia. No es creado, existe.
Los hindúes dicen lo contrario: debido a este sonido el uni¬verso es creado. Este universo es sólo la transformación de este sonido, que no tiene principio ni tiene fin... es la base de todo. Y semejante es la experiencia de los budistas, los jainistas, los sufis, los hassidas; para todos cuantos han conocido, la expe¬riencia es semejante: hay un sonido, una melodía continua. Si te quedas callado y sin mente, lo oirás por primera vez. Está en todas partes. Es el núcleo mismo de la existencia. Y toda esta existencia no es sino la transformación de este sonido.
Estos místicos han dicho que hasta la materia es omkar condensado, una roca es aum condensado. Exactamente igual a los científicos de hoy día, que dicen que la materia no es otra cosa que electricidad condensada, tan sólo vibraciones eléc¬tricas, los místicos han dicho que la materia sólo es sonido condensado, vibraciones de sonido.
Existe ahora la posibilidad de crear un puente entre la ciencia y estos místicos. Si preguntas a los científicos, dicen que el sonido se compone de vibraciones de electricidad. Si preguntas a los místicos, dicen que la electricidad no es otra cosa que vibraciones de sonido. Por eso los hindúes cuentan que mediante la música puedes crear fuego; una onda sonora determinada, y el fuego puede ser creado; esto, ahora, es tam¬bién una verdad científica.
Al crear continuamente un determinado sonido se puede producir calor, y esto lo puedes probar tú mismo. La noche es fría, sales afuera y simplemente haces omkar. Haz vibrar aum dentro de ti, de manera que desde los dedos de los pies hasta la cabeza vibre el sonido aum. De pronto te darás cuenta de que el frío ha desaparecido, el cuerpo está caliente. Y si con¬tinúas emitiendo el sonido, pronto, aunque la noche sea muy, muy helada, empezarás a sudar. Esto explica que Mahavira pu¬diera vivir desnudo y que en el Tíbet, donde la temperatura es bajo cero, algunos monjes budistas hayan vivido desnudos. Están sentados toda la noche bajo el cielo, nevando, y sudan. Están creando un sonido particular.
Pero este sonido que creas tú tampoco es omkar, porque es creado; vuelve a ser el aplauso de dos manos. Existe un so¬nido increado, o mejor, la propia creación sale de este soni¬do. Por eso aum se ha convertido en el símbolo universal de la realidad superior. Aum no es una palabra, es un símbolo so¬noro. Todo está condensado en él, o todo se manifiesta a tra¬vés de él.
El maestro de Mamiya dijo: «Sería mejor que te murieras, en vez de estar apegado a la comida, las riquezas, las cosas... y este sonido. Sería mejor que te murieras». Mamiya no lo en¬tendió bien. Pensó que esto será una técnica. Pensó: «Así que puedo manipular la muerte, pues voy a morir”. Pero ¿cómo puedes manipular la muerte? Si el manipulador es la mente, estás vivo. Puedes imitar, pero estarás vivo.
Ni siquiera el suicidio es suicidio; porque como lo has ma¬nipulado, tú estarás en alguna parte. Pero no puedes cometer suicidio, éste es imposible. Vas y te cuelgas; lo estás haciendo tú, la mente está presente. Ella te guiará hasta una nueva vida, una nueva matriz. No puedes cometer suicidio, sólo existe un suicidio conocido, y es el samadhi, pero en este caso la men¬te no es la manipuladora. Por eso Buda muere y simplemente muere, nunca vuelve a nacer. Por eso decimos que cuando un hombre ha alcanzado el samadhi, la iluminación definitiva, no vuelve a nacer. Como ha desaparecido la mente, ¿quién puede dirigirte hasta un nuevo deseo?, ¿quién puede guiarte hasta una nueva motivación?, ¿quién puede mostrarte un nue¬vo cuerpo? La mente se ha ido.
Sólo existe una muerte: la de la mente. Pero ella no puede manipular su muerte, porque si lo haces, es que sigue siendo protagonista y sobrevive.

Cuando Mamiya volvió a presentarse ante su maestro, se le volvió a preguntar qué tenía que decir...

Porque estas preguntas no son algo que puedas contestar; tie¬nes que mostrar tu respuesta mediante los ojos, mediante todo tu ser, tu rostro. La respuesta debe ser mostrada a través de ti; tú de¬bes convertirte en la respuesta. No puedes responder, porque si lo haces, lo hará la mente. Tú puedes ser la respuesta.
...se le volvió a preguntar qué tenía que decir acerca del sonido de una mano que aplaude. Mamiya cayó al suelo sin más, como si estuviera muerto.

Imitó. Pensó: «El maestro ha dicho: "mejor si mueres"». Así que Mamiya pensó, muy bien, de manera que cayó al sue¬lo. Pero la mente está funcionando; es la mente la que ha de¬cidido hacer esto.

-Vale, estás muerto -dijo el maestro-, pero ¿qué hay del sonido ese?
Mirando hacia arriba, Mamiya contestó:
-¡Oh!, esto no lo he resuelto todavía.

Esto es precioso, porque el maestro está diciendo: «Si es¬tás muerto, el problema está resuelto. ¿Qué hay de aquel so¬nido? Debes haberlo oído. Porque cuando no existe la men¬te, es inevitable oírlo. En tal caso, si la mente no existe, no hay posibilidad de que no lo hayas oído. Cuando no hay mente, ese sonido siempre está presente. Es por culpa de la mente, la confusión de la mente, que no lo puedes oír, pero el sonido está siempre presente, el ritmo está siempre presente. Si la mente se retira aunque sea por un instante, notas que está aquí, lo puedes conocer, no te lo puedes perder.
Por eso el maestro dice: «Vale, estás muerto, pero ¿qué hay del sonido ese?». Mirando hacia arriba, Mamiya contes¬tó: «¡Oh!, esto no lo he resuelto todavía». «¿Qué?, -rugió el maestro-. Los muertos no hablan. ¡Fuera!»
Únicamente la mente habla. Si Mamiya se hubiera queda¬do callado... Pero ¿cómo puede quedarse callado? Si sólo estaba imitando, no estaba silencioso de verdad. No puedes engañar a un maestro ni siquiera si mueres. La imitación no puede engañar.
El maestro dijo: «Los muertos no hablan».
Cuando la mente desaparece y el maestro pregunta: «¿ Qué hay del sonido ese?», no hay respuesta. El ser entero es la res¬puesta. El discípulo se queda callado, se está mostrando a sí mismo. Ya no hay necesidad ahora, y el maestro lo verá..., de hecho no es precisa una respuesta. Si respondes, todas las re¬puestas son equivocadas.
Ha ocurrido muchas veces con el mismo koan -el sonido de una mano que aplaude-. Ocurrió con Rinzai; se le dio el mismo koan para que trabajase con él. Y entonces trabajó y trabajó y trabajó, más y más duro, y el maestro seguía presio¬nándole. Adelante, adelante. Y un día sucedió, la mente desa¬pareció, el sonido fue oído.
Rinzai se acercó y el maestro le preguntó: «¿Qué hay del sonido ese?». Rinzai golpeó al maestro. Y éste dijo: «Muy bien, ¡O sea que lo has oído!» -porque ¡la pregunta es ton¬ta!-. Y el maestro dijo: «Estaba esperando el momento en que me evitarías tener que golpearte. Ahora puedes golpear¬me tú. Ya no hay problema, ya no tengo que golpearte, ¡se acabó! Ahora ve y enseña a otros el sonido de una mano que aplaude» .
No se necesita respuesta alguna; tienes que mostrarlo me¬diante todo tu ser. Pero esto sólo puede ocurrir cuando la men¬te ha desaparecido, ni agua, ni luna.
Basta por hoy.


CAPÍTULO 5

El Dedo De Gutei


El maestro zen Gutei tenía la costumbre de levantar un dedo siempre que explicaba un tema referente al zen.
Un discípulo muy joven empezó a imitarle, y cuando alguien le preguntaba de qué había estado hablando el maestro, el muchacho levantaba el dedo.
Gutei oyó hablar de ello y un día en que sorprendió al mu¬chacho haciendo el gesto, lo agarró, desenfundó un cuchillo, le cortó el dedo y lo arrojó al suelo.
Cuando el muchacho se escapaba aullando, Gutei gritó: «¡Alto!».
El joven se detuvo, se volvió y miró a su maestro a través de las lágrimas. Gutei tenía el dedo levantado.
El muchacho se dispuso a levantar el dedo, y cuando se dio cuenta de que no estaba allí, se postró.
En este instante se iluminó.

Ésta es una historia muy extraña y hay muchas posibilida¬des de que no la entiendas bien, porque la cosa más difícil de entender en la vida es la conducta de una persona iluminada.
Tú tienes tus propios valores y siempre miras a través de ellos. Una persona iluminada está en una dimensión total¬mente diferente, donde vive sin valores, sin ningún criterio, sin moral; donde simplemente vive sin ego, porque todos los valores pertenecen al ego. Una persona iluminada sencilla¬mente vive. No está manipulando su vida, es una nube blanca que flota. No tiene adonde ir, nada que conseguir. Nada es bueno para él, y nada es malo. No conoce a ningún dios, no conoce a ningún diablo. Sólo conoce la vida, y la vida es be¬lla en su totalidad.
Dios es también feo porque es una parte, no el todo. El dia¬blo es también feo porque es una parte y no el todo. Dios no está vivo, el diablo también está muerto, porque la vida exis¬te como un ritmo entre ambos: lo bueno y lo malo, Dios y el diablo. La vida existe entre estos dos polos. La vida no puede existir con una polaridad. Éstos son los dos bancos entre los que fluye el río de la vida.
Una persona iluminada ha llegado a entender esto. No está contra nada ni a favor de nada. Responde momento a momen¬to, sin juicio de su parte. Pero esto es muy difícil. Alguien iluminado siempre parece más o menos un loco. Por lo que la primera cosa que hay que entender es: no evalúes a una perso¬na iluminada teniendo en cuenta tus valores. Aunque esto que te pido es muy difícil, porque ¿qué otra cosa puedes hacer?

He oído decir que en cierta ocasión un gran pintor le pidió a un amigo doctor que fuera a su casa y mirara uno de los cua¬dros que acababa de terminar. El pintor pensaba que era la más grande creación que había realizado, la cima de todo su arte. De modo que, naturalmente, quería que su amigo fuera y lo mirase.
El doctor observó el cuadro muy detalladamente, miró por un lado y por otro. Pasaron diez minutos. El artista se sintió algo inquieto y preguntó:
-¿Qué pasa? ¿Qué piensas del cuadro?
El doctor dijo:
-¡Me parece una pulmonía doble!

Esto le sucede a todo el mundo. El doctor tenía sus actitu¬des propias, sus maneras de ver las cosas. Miró el cuadro y diagnosticó, sólo podía mirar las cosas a su modo; de otra for¬ma no podía hacerlo. El cuadro no necesita "ninguna diagno¬sis”, se lo perdió. El bello objeto se convirtió en una pulmonía.
Así funciona la mente. Cuando miras algo le añades tu mente para colorearlo. No hagas tal cosa con una persona ilu¬minada porque, aunque ello no afecte en nada a la persona ilu¬minada, tú te perderás la ocasión de ver la belleza del hecho de conocerlo.
Segunda cosa: una persona iluminada se comporta desde un centro, nunca desde la periferia. Tú siempre te comportas desde la periferia, vives en ella, en la circunferencia. Para ti, la circunferencia es la cosa más importante. Has matado tu alma y salvado tu cuerpo. La persona iluminada puede sacri¬ficar su cuerpo, pero no puede permitir que su alma se pierda.
Está dispuesta a morir en cualquier momento, esto no es un problema para ella, pero no está dispuesta a perder su centro, el núcleo mismo de su ser.
Para una persona iluminada, el cuerpo es sólo un medio. De modo que si es necesario una persona iluminada llegará a decirte: «Deja el cuerpo, pero no dejes tu ser interior». Así es como nació toda tapascharya, toda austeridad. Hay que sacri¬ficar la circunferencia por el centro. Incluso si es preciso cor¬tar la cabeza. Si esto te va a ayudar, si con tu cabeza puede caer tu ego, una persona iluminada te dirá que renuncies a la cabeza, que la cortes: «No lleves a cuestas esta cabeza si ayu¬da al ego, porque por nada lo estás perdiendo todo».
Hay que recordar esto: cuando vives desde el centro, la perspectiva es totalmente diferente. Entonces nadie muere, na¬die puede morir, la muerte es imposible. Si vives desde la pe¬riferia todo el mundo muere, la muerte es el final definitivo de todo el mundo; la vida eterna no existe en ninguna parte.
Krishna hablando a Arjuna en la Gita es en realidad el cen¬tro hablando a la periferia. Arjuna vive en la periferia: piensa desde el cuerpo, no sabe nada del alma. Y Krishna habla des¬de el centro y dice: «No te preocupes de estos cuerpos. Han muerto muchas veces y morirán muchas veces. La muerte es una transformación, como si uno deja sus ropas, deja su vieja casa y entra en una nueva casa. Este cuerpo no es nada, Arju¬na, de modo que no te preocupes por él. Mira adentro». Pero ¿cómo puede Arjuna mirar dentro de los otros si no ha mirado dentro de sí mismo?
Recuerda esto: este maestro zen, Gutei, es el Krishna. Vive desde el centro y se comporta en consecuencia. Y este inci¬dente le sucede a un discípulo que está en la periferia. Pero Gutei no te hubiera cortado el dedo a ti, recuerda. El discípu¬lo se lo merecía, se lo había ganado; sólo entonces un maestro irá tan lejos. Para llegar tan lejos, el discípulo tiene que haber aprendido, debe habérselo ganado, de lo contrario Gutei no llegaría tan lejos. Ni siquiera Arjuna se lo merecía tanto como el discípulo de Gutei, porque Krishna le habló, Gutei hizo algo.
Recuerda la diferencia. Un maestro sólo llega a hacerte ciertas cosas cuando te lo has ganado; de no ser así, te hablará. Sólo actuará cuando estás preparado, cuando el momento está tan cerca que no puede fallar; nada puede decirse, sólo se pue¬de hacer algo. Porque si hablas necesitas tiempo; si hablas, el otro tiene que entender. Hay que hacer algo inmediatamente, sin perder un instante. Un maestro sólo hará algo cuando vea que estás justo en el borde: ahora hablar no servirá de nada, ahora tiene que empujarte. Ahora estás ante la puerta; si pasa un instante se te puede escapar, y por muchas vidas puedes no ser capaz de llegar ante la puerta de nuevo.
La vida es muy compleja. Raramente te encuentras ante la puerta. Y si el maestro dice: «¡Mira, la puerta está aquí!», y empieza a explicártelo, cuando hayas entendido, la puerta ya no estará allí. La vida es movimiento constante. El maestro tiene que hacer algo. Incluso si piensa que matarte te ayuda¬rá, te matará. Por eso se necesita la entrega.
La entrega no es fácil, porque entregarse significa decirle al maestro: «De ahora en adelante, mi vida y mi muerte son tuyas». Entregarse significa: «Estoy dispuesto. Si dices, "¡Muere!", moriré. No preguntaré por qué». Si preguntas por qué no hay entrega, no hay confianza. Y antiguamente mucha gente podía iluminarse porque podían entregarse. La confian¬za estaba en el ambiente, la fe estaba por todas partes, florecía en torno. No podías pasar un día sin toparte con un hombre de confianza. Y en el momento en que veías a un hombre así, te sentías envidioso, porque era una persona tan bella...
Pero hoy día es casi imposible encontrarse con un hombre de confianza. Esta belleza ha desaparecido. Te encuentras con dubitativos, escépticos, gente que dice no; son feos, pero es¬tán por todas partes. Y poco a poco, también tú te alimentas de la duda. Desde el primer día en que tu madre te amamanta te alimentas de la duda. Todo el aparato científico depende de la duda. Tienes que ser escéptico, dudar; sólo entonces puede avanzar la ciencia.
La religión funciona de manera totalmente opuesta. Tienes que confiar, ser hasta la médula alguien que dice sí, entonces es posible entregarse. Este discípulo de Gutei estaba total¬mente entregado, por eso este incidente se convirtió para él en la iluminación.
Ahora entraremos en esta extraña historia. Cada una de las palabras es significativa.

El maestro zen Gutei tenía la costumbre de levantar un dedo siempre que explicaba un tema referente al zen.

Los maestros nunca hacen nada innecesariamente, ni si¬quiera levantar un dedo. Lo innecesario ha desaparecido. Sólo lo esencial existe con un maestro. Él no hará un simple movi¬miento, un simple gesto, si no es esencial. Lo no esencial existe con la ignorancia; entonces todo cuanto haces es trivial, no esencial; si lo dejas, nada se pierde.
Observa tu vida, todo cuanto estás haciendo. Si lo dejas, ¿qué se pierde? Nada se gana con ello; cosas triviales desde la mañana a la noche. Y entonces estás cansado de ello, te vas a dormir, y por la mañana vuelves a estar preparado para llevar a cabo los mismos inesenciales. Es un círculo vicioso, un inesencial desemboca en otro, están encadenados entre sí.
Pero tienes tanto miedo de ver esta trivialidad de la vida que siempre le estás dando la espalda, porque ver la triviali¬dad de la vida te hace sentir deprimido: «¿Qué estoy hacien¬do?». Y si ves que todo cuanto haces es absolutamente inútil, tu ego está perdido; porque él sólo puede sentirse importante cuando haces algo importante. De modo que das importancia a cosas triviales, y crees que estás prestando grandes servicios a la nación, a la familia, a la humanidad, como si sin ti la exis¬tencia sencillamente fuera a desaparecer. Nada es importante, nada de lo que estás haciendo, pero tú tienes que darle impor¬tancia, porque sólo así el ego se refuerza y se alimenta.
En la ignorancia, nada es esencial. Todo cuanto haces, in¬cluso tu meditación, tu oración, tus visitas al templo, todo es trivial. Incluso cuando rezas, no puede ser algo más profundo que cuando lees el periódico. Porque no se trata de la oración, se trata de ti mismo. Si tienes profundidad, entonces, cuando te mueves, todo cuanto haces, el acto tendrá profundidad. Si no tienes profundidad, nada cambia, aunque vayas al templo; entras en el templo de la misma manera que entras en un ho¬tel. Eres el mismo, templo u hotel no cambian gran cosa.
Dale a un niño un juguete muy caro, hecho de diamantes, y él hará lo mismo con este juguete caro que con los otros co¬rrientes, porque es un niño. Jugará con él durante unos mo¬mentos, luego lo arrojará aun rincón y se irá.
Tu profundidad confiere profundidad a tus actos. Hasta cuando un maestro iluminado levanta un dedo es significati¬vo, es muy importante. ¿Por qué Gutei acostumbraba levantar el dedo... siempre que explicaba un tema referente al zen? No en todos los casos; sólo cuando explicaba una cuestión refe¬rente al zen levantaba un dedo. ¿Por qué? Porque estaba ex¬plicando y también estaba mostrando, porque para cualquier cosa que preguntes sobre religión un dedo levantado es la res¬puesta.
Todos tus problemas surgen porque no eres uno, porque estás fragmentado, porque eres una desunión, un caos, no una armonía. ¿Y qué es el zen, y qué es el yoga, y qué es la medi¬tación? Sólo llegar a una unidad. La misma palabra yoga sig¬nifica unidad, ser uno, total, completo.
De manera que Gutei explicaba el zen: esta explicación era secundaria, el dedo levantado era lo principal. Estaba dicien¬do algo y también lo estaba mostrando. Así vive una persona iluminada: dice y muestra. Su mismo ser, sus gestos, sus mo¬vimientos, muestran lo que es la religión.
Si no puedes ver, si eres ciego o si has perdido esta dimen¬sión de entendimiento, de mirar, entonces sólo oyes las pala¬bras. Pero si sabes cómo mirar, no se necesitan palabras. Las palabras son inútiles, pueden ser descartadas, son secunda¬rias. Pero el dedo levantado no puede ser descartado; es prin¬cipal, es la única respuesta. Todos aquellos que han conocido, en cualquier parte del mundo, han levantado un dedo. Hablan sobre el uno y tú vives en lo múltiple.
Cuando vives en lo múltiple, yendo en varias direcciones simultáneamente, te divides en partes, y entonces no estás ín¬tegro. Entonces un deseo te lleva al sur, otro deseo te lleva al norte; una parte de la mente ama y la otra parte de la mente odia; una parte de la mente quiere acumular riquezas y otra dice: «Esto es inútil, ¡Renuncia!». Entonces una de las mentes quiere meditar, volverse profunda, volverse silenciosa, y otra mente dice: «¿Por qué pierdes el tiempo?».
He oído contar que en cierta ocasión un hombre renunció al mundo siendo muy joven y se fue a los Himalayas. Allí medi¬tó durante casi veinte años. Ahora tenía cuarenta. Se quedaba sentado y meditaba, sentado y meditaba, sin hacer nada. Hasta los pájaros, los animales salvajes, poco a poco le perdieron el miedo. Estaba allí, era un hombre muy pacífico, y simplemen¬te estaba allí sentado. Los animales llegaban y se sentaban, y cuando tenían que ir a cazar le dejaban sus hijos cerca para que los cuidara. Su cabello se hizo muy largo, y los pájaros anida¬ban en él y ponían sus huevos. El hombre los cuidaba.
Pasados veinte años, se hartó y dijo: «En lugar de cuidar de los hijos de los otros, animales, pájaros, ¿por qué no voy y me caso con una mujer y cuido a mis propios hijos? Esto es absurdo, no voy a ninguna parte. Estos veinte años están per¬didos. “¡Ahora ya no hay tiempo que perder, porque tengo cua¬renta años y pronto la vida habrá menguado!».
¿Qué problema había? Estaba realmente meditando. ¿Qué problema había? Veinte años es mucho tiempo, pero la mente estaba continuamente fragmentada. Una parte meditaba, otra parte estaba diciendo continuamente: «¡Inútil! ¿Por qué estás perdiendo el tiempo? Los demás se lo están pasando bien. Baja a las llanuras. La gente es feliz allí, bailando, bebiendo, comiendo, haciendo el amor. El mundo está en éxtasis y tú estás aquí sentado como un tonto». Continuamente oyendo este otro fragmento durante veinte años, el primer fragmento poco a poco se debilitó.
En la superficie repetía mantras: «Ram, Ram, Ram». Pero en el fondo el mantra era el que decía continuamente la otra parte de la mente: «¡Inútil! Sentado como un tonto y todo el mundo gozando de la vida, y ahora la vida está menguando. Pronto no serás capaz de gozar de nada. Te estás haciendo vie¬jo». Éste era el mantra verdadero. En la superficie: «Ram, Ram, Ram», pero en el fondo éste era el mantra verdadero.
Cuando tu mente está dividida, no puedes rezar, no puedes meditar, porque una parte está siempre en contra, y tarde o temprano vencerá. Recuerda esto: que la parte que está impli¬cada pierde energía a cada instante. Y la parte que no está im¬plicada, pero que es la parte crítica, no está perdiendo nada de energía. Tarde o temprano será más poderosa.
Amas a una mujer, y la otra parte la odia. Acaso ocultes esto, todo el mundo está ocultando la otra parte, pero a me¬nos que te ilumines, la otra parte seguirá ahí. La parte amante tarde o temprano se debilitará porque está siendo usada, la energía está siendo aplicada. La parte oculta, la del odio, se volverá más fuerte. Por eso todo matrimonio lleva al divorcio. Que llegues a divorciarte o no, ésta es otra cuestión, pero todo matrimonio se convierte en divorcio, a menos que estés casa¬do con una persona iluminada: y esto es muy difícil.
Este hombre se hartó un día. Empezó a bajar de los Hima¬layas. Pensó: «¿Por dónde empezar?». Había olvidado com¬pletamente las maneras del mundo, había estado ausente de él durante tanto tiempo. «¿Por dónde empezar? Si quieres co¬menzar en el mundo necesitarás un guía, exactamente como cuando quieres iniciarte en el otro mundo. ¿Quién puede ser el guía adecuado para este mundo?». Entonces recordó que an¬tiguamente los reyes enviaban a sus hijos y príncipes a las prostitutas, para aprender cómo entrar en este mundo.
No hay mejor guía que una prostituta para este mundo. Ella es el mundo encarnado. Hasta el amor se ha convertido en negocio para ella; ésta es la última cosa del mundo: hasta el amor se ha convertido en una profesión, una mercancía; vende amor. El dinero se ha convertido en algo más impor¬tante que el amor. Ésta es la última cosa del mundo y esto pue¬de convertirse en la puerta.
Así que se dirigió directamente a una prostituta. Era por la tarde y la mujer se estaba preparando para visitar a un rey. Ella le dijo:
-Eres bienvenido, pero he sido invitada por un rey. Es un avaro, no esperamos sacar mucho, pero con todo, ¿quién sabe? A veces hasta los avaros dan. Puedes venir con nosotros, ven.
El monje la siguió.
Durante toda la noche la prostituta bailó y cantó. Y el rey permaneció sentado en silencio y no le dio nada. La última parte de la noche se esfumaba, pronto se haría la luz y la mu¬jer estaba cansada. Le dijo en una canción a su marido, que to¬caba la tabla:
-Ya he hecho todo lo que podía hacer -lo cantó, de modo que nadie lo podía entender, estaba en clave. Dijo: «He hecho todo lo que podía hacer; ahora parece que ya no hay esperan¬za. Lo mejor es que nos vayamos».
El monje pensó: «Ésta es la situación en la que yo estaba: todo lo que podía hacerse se había hecho. No podía hacer nada más, y tuve que irme». De modo que escuchó muy aten¬tamente.
El marido dijo:
-Todo cuanto podíamos hacer se ha hecho, pero todavía queda un poco de noche. ¿Quién sabe? Tenemos que ver cómo acaba esto, o sea que espera un poco, sé paciente.
Al escuchar esto, el monje pensó: «¿Qué debo hacer aho¬ra? Quizás estaba a punto cuando dejé los Himalayas; hubie¬ra sido necesaria un poco más de paciencia».
Tenía una sola manta, bajo ella estaba desnudo. Se sintió tan entusiasmado que arrojó su manta a los pies de la prosti¬tuta y salió corriendo del palacio. El rey le dijo:
-¡Detente! Esto va contra lo convenido.
Esto era lo convenido: que cuando un hombre rico está presente, éste debe contribuir en primer lugar: que lo haga otro es insultante.
El monje dijo:
-Puedes matarme, si esto es en contra de lo convenido, pero ella ha salvado mi vida. Y ha sido para mí un momento tan extático que tenía que darle algo. No tengo nada más, sólo esta manta, y no puedo esperarte a ti, me voy a los Himalayas. Esta mujer y este hombre que está tocando la tabla me han re¬velado un secreto: un poco más de paciencia.
Y se dice que el hombre se iluminó allí mismo. Nunca fue a los Himalayas. Mientras bajaba la escalera del palacio se iluminó.

¿Qué sucedió? Por primera vez las dos partes se unieron. Esto es lo que significa paciencia: no permitir que la otra par¬te luche; paciencia significa que estás dispuesto a esperar el infinito. Si lo estás verdaderamente, la otra parte no tiene po¬sibilidad de decir: «Todavía no ha sucedido». No tiene senti¬do decir: «¿Por qué estás malgastando tu vida?». Si estás dis¬puesto a esperar el infinito, nada se malgasta. Y si tu espera es eterna, infinita, la otra parte no puede decir nada.
Se necesita unidad cuando la otra parte no está en lucha constante. Por eso Gutei utilizaba un dedo cuando explicaba el zen. Estaba diciendo: «¡Sé uno!, y todos tus problemas que¬darán resueltos».
Hay muchas religiones, muchos caminos, muchos méto¬dos, pero el punto esencial es el mismo: vuélvete uno. Esco¬jas lo que escojas, sé uno. Si puedes ser infinitamente pacien¬te, te volverás uno. Si puedes entregarte del todo, te volverás uno. Si te quedas completamente callado, te volverás uno. Si no hay pensamientos y estás en meditación, te volverás uno. Si oras a Dios y tu oración se hace tan intensa que hasta la per¬sona que la está haciendo deja de estar allí, la persona que está pronunciando la oración ha quedado disuelta en la oración, se ha hecho uno. Esto servirá.
Si cavando en el jardín estás tan absorto que nadie queda aparte del que cava, te has convertido en el propio hecho de cavar, el actor ha pasado a ser la acción, el observador se ha convertido en la observación, el meditador en la medita¬ción; de pronto todas las ondas de maya desaparecen, todas las ilusiones se esfuman. Eres elevado a otro nivel, un plano de ser diferente. Has llegado al uno.
Cuando eres uno, alcanzas el uno. Cuando eres múltiple, estás en el mundo. El mundo es múltiple y Dios es uno. Pero para conocer a este uno, primero tendrás que convertirte en uno, de no ser así no podrás conocerlo. Sólo cuando te vuel¬ves como él puedes conocerlo.

El maestro zen Gutei tenía la costumbre de levantar un dedo siempre que explicaba un tema referente al zen.

Zen viene de un término sánscrito, viene de dhyan. Es la forma japonesa de dhyan. Cuando Bodhidharma llevó a Chi¬na las enseñanzas de Buda, dhyan, en chino, se convirtió en ch' an Cuando ch' an fue llevado al Japón, se convirtió en zen. Pero el término original es dhyan. Siempre que Gutei hablaba de dhyan, meditación, levantaba su dedo. Unidad es dhyan, unidad es todo cuanto hay que conseguir: es el objetivo.

Un discípulo muy joven empezó a imitarle...

Naturalmente, debía de ser muy joven, porque sólo los ni¬ños imitan. Cuanto más maduro eres, menos imitas; cuanto más inmaduro, más imitación. Si continúas imitando, eres ju¬venil, no has ganado madurez, no te has convertido todavía en un adulto. ¿Qué es un adulto? Si me preguntas diré: darte cuenta de que tienes que ser tú mismo y no un imitador, esto es madurez.
Si miras dentro de ti, no encontrarás esta madurez. Has es¬tado imitando a otros. Alguien se ha comprado un coche nue¬vo; de repente empiezas a imitar, necesitas un coche nuevo. Alguien se ha comprado una casa más grande, necesitas una casa más grande. Los vecinos te ponen continuamente nervio¬so. Se compran esto y lo otro, y tienes que imitar. Y cuando imitáis sois como monos. No imitéis. Sed maduros. Porque la imitación no lleva a ninguna parte. ¿Por qué? ¿Qué es imita¬ción y qué es ser verdadero y auténtico?
Imitación significa que el ideal viene de fuera, no es tu de¬seo. No es algo que sucede en tu interior, no es tu naturaleza floreciendo en ello. Algún otro te ha dado el ideal y tú lo si¬gues. Si no lo consigues, te sentirás desgraciado porque no has logrado el ideal. Si lo consigues, te sentirás desgraciado porque nunca ha sido tu ideal. Nunca lo has querido, porque nunca sucedió en tu ser interior.
Por eso existe en el mundo tanta infelicidad: gente que imita a los demás. Si fracasan, se sienten desgraciados porque piensan que no lo han conseguido. Si lo logran, también se sienten desgraciados. Recuerda: nada fracasa tanto como el éxito; si es una imitación, nada fracasa tanto como el éxito. Puedes alcanzar el destino tras un largo viaje agotador, es¬fuerzo, gasto de tiempo y energía, y entonces de pronto te das cuenta: «Nunca lo quise; era algún otro. Tomé prestado el ide¬al». No tomes prestado el ideal, es infantil.

Un discípulo muy joven empezó a imitarle...

Debía de ser muy joven, juvenil, infantil. Empezó a imi¬tarle.

...y cuando alguien le preguntaba de qué había estado ha¬blando el maestro, el muchacho levantaba el dedo.

La misma manera, el mismo gesto que solía hacer el ma¬estro. A los demás debía de gustarles, debían de reír. El chico era un imitador perfecto; pondría la misma cara, levantaría el mismo dedo, intentaría parecer igual. Lo hacía bien.
Por muy eficaz que te vuelvas actuando, seguirás siendo inmaduro. Sé fiel a ti mismo, aunque no seas tan eficaz, por¬que tu propia verdad puede llevarte a la verdad última. Tu ver¬dad no puede ser la verdad de nadie más.
Tienes dentro una semilla. Sólo si esta semilla germina y se convierte en un árbol tendrás una floración; entonces tendrás un éxtasis, una bendición. Pero si estás siguiendo a otros, esta semilla seguirá muerta. Y puedes acumular todos los ideales del mundo y tener éxito, pero te sentirás vacío, porque nada más puede llenarte; sólo tu semilla, cuando se convierta en un árbol, te llenará. Sentirás satisfacción únicamente cuando tu verdad florezca, nunca antes.
Y la gente puede apreciar tu éxito en la imitación, siempre lo aprecian. Ese joven debió de ser muy apreciado en el monaste¬rio porque actuaba igual que el maestro. Quizá se hizo famoso. Los imitadores se hacen famosos, pero no saben que están sui¬cidándose. Pero puedes suicidarte si la gente te aprecia.
He oído contar algo sobre un actor que murió. Su funeral atrajo a mucha, mucha gente, muchos miles. Su mujer estaba golpeándose el pecho y llorando y gritando. Y cuando vio que habían venido miles de personas, dijo: «Si él llega a saber esto, que iba a venir tanta gente, se hubiera muerto antes».
Puedes suicidarte si eres apreciado. Todos vosotros os habéis suicidado, porque los imitadores son siempre apreciados. La gente auténtica nunca es apreciada, porque una persona auténti¬ca es rebelde. No imitará a nadie. Dirá: «No voy a ser un Buda, no voy a ser un Krishna o un Jesús. ¡Con uno basta! Con un Je¬sús basta, ¿porqué imitar?». El segundo Jesús, por muy bello que sea, será sólo una copia, nada de valor. ¿Por qué imitar a Jesús? Y Dios no va a preguntarte al final por qué no te convertiste en un Jesús. Te preguntará por qué no te convertiste en ti mismo.
He oído contar sobre un místico hassida, un hombre muy pobre, llamado Magid. Nadie sabía mucho de él, pero era un hombre real, auténtico. Estaba muriendo y alguien dijo:
-Magid, ¿has rezado a Dios para que te haga como Moisés? Magid abrió los ojos y dijo:
-¡Basta! No digáis estas cosas mientras me estoy murien¬do. Porque Dios no va a preguntarme: «¿Por qué no te con¬vertiste en Moisés?». Me preguntará: «Magid, ¿por qué no te convertiste en un Magid auténtico?».
Los otros no pudieron seguirle, no pudieron entenderle, porque esto parece insultante hacia Moisés. No lo es. Moisés se convirtió en Moisés, ésta es su belleza. Magid debe con¬vertirse en Magid, ésta es su belleza. Y sólo se puede ofrecer belleza, sólo un ser florido puede ser ofrecido a Dios. ¿Cómo va Dios a preguntar a una rosa «¿por qué no se convirtió en un loto?» ¿Cómo puede Dios ser tan estúpido como para pregun¬tar a una rosa algo así. ¡No! No es tan estúpido como tú crees. A la rosa le preguntará: «¿Por qué no floreciste del todo? ¿Por qué has llegado como un capullo y no como una flor?».
Se trata de florecer. Que seas un loto o una rosa, o alguna flor desconocida, no especificada, no importa. No se trata de quién eres. Lo importante es llegar a la puerta divina como una flor, florecido, abierto, y no llegar todavía cerrado...

Un discípulo muy joven empezó a imitarle...

Y cuando vas a un maestro, ésta es la posibilidad, la pri¬mera posibilidad: empezarás a imitarle. Recuerda: esto no va a ayudarte, es peligroso. Estás suicidándote. Comprende a un maestro, bebe su presencia, come su presencia tanto como puedas, pero no te conviertas en un imitador. No te vuelvas falso.

Gutei oyó hablar de ello y un día en que sorprendió al mu¬chacho haciendo el gesto, lo agarró, desenfundó un cuchillo, le cortó el dedo y lo arrojó al suelo.

Parece un maestro muy duro, muy cruel. Los maestros son crueles, de no ser así no pueden ayudarte en nada. Son crueles porque tienen una compasión muy honda. ¿Por qué el maes¬tro le cortó el dedo? Si fuera un poco menos duro no ayudaría a este chico. Se necesita algo muy severo, se necesita algo que llegue al mismo corazón. Esto ha de entenderse.
Tú me escuchas. Si has llegado sólo como una persona cu¬riosa, no puede calar muy hondo. Si tu curiosidad sólo es in¬telectual, saber lo que digo, mis palabras no pueden calar muy hondo en ti; no vas a ser capaz de entender lo que estoy di¬ciendo. Si la vida te ha dado mucho sufrimiento y estás aquí por ello, para entender cómo trascenderlo, entonces lo que es¬toy diciendo calará hondo en tu interior. El sufrimiento te da profundidad. El sufrimiento te lleva hacia el centro.
Si me amas no una relación intelectual, que no es rela¬ción de ninguna clase, sino una relación amorosa, si estás en contacto emocional conmigo, entonces todo lo que te digo te llegará aún más. Porque cuando amas a una persona le escu¬chas desde el corazón, no desde la cabeza, que es la cosa más podrida, basura, una mera papelera, poca cosa más. Todo lo que es basura, lo vas acumulando en la cabeza. La basura nun¬ca entra en el corazón, se acumula en tu cabeza. Sólo lo que es muy esencial va al corazón.
De modo que si estás aquí sólo como una persona curiosa, me oirás, pero sólo en la superficie. Eso no va a ayudarte mu¬cho. Si estás aquí porque has sufrido, si has llegado no como una persona curiosa, sino como una persona que ha conocido la vida, su sufrimiento, y una madurez te ha sobrevenido y quieres de verdad ser transformado, entonces escucharás desde una profundidad mayor.
Pero la profundidad puede ser todavía mayor. Si me amas, si tienes confianza, entonces estarás más abierto, porque sólo la confianza puede ser abierta; si no es así, siempre tienes miedo y siempre estás cerrado. Cuando estás abierto del todo, has sufrido, la vida te ha dado una profundidad y confías, es¬tás totalmente abierto, entonces las palabras pueden llegar inmediatamente al mismo corazón. Nunca volverás a ser el mismo una vez las oigas.
Gutei oyó hablar de ello... Un maestro siempre llega a sa¬ber quiénes son los imitadores. No es necesario..., son tan aparentes, tan obvios. Sé muy bien quiénes son los imitadores aquí. Un imitador no puede engañar a aquel a quien está imi¬tando. Puede engañar a todos los demás, pero no al que está imitando. Su falsedad es patente.
La gente se acerca a mí y repite mis mismas palabras, mis gestos; creen que pueden engañarme. Pueden engañar a otros, pero no a mí, porque sus palabras son superficiales. Puedes repetir las mismas palabras, no hay problema: la palabra no es el problema... pero cuánta profundidad aportas a la palabra, la profundidad es lo que viene de tu ser. La palabra puede ser usada por cualquiera.
Puedes cantar la Gita entera, pero esas palabras no serán las mismas que eran cuando salieron de Krishna. Puedes re¬petir la Biblia entera, pero cuando esas palabras fueron usadas por Jesús tenían una energía tremenda, una fuerza transfor¬madora, porque Jesús estaba en aquellas palabras. En cada pa¬labra su ser iba hacia ti. Tú puedes usar las mismas palabras... En cada púlpito cristiano millones de sacerdotes van repitien¬do esas palabras, el sermón de la montaña, y las palabras son tan superficiales y han servido para cosas tan negativas. Hu¬biera sido mejor que no las hubieran repetido, porque cuando repites ciertas palabras, éstas pierden su magia. Están dema¬siado usadas, la gente se acostumbra a usarlas, se vuelven inú¬tiles, clichés.
Gutei se enteró de que este chico le estaba imitando... y un día en que sorprendió al muchacho haciendo el gesto, lo aga¬rró, desenfundó un cuchillo, le cortó el dedo y lo arrojó al suelo.
iDemasiado severo! Pero Gutei debió de ser muy, muy compasivo. Sólo puedes ser tan duro desde la compasión. Di¬fícil de entender, porque pensamos que la crueldad, la dureza, está siempre donde no hay compasión. No; si no piensas así no vas a entender a una persona iluminada. Una persona ilu¬minada no sería dura contigo si no tuviera compasión. Pero se comportará de forma severa contigo porque se inquieta, está preocupada por ti, quiere ayudarte. Y si no es duro contigo, no logrará nada.
¿Qué sucedió? Cuando sacó su cuchillo, cogió el dedo del chico, lo cortó y lo arrojó. Cuando el chico vio que el maestro había sacado el cuchillo, ¿qué debió suceder? Si de repente al¬guien se acerca a ti con un cuchillo, ¿qué haces? La mente se detiene. No puedes pensar, es algo tan nuevo, tan desacos¬tumbrado. La vieja mente simplemente se para, no puede en¬tenderlo: «¿Qué sucede?».
Y nadie hubiera podido imaginar que Gutei llevara un cu¬chillo.
¿Puedes pensar en mí llevando un cuchillo algún día? Era algo imposible, incomprensible. Pero Gutei sacó el cuchillo, y el chico debió de quedarse tan sorprendido que su mente se de¬tuvo. Era un gran tratamiento de shock el que estaba llevando a cabo Gutei. Nada semejante cabía esperarse del maestro. El chico no podía ni haberlo soñado nunca... y además no sólo sacó el cuchillo, sino que le cortó el dedo.
Cuando Gutei estaba cortando el dedo, cuando el dedo era separado de la mano, ¿qué estaba pasando dentro del chico? Por primera vez en su vida estaba atento, sin pensamiento. No podía estar adormecido en semejante momento. ¿Quién po¬dría estarlo cuando alguien le está cortando el dedo? El dolor, el sufrimiento debieron de ser tan intensos que en un momen¬to repentino el chico fue transformado. Dejó de ser un niño, maduró.
Puede suceder en un instante; puede no suceder en muchas vidas. La imitación debe ser cortada de forma severa. El dedo sólo es simbólico. El chico fue golpeado con dureza, y el su¬frimiento caló hasta la misma raíz de su ser. Era algo tan des¬conocido que no pudo teorizar sobre ello. No pudo pensar, ni filosofar. Se hallaba simplemente bajo el efecto de un shock. La mente no podía ir a ninguna parte. El muchacho debió de mirar con ojos frescos por primera vez, sin pensamientos flo¬tando en ellos. Y el dolor tuvo que ser tan severo y tan repen¬tino que le llegaría al mismo corazón.
Recuerda: el placer nunca llega tan hondo como el dolor.
No puede, la naturaleza misma del placer es superficial. Por eso la gente que vive en el placer siempre sigue siendo super¬ficial, carece de hondura. No puedes encontrar profundidad en un hombre rico, es difícil. Puedes encontrarla en un men¬digo; acaso no mires al mendigo, porque piensas que no es al¬guien que valga la pena; pero no estés tan seguro de tus ideas. Cuando un mendigo pasa por tu lado, ¡observa! Ha sufrido mucho, ha vivido un gran dolor, y el dolor da profundidad. Un
hombre rico es siempre superficial, sin hondura: ha vivido en el placer. El placer no puede calar muy hondo.
En este sufrimiento, el dolor era severo y tan repentino que la mente dejó de girar y el corazón fue herido.

Cuando el muchacho se escapaba aullando, Gutei gritó: «¡Alto!».

Esto es lo que te he estado diciendo yo a ti. Pero antes tie¬nes que estar inmerso en un hondo sufrimiento y aullar. Sólo entonces el «¡alto!» puede significar algo. El muchacho se es¬capó aullando inmerso en dolor y sufrimiento y Gutei gritó «¡Alto!». Si esto se grita en el momento preciso, tiene un hon¬do efecto.
¡De pronto se detuvo! ¿Qué pasó al detenerse? Ya no había dolor. Si te detienes de repente, la atención entera se dirige al sonido «alto». El cuerpo queda atrás, te pones atento. Y cuan¬do prestas atención, el cuerpo no puede molestar, el cuerpo no puede distraer. No había dedo, la sangre manaba; había dolor, pero ese «alto» condujo hacia el maestro toda la atención.
Cuando no hay atención, no hay dolor. El dolor no está en el cuerpo, sino en la atención. Si estás enfermo, echado en la cama, ¿qué haces? Continuamente prestas atención a tu enfer¬medad. La estás alimentando. Y hay que hacer algo para solu¬cionarlo, porque se ha convertido en un problema muy grave en todo el mundo.
Si estás enfermo, los médicos te dicen: «Guarda cama y descansa». Pero ¿qué harás mientras descansas? Prestarás atención a tu dolor, y entonces lo estarás alimentando. La atención lo alimenta. Piensas continuamente en el dolor; se convierte en un mantra, una cantilena interior que dice: «Es¬toy enfermo, estoy enfermo. Esto y lo otro están mal». Te que¬jas, y recorres tu cuerpo una y otra vez e intentas encontrar lo que no va bien. Y esto se convierte en una obsesión, en algo muy patológico, que puede llegar a ser una continuidad de la enfermedad. Quedarás hipnotizado por las dolencias de tu cuerpo.
Si se le presta demasiada atención a la enfermedad, te con¬viertes en víctima de una hipnosis. Si te quejas continuamen¬te de algo, creas un círculo vicioso; te quejas, y provocas el motivo de la queja, porque cada lamento hace que le prestes de nuevo atención, y otra vez te "quejas”. Se convierte en algo repetitivo.
He oído decir, y ha sucedido muchas veces, una persona estaba enferma, paralizada; durante quince años no pudo an¬dar. De repente, una noche, la casa se incendió y todo el mun¬do salió corriendo de allí. El hombre olvidó que estaba cantaleta parali¬zado, así que él también salió corriendo de la casa. Sólo fuera de la casa, cuando su familia le encontró corriendo, le dijeron: «¿Qué? ¡Eres paralítico!». El hombre se cayó al suelo.
¿Qué pasó? Ante una situación tan grave, la casa se que¬ma, el hombre olvidó por un instante que estaba paralizado. Si puedes olvidar tu enfermedad, ésta desaparecerá más rápi¬damente de lo que cualquier medicina puede conseguir. Si no la puedes olvidar, si continuamente estás obsesionado por ella, entonces estás jugando con la herida. Cuanto más juegas con la herida, más profunda se hace.
¿Qué sucedió cuando Gutei gritó «¡Alto!»? El muchacho le miró, se acabó el aullar, desapareció el dolor, como si el dedo no hubiera sido cortado.

El joven se detuvo, se volvió y miró a su maestro a través de las lágrimas.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas, él estaba aullando y gritando y llorando. ¡Se detuvo! Desapareció el dolor, pero las lágrimas no pueden desaparecer tan aprisa, estaban allí.

Gutei tenía el dedo levantado.
El muchacho se dispuso a levantar el dedo, y cuando se dio cuenta de que no estaba allí, se postró.
En este instante se iluminó.

Gutei tenía el dedo en alto -un momento de atención muy intenso, un gran truco, una situación creada por el maestro-. La mente ya no existe, el dolor ha desaparecido, porque la ¬atención ha sido llamada a otro lugar... como si el muchacho no pudiera respirar en esta situación. «¡Alto!», y el aliento se ha detenido, y los pensamientos se han detenido, y ha olvida¬do que ya no tiene dedo. Por el simple reflejo del antiguo há¬bito, cuando el maestro levantó el dedo, él levantó el suyo, que no estaba allí. Esto muestra que había olvidado completa¬mente lo que había sucedido.
En ese momento él no era el cuerpo, ¿cómo, si no, pudo ol¬vidar el dolor, que le habían cortado el dedo, que estaba san¬grando, que sus ojos estaban llenos todavía de lágrimas y que un momento antes estaba aullando? Este «¡Alto!» produjo el milagro.

El muchacho se detuvo, se volvió y miró a su maestro a través de las lágrimas. Gutei tenía el dedo levantado.

Simplemente siguiendo un viejo hábito -siempre levanta¬ba el dedo cuando el maestro enseñaba a sus discípulos sobre el zen-. Se ponía junto a la silla, o tras ella, y cuando el ma¬estro levantaba el dedo, él hacía lo mismo. Se había converti¬do en algo automático. El cuerpo es un autómata, es un meca¬nismo, es mecánico.

El muchacho se dispuso a levantar el dedo, y cuando se dio cuenta de que no estaba allí, se postró.

¿Qué pasó? ¿Por qué se sintió tan agradecido y se postró? Porque por primera vez se dio cuenta de que no era el cuerpo. Era la atención, no el cuerpo; vigilia, no el cuerpo; consciencia, no el cuerpo. El dedo no estaba, el dolor había desapare¬cido, ya no había aullido. La mente no daba vueltas a la heri¬da; no estaba obsesionada por todo ello. Ya no era un cuerpo, no estaba encarnado. Estaba simplemente fuera de su cuerpo. Por primera vez se dio cuenta de que era un alma, una consciencia, y de que el cuerpo no es más que la casa.
No eres el cuerpo; estás en él, pero no eres el cuerpo. Si tu atención puede llegar a tanta intensidad, te darás cuenta de que no eres el cuerpo. Y cuando esto ocurre, sabes que eres inmortal. ¿Quién puede cortarte el dedo? ¿Cómo puede violentarte al¬guien? Nadie te puede destruir. Por eso se postró ante el maes¬tro, profundamente agradecido: «Me has dado la oportunidad de conocer el nivel más profundo de mi ser, que es inmortal».

En este instante se iluminó.

¿Qué es la iluminación? Llegar a comprender, llegar a dar¬se cuenta de que no eres el cuerpo. Eres la luz interior; no la lámpara, sino la llama. No eres ni cuerpo ni mente. La mente pertenece al cuerpo; la mente no va más allá del cuerpo, es parte del cuerpo -sumamente sutil, sumamente refinada, pero es parte del cuerpo. La mente también es atómica, como el cuerpo. Tú no eres ni el cuerpo ni la mente; entonces llegas a saber quién eres. Y saber quién eres es la iluminación.
Cuando Gutei le cortó el dedo a su discípulo, el cubo, el viejo cubo, cayó hecho añicos, el agua se derramó: ini agua, ni luna! El discípulo se iluminó.
Pero Gutei debió esperar el momento preciso. Durante muchos, muchos años este muchacho estuvo imitando. Gutei esperó, esperó. No puedes forzar el momento preciso, llega cuando llega. Creces hacia él, vas hacia él a tientas y el maes¬tro espera. Cuando llega, cuando está ahí, cualquier cosa pue¬de convertirse en una excusa, cualquier cosa. Hasta un grito, «¡Alto!», y el viejo cubo está roto. De pronto los reflejos de¬saparecen, porque no hay agua. Miras la verdadera luna, estás iluminado.
La iluminación significa que te has dado cuenta de quién eres.
Basta por hoy.

CAPÍTULO 6
«¿Por qué no te retiras?»


Tokusan estudiaba zen con Ryutan. Cierta noche Toku¬san visitó a Ryutan y le hizo muchas preguntas.
El profesor dijo:
-La noche se está haciendo vieja, ¿por qué no te retiras? De modo que Tokusan hizo una reverencia y, al abrir el biombo para salir, observó:
-Está muy oscuro afuera.
Ryutan le ofreció a Tokusan una vela encendida para orientarse, pero en cuanto Tokusan la tomó, Ryutan la apagó.
En este instante la mente de Tokusan se abrió.


Tokusan estudiaba zen con Ryutan. Cierta noche Toku¬san visitó a Ryutan y le hizo muchas preguntas.

Lo primero que hay que entender: no puedes estudiar zen. Es imposible. Puedes estar en ello, pero no puedes estudiarlo, porque el zen, o dhyan, no es un objeto de estudio, es un modo de vivir. Depende de cómo vives. No puedes apropiártelo a tra¬vés de escrituras, no puedes conseguirlo de nadie. Nadie te lo puede enseñar, no es algo que haya que enseñar. No es un co¬nocimiento que pueda ser transferido de una mano a otra. Es un modo de vivir. Puedes dejarte ir hacia él, puedes fluir den¬tro de él, puedes ser vulnerable, estar abierto a él. Esta actitud es la misma que uno tiene que adoptar hacia un maestro.
No puedes estudiar, lo único que puedes hacer es permitir que te infecte. Es como una infección; si eres vulnerable, te contagiarás. Vivir con el maestro basta: abierto, sin luchar, simplemente estando con él. Habrá momentos en los que es¬tarás en silencio..., puedes aprenderlo.
Esta historia dice: Tokusan estudiaba zen... En esto se equivocaba. Ninguna universidad puede ofrecerte un curso de religión. Lo ofrecen, pero lo que enseñan es todo menos reli¬gión. Puede ser una historia de la religión pero no es religión. Puede ayudarte a aprender el Corán, la Biblia, la Gita, pero no es religión. Quizás hablen de Jesús, Buda, Krishna, y apren¬derás muchas cosas, pero te perderás lo verdaderamente fun¬damental, el núcleo propiamente dicho.
De modo que la primera cosa que hay que entender es que nadie te puede explicar lo que es el zen, lo que es dhyan. Puedes aprenderlo, pero nadie puede enseñártelo. He estado diciendo continuamente que hay discípulos y no maestros, porque un maestro no puede hacer nada positivamente, di¬rectamente. No puede dártelo, no puede enseñártelo. ¿Qué puede hacer? Si pudiera enseñar, podría haberlo dado; enton¬ces un buda bastaría para iluminar todo el mundo. Pero han existido muchos budas y el mundo sigue como es. Directa¬mente, no puede hacerse nada. Es algo tan sutil, tan delicado, que si lo transfieres, en la misma transferencia muere.

He oído decir que un sacerdote cristiano le estaba envian¬do una Biblia como regalo a cierto amigo. Había hecho un pa¬quete precioso. Llegó a la oficina de correos y el funcionario de la ventanilla le preguntó:
-¿Hay dentro algo frágil? El sacerdote serió y dijo: -Sí, los diez mandamientos.
La religión es tan delicada, tan frágil, que ningún embala¬je la puede proteger. En el momento en que la transfieres, ya está muerta. Vive de una vida interior. Vive en un Buda, en un maestro.
Éste no te la puede dar, pero tú puedes abrirte a ella.
Es como el sol que sale por la mañana: el sol no puede dar vida a una flor. ¡No! Pero la flor se abre a él, se ve enriqueci¬da gracias al hecho de abrirse. Si sigue cerrada, el sol no pue¬de hacer nada. El sol no puede llamar a la puerta, no puede lle¬var la luz, no puede llevar vitalidad y vida. iNo! El sol pasará inadvertido. Llega un buda: yo estoy aquí contigo, puedes abrirte. Pero si sigues cerrado, no puede hacerse nada. De modo que depende de ti, depende de ti absolutamente el que aprendas o no, y no se trata de estudio.
El estudio es algo muerto, intelectual. Aprender es algo vivo: no es algo de la cabeza, tiene que ver con el corazón. Aprendes con el corazón, estudias con la cabeza. Cuando es¬tudias te conviertes en un gran erudito. Ve y observa a los grandes eruditos, todas las universidades están llenas de ellos, y no encontrarás gente más muerta que ellos. Están casi den¬tro de sus tumbas, ¡ya se han metido! Nunca han vivido; están tan obsesionados con las palabras que la vida les ha pasado de largo.
Pueden estar hablando del amor, pero nunca han amado. No se lo pueden permitir... es tan arriesgado; y saben tanto que no pueden dar este peligroso paso. Han hablado de meditación, le¬ído sobre ella, pero nunca la han practicado. Es peligroso. Nada puede ser más peligroso. Y un erudito está siempre a la búsque¬da de seguridad; seguridad en las palabras, en las doctrinas, en todas partes. No es un jugador, no puede arriesgar su vida. Y si no arriesgas tu vida no puedes aprender.
Este aprendizaje es del corazón, es igual que el amor. Por eso Jesús va repitiendo que Dios es amor. No significa, como han entendido, o malentendido los cristianos, que Dios es amante. Sencillamente significa que si quieres alcanzar a Dios, el méto¬do es el mismo que cuando quieres entrar en el amor. "Dios es amor" significa: el camino que conduce al templo del amor es el mismo que lleva al templo de Dios. No hace sino indicar el camino, pasa por el corazón, no por la cabeza.
Tokusan estudiaba zen con Ryutan, en esto se equivocaba. Ya el primer paso iba en la dirección equivocada, y cuando ocurre, todo lo que sigue será equivocado. Acuérdate siempre de dar el primer paso en la buena dirección. Si lo haces, ya ha¬brás concluido la mitad del viaje, el viaje casi se habrá acaba¬do. Porque si el primer paso es correcto, todo lo que sigue ocurrirá automáticamente; llegarás al destino. De modo que no vayas a un maestro para estudiar, ve para aprender. Si vas a estudiar, el maestro te enseñará, pero lo más importante no puede ser enseñado. Ve a aprender.
¿Y cuál es la diferencia entre ambas actitudes? Muchas di¬ferencias: cuando vas a estudiar, quieres más conocimiento; cuando vas a aprender quieres más ser, no conocimiento. Cuando aprendes, tu ser crece. Cuando estudias, tu memoria crece. Cuando estudias sabes más, y más, y más; cuando aprendes eres más, y más, y más; y son dos cosas totalmente diferentes.
Un hombre puede tener una gran memoria, saber muchas cosas, y en el fondo de su ser, ser un mendigo absoluto, pobre, sin nada. Quizás se esté engañando a sí mismo porque cree sa¬ber muchas cosas, pero el saber no le servirá de nada... Si no eres, saber es fútil. Sólo ser sirve.
Si te estás muriendo, ¿qué se irá contigo, tu conocimiento o tu ser? ¿Quién te ayudará? ¿Qué será el puente? ¿Qué es lo que puedes llevar contigo más allá de la muerte? ¿Saber? El cerebro queda atrás, porque el cerebro es parte del cuerpo. Sólo te llevas el ser. Y nunca lo has mirado, ha seguido pobre, hambriento, nunca lo has alimentado.
El aprendizaje es del ser, el conocimiento pertenece sólo a la memoria, a la mente. Las universidades pueden darte cono¬cimiento, los profesores pueden darte conocimiento, pero sólo un hombre iluminado te puede ayudar, y esta ayuda es indirecta, a ganar más ser. Tú puedes aceptar su ayuda, pero el hacerlo o no depende de ti.
Si vas a estudiar, has dado el primer paso en falso. Y el pri¬mer paso es muy importante, porque a la larga se convierte en el último. La semilla es muy importante; es el primer paso y se convertirá en el árbol. Puede necesitar muchos años para flo¬recer, pero si has plantado la semilla equivocada, entonces ni siquiera un millón de vidas servirán de nada. Tokusan se equi¬vocaba desde el mismo principio, estudiando.
Estudiando, le importaba más la escritura, no el maestro. iY qué estupidez! El maestro está vivo y tú estás obsesionado por la escritura. iCuando los diamantes están por todos lados, tú te agarras a piedras rojas, piedras de colores! El maestro está vivo y a ti te importan las palabras muertas.

Cierta noche Tokusan visitó a Ryutan y le hizo muchas pre¬guntas.

Un hombre que está con un maestro para estudiar siempre tiene preguntas que hacer, porque así es como uno estudia. Planteas preguntas para conseguir respuestas, y entonces pue¬des ir coleccionando las respuestas y te vuelves más erudito.
Un hombre que no va tras el estudio, sino tras aprender, sólo tiene una pregunta, no muchas. Y recuerda: muchas cues¬tiones no pueden ser contestadas, sólo una puede serlo. Mu¬chas no pueden ser respondidas, porque si eres de la clase de hombre que hace muchas preguntas, cada respuesta que se te dé originará en ti muchas más dudas; eso es todo. Cada solu¬ción te planteará muchos más problemas.
Te acercas a mí y preguntas: «¿Quién creó este mundo?». Y si digo «Dios», empiezas a preguntar sobre él: «¿Quién es este Dios? ¿Y por qué creó el mundo?». Y si digo: «Por esto», enton¬ces preguntas... Cada respuesta originará muchas más dudas.
Pero si tienes una sola pregunta... aunque esto es muy difícil. Sólo un hombre muy sabio hace la única pregunta. Cuando llegues a la pregunta única, ya te has hecho maduro -porque muchas preguntas muestran tu curiosidad, una pre¬gunta muestra que tu ser ha llegado a una conclusión-. Ahora está sobre el tapete: si esta cuestión es resuelta, todo está re¬suelto. Es una cuestión de vida o muerte.
Hacer una pregunta significa que has concentrado tu ser en un punto. Hacer una sola pregunta quiere decir que ya eres una unidad. Y cuando eres una unidad, se te puede dar una respuesta; si no es así, no estás preparado. Y ningún maestro va a malgastar su tiempo y energía contigo si estás haciendo muchas preguntas. ¡Haz una sola!
Primero averigua la única pregunta que importa. ¡No va¬yas a la periferia, ve al centro! En la periferia pueden haber muchos puntos sobre los que preguntar, pero en el centro sólo hay uno. Y cuando estás en la periferia te mueves en círculo; una pregunta llevará a otra, otra llevará a otra, y sigues así ad infinitum.
Pero en el centro sólo hay una pregunta. Y ésta puede ser respondida incluso sin responder; si has llegado a la única pregunta, el maestro te puede mirar y la pregunta quedará res¬pondida. El maestro te puede tocar y la pregunta será respon¬dida. Porque cuando estás tan concentrado, cuando estás tan intensamente vivo, tu llama brilla, tu mente está clara, no lle¬na de nubes, sólo el sol, no millones de nubes, estás despeja¬do, todo es definido, claro, brillante, una simple mirada pue¬de bastar; un simple toque puede ser suficiente. Pero si tienes muchas preguntas, aunque el maestro te vaya dando respues¬tas, nada va a pasar.

Cierta noche Tokusan visitó a Ryutan y le hizo muchas pre¬guntas.

Estas historias zen son tan bellas, que cada una de las palabras está llena de significado. Cierta noche, no por la maña¬na, sino en la oscuridad. Por la mañana haces una sola pre¬gunta, por la noche haces muchas preguntas. Por la mañana estás despejado, fresco, joven. Por la noche estás viejo, podri¬do. Por la noche estás en la oscuridad, tanteando. Aunque lle¬garas a la puerta, no serías capaz de verla. Aunque la respues¬ta sea dada, no será entendida.
La mente es la oscuridad del alma, es la noche del alma. Pero tú crees mucho en la mente; no te da nada excepto pro¬mesas, pero crees en ella. Te da promesas, para esto es mara¬villosa -va prometiendo.

He oído contar que en cierta ocasión el Mulla Nasrudin volvió a su casa muy, muy tarde, por la noche. Llamó a la puerta, la mujer preguntó:
-Nasrudin, ¿qué hora es?
Él dijo, como si nada:
-Es muy pronto, sólo las once quince.
La mujer dijo:
-No me engañes. Acabo de mirar el despertador. No son las once quince, son las tres quince. Toda la noche ha pasado.
Él dijo:
-Un momento. ¿Haces caso de un asqueroso despertador de veinte rupias, en lugar de hacer caso de tu amado marido? ¿Qué clase de matrimonio es éste? ¿Qué clase de mujer eres tú?

Tú siempre haces caso de una asquerosa mente de veinte rupias que compraste en una tienda de mentes de segunda mano -¡ni siquiera es tuya!-. Ha pasado por muchas manos, miles de veces. ¿Qué hay de nuevo en tu mente? Todo es vie¬jo, usado. ¿Qué es fresco en tu mente? ¿Qué hay de original en ella? Todo es de prestado. Y cuando un hombre compra un coche viejo, usado, piensa millones de veces si comprarlo o no. Tú nunca piensas en la mente, que ha sido usada por mu¬chos. Cada uno de tus pensamientos es tomado de prestado, es viejo, basura; muchos los han conocido. Pero sigues creyendo en ella, porque esta mente ha aprendido un truco, y este truco es cómo prometer. Va prometiendo: «Te daré todo. ¿Necesitas a Dios? Te daré a Dios, espera tan sólo. Haz esto y lo otro. Es¬fuérzate, espera y reza, y lo conseguirás». Siempre pospone. Dice: «Sucederá mañana»... Y mañana nunca llega. Mañana no puede llegar -todo cuanto llega es siempre hoy, y todo cuanto hace esta mente es transferir todo a mañana-. Te promete; todo está en el futuro. Sea el cielo, sea Dios, o moksha, o nir¬vana, siempre te promete "en el futuro".
La meditación, el zen nunca te prometen nada. Simple¬mente te dan aquí y ahora. La mente consiste en postergar, dice: «Sucederá. Sucederá gradualmente. Ve poco a poco. No tengas prisa, en este momento no puede hacerse nada». La mente dice: «Se necesita tiempo. El camino es largo. Hay que hacer mucho, y si no lo haces, ¿cómo vas a conseguirlo?». La mente siempre divide medios y fines.
En realidad, no hay división. Cada paso es el fin, y cada momento es nirvana. El presente es todo cuanto existe. El fu¬turo es la cosa más ilusoria, es una creación de la mente. Pero tú crees en la mente, y es realmente maravilloso, ini siquiera te desanimas!

He oído contar que un hombre compró un coche viejo, usado. Y al cabo de dos semanas volvió a la misma tienda y le preguntó al vendedor:
-¿Eres el mismo que me vendió este coche?
El hombre dijo:
-Sí -pero se sintió un poco asustado y aprensivo, porque sabía qué tipo de coche había vendido.
El que había comprado el coche dijo:
-Entonces dime de nuevo las mismas cosas que me dijiste antes de venderme este coche. Estoy tan desanimado. Dame un poco de ánimos; iré viniendo, sólo para que me animes.

Tú ni siquiera te desanimas por lo que te dice la mente. Si¬gues escuchándola. Y la mente es lo oscuro, la parte oscura de tu ser, donde no entra la luz. Es la noche.
De modo que está bien:

Cierta noche Tokusan visitó a Ryutan y le hizo muchas preguntas. El profesor dijo...

No le contestó. No le contestó ni siquiera una pregunta. Solamente escuchó las preguntas.

El profesor dijo: «La noche se hace vieja, ¿por qué no te re tiras?».

¡Fíjate! Tantas preguntas le había hecho y el profesor sim¬plemente dijo: «La noche se hace vieja, la oscuridad crece. Te metes en una parte de la mente más y más oscura». La noche se está haciendo vieja, ¿por qué no te retiras?
Ésta es la única respuesta para tantas preguntas. ¿ Por qué no te retiras?
Tú eres la pregunta y el creador de la pregunta. Tú, el ego, la mente, tú eres la enfermedad. ¿Por qué no te retiras? Mu¬chas preguntas habían sido hechas, una sola respuesta ha sido dada, y aun ésta no puede ser entendida, porque la persona que hace muchas preguntas no puede entender una respuesta. Su mente no puede comprender nada que pertenece al uno. Sólo puede entender lo múltiple. "Múltiple" está siempre fue¬ra, "Uno" está siempre dentro, porque el centro está dentro de ti, y la periferia está afuera.
El maestro dijo una de las cosas más bellas: «La noche se está haciendo vieja, ¿por qué no te retiras? Ya es hora de que te retires». Parece poco importante. Debería haber contestado las preguntas... Ha contestado, porque dice: «Por favor, retírate».
Si estás ahí, las preguntas seguirán llegando. Las pregun¬tas llegan a la mente como las hojas a los árboles. Y tú vas re¬gando el árbol, y las hojas van llegando. Naturalmente, las ho¬jas viejas caerán y las nuevas llegarán. De modo que el maestro puede contestar una pregunta: la vieja se irá, pero la nueva llegará y será reemplazada a su vez. Y una nueva pre¬gunta es peor, porque de la antigua ya estás harto de ella. La puedes descartar. Has vivido bastante con ella. Pero una pre¬gunta nueva es otra vez como una esposa nueva -otra vez es¬tás enamorado, otra vez empieza el romance, otra vez la poesía y otra vez toda la tontería-. Un pensamiento nuevo es más pe¬ligroso que el viejo, porque ya estás harto del viejo, ya estás aburrido de él, lo quieres echar. Por eso Buda, o Ryutan, o personas así, nunca responden a tus preguntas. No quieren darte nuevos refugios para la mente. No quieren darte nuevos sustitutos de lo viejo.
Buda acostumbraba decir: «No preguntes si quieres que se te conteste. Cuando no preguntes, te contestaré. Si preguntas, la puerta estará cerrada».
A los recién llegados, Buda les decía: «Durante un año qué¬date conmigo sin preguntar nada. Si preguntas, no se te permi¬tirá vivir conmigo, tendrás que irte. Durante un año limítate a estar callado». Y no es cuestión de preguntar ostensiblemente. Buda sabe..., si vas preguntando por dentro, lo sabe.

Sucedió que un día Mahakashyapa estaba sentado allí. No había preguntado nada. Gran discípulo de Buda, había llega¬do hacía unos pocos meses y Buda le había dicho que se man¬tuviera en silencio durante un año, sin preguntar nada. Unos cuantos discípulos estaban sentados allí. De pronto, Buda pre¬guntó:
-Mahakashyapa, ¿has preguntado?
Así que el discípulo dijo:
-No he dicho nada.
Y los otros también dijeron:
-No ha dicho nada.
Buda dijo:
-Observa por dentro. Has preguntado. Has roto la promesa. Y Mahakashyapa miró, hizo una reverencia y dijo: -¡Lo siento!
Había preguntado. No había preguntado de manera que pu¬dieras oírlo, pero en el fondo había habido una pregunta. Aun¬que no lo digas en voz alta, si la mente pregunta, has pregunta¬do, porque el pensamiento es una acción sutil. Se hará visible tarde o temprano. La burbuja esta ahí, saldrá a la superficie. Puedes reprimirla, pero no puedes engañar a un buda.
¿Cuándo se te puede permitir preguntar? Cuando no hay pre¬gunta. Esto parece paradójico; si no hay pregunta, ¿qué vas a preguntar? Sólo entonces planteas la pregunta única, y no es ne¬cesario articularla. Todo tu ser se convierte en una pregunta, una búsqueda, una interrogación. Y cuando estás ante un buda, todo tu ser transformado en una interrogación, una sed, un hambre hondo, tan hondo que no existes, sólo existe el hambre, entonces el buda puede alimentarte, entonces puede ser dada la respuesta. Si no es así, todo cuanto diga Buda, parecerá poco importante -y estas historias zen son muy poco importantes.
Hay millones de historias zen que carecen absolutamente de importancia. Preguntas sobre A y el maestro habla de Z: ¡ninguna relación! No sabemos qué preguntas hizo Tokusan. Sólo sabemos una cosa: el profesor, el maestro, no las contes¬tó. Simplemente dijo: «Tokusan, la noche se está haciendo vieja, ¿por qué no te retiras?». Y esto es todo lo que es el zen. Sólo de esto se trata el zen: ¡retírate!
¿No estás bastante cansado de la mente? ¡Pues retírate! ¿No ha hecho bastante la mente? ¿No ha creado bastante caos en ti? ¿Por qué te aferras a ella? ¿Qué esperanza, qué promesa hace que no quieras desasirte de ella? Te ha estado engañando continuamente. Decía: «Aquí, en este fin, en esta posesión, en esta casa, en este coche, en esta mujer, en estas riquezas, está todo». Y fuiste y cuando lo conseguiste, nada llegó a tus ma¬nos excepto frustración. Cada expectativa te llevó a una frus¬tración. Cada deseo se convirtió al final en un asunto penoso, trajo una tristeza.
Y esta mente te ha estado prometiendo y prometiendo; nin¬guna promesa ha sido cumplida, pero nunca le dices a la men¬te: «Tú, mentirosa, ¡alto!». Tienes miedo de decir algo así.

Sucedió en cierta ocasión que el Mulla Nasrudin salió de la taberna del pueblo y el nuevo cura, que pasaba por la carre¬tera le vio y le dijo:
-Nasrudin, eres un hombre religioso. ¿Qué veo? ¿Sales de semejante sitio? Hijo mío, la bebida es del diablo. Así que cuando el diablo te invite de nuevo recházalo. ¿Por qué no lo rechazas?
-Reverendo -dijo Nasrudin-, quisiera rechazarlo, pero el diablo puede ofenderse y quizás no me vuelva a invitar.

Éste es el problema. Quisieras rechazar a la mente, porque nunca ha cumplido sus promesas, pero tienes miedo -la men¬te puede ofenderse, no volverá a prometer-. ¿Y qué...? No puedes vivir sin promesas, no puedes vivir sin esperanza, éste es el mecanismo.
Si no estás dispuesto a vivir sin esperanza, no puedes vol¬verte religioso. Aun tus llamadas religiones no son sino espe¬ranzas creadas por la mente. ¿Estás dispuesto a vivir sin espe¬ranza? ¿Estás dispuesto a vivir sin futuro? En este caso simplemente no es necesario que te retires; la mente se retira por sí misma. Entonces no te agarras a ella. Pero tienes mie¬do, la mente puede ofenderse. Y la mente es el diablo y puede no volver a ofrecer, ¿qué harás entonces?
La gente se acerca a mí, piensan que su búsqueda es religio¬sa, pero su búsqueda sigue siendo mental. Todavía van por los valles oscuros de la mente, continúan escuchándola, están es¬perando. Esperan en el dinero, y fracasan; esperan en el sexo, y fracasan. Han esperado en muchas, muchas cosas, y han fraca¬sado. Ahora esperan en la meditación, en un maestro, pero si¬gue habiendo esperanza. Y recuerda bien: si esperas en mí, me perderás. No puedo satisfacer tus esperanzas.
¿Por qué no abandonar la esperanza? ¿Por qué esperas? ¿Qué fundamento tiene tu actitud? El descontento se convier¬te en esperanza; éste es el disfraz. Como aquí y ahora estás tan descontento, tan desgraciado, necesitas alguna esperanza en el futuro. Esta esperanza te ayudará a seguir. De alguna ma¬nera puedes tolerar el presente; gracias a la esperanza, puedes hacerlo..., la esperanza te anestesia. El presente es miserable, doloroso; la esperanza es alcohólica, es una droga, te hace lo bastante inconsciente como para poder tolerar el presente.
La esperanza significa que aquí y ahora hay descontento. ¿Pero has observado alguna vez el fenómeno globalmente? ¿Por qué estás descontento aquí y ahora? ¿Por qué? Porque en el pasado tuviste esperanzas, por eso estás descontento aquí y ahora. Este hoy, ayer era mañana. Ayer tenías esperanzas en el hoy, porque entonces era mañana. Ahora esta esperanza no está satisfecha, por lo que te sientes triste, frustrado. Y para ocultar esta tristeza, para pasar de alguna manera el día de hoy, estás de nuevo esperando en el mañana.
Te encuentras en un agujero, y éste es de unas dimensiones tales que te será muy difícil salir de él. Mañana sucederá lo mismo: estarás frustrado, porque la mente puede prometer, pero nunca puede cumplir. De no ser así, no habría necesidad de meditación: en este caso Buda era un tonto meditando.
Si la mente puede satisfacer, entonces todos los meditado¬res son unos tontos, entonces las personas iluminadas son unas estúpidas. Porque la mente no puede satisfacer... cuan¬do llegan a entender el mecanismo completo, y toda su mise¬ria... Éste es el mecanismo: ayer la mente te prometió que algo te sería entregado mañana. Ahora ha llegado el mañana, es hoy, y la mente no te ha dado nada; estás triste, tus expec¬tativas están frustradas. Ahora la mente dice: «Mañana entre¬garé». La mente promete otra vez. ¿Y qué clase de estupidez es ésta, que vuelves a escucharla? Y mañana el mismo meca¬nismo se repetirá; es un círculo vicioso.
Escuchas a la mente, te pones triste. Si no fuera así, ¡este hoy sería el paraíso! Y no hay otro paraíso, este hoy es nirva¬na. Si no hubieras escuchado a la mente... No la escuches y dejarás de estar triste; porque la tristeza no puede existir sin expectativas y esperanzas. Y cuando hay tristeza necesitas más esperanzas para ella, para ocultarla y vivir como sea. Vive sin esperanza; entonces serás un hombre correcto, entonces te has retirado.
Las palabras son preciosas. El maestro dijo: «La noche se está haciendo vieja, ¿por qué no te retiras?». ¿No has tenido bastan¬te esta noche? ¿Todavía no has oído y escuchado a esta mente lo suficiente? Sal de ella. No la escuches más. ¡Retírate!
Pero Tokusan no le entendió, porque un hombre que tiene tantas preguntas no puede entender la respuesta. Movido por su compasión, Ryutan le dio la respuesta, pero el discípulo no le entendió; los eruditos nunca entienden.
¿Qué pensó? Pensó en la noche de fuera... pero no se tra¬taba en absoluto de esto. Los maestros nunca hablan del exte¬rior, siempre hablan del interior. El maestro estaba hablando de la oscura noche interior, y el discípulo pensó: «Sí, la noche se está haciendo vieja». Miró afuera, miró a la periferia. El maestro estaba hablando del centro, estaba usando el lengua¬je del interior, y el discípulo entendió el lenguaje del exterior. Y el lenguaje del interior no puede ser traducido al lenguaje del exterior. No, no hay modo de traducirlo. O lo entiendes o no lo entiendes: no puede ser traducido.
El hindi puede ser traducido al inglés, el inglés al chino, pero la religión no puede ser traducida a ningún lenguaje. Lo interior no puede ser traducido al exterior. ¿Por qué el chino puede ser traducido al inglés? Porque ambos pertenecen al ex¬terior, ambos existen en la periferia.

-¿Por qué no te retiras? -dijo el maestro.
De modo que Tokusan hizo una reverencia y, al abrir el biombo para salir, observó:
-Está muy oscuro afuera.

Entendió; en realidad pensó que había entendido. Hizo una reverencia: «Sí, es demasiado tarde, y la noche se está haciendo más y más oscura y demasiado vieja, y es hora de irse a dormir».
Lo que el maestro quería decir era: «Es hora de despertar». Para el hombre que conoce lo interior, "retirarse" significa que es hora de salir de tu sueño, de tu mente, porque la mente es el sueño.
¿Has oído hablar de la enfermedad del sueño? La mente es esta enfermedad, es un sueño profundo. Incluso cuando estás despierto no te permite estar despierto; te mueves bajo una profunda hipnosis, es un sonambulismo. Haces las cosas como una máquina automática, mecánica. Eres como un au¬tómata; comes, hablas, haces cosas, eres eficaz, pero no pien¬ses que estás despierto. No lo estás. Tienes muchos tipos de sueño: a veces duermes con los ojos cerrados, otras con los ojos abiertos. Duermes en la cama, en el templo, en la calle. A veces estás durmiendo en la tienda. En ocasiones duermes mientras haces cosas, otras veces duermes sin hacer cosas. Duermes con sueños y también duermes con pensamientos, pero continúas tu sueño.
Por la mañana no te despiertas. Por la mañana empieza una nueva clase de sueño con los ojos abiertos. Los sueños flotan, y los pensamientos continúan y tú realizas el ritual. Para el ri¬tual diario no se necesita despertar. Por eso a nadie le gusta que cada día sucedan cosas nuevas, porque cuando ocurren cosas nuevas, tienes que despertar. Con las cosas viejas, con una rutina, puedes ir dormido, no hay necesidad de despertar. En una vida de setenta años, si has estado despierto siete mo¬mentos, puede considerarse que es mucho. Por eso cuando Siddharta Gautama se despertó le llamaron Buda, "el despier¬to". Porque es un fenómeno tan raro el estar despierto.
El maestro quería decir: «Retírate de la mente, para poder despertar». Y el discípulo entendió: «Cierto, afuera está muy oscuro, tengo que irme a dormir ahora. Tengo que retirarme». Así es como la verdad, cuando es dada por un maestro, es dis¬torsionada en la mente del discípulo.
De modo que Tokusan se inclinó... sólo para agradecer al maestro que ha observado correctamente que la noche está muy avanzada... y al abrir el biombo para salir, observó: «Está muy oscuro afuera».
Ryutan ofreció a Tokusan una vela encendida..., el maestro ofreció una vela encendida al discípulo... para que encontrara el camino. Pero en el momento en que Tokusan la cogió... y estaba a punto de salir... Ryutan la apagó.
En este instante la mente de Tokusan se abrió.
¿Qué ocurrió? Ryutan ofreció a Tokusan una vela encendi¬da. Dijo: «Muy bien, afuera está muy oscuro, de modo que toma esta vela encendida para ver el camino».
Para el exterior pueden ofrecerse velas, no para el interior, porque ¿cómo vas a meter una vela dentro? Para el interior, no se puede ofrecer ninguna vela desde el exterior. El maestro no puede darte la luz que te iluminará por dentro.
De hecho, dentro la luz ha estado siempre encendida. Está ahí, pero sigues mirando afuera. Cuando miras adentro, en¬cuentras ahí la luz. Siempre ha estado ahí. Nunca te ha falla¬do ni un solo instante. No puede fallarte. Es tu Tao, tu natura¬leza, tu mismo ser. No es preciso ofrecer vela alguna para tu interior, y no puedes meter ahí ninguna vela. Pero para fuera sí que pueden ofrecerte velas. Así que recuerda: todos cuantos te den algo para tu camino, todas estas velas pueden ser sólo para fuera. Iluminarán tu camino en el mundo, pero nunca en Dios.
Al ver que el discípulo no entendió, el maestro lo intentó otra vez. Creó una situación muy rara: ofreció a Tokusan una vela encendida. El discípulo estaba haciendo muchas pregun¬tas y, sin embargo, el maestro no le ofreció ni una sola vela para el interior, no le dio ni una sola respuesta. Simplemente dijo:
«iRetírate!». Si está oscuro afuera, se puede hacer algo, se te puede ayudar. Si tu cuerpo está enfermo, puedes encontrar un doctor; pero si tu alma está enferma, ningún doctor puede servir de nada, en este caso tienes que hacer algo tú. Entonces el maestro sólo puede llevarte hasta el punto en que tienes que hacer algo, porque dentro nadie puede penetrar, excepto tú. Porque en el templo más íntimo de tu ser, ¿cómo puede pene¬trar alguien? No hay espacio allí, sólo tú existes en tu soledad total. Por eso Mahavira dijo que ni siquiera el amor puede en¬trar allí. Estás totalmente solo. Mahavira utilizó una palabra para la liberación total, para la salvación definitiva; esta pala¬bra es kaivalya que significa soledad absoluta. En tu ser más íntimo estás totalmente solo, nadie puede entrar allí. Ni siquie¬ra un maestro. Si alguien puede entrar, entonces es el exterior, no es el núcleo más íntimo. En el centro de un círculo sólo pue¬de haber un punto, no dos. Si hay dos, todavía no es el centro. Entonces todavía hay alrededor una pequeña periferia.
Estás solo en tu ser más profundo. El maestro te puede ayu¬dar a darte cuenta de este hecho, y una vez lo sabes, toda enfer¬medad interna desaparece. Cuando aceptas tu total soledad es¬tás liberado; deja de existir apego, el amor puede fluir. En realidad, sólo en ese momento puede fluir el amor, porque en¬tonces el amor no es una dependencia, tú no dependes del otro. Si eres dependiente del otro, entonces también estarás en con¬tra de él, porque todo cuanto te hace dependiente es el enemi¬go, no puede ser el amigo. Por eso los amantes se pelean conti¬nuamente, porque el amante es el enemigo. Te has vuelto dependiente, no puedes vivir sin el otro, tu libertad ha sido des¬truida, y todo amor que destruye la libertad se convertirá, tarde o temprano, en odio.
Sólo el amor que te da más libertad nunca se convertirá en odio, será eterno. Por eso sólo un Jesús, un Buda, pueden amar eternamente. No hay cambio de clima, la misma armonía con¬tinúa. ¿Por qué? Porque un Buda o un Jesús han alcanzado la soledad total y han aceptado este hecho. Y esto es tan bello... Estar totalmente solo, como un Everest.
En la cima, estás solo. En el núcleo, el ser más íntimo, es¬tás solo. Cuando lo has aceptado, el amor puede fluir como un Ganges, ya no hay problema, ya puedes amar sin ninguna condición. Ya puedes amar sin volverte dependiente, o sin ha¬cer que nadie dependa de ti. Ahora ya el amor puede ser una libertad.
Un maestro te ayuda a darte cuenta de tu total, definitiva so¬ledad. La palabra soledad no es buena, porque lleva tristeza con¬sigo, por tu culpa, no por culpa de la palabra. Debido a las vie¬jas asociaciones, siempre te sientes triste cuando estás solo.

Sucedió una vez en Japón, que un maestro zen era un gran jardinero, un amante de la jardinería. Hasta el rey se sintió ce¬ loso de su jardín y cierto día alguien se acercó al rey y dijo:
-Ahora debes ir y ver.
A los japoneses les gustan mucho las campanillas y el hombre que habló al rey dijo:
-Nunca he visto flores semejantes, millones de ellas, todo el jardín del maestro zen está lleno de flores. Y su fragancia es tan buena. No te lo pierdas. Tienes que ir.
Era demasiado para el rey ir a ver el jardín de este pobre hombre. Tenía un gran jardín, cientos de acres de plantas, cien¬tos de jardineros trabajando allí, ¿y tenía que ir y ver?
Pero el hombre le informó y dijo:
-Acaso no vuelva a suceder.
De manera que el rey dijo:
-Ve y di le que mañana por la mañana iré.
El maestro fue informado. A la mañana siguiente, el rey llegó con su corte, con sus generales, reina, príncipes. Toda la capital estaba tranquila, miles de personas se juntaron alrede¬dor del monasterio. Y llegó el rey, miró y dijo:
-¡Qué! Me dijeron que había millones de flores, y veo una sola campanilla en el jardín.
El maestro zen dijo:
-Sí, había millones, pero durante la noche las quitamos to¬das, porque creemos en el uno. Y ésta es la más bella de todas ellas, en una multitud te hubiera pasado inadvertida. De modo que las hemos quitado todas; sólo la mejor, la más bella, ha sido conservada para ti.
El rey se puso un poco triste. -Parece tan solitaria -dijo.
Y el maestro zen rió:
-No está solitaria. Está sola -dijo.

Recuerda esto: cuando llegas a tu centro más íntimo, no estás solitario, estás solo. Y esta soledad no es un vacío, es una plenitud. Esta soledad no está vacía, rebosa. Esta soledad no es un vacío, es el todo.
El maestro sólo puede hacer que te des cuenta de este hecho, que ya existe. No puede darte nada nuevo. Sólo te da lo que ya tienes, lo que ya eres, lo que ya has estado llevando dentro sin darte cuenta. Sólo te hace consciente de lo que es, de tu ser. Sólo te hace consciente de la verdad: el tesoro que está oculto allí y no has mirado.
Que eres un dios, es ya un hecho; el maestro simplemente te hace consciente de este hecho. No es un logro.
Ryutan ofreció a Tokusan una vela encendida. Dijo: «Muy bien. Si no puedes mirar adentro y la oscuridad en la que vi¬ves, la oscuridad de la mente... Hablo del interior y miras afuera; si éste es tu enfoque, te daré una vela».
Le dio una vela encendida para encontrar el camino, pero en el instante en que Tokusan la cogió... y se iba a ir, bajando del templo del maestro, Ryutan la apagó.
¡De repente, oscuridad! Con la vela encendida había luz. Ni siquiera había sido entregada e inmediatamente fue apaga¬da, de repente se hizo la oscuridad.
En este momento... ¿qué ocurrió? La mente de Tokusan se abrió, se iluminó.
¿Qué ocurrió en este instante? Muchas cosas sucedieron simultáneamente. Ocurrieron en un solo instante. No se perdió el tiempo. Aquí se apagó la vela; allí, inmediatamente, el dis¬cípulo se iluminó.
¿Qué pasó? Una cosa: de repente se dio cuenta de que el ma¬estro no estaba hablando de la oscura noche exterior. Por eso ha¬bía apagado la vela, para indicar que esta vela no servía. Estaba hablando del interior, de la oscura noche interior. No estaba di¬ciendo ve, retírate y ve a dormir. Quería ponerle alerta y cons¬ciente. Y cuando la luz de repente se apagó, su mente de pronto se detuvo. No lo podía concebir..., era tan impredecible. El ma¬estro le dio la vela y entonces la apagó. ¡Era tan absurdo! ¿Por qué dársela entonces? Era tan contradictorio, que por un mo¬mento la mente no pudo pensar, porque la mente no puede pen¬sar cuando hay una contradicción. Muchas veces te doy la vela y la apago de inmediato. Digo una frase y la contradigo a conti¬nuación, para que tu mente no pueda pensar nada acerca de ella, no pueda resolverlo. Si tu mente puede resolverlo, la oportuni¬dad se ha perdido. Era tan contradictorio: la noche era oscura y el maestro le daba una vela, y cuando estaba a punto de irse, la apagó. ¿Qué significa esto? ¡Es tan inconsistente!
Las personas iluminadas son siempre inconsistentes. La consistencia es siempre de la mente; puedes encontrar un pen¬sador consistente, pero no hallarás un buda consistente. A cada instante se comporta de forma nueva, porque no se com¬porta de acuerdo con el pasado, responde al momento presen¬te. Y era tan accidental que la mente no pudo resolverlo y de pronto todo se oscureció.
El discípulo entendió una cosa, que el maestro no estaba hablando del exterior. No estaba hablando de la noche de fue¬ra, hablaba de la noche de aquí, de la de dentro. Le dio la vela y entonces la apagó. Estaba diciendo que dentro no hay ayu¬da posible. Tienes que avanzar tú mismo en tu oscuridad, es¬tas velas no servirán. Nadie puede ser un guía allí, sólo te pueden dar indicaciones...
Se dice que Buda dijo que los budas sólo muestran el ca¬mino, tienes que andar, no pueden ir contigo. Si van contigo, te volverás dependiente de ellos, y se convertirán en tu mun¬do y en tu apego. No pueden ir contigo. Y es inherentemente, intrínsecamente imposible para alguna otra persona llevarte hasta tu centro. Puede indicarte el camino. Los budas sólo se¬ñalan el camino; tú tienes que caminar.
De repente oscureció. La mente se detuvo. La mente no lo podía concebir, la mente no podía entender este comporta¬miento inconsistente. Hubo un intervalo, una discontinuidad en la mente y este intervalo se convirtió en meditación. De pronto su mente se abrió. Cuando la mente no puede funcio¬nar, cuando la mente encuentra algo imposible de reconciliar, de resolver, la mente se para.
Si la mente puede encontrar la lógica, continúa. De mane¬ra que un maestro tiene que ser ilógico debido a tu mente; sólo entonces son posibles los intervalos. En este instante se com¬porta de cierta manera, y en el próximo se contradice a sí mis¬mo. En este instante dice algo, en el próximo dice algo com¬pletamente opuesto. No puedes hacer con ello un sistema.
Por esta razón cuando murió Buda aparecieron muchos sistemas, porque todos empezaron a crear sistemas propios. Pero Buda era un hombre inconsistente, no era un hacedor de sistemas, de modo que había millones de contradicciones. Así que todo el mundo empezó a trabajar y ahora los budistas tie¬nen muchas filosofías en las que se han dejado fuera las con¬tradicciones para hacer un todo consistente.
Pero cuando dejas fuera las contradicciones, dejas fuera al mismo Buda, porque él estaba en sus contradicciones, en los intervalos. Estaba produciendo shocks a tu mente. Éste es un shock: Tokusan, en este instante, se puso alerta. No hubiera podido predecirlo. Si la mente puede predecir algo, no hay shock. Si yo repito esta historia contigo, que conoces bien la historia, si te doy una vela esta noche, y entonces la apago, nada ocurrirá, porque lo esperas.
Así que un truco no puede ser utilizado otra vez; es impo¬sible usarlo de nuevo. Por eso se necesitan siempre nuevos budas, porque los viejos budas... tu mente los ha absorbido, los conoce muy bien. Así que un nuevo buda acaso haga exac¬tamente lo contrario. Puede darte la vela y no apagarla, y sal¬drás a la noche oscura con aquella vela, pensando continua¬mente: «¿Qué ocurrió? La historia parece incompleta». Un nuevo buda tiene que crear nuevos trucos, nuevos métodos, nuevas técnicas, porque tu mente es tan astuta: cuando sabe, incorpora lo aprendido inmediatamente.
En ese instante la mente de Tokusan se abrió. Y cuando se abre la mente estás iluminado. La mente es una cerrazón, es una puerta cerrada. Y ser es una puerta abierta, es la única di¬ferencia. Con la mente abierta eres un ser; con la mente cerra¬da eres sólo un pasado, una memoria, no una fuerza viva, vi¬viente. Con la mente cerrada sólo puedes mirar afuera, porque ¿cómo puedes mirar adentro? La mente está cerrada, la puer¬ta está cerrada. Con la mente abierta puedes mirar adentro.
Si miras hacia adentro, serás transformado totalmente. En cuanto hay un simple atisbo del interior, nunca vuelves a ser el mismo de nuevo. Entonces puedes ir, mirar afuera, mover¬te en el mundo; puedes ser un tendero, un oficinista, un profe¬sor en un colegio, un carnicero, puedes ser cualquier cosa que antes fueras, pero ha cambiado la cualidad.
En el zen se dice que antes de que un hombre se ilumine los ríos son ríos, las montañas son montañas. Luego, cuando un hombre se convierte en un buscador, los ríos ya no son ríos, las montañas ya no son montañas; todo se confunde, un caos. Y cuando un hombre se ilumina, los ríos vuelven a ser ríos, las montañas vuelven a ser montañas. La gente del zen dice que un hombre iluminado vive como un hombre ordinario, no se dife¬rencia exteriormente. Come cuando tiene apetito, duerme cuan¬do está cansado, no hay diferencia exteriormente. Sólo la natu¬raleza del ser, la cualidad del ser ha cambiado: ahora la mente está abierta. Puede mirar afuera, pero permanece dentro. Puede entrar en el mundo, pero el mundo nunca puede entrar en él. Se queda en el mundo, pero el mundo ya no es parte de su ser. Pue¬de hacer cuanto sea necesario, pero nunca está apegado. No es que sea indiferente, no, no está ni apegado ni indiferente. El mundo se ha convertido en un sueño, en un juego. Ya no es real, ya no es sustancial. Si por casualidad es un carnicero, seguirá siendo un carnicero; lo será hasta el final.
El zen dice que la mente ordinaria es la mente iluminada con una sola diferencia: la mente abierta, la puerta abierta, alerta, despierta. Se ha acabado el sueño. Ya no estás hipnotizado, ya no estás drogado. Estás alerta. Si intentas cambiar lo exterior demasiado, esto revela que todavía estás apegado. Si un hombre intenta desapegarse, esto revela apego. ¿Para qué preocuparse por el desapego si no estás apegado? Si un hom¬bre huye de las mujeres, esto revela que el sexo es todavía su obsesión. De lo contrario, ¿para qué huir de las mujeres, si no estás obsesionado?
Si un hombre evita el mercado, se va al Himalaya, sigue estando de alguna manera en el mercado, o el mercado está en él. Sigue estando asustado, y el miedo siempre revela que no has cambiado. De lo contrario, un hombre iluminado será tan ordinario como los demás. ¡Más ordinario que los demás! ¡Extraordinariamente ordinario! ¿Por qué? Porque no es un exhibicionista. Puede ser tu vecino más cercano y puedes no llegar a conocerlo nunca, porque tú vas tras hombres extraor¬dinarios.
Si un hombre permanece de pie durante años, tú irás..., viajarás muchas, muchas millas para verlo. Se convertirá en un peregrinaje, porque vas a ver a un hombre que ha estado en pie durante diez años. Puede ser una hazaña, pero no revela nada. Esto no hace más que mostrar una vez más un punto de vista egoísta, una exhibición. Puedes ir y hacer una reverencia ante un hombre que ha estado ayunando, porque tú no puedes ayunar. Este hombre lo ha conseguido y tú no puedes lograr¬lo. Te sientes inferior ante él. Le haces una reverencia porque en el fondo tú también querrías ser así: extraordinario. Que¬rrías poderes, milagros, y este hombre lo ha conseguido.
Un hombre es un bramachari, célibe: sientes respeto, te sientes muy influenciado, impresionado, porque tú no puedes vivir sin una mujer, y este hombre lo ha hecho. Ha realizado el deseo que sientes en el fondo, el deseo de vivir sin una mu¬jer, porque la mujer es la atadura. Sientes que ella crea una atadura a tu alrededor, que te posee. No puedes salir de esta frontera, tienes miedo de las mujeres.

Alguien le preguntó al Mulla Nasrudin cuando salía de la taberna:
-Nasrudin, ¿por qué te vas tan pronto hoy?
-Todos los días es un problema-dijo él-. ¡La mujer!
Y el hombre dijo:
-¿Le tienes miedo a tu mujer? ¿Eres un hombre o un ratón?
-Soy un hombre -contestó Nasrudin.
-Entonces, si eres un hombre, ¿por qué te vas tan pronto?, ¿y por qué estás tan seguro de ser un hombre?
-Estoy seguro, completamente seguro -dijo el Mulla-, porque mi mujer les tiene miedo a los ratones. Seguro que soy un hombre. Yo le tengo miedo a ella, y ella a los ratones. ¡Si fuera un ratón...!

La mujer, el marido, la familia, el trabajo, la responsabili¬dad, el mundo, todo se convierte en un lastre, una frontera a tu alrededor. Te sientes enjaulado, encarcelado. Y te inclinas ante un hombre que lo ha dejado todo, majestuosamente er¬guido, sin el lastre de la mujer ni los hijos, sin preocupaciones ni temores, porque tienes la sensación de que «este es el obje¬tivo. Esto es lo que yo también quisiera lograr».
Pero este hombre es exactamente tu polo opuesto. Quizás se ha convertido en el ratón y tú eres todavía el hombre, la mujer quizás le tiene miedo, pero nada ha cambiado. Sólo es lo contra¬rio. También está ocultando los mismos temores. También está ocultando la misma lujuria, pero ha invertido todo el proceso. Nada contra corriente, eso es todo, pero la corriente es la misma, la lucha continúa. Puede ser un luchador más grande que tú, o puede ser un luchador más estúpido que tú, porque la gente es¬túpida es siempre valiente, y pueden nadar contra corriente más fácilmente que los demás. Los idiotas pueden hacer cosas que los inteligentes normalmente no son capaces de hacer.
Los tontos pueden entrar en lugares donde hasta los ángeles temen ir. De manera que si ves a gente estúpida en vuestros mon¬jes de los monasterios, en vuestros sannyasins, vuestros así lla¬mados sadhus, es natural. Mira sus ojos, nunca verás la mirada de inteligencia, la claridad, la llama. Sólo verás gente estúpida, idiotas, torpes. ¡Sosos! Pueden hacer estas cosas más fácilmente. Pueden ponerse cabeza abajo, shirshasan, y estar así durante años, pero no han cambiado, la transformación no ha ocurrido.
El zen dice que la mente ordinaria es la mente iluminada. No vas a ninguna parte; el mundo ordinario es el paraíso. Aquí y ahora, todo está aquí. No tienes que ir a ningún sitio.
Si un hombre tiene la mente abierta, la esposa desaparece. No es que se vaya, que huya de la esposa, simplemente la esposa de¬saparece y un ser hermoso aparece. Cuando no hay esposa, hay un ser hermoso. Cuando conviertes un ser en una esposa, un ma¬rido, aparece la fealdad. Entonces hay un amigo, un bello amigo amante, porque las expectativas traen enemistad. Es tu mente, una mente cerrada, la que crea los problemas, no la esposa.
Por primera vez te das cuenta de la belleza del mundo..., todo es joven y fresco y vivo, ¡y Dios está aquí! Si crees que tu Dios está en alguna otra parte, sigues escuchando a la men¬te, porque éste es el lenguaje de la mente: «En otro sitio, otro sitio. Nunca aquí». Y él está siempre aquí. La meditación te revela en aquí y ahora. Y entonces la mente ordinaria se con¬vierte en la más extraordinaria, y la vida ordinaria se convier¬te en la suprema, la superior. La única diferencia radica en una mente cerrada o abierta.
Cuando hay pensamientos, la mente está cerrada. Cuando no hay pensamientos, no hay nubes y la mente está abierta. Y cuando la mente está abierta, el viejo cubo ha caído, el agua se ha derramado, el reflejo ha desaparecido, ni agua, ni luna.
Basta por hoy.

CAPÍTULO 7

El Buda De La Nariz Negra


Cierta monja que buscaba la iluminación hizo una es¬tatua de madera de Buda y la cubrió con panes de oro. Era muy bonita y la llevaba consigo a todas partes.
Pasaron los años y, siempre con su Buda a cuestas, la monja se instaló en un pequeño templo campestre en el que había muchas estatuas de Buda, todas en su res¬pectivo altar.
La monja quemaba incienso ante su Buda de oro todos los días, pero como no le gustaba la idea de que su per¬fume volara hacia las otras estatuas, construyó un em¬budo por el que el humo pudiera ascender exclusiva¬mente hacia su estatua.
Esto ennegreció la nariz de la estatua dorada y la hizo especialmente fea.

Uno de los problemas más graves con que inevitablemen¬te se topará cualquiera que recorra el camino, es distinguir claramente entre amor y apego. Parecen lo mismo, pero no lo son. Parecen idénticos, pero no lo son. Más bien al contrario, hasta el odio se parece más al amor que el apego. Éste no es sino lo opuesto; oculta la realidad del odio y da la apariencia del amor, mata el amor. Nada es más venenoso que el apego, que la posesividad. De modo que intenta entender esto, luego podemos abordar esta bella historia.
Les ha sucedido a muchos, te está sucediendo a ti, porque la mente está muy confundida entre el amor y el apego. Y quienes miran las cosas desde fuera siempre se convierten en víctimas. El apego es tomado por amor, y cuando esto ocurre, siempre confundes lo verdadero. Habrás escogido una mone¬da falsa. Ya no buscarás la moneda auténtica porque pensarás que ésta lo es. Estarás engañado.
La posesividad, el apego, es el falso amor. El odio es me¬jor, porque por lo menos es auténtico, por lo menos es un he¬cho. Y el odio puede volverse amor un día, pero la posesivi¬dad nunca puede convertirse en amor. Para que esto ocurra, simplemente tienes que abandonarla. ¿Por qué el apego se pa¬rece al amor? ¿Y cuál es la diferencia? El mecanismo es sutil. Amor significa que estás dispuesto a fundirte con el otro.
Es una muerte, la más profunda de las posibles muertes, el abismo más profundo en el que puedas caer, e ir cayendo y ca¬yendo. Y no tiene fin, no tiene fondo, es una eterna caída hacia el otro. Nunca se acaba. Amar significa que el otro se ha con¬vertido en algo tan importante que tú te puedes perder. El amor es entrega incondicional; porque si hay siquiera una condición, entonces el importante eres tú, no el otro; entonces el centro eres tú, no el otro. Y si el centro eres tú, el otro no es más que un medio. Estás utilizando al otro, explotando al otro, encon¬trando satisfacción, gratificación, a través del otro, pero el fin eres tú. Y el amor dice: haz del otro el fin y fúndete, únete. Es un fenómeno, un proceso mortal. Por eso la gente le tiene mie¬do al amor. Puedes hablar de él, puedes cantar sobre él, pero en el fondo le tienes miedo. Nunca te metes dentro de él.
Todas vuestras poesías, todas vuestras canciones sobre el amor, sólo son sustitutos, para que podáis cantar sin entrar dentro de él, para que podáis sentir que estáis amando sin amar. Y el amor es una necesidad tan profunda que no puedes vivir sin él; se necesita el auténtico o un sustituto. El sustituto acaso sea falso, pero por lo menos durante un tiempo, de mo¬mento, te da la impresión de que amas. Y hasta lo falso se dis¬fruta. Tarde o temprano te darás cuenta de que es falso; en¬tonces no vas a transformar el amor falso en amor auténtico, entonces cambiarás de amante o de amado.
Éstas son las dos posibilidades: cuando te das cuenta de que este amor es falso puedes cambiar, puedes abandonar este falso amor y convertirte en un amante de verdad. La otra po¬sibilidad es cambiar de pareja. Y así es como funciona la men¬te: siempre que piensas «Este amor no me ha dado la felicidad que prometía, más bien al contrario, me he vuelto más des¬graciado», crees que el otro te está engañando, no que tú le es¬tás engañando.
Nadie puede engañarte, sólo tú mismo puedes hacerlo... Pero tú crees que el otro te está engañando, el otro es respon¬sable: cambia de esposa, cambia de marido, cambia de maes¬tro, cambia de dios, ve del templo de Buda al de Mahavira, cam¬bia de religión, cambia tu oración, no vayas a la mezquita, ve a la iglesia... cambia al otro. Entonces de nuevo durante una temporada tendrás la impresión de que amas, de que oras. Pero tarde o temprano lo falso se mostrará de nuevo, porque lo fal¬so no puede satisfacer. Puedes engañarte a ti mismo, pero ¿por cuánto tiempo puede uno engañarse a sí mismo? Entonces tie¬nes que cambiar otra vez; de nuevo es el otro.
Si llegas a darte cuenta de que el otro no es el problema, de que tu amor es falso... Has estado hablando sobre él, no has estado haciendo nada para entrar dentro de él -estás asustado y atemorizado-. El amor es como la muerte, y si tienes miedo de la muerte también tendrás miedo del amor. En la muerte sólo muere tu cuerpo. Lo esencial, el ego que te parece esen¬cial, permanece a salvo. La mente, que te parece importante, es trasladada a la otra vida. Tu identidad interior sigue siendo la misma; sólo la indumentaria exterior, la ropa, cambia con la muerte. De manera que la muerte nunca es muy profunda, es sólo superficial. Y si te asusta la muerte, ¿cómo vas a estar preparado para entrar en el amor? Porque en el amor no sólo cambia la indumentaria, la casa, sino que tú mueres: la mente, el ego muere. Este miedo a la muerte se convierte en el miedo al amor, y el miedo al amor se transforma en el miedo a la ora¬ción, a la meditación. Estas tres cosas son similares: muerte, amor, meditación. Y el camino es el mismo, pero tienes que ir por él. Y si nunca has amado no puedes orar, no puedes medi¬tar. Y si nunca has amado, y meditado, te perderás la bella ex¬periencia de la muerte completamente. Si has amado, enton¬ces la muerte es una experiencia tan bella e intensa que no la puedes comparar con ninguna otra cosa en la vida. La vida nunca puede ser tan honda como la muerte, porque la vida se extiende durante setenta, ochenta años. La muerte se da en un solo instante... tan intensa; la vida nunca puede ser tan inten¬sa. Y la muerte es la culminación, no es el final. Es la culmi¬nación, la cumbre misma; durante toda la vida te has esforza¬do para alcanzarla. Y qué estupidez, cuando llegas a la cum¬bre estás tan asustado, te sientes tan mareado que cierras los ojos, tienes tanto miedo que pierdes el conocimiento. La gen¬te muere, muere en un estado de inconsciencia. Se pierden la experiencia.
De manera que el amor puede ayudar porque el amor te preparará para la muerte, y el amor te preparará también para la meditación. En la meditación tienes que perder, el otro no está, sólo tienes que perderte a ti mismo. El amor es más pro¬fundo que la muerte; la meditación es más profunda incluso que el amor, porque en el amor el otro sigue existiendo, tienes algo a lo que agarrarte. Y cuando puedes agarrarte, algo de ti sobrevive.
Pero en la meditación no hay otro. Por eso Buda, Mahavira, Lao Tsé niegan la existencia de Dios. ¿Por qué? Saben muy bien que Dios existe, pero niegan su existencia para que no te quede apoyo alguno para la meditación. Si el otro existe, tu meditación será como máximo amor, devoción, pero la muer¬te total sigue sin ser experimentada. La muerte total sólo es posible cuando no hay otro y tú simplemente te disuelves, te evaporas; no hay nadie a quien puedas agarrarte, entonces su¬cede el mayor éxtasis.
La palabra éxtasis es muy significativa. La palabra inglesa ecstasy es tan bella y tan significativa; ninguna otra lengua tie¬ne una palabra así. Éxtasis significa "estar fuera". Significa que estás completamente muerto y estás fuera de ti mismo y miran¬do esta muerte, como si toda tu existencia se hubiera converti¬do en un cadáver. Estás fuera y mirando tu propia muerte; en¬tonces sucede la felicidad suprema. Si te lo digo, te asustarás. Si te digo que estás buscando la muerte suprema, te asustarás... pero la estás buscando. Toda religión es el arte de aprender a morir.
Amor significa muerte, pero el apego no es muerte. El amor significa que el otro se ha vuelto tan importante que puedes di¬solverte; confías en el otro tanto que no necesitas tener tu pro¬pia mente, la puedes dejar a un lado.
Por eso se dice que el amor es loco, y que el amor está cie¬go; lo está. No porque tus ojos queden ciegos, sino porque cuando pones el ego de lado, tu mente de lado, para todos los demás parecerás ciego y loco. Es el estado de locura. No estás pensando por ti mismo. Confías en el otro tanto que ya no hay necesidad de pensar, porque se necesita pensar cuando hay duda. La duda crea el pensamiento, es la base de éste. Si no puedes dudar, el pensamiento se detiene. Si no puedes pensar, ¿dónde está el ego, cómo puede mantenerse? Por eso el ego siempre duda de todo, nunca confía.
Si confías, no aparece ego: se ha ido. De ahí la insistencia de todas las religiones en que sólo mediante la fe y la con¬fianza y el amor entrarás en el templo de la divinidad; no hay otra puerta. Mediante la duda no puedes entrar, porque en la duda permaneces. En la confianza te pierdes.
El amor es una confianza, un disolverse del ego. El centro va hacia el otro. El otro se vuelve tan importante -tu misma vida, tu mismo ser-. Ni un destello de duda te asalta. Es tan tranquilo, tan bello, que ni un destello de duda te asalta, ni un rizo en la mente. La confianza es completa, perfecta. En esta confianza perfecta hay una felicidad, una bendición. Incluso pensando en ello tendrás un atisbo de lo que puede ser. Pero si lo sientes, es tremendo, no hay nada semejante.
Pero el ego crea un falso truco. En vez de amor, te da apego, posesividad. El amor dice: sé poseído por el otro; el ego dice: po¬see al otro. El amor dice: “disuélvete” en el otro; el ego dice: que el otro se te entregue, fuérzalo a que sea tuyo, no le permitas que se mueva libremente. Limita la libertad del otro, que se convierta en tu periferia, en tu sombra.
El amar da vida al otro; la posesividad, él apego lo mata, le quita la vida. Por eso los amantes, los llamados amantes, siempre se matan uno al otro: son venenosos. Mira a un mari¬do y una esposa: antes fueron amantes, pensaban que eran amantes y empezaron a matarse uno al otro. Ahora son dos personas muertas, se han convertido en una cárcel recíproca. Están sencillamente asustados y aburridos, tienen miedo del otro.

Sucedió una vez: en un circo, había una mujer domadora de leones. Y los leones más fieros estaban bajo su perfecto control; les daba órdenes y le obedecían. Y lo más grande, cuando todo el mundo contenía la respiración, era cuando se le ordenaba al león más fiero que se acercara, y se acercaba y la domadora, la mujer, tenía un terrón de azúcar en la lengua y el león se acer¬caba y tomaba de su boca el terrón de azúcar. El público se vol¬vía loco, aplaudía y mostraba su aprobación.
Un día el Mulla Nasrudin estaba allí. Todo el mundo aplaudía-, pero él no parecía impresionado. Decía:
-¡ Vaya! Cualquiera puede hacer algo así.
La domadora de leones le miró con desprecio y dijo:
-¿Lo puedes hacer tú?
-Sí, todo el mundo puede hacerlo si el león puede hacerlo.

El hombre le tiene miedo a la mujer, y esto viene de la ex¬periencia del amor. El amor, el llamado amor, mata al otro. Si no, ¿por qué es tan feo este mundo? Tantos amantes, todo el mundo es un amante; el marido amando a la mujer, la mujer amando al marido, los padres amando a los hijos, los hijos amando a los padres, y amigos, y todo el mundo, parientes, todo el mundo ama... ¡Tanto amor y tanta fealdad, tanta infe¬licidad!
En algún lugar, en las mismas raíces, algo parece haberse estropeado. Esto no es amor; de lo contrario el miedo desapa¬recería -cuanto más amas, menos temes-. Cuando el amor llega realmente a su totalidad, no hay miedo. Pero en la pose¬sividad, el miedo va creciendo más y más, porque cuando po¬sees a una persona estás siempre temiendo que te deje, puede irse, y la duda está siempre ahí. El marido está siempre du¬dando de que la mujer pueda amar a otro. Se convierten en es¬pías uno del otro, y cortan la libertad del otro para que no haya posibilidad.
Pero cuando cortas la libertad, cuando destruyes la posibi¬lidad de lo desconocido, la vida se convierte en algo muerto, estancado. Todo se vuelve plano, insignificante, un aburri¬miento, una monotonía. Y cuanto más sucede, más posesivo te vuelves. Cuando la vida mengua, cuando el amor se está yendo, cuando algo se te escapa de las manos, te vuelves más posesivo, te agarras más; te vuelves más protector, creas más muros y prisiones. Es un círculo vicioso.
Cuantas más prisiones, menos vida habrá. Tendrás más miedo de que suceda algo. El amor está desapareciendo y ne¬cesitamos una prisión todavía mayor. Y hay muchos métodos sutiles de hacer esto: celos, celos continuos y posesividad, hasta tal punto que el otro ya no es una persona. El otro se convierte en una mera cosa, una mercancía, porque una cosa puede ser poseída más fácilmente que una persona, ya que una cosa no puede rebelarse, ni desobedecer no puede irse sin permiso, no puede enamorarse de otro.
Cuando el amor se convierte en una frustración, y se con¬vertirá en una frustración, porque no es amor, entonces poco a poco empiezas a amar las cosas. Observa a la gente cuando limpian sus coches, cómo miran su coche: ¡encantados! Ob¬serva la luz romántica que aparece en su cara cuando miran su coche; están enamorados de su coche.
En Occidente, donde el amor ha sido completamente ase¬sinado, la gente está enamorada de cosas o animales: perros, gatos, coches, casas. Es más fácil amar una cosa o un animal; un perro es más fiel de lo que una esposa será nunca. No pue¬des encontrar un animal más fiel que el perro; sigue siendo fiel, no hay peligro. Una esposa es peligrosa. Un marido es peligroso; en cualquier momento puede irse y no puedes ha¬cer nada. Y cuando se va, todo tu ego se hace añicos, te sien¬tes herido. Para evitar que esta herida suceda, empiezas a ma¬tar al marido o a la esposa, para que se vuelvan exactamente igual que coches o casas: cosas muertas.
No obstante ésta es la desgracia: que cuando posees a una persona se convierte en una cosa, pero tú querías amar a una per¬sona, no a una cosa. Porque una cosa puede ser poseída, pero una cosa no puede responder. Puedes amar a una cosa, pero ésta no puede responder a tu amor. Puedes abrazar a tu coche, pero éste no te puede abrazar. Puedes besar a tu coche, pero el beso no puede ser devuelto.

He oído decir que una admiradora de Picasso se acercó un día al pintor y le dijo:
-He visto tu autorretrato en una galería. Es tan bello y me sentí tan poseída por él que me olvidé de todo y lo besé. Picasso miró a la mujer y le dijo:
-¿El retrato te devolvió el beso?
-¿Qué dices? ¿Cómo va a devolver el beso un retrato?
-Pues no es mi retrato -dijo entonces Picasso.

¿Cómo puede devolver el beso una esposa muerta? ¿Cómo puede devolver el beso un marido muerto? Ésta es la desgra¬cia: si quieres poseer, matas. Y en el momento en que lo has conseguido, toda la gloria se ha perdido, porque el otro ya no puede responder. El otro sólo puede responder en libertad, pero tú no puedes permitir la libertad porque no amas. El amor nunca es posesivo. No puede serlo, por su propia natu¬raleza.
Y no sólo un hombre o una mujer: si empiezas a amar a un Buda repetirás toda la historia. Harás lo mismo, también en esto serás posesivo. Por esto han sido creados tantos templos, por la necesidad de poseer. Los cristianos creen que Cristo les pertenece. Cristo no puede pertenecer a nadie, pero los cris¬tianos creen que les pertenece a ellos; son sus poseedores. Los musulmanes creen que Mahoma les pertenece. No puedes di¬bujar a Mahoma, te llevarán a los tribunales, no puedes hacer una estatua de Mahoma, porque los musulmanes no lo permi¬ten. Pero ¿quiénes son estos musulmanes? ¿Cómo se convir¬tieron en poseedores? Han convertido a Mahoma en una cosa muerta...
Nadie puede poseer a Mahoma, nadie puede poseer a Cris¬to: son tan grandes y tus manos son tan pequeñas. No pueden ser poseídos. El amor nunca puede ser poseído; es una fuerza vital tan grande, y una fuerza tan infinita, y tú eres tan diminu¬to y tan pequeño, que no lo puedes poseer. Pero los cristianos tienen su Cristo, los musulmanes su Mahoma, los hindúes su Krishna, los budistas su Buda.
Entre los jainistas, existen dos comunidades: han dividido a su Mahavira. Hay algunos templos en la India que pertenecen a ambas comunidades, de modo que siempre hay luchas y pleitos ante los tribunales, porque existe una división tempo¬ral: por la mañana adorarán los swetambers; por la tarde los digambers, la otra comunidad, adorarán. Y cambian, porque los swetambers veneran una estatua de Mahavira que tiene unos falsos ojos abiertos, y los digambers adoran a Mahavira con los ojos cerrados, por lo que el objeto de su adoración no puede ser la misma estatua. Primero tienen que cerrarle los ojos, o quitarle los ojos falsos, sólo entonces están contentos; entonces es su Mahavira. Pero ¿cómo puede ser mío o tuyo? ¿Es Mahavira una cosa, una casa, una tienda, una mercancía? Pero los amantes son falsos amantes; en realidad son poseso¬res, no amantes.
Esto ha sucedido en la religión tan profundamente que, en vez de convertirse en una bendición para el mundo, ha resul¬tado peligrosa. Gracias a esta posesividad, la religión se trans¬forma en secta; entonces adoras una cosa muerta y nada suce¬de en tu vida, y piensas por ello que hay algo malo en la reli¬gión. Pero no hay nada malo en ella. Mahavira te hubiera transformado. Krishna te hubiera dado la luz que tenía, pero no se lo permitiste. Cristo sin duda se hubiera convertido en la salvación, pero no lo permitiste. Los judíos lo crucificaron y tú lo has momificado en las iglesias. Ahora es algo muerto; bueno para adorar, bueno para poseer, pero ¿cómo puede transformarte un Cristo muerto?
Y el sacerdote lo sabe muy bien. Por eso nunca me he cru¬zado con un sacerdote que sea creyente. Ellos son en el fondo incrédulos, porque conocen el negocio y saben que este Cris¬to está muerto. Cuando adoran, es sólo un gesto; actúan de cara a la galería.

Sucedió una vez, es un hecho histórico. En el año 999, el 31 de diciembre, corría un rumor por todo el mundo, espe¬cialmente por las comunidades cristianas, de que el último día llegaría, el primero de enero; en el año 1000, el primero de enero, llegaría el último día del juicio, y el mundo sería di¬suelto y todos se enfrentarían a la divinidad.
Así que el 31 de diciembre de 999 todos los cristianos del mundo cerraron sus tiendas, cerraron sus despachos. La gente llegó a distribuir sus cosas, porque el primero de enero por la mañana no habría mundo. La gente se besaba y se abrazaba, incluso se acercaban a sus enemigos para ser perdonados, y aquella tarde el mundo era totalmente diferente. Todo cerra¬do, porque mañana no habrá futuro. ¿Por qué pues ser un ene¬migo? ¿Y por qué no amar? ¿Por qué no gozar? La gente ce¬lebraba, el último día estaba muy cerca.
En todo el mundo, los cristianos lo cerraron todo. Sólo las oficinas del Vaticano en Roma permanecían abiertas, porque el Papa sabía muy bien, los sacerdotes sabían muy bien, que no iba a suceder nada, que era sólo una superstición. iY ellos eran quienes habían inventado todo el asunto! Y ni una sola cosa del Papa fue repartida.

Los sacerdotes están en el ajo. Saben que Cristo está muer¬to, y tú eres un tonto, estás rezando a una cosa muerta. Pero no te lo pueden decir, porque es un secreto profesional; y sólo gracias a él es posible la explotación. Y les beneficia, porque si Cristo está vivo no pueden convertirse en los agentes inter¬mediarios. Un Cristo vivo se acercará a ti directamente; no dejará que haya un intermediario, un agente, entre vosotros. No lo permitirá. Cristo no dejará que un sacerdote se ponga entre los amantes y él mismo; Cristo se situará ante ellos, se acercará a ti directamente. De modo que para los sacerdotes un Cristo vivo es peligroso, sólo un Cristo muerto es bueno. A los sacerdotes nunca les gusta un Mahavira cuando está vivo, nunca les gusta un Buda cuando está vivo: están siempre en contra cuando está vivo. Cuando está muerto, inmediatamen¬te van y organizan a su alrededor, hacen un templo y empie¬zan a explotaros. Los sacerdotes están en contra de Mahavira, de Buda, de Krishna, pero saben que cuando están muertos sus nombres pueden ser explotados.
Pero tienes que recordar bien que con tu amor, con tu ora¬ción, tu adoración, si se vuelve posesiva, estás matando. Y si matas a Krishna, ¿cómo puede transformarte? ¿Cómo puede hacerte acceder a la consciencia kríshnica? ¡Imposible! Aho¬ra deberíamos entrar en esta historia. Es preciosa.

Cierta monja que buscaba la iluminación hizo una estatua de madera de Buda y la cubrió con panes de oro. Era muy bo¬nita y la llevaba consigo a todas partes.

Hay que entender muchas cosas, incluso palabra por palabra. Una monja..., porque éste es el corazón de la mujer: poseer.
Por eso no un monje, sino una monja. Y no pienses que sólo las mujeres poseen; los hombres también poseen, pero enton¬ces tienen el corazón de la mujer, no del hombre. ¿Por qué es la mujer más posesiva que el hombre? Porque la posesión nace del miedo. El hombre tiene menos miedo que la mujer, por ello es menos posesivo. La mente femenina tiene más miedo, el miedo es algo natural en ella, siempre hay un temor. Por esta razón, la mujer es más posesiva. Si no se siente com¬pletamente satisfecha de poseer, no es feliz. Y cuando posee completamente no puede ser feliz, porque el hombre está muerto. La vida sólo existe en libertad.
Por esto, en la historia, se escogió una monja. Pero recuer¬da bien, no hay ninguna diferencia si eres un hombre, porque tu mente puede ser femenina. Raramente hay hombres... Pue¬des ser una mujer y tener una mente libre de miedo, una men¬te de hombre. De modo que la distinción no se establece de¬bido al sexo, sino a las actitudes. Un hombre puede ser una mujer, una mujer puede ser un hombre -el símbolo sólo exis¬te para mostrar la actitud-. ¿Qué actitud? Si eres un hombre y sin embargo eres posesivo, tienes una mente femenina. Si eres una mujer y no eres posesiva, tu mente es masculina. Se dice que Mahavira insistió en que ninguna mujer podía acceder a la iluminación si no se convertía en un hombre. Interpretaron sus palabras literalmente, no lo entendieron. Pensaron que ninguna mujer puede acceder a la iluminación, por lo que toda mujer que se esfuerza tendrá que renacer como hombre, y sólo entonces podrá acceder. Esto es una estupidez, pero sí es cierto que ninguna mente femenina puede acceder a la ilumi¬nación, porque la mente femenina significa miedo y posesivi¬dad. Y con miedo y posesividad, el amor y la meditación no son posibles.
Una mujer se iluminó. Los jainistas, seguidores de Mahavira y de los tirthankaras, estaban muy preocupados. ¿Qué ha¬cer? Cambiaron el nombre de la mujer por un nombre de hombre y se olvidaron del asunto. Una mujer llamada Malli¬bai se iluminó, ¿qué hacer ahora con la teoría? Cambiaron el nombre, llamaron Mallinath a Mallibai. Cambiaron la estatua, nunca encontrarás una estatua de mujer. Y Mallibai, o Malli¬nath, era un ser tan especial que tuvieron que concederle el estatus de tirthankara. De manera que de los veinticuatro tirt¬hankaras uno es una mujer, pero nunca la encontrarás, porque el nombre que le dieron es Mallinath.
De modo que uno piensa que ninguna mujer ha llegado a la iluminación. Pero esto es cierto en un sentido diferente, más profundo; ninguna mente femenina puede acceder a la ilumina¬ción, porque la posesividad no puede llegar a tal estado.

Cierta monja que buscaba la iluminación hizo una estatua de madera de Buda...

Es muy difícil para una mente que es femenina, sea hom¬bre o mujer. La mente, si es femenina, creará una estatua; cre¬arás al otro. No puedes estar solo.
Una estatua significa que el otro ha sido creado. No hay nadie, pero no puedes sentirte satisfecho con la nada; tiene que haber algo a lo que agarrarte. Por eso tantos templos y tantas estatuas: son obra de la mente femenina. De modo que no encontrarás muchos hombres en los templos a los que va¬yas, pero habrá muchas mujeres. Y si han acudido algunos hombres, son los dominados por su esposa. Han acudido con sus mujeres, no van ellos solos.
Cuando Mahavira predicaba, cuarenta mil personas tomaron sannyas de él: treinta mil eran mujeres, sólo diez mil eran hom¬bres. ¿A qué era debido? Y ésta es la proporción, ésta es la pro¬porción también conmigo. Si llegan cuatro personas, tres son mujeres y una es un hombre. Y éste llega con dificultad y se va muy fácilmente, mientras que la mujer llega con facilidad y le es muy difícil irse. Se aferrará; le cuesta marcharse.
Pero la mente femenina puede crear dificultades, obstáculos. Si empiezas a volverte posesivo, fallas. Tienes que recordar: hay que dejar el miedo, sólo entonces surge el amor. Hay que abandonar el miedo, porque es del ego. Y si existe el miedo, el ego persistirá; y crearás una estatua para agarrarte a ella. Esta estatua no va a guiarte al destino, porque es creación tuya. Puedes cubrirla de panes de oro, puede ser bonita, pero es algo muerto. No te servirá de nada hacer una estatua dorada: es algo muerto.

Era muy bonita y la llevaba consigo a todas partes.

Se convirtió en una carga, tenía que llevarla consigo, protegerla. No podía dormir bien, porque alguien se la podía robar.
No podía ir sin ella, porque algún otro podía querer poseerla, intentar arrebatársela. Toda su mente se volvió posesiva en tal, no a la estatua, que se convirtió en el centro de su posesividad, de su miedo, de su adoración. Pero esto no es amor.

Pasaron los años y, siempre con su Buda a cuestas, la monja se instaló en un pequeño templo campestre en el que había muchas estatuas de Buda, todas en su respectivo altar.

Pasaron los años, no ocurrió nada. Llevando a cuestas un Buda nada puede ocurrir, porque ¿cómo puedes llevar a cuestas un Buda? Sólo puedes llevar a cuestas una estatua. Buda ha de ser vivido, no puedes cargar con él. Buda ha de ser amado, no poseído. Tienes que disolverte en él, no llevarlo como algo que posees.
Buda está vivo si te disuelves en él. Pero entonces es peligroso, porque nunca regresarás. Es un punto del que nunca puede regresar nadie. Después de haber caído, has caído en él, no hay regreso. Hay miedo y temblor, temes perderte. Y no te equivocas: vas a perderte.

Pero con una estatua no hay nada que temer, puedes lle¬varla. La estatua puede perderse algún día, pero tú no te per¬derás. Puedes crear otra, incluso más bonita, no es difícil: es una creación tuya. Acude a los templos: ¿qué ha hecho el hombre? Crear estatuas, llevar a cabo creaciones. Ahora se in¬clina ante ellas, llorando y lamentándose, y todo es falso, por¬que la base es falsa. Tus lágrimas, tus plegarias, ¿a quién las diriges? ¿Ante quién te lamentas y lloras? ¿Ante tus propias creaciones, tus propios juguetes? No importa cuán bellos y caros sean, no hay diferencia. Tú creas a tus dioses, y lloras ante ellos y te lamentas y piensas que algo va a suceder. Estás simplemente actuando como un estúpido. Los templos están llenos de gente estúpida. No se dan cuenta de que se están in¬clinando ante sus propias creaciones. Pero ¿cómo va a ayu¬darte esto?
Ella lo llevaba a cuestas... Muchos años pasaron, muchas vidas... y seguía llevando a cuestas su Buda sin haber llegado a ningún sitio. Vagando sólo de aquí allá, de una vida a otra, de un humor a otro, de una mente a otra, pero sólo vagando, sin llegar a ningún sitio. Entonces se hartó del viaje; parecía que el objetivo no se encontraba en ninguna parte, parecía que el objetivo no se iba acercando.

De manera que se instaló en un pequeño templo campestre en el que había muchas estatuas de Buda, todas en su respec¬tivo altar.

Pero había muchas estatuas de Buda. En China, en Japón, han creado templos muy grandes para Buda. En China hay un templo con diez mil budas, ¡diez mil altares en un templo! ¡Diez mil estatuas! Pero ni siquiera diez mil estatuas sirven para nada. Con un Buda basta, sin embargo diez mil estatuas no son suficientes.
¿Por qué persiste la mente en su tonto trabajo? Una estatua no lo consigue, de manera que creamos dos. Ésta es la aritmética; dos no lo consiguen, de manera que creamos tres, idiez mil estatuas! Un hombre vagando entre diez mil estatuas y no ocurre nada. No va a suceder nada, porque la vida nunca surge de algo muerto, un hombre nunca es transformado gracias a una estatua muerta.
Busca un buda vivo. Y si no puedes encontrar un buda vivo, cierra los ojos y busca. Si no lo puedes encontrar fuera, lo en¬contrarás dentro, porque los budas nunca están muertos. Están ahí, para que los busques, siempre están ahí. Pueden hallarse justo a la vuelta de la esquina, pero nunca has mirado. O estás tan acostumbrado a tu vecino, a la esquina, que crees saber. No se sabe; puedes encontrar a Buda en un mendigo.
Mantén los ojos abiertos. Si llevas a cuestas una estatua, tus ojos están cerrados. Esta mujer puede haber dejado pasar de largo muchos budas por culpa de su estatua, porque pensaba que ya lo poseía. Ya tenía su buda, así que ¿para qué buscar en otro lado? Entonces se instaló en un templo. Quien vive con es¬tatuas acaba siempre en un templo. Quien vive con estatuas no puede alcanzar el objetivo final; tiene que quedarse en algún punto del camino, junto al camino, un altar, un templo.
Mucha gente se ha instalado en templos. Vagaron y busca¬ron y se dieron cuenta de que no puede encontrarse nada, es imposible. No porque el objetivo esté muy lejos -el objetivo está muy cerca, más cerca de lo que puedes imaginar-, sino porque están llevando estatuas a cuestas, y éstas se han con¬vertido en su ceguera; sus ojos están cerrados con estas esta¬tuas, sus corazones están lastrados con sus estatuas, palabras, escrituras; cosas muertas.

He oído decir que en la antigüedad un rey, hombre muy erudito, quería casarse con una muchacha, pero no le servía una ordinaria. Quería una mujer perfecta, astrológicamente perfec¬ta. De modo que consultó a muchos expertos en los astros. Era muy difícil. Pasaron muchos años, su juventud casi había pasa¬do, porque estos astrólogos son gente difícil, y las matemáticas requieren tiempo. Y entonces encontraron una mujer, pero to¬davía le faltaba una cualidad, no era del todo perfecta.
De hecho, no puedes encontrar a nadie perfecto. Es impo¬sible, porque perfección siempre significa muerte. Si alguien está vivo es imperfecto; por eso decimos que cuando uno es perfecto, ya no vuelve a nacer. Porque ¿cómo puedes nacer si eres perfecto? Entonces has pasado por este mundo, has me¬jorado, crecido, no se te puede dejar que vuelvas.
Entonces el rey dijo a sus consejeros: «Ya está bien; si no es perfecta, bastará con que sea aproximadamente perfecta. Pero mi juventud está pasando, ya casi tengo treinta y ocho años. ¡Encontrad a una mujer ya!».
De manera que hallaron a una mujer, no era perfecta al cien por cien, sino en un noventa y nueve por ciento. Entonces em¬pezó la búsqueda del momento oportuno en que el rey debía hacer el amor con su mujer, porque quería un hijo excepcional, extraordinario. Averiguar esto era muy, muy difícil. Fueron consultadas muchas escrituras, el I Ching y otras; llamaron a muchos sabios de países lejanos, y se reunieron y discutieron. El rey tenía casi cuarenta y cuatro años.
Entonces un día se hartó y los despidió a todos. Quemó to¬das las escrituras y le dijo a su mujer: «¡Ya está bien! Tenemos que hacer el amor ahora». No lo habían hecho todavía. Pero la mujer era vieja, él también era viejo, y con el amor hay un problema. Si empiezas a hacer el amor pronto, puedes ir ha¬ciendo el amor hasta el final de la vida. Si no empiezas pronto, no puedes hacer el amor más tarde, porque hacer el amor es algo mecánico. El mecanismo necesita eficacia. De modo que si un hombre comienza a hacer el amor cuando tiene catorce años, puede seguir haciéndolo hasta que tiene ochenta. Y no pienses que si haces demasiado el amor cuando eres joven en¬tonces cuando seas viejo ya no serás capaz. Estás totalmente equivocado. Sólo si haces el amor a menudo, puedes seguir practicándolo más tarde. Además, nunca puedes hacer demasiado el amor, recuerda esto, porque el cuerpo no te lo permitirá. Demasiado es imposible; en el cuerpo hay un termostato, demasiado no es posible. Todo cuanto hagas, está siempre dentro del límite. Pero a esas alturas el rey se había vuelto impotente: no podía hacer el amor; la mujer era frígida. Había dejado pasar el momento adecuado. El hijo nunca nació y tuvieron que adoptar a un niño.

Esto es lo que está pasando: tienes que adoptar un bud¡ tienes que adoptar un dios. No nace de ti, y Dios tiene que nacer de ti, si no es un falso dios. Te has perdido al verdadero porque estabas demasiado ocupado con las escrituras, los sa- bios, la astrología y toda clase de tonterías. Estás tan obsesionado con las palabras, estatuas, templos, rituales, que cuando por fin los formalismos están cumplidos la vida se ha ido. Cuando tú concluyes lógicamente, ya no hay vida para hacerlo. Esta mujer se instaló por fin en un templo, y te digo: nunca te instales en un templo, porque éste sólo puede ser refugio de una noche, no puede ser un lugar de residencia permanente. Nunca te quedes de forma permanente en un templo, en una secta, en el Vaticano o Puri Shankaracharya; nunca te instales en una mente sectaria. Puedes descansar, esto está bien. Pasa allí la noche, y por la mañana, antes de que te cansen ¡vete! Sigue adelante a menos que alcances el final: sólo esto es el templo. Pero allí no encontrarás ninguna estatua. Allí descubrirás lo real -no la estatua, no el retrato, sino lo real¬. No te instales en un retrato, en lo falso, en la copia. Busca el original, la fuente misma.
La mujer estableció su residencia, tenía que hacerlo. Cuando llevas a cuestas un buda de madera, ¿cómo puedes alcanzar la iluminación? Si los budas de madera te pueden dar la iluminación, entonces no hay problema. Un buda de madera es un buda de madera. Puedes llevarlo a cuestas, puedes jugar con él.

La monja quemaba incienso ante su Buda de oro todos los días.

El buda era de madera y estaba recubierto de oro, pero ella -solía llamar a su buda: "el Buda de oro". El oro era superfi¬cial; por dentro sólo era un buda de madera, nada más. Pero puedes ocultar cosas, y con oro puedes ocultarlo todo. Cuan¬do no hay amor, entonces hay mucho oro alrededor de la es¬posa. Un buda de madera bajo panes de oro, y piensas que todo va bien. La esposa también piensa que todo va bien, por¬que el marido trae más y más adornos. Cuando el amor se ha muerto, los adornos se vuelven muy vivos. Cuando hay amor no se necesitan adornos.
Nunca cubres con oro un Buda de verdad, ¿no es cierto? El Buda no te lo permitiría, sencillamente huiría. Diría: «¡Espe¬ra! ¿Qué estás haciendo? Me vas a matar». El oro mata. La vida nunca puede ser cubierta de oro, sólo la muerte te permi¬tirá hacer tal cosa. La vida no te permitirá semejante tontería. Pero ella llamaba a su buda de madera "el Buda de oro".

La monja quemaba incienso ante su Buda de oro todos los días, pero como no le gustaba la idea de que su perfume vo¬lara hacia las otras estatuas, construyó un embudo por el que el humo pudiera ascender exclusivamente hacia su estatua.

Ésta es la mente de una persona posesiva: ni siquiera al perfume, al incienso, al humo, se le permite que llegue a las otras estatuas, aunque también son budas. «Pero mi buda es diferente. Tu buda no es nada.» En el templo, las otras esta¬tuas eran budas. No es que uno fuera Krishna, u otro fuera Rama, en este caso la diferencia hubiera sido excesiva y la monja no hubiera permanecido en semejante templo. Aquél era un templo budista, de modo que se quedó en él. Pero ésta era su estatua, y las otras no.
Cuando hay amor de verdad, no importa a quién llega. Cuando hay amor, amas a tu persona amada, pero no puedes construir un embudo para que tu amor sólo llegue a tu amado. El amor es un fenómeno tal que cuando sucede va más allá de tu amado, va siempre más, y más, y más lejos. Se extiende por todos. Es exactamente como una onda en el lago.
Si arrojas una piedra al lago aparece una onda y luego va extendiéndose y extendiéndose hasta el mismo final. Si amas a una persona, tu amor no es lineal, es circular, se crea una onda. Cuando amas a alguien, estás arrojando una piedra en el lago del amor. Ahora todo el mundo saldrá beneficiado, no sólo la persona a la que amas. Si intentas beneficiarla sólo a ella, harás lo que esta monja hizo. No es posible. Cuando hay alguien que ama, su amor cae a su alrededor. No puedes cana¬lizarlo; los ríos pueden ser canalizados, pero el amor es oceá¬nico. El apego puede ser canalizado, el amor no.
Cuando arrojas una piedra al lago, cae en un punto deter¬minado. Muy bien. Pero entonces el amor se va extendiendo. Cuando te enamoras, caes en un punto determinado, con una persona concreta; pero esto es sólo el principio, no el final. Entonces el amor se va extendiendo, y todo el mundo sale be¬neficiado. Habrá un centro donde cayó la piedra, desde donde saldrán las ondas y llegarán hasta el final. Habrá un centro: el amado, el amante; pero el amor no puede ser contenido allí. Es algo que crece, nadie puede contenerlo. De manera que el amante se convierte en la puerta, la abertura, y luego todo el universo se beneficia de él.
Pero esta pobre monja era como tú, una mente humana, movida por estupideces humanas. No le gustaba la idea de que su perfume se fuera hacia las otras estatuas, y las otras es¬tatuas eran también de Buda.
Cuando amo a una persona, encuentro allí la divinidad. El amor revela la divinidad en la persona. Y cuando esto ocurre, todas las estatuas de todos los budas... Entonces todo el mun¬do es divino; el árbol es divino, la nube es divina, el mendigo en la calle es divino, todo el mundo es divino. Si el amor ha sucedido y has mirado a la cara original de una persona, que sólo es revelada en el amor, entonces los budas son budas en todas partes, todas las estatuas son budas; entonces todo el mundo se ha convertido en un templo.
Pero entonces no estás preocupado. No te preocupa que tu perfume llegue a alguien, ni que el perfume de tu amado lle¬gue a algún otro. Te sentirás feliz de que a través de ti los de¬más resulten beneficiados y reciben también la bendición. Si tienes miedo e intentas contenerlo, entonces es posesividad y matará. No trates contener el amor no intentes poseerlo. Per¬mite que crezca, ayúdale a crecer y a alcanzar a todos. Sólo entonces lo recibirás tú, porque tú sólo lo puedes alcanzar cuando todo el mundo lo reciba.
Pero éste es el problema: cuando amas a una persona, quieres contenerlo, confinarlo. Es como cuando recluyes un árbol en un tiesto, lo matarás. El árbol tiene que ir hacia el cie¬lo, tiene que abrirse en el cielo. Sus flores darán perfume a muchos, sus ramas darán sombra a muchos: muchos se bene¬ficiarán de sus frutos. Naturalmente sus raíces están conteni¬das en ti, pero el árbol va creciendo. Y el amor es el árbol más grande de todos; puede llenar todo el cielo, no puede ser con¬finado, no puede ser contenido. No puedes hacerlo finito: la propia naturaleza del amor es infinita.

...pero como no le gustaba la idea de que su perfume vo¬lara hacia las otras estatuas, construyó un embudo por el que -el humo pudiera ascender exclusivamente hacia su estatua.

¿Qué sucedió entonces? Tenía que suceder:

Esto ennegreció la nariz de la estatua dorada y la hizo es¬pecialmente fea.

Esto es lo que les pasa a todos los amantes y amados, por¬que entonces el perfume no es perfume, se convierte en mero humo; el perfume tiene que extenderse, sino la nariz se enne¬grece... Ahora todos los budas tienen las narices negras.
Observa tu Krishna, observa tu Buda, tu Mahavira; todas sus narices están ennegrecidas por tu culpa, tu posesividad. Tu oración trasluce tu posesividad, no es real. Los jainistas no permiten que nadie entre en sus templos si no son jainistas. Los hindúes no admiten a los intocables, porque no son de casta alta. Todos los templos están ennegrecidos porque están poseídos: «Mi templo». En el momento en que afirmo "mi" aquello ya no es un templo, porque ¿cómo puede ser mío o tuyo un templo? ¡Un templo no es más que un templo!

En cierta ocasión me llevaron a los tribunales porque inau¬guré una iglesia, la cual había estado cerrada por lo menos du¬rante veinte años. Los fieles se habían ido, no estaban en la In¬dia, la iglesia era propiedad de cierta secta cristiana inglesa, y no había nadie en la ciudad, ni siquiera alguien que se ocupara de ella. Era una iglesia preciosa, pero completamente en ruinas. Entonces unos cuantos cristianos se acercaron a mí y me dije¬ron: «No pertenecemos a esta secta, pero no tenemos iglesia. ¿Puedes ayudarnos? Si inauguras esta iglesia empezaremos a rendir culto». Yo dije: «De acuerdo». De modo que rompieron el candado, limpiaron la iglesia, limpiaron la nariz ennegrecida de Cristo, y yo la abrí para todos. Así que dije: «No se trata de a quién pertenece la iglesia. La iglesia es de quienes rinden cul¬to en ella». Pero en cuestión de dos o tres meses la noticia llegó a los propietarios, que buscaron un abogado y me llevaron ante los tribunales. El magistrado me preguntó: «¿Por qué abriste esta iglesia? No pertenece a esta gente. No es propiedad suya».
Yo le dije: «Una iglesia no puede ser propiedad de nadie. Es de los que rinden culto en ella. Una iglesia no es una propiedad, no es una cuestión legal». El magistrado dijo: «No nos distraigas. No podemos entrar en filosofías. Es una cuestión legal».
¿Es una iglesia una cuestión legal? Sí, se ha convertido en una cuestión legal. ¿Es un templo una cuestión legal? Si un templo es una cuestión legal, entonces pertenece a este mundo, no a aquél. De manera que dije: «Muy bien, puedes cerrarla, es una cuestión legal. Pero recuerda bien que así es como se mata a la religión. Una iglesia no es propiedad de nadie».
Pero todas las iglesias, todos los templos se han converti¬do en propiedades. Son mías o tuyas... La nariz de Buda se ennegrece, y esto... la hizo especialmente fea. Todos los tem¬plos se han vuelto feos. Tienen que ser destruidos de verdad, ser limpiados, para que la tierra esté limpia. El verdadero tem¬plo sólo podrá existir cuando estos otros templos desaparez¬can. Se han convertido en parte de vuestro mercado, de vues¬tro sistema legal. Ya no son símbolos del más allá.
La mente es así; lo convierte todo en una posesión, porque el ego sólo puede existir si posee. Y el ego es la barrera. Es el agua donde sólo pueden ser atrapados reflejos, lo real nunca puede ser conocido por él. ¡Deja caer este cubo ahora! ¿Por qué esperar a un accidente? Deja caer este viejo cubo y que el agua se derrame, ni agua, ni luna.
Basta por hoy.

CAPÍTULO 8

El Que Da, Debería Sentirse Agradecido

El maestro Seistsu necesitaba un local mayor, pues el edificio donde enseñaba se había quedado pequeño. Umezu, un comerciante, decidió donar quinientas mone¬das de oro para la construcción de un edificio nuevo. Umezu llevó el dinero al profesor y Seistsu dijo: -Muy bien, lo cogeré.
Umezu le dio a Seistsu la bolsa de oro, pero se sintió muy insatisfecho con la actitud del profesor, ya que la suma que le había dado era muy alta -una persona po¬día vivir durante un año con tres monedas de oro-, y el profesor ni siquiera le había dado las gracias.
-En esta bolsa hay quinientas monedas de oro -insinuó Umezu.
-Ya me lo dijiste antes -dijo Seistsu.
-Aunque sea un comerciante rico, quinientas monedas de oro es mucho dinero -insistió Umezu.
-¿Quieres que te dé las gracias por ello? -preguntó Seistsu.
-Es lo que deberías hacer -dijo Umezu.
-¿Por qué debería hacerlo? -quiso saber Seistsu-. El que da debería sentirse agradecido.

Sólo hay dos maneras de vivir tu vida, sólo dos maneras de ser: una es la manera correcta, otra es la equivocada. Lo co¬rrecto es dar, compartir, amar. Lo equivocado es arrebatar, ex¬plotar, acumular. Amor y dinero son los símbolos de estas dos maneras. Amor es la manera correcta, y dinero, la equivocada. Todo el mundo vive de la manera errónea.
¿Por qué sucede esto? ¿Por qué todo el mundo se equivo¬ca? ¿Dónde están las reglas? Tendremos que penetrar hasta el fondo, sólo entonces serás capaz de entender esta preciosa historia. Y si no puedes entenderla, es que no puedes entender a Buda, a Jesús, a Mahavira. Ellos fueron por el camino del amor, tú vas por el del dinero, y estos dos caminos nunca se encuentran. No pueden hacerlo.
A veces intentas entender a Mahavira, a Buda, a Jesús, pero lo haces utilizando términos de dinero. Los jainas se pasan la vida contando a cuántas cosas renunció Mahavira, "cuántas" es la palabra clave. Si Mahavira hubiera sido hijo de un men¬digo, ningún jainista le hubiera adorado. Era hijo de un rey. Tenía un gran reino, mucho dinero, oro, diamantes, y renun¬ció a ello. De pronto se convierte en importante para ti. La im¬portancia reside en el dinero al que renunció, no en él. Aunque te acerques a Mahavira; te acercas a él por el dinero. Qué ab¬surdo. Y así los jainistas van dando importancia al hecho, exa¬gerándolo, porque en realidad el reino no era tan grande. Era un pequeño principado, en la India, en aquella época, había dos mil reinos, era como un pequeño distrito. Y el padre de Mahavira tampoco era muy rico, pero sí era un hombre adine¬rado, claro está. Cuando por primera vez miraron a Mahavira porque había renunciado al dinero, éste se volvió muy impor¬tante. Entonces empezaron a exagerar la cantidad de dinero al que había renunciado. Y ahora han llegado a extremos fantás¬ticos, absurdos; cuanto dicen es sencillamente falso. Mahavira se vuelve importante por el dinero al que renuncia. ¿Qué es lo realmente importante a tus ojos?
¿Cómo es que ni un solo tirthankara de los jainista perte¬nece a una familia ordinaria, los veinticuatro son hijos de re¬yes? ¿Cómo es que ni un solo hombre pobre pudo convertirse en un avatar hindú? ¿Por qué únicamente Rama, Krishna -los reyes- pudieron hacerlo? ¿Cómo es que ni un solo hombre po¬bre pudo llegar a ser Buda, y únicamente Gautama Siddharta, el príncipe logró hacerlo? ¿Cómo se explica todo esto?
Estas tres religiones nacieron en la India, iy son las más grandes! Un tirthankara puede, desde luego, nacer en una fa¬milia pobre, pero no lo reconocerás. Un buda puede ver la luz en casa de un mendigo, pero si existe, no lo reconocerás. Tu reconocimiento sólo puede darse por el dinero al que renun¬cie. Buda no tiene valor, lo que cuenta es el dinero al que re¬nuncia. Esto te atrae, te hipnotiza.
Un hombre que va por el camino del dinero no puede en¬tender a otro que sigue la senda del amor -es imposible, nun¬ca se encuentran-. Puedes adorar, pero adorarás por las razo¬nes equivocadas, porque no puedes entender. Tu adoración se basará en algo equivocado. ¿por qué ocurre así?
En primer lugar, intenta entender por qué el amor se vuel¬ve algo tan imposible, porque ésta es la raíz, la razón por la que no puedes amar. Si consigues amar, el dinero nunca será el apego, no puede serlo. ¿Por qué tú no puedes amar? Desde el mismo principio, algo se estropea en la mente del niño para que no sea capaz de amar. Una cosa: el amor es un fenómeno espontáneo, no lo puedes manipular. Si tratas de hacerlo, lo perderás. Éste es el problema con las cosas espontáneas: son bellas, las más bellas, pero no las puedes manipular. Si lo ha¬ces, se vuelven artificiales, algo se estropea.
Cuando nace un niño, empiezas a manipular su amor, di¬ces: «Soy tu padre, ámame», como si el amor fuera un silo¬gismo. «Soy tu padre, luego ámame», «Soy tu madre, luego ámame», «Él es tu hermano, luego ámale». Y el amor no co¬noce "luegos", no es un silogismo. Nunca esperamos al niño o a la niña, para que el amor les suceda. Empezamos a mani¬pular, a controlar, como si temiéramos que permitiéndoles ser espontáneos no llegaran a amar a su madre, no hay necesidad, o a su padre, no es inevitable. No puedes estar seguro. Puede que sí, puede que no.
De modo que antes de que suceda lo espontáneo, empeza¬mos a forzar al niño, que tiene que ceder, porque está indefen¬so, y comienza a vender su amor. Ha nacido la política, se con¬vierte en un político, sonríe, y en el fondo está enfadado; muestra su amor, y en el fondo no hay amor -odia a su padre-. Todo hijo odia, por eso las sociedades obligan al hijo a respetar al padre, a amarlo. Porque todas las culturas saben que el hijo odiará al padre, así que «Cread lo opuesto antes de que el odio estalle». Toda hija, toda muchacha, odia a su madre, así que «Ama a tu madre, es tu madre. Respétala». Tenemos tanto mie¬do que creamos lo opuesto únicamente para protegemos".
¿Por qué el hijo odia a su padre? En primer lugar, se nece¬sita un conflicto, es una parte natural del crecimiento. El niño tiene que luchar con sus padres, si no nunca crecerá. Y la lucha empieza en el instante mismo en que nace el niño; la lucha co¬mienza con el nacimiento.
Ahora los psicólogos dicen que el dolor existe porque hay un conflicto. El niño quiere salir y la madre desea mantenerlo dentro: éste es el conflicto. Por esto hay tanto dolor en el na¬cimiento. Los animales no experimentan tanto dolor; en las sociedades primitivas no hay dolor. ¿Por qué el nacimiento se vuelve más doloroso cuanto más civilizada es la mujer? Por¬que cuanto más civilizada, más ego hay; éste se vuelve más fuerte.
La madre quiere conservar al niño dentro..., siente un miedo inconsciente al notar que el niño la está dejando. Du¬rante toda su vida sufrirá esta sensación de ser continuamente abandonada por el hijo. Pero el niño tiene que dejarla, si no morirá en la matriz. Tiene que darle una patada a la matriz, sa¬lir al exterior; es un proceso natural. Y cuando una madre lo entiende, no hay dolor en el nacimiento; entonces ella ayuda a su hijo a irse.
Si le ayudas, él nunca te odiará, pero si no permites que tu hijo se vaya, si creas obstáculos, te odiará. Como tú temes el odio, creas lo contrario. Obligas al niño a amarte, y como él es indefenso cede, aunque no lo hace de buena gana, se ve obli¬gado a ceder. Tiene que ceder. El odio sigue en el fondo, y el amor se convierte en una mera máscara, una fachada. Nace el niño y cada día se distanciará de la madre. Tiene que hacerlo, si no nunca será independiente, nunca será él mismo. Debe irse, todos los días y de todas las maneras, y la madre no lo permitirá: «No pases de aquí. No salgas de la casa. No vayas a la calle. No juegues con este niño. No te muevas».
La madre creará más y más fronteras. Y cuantas más fron¬teras cree, más matará la libertad; el niño sufre: ha nacido el odio. ¿Y qué hacer ahora con este odio? La madre crea su contrario. Pero al hacerlo va en la dirección equivocada.
Este odio tiene que ser entendido, aceptado; no es que haya que crear su contrario. Y tienes que saber que es parte del crecimiento. El niño tiene que irse, y debes darle más li¬bertad cada vez. Naturalmente tienes que estar muy alerta, porque el niño puede hacerse daño.
De manera que la libertad no debe convertirse en un caos, pero a su vez no puedes negarle su libertad con la excusa de que pueda hacerse daño, porque si no estarás creando una mente llena de odio. Se trata de alcanzar un equilibrio real¬mente difícil.
Si el niño odia a su madre, nunca será capaz de amar a una mujer, porque la primera mujer se ha asociado con el odio. Odias a tu esposa, porque al principio odiaste a tu madre y nunca estarás cómodo con ella. Una mujer siempre te creará incomodidad; te atraerá y te repelerá a la vez. Se convertirá en el foco de tu amor, pero tu amor será superficial, porque si no pudiste amar profundamente a tu madre, ¿cómo podrás amar a cualquier otra mujer? ¡Imposible!
Y tras cualquier amor, fluirá una corriente de odio. El amor resulta dividido, en él se halla oculto el contrario, y de esta for¬ma todo se vuelve venenoso. El niño se alejará más y más, y un día se enamorará de otra mujer. Ésta es la última ruptura. Este día, en realidad, ha nacido el niño. La "ruptura del nacimien¬to" se acaba este día. Ha durado veinte años, quizá veinticinco; y durante todos esos días ha habido dolor y conflicto. Ahora, al enamorarse de otra mujer, el niño deja a su madre completa¬mente. Por esto las madres nunca pueden sentirse cómodas con las nueras. ¡Imposible! Ellas son el enemigo; esta mujer les ha quitado a su hijo del todo.
Hay unas palabras de Jesús, de las más misteriosas, impo¬sibles de reconciliar con la mente del Mesías. Jesús les dice a sus discípulos: «Si no odias a tu padre y a tu madre, no pue¬des venir a mí». Un hombre como Jesús, que dice que el amor es el camino, que dice que Dios es amor, que exalta el amor hasta la cumbre más alta y lo hace equivalente a la medita¬ción, dice: «Si no odias a tu padre y a tu madre, no puedes ve¬nir a mí». Tiene razón, porque si Jesús no se convierte en tu padre y tu madre... No puedes ir a un maestro si no dejas completamente a tu padre y a tu madre. Ellos son tu pasado, tus asociaciones y relaciones pasadas. Debes abandonarles completamente. ¿Cómo puedes ir a un Jesús, cómo puedes ir a un maestro...?
Si aún estás comprometido con el pasado, tu presente está lastrado, tu futuro es oscuro. Tienes que estar libre de tu pasa¬do, haber roto completamente con él. Sólo entonces tu pre¬sente es ligero, y tu futuro no será una progresión mecánica del pasado.
Jesús tiene razón: si no odias a tu padre y a tu madre no puedes ir a un maestro. Por eso, cuando vas a un maestro, tu padre y tu madre están muy preocupados; tiene que ser así. No están nunca tan preocupados. Si vas con una prostituta no estarán tan preocupados; si te conviertes en un alcohólico no estarán tan preocupados.
Pero cuando vas a un Buda, a un Jesús..., a un maestro, se sienten muy preocupados. Algo en el inconsciente les dice: «Ahora es la ruptura definitiva. Si este chico, o chica, va a un maestro, se olvidará del "padre" y de la "madre"». ¡El miedo! Si el hijo se va con una mujer, la madre aún puede tener cierta relación con él. Pero si se va con Jesús, entonces toda relación se rompe; ya no queda ninguna posibilidad; Jesús pide una en¬trega total. No hay esposa o marido que pueda pedir esto; sólo un maestro puede pedir entrega total, sin reservas.
El niño ha de irse, y cuando se ilumina, rompe completa¬mente con el pasado, con la madre, con el padre, con todo.
Hay otra frase que es también muy misteriosa, parece muy dura viniendo de Jesús. Estaba hablando a la gente y entonces alguien dijo:
-Jesús, tu madre está esperando afuera y hay tanta gente que no puede entrar, y quiere verte.
Dijo Jesús:
-Nadie es mi madre. Dile a esa mujer que nadie es mi madre.

Parece muy duro, grosero incluso. Y Jesús no puede ser grosero, ni puede ser duro. Pero a veces la verdad es grosera, y también dura. Y Jesús no puede mentir, tiene razón: «Nadie es mi madre».
Sucedió una vez que siendo Jesús un niño pequeño, su pa¬dre y su madre habían ido al gran templo de los judíos para ce¬lebrar el festival anual. Jesús se perdió por entre la multitud, de modo que buscaron y buscaron y únicamente por la tarde, cuando ya estaban muy nerviosos, preocupados, pudieron en¬contrarlo. Se hallaba sentado con unos eruditos, y aunque era sólo un niño, estaba discutiendo con ellos cosas acerca de lo desconocido. Así que el padre dijo:
-Jesús, ¿qué estás haciendo aquí? Hemos estado todo el día preocupados por ti.
-No os preocupéis por mí. Estaba atendiendo los asuntos de mi padre, contestó Jesús.
-Yo soy tu padre -dijo José-. ¿Qué tipo de asuntos estás atendiendo aquí? Soy un carpintero.
y Jesús dijo:
-Mi padre está allí, en el cielo. Tú no eres mi padre.
Jesús como niño tiene que dejar el cuerpo de la madre, si no morirá en la matriz; lo mismo sucede mentalmente. Un día tiene que salir de la matriz de su padre y de su madre. No sólo física¬mente, sino también mentalmente; no sólo mentalmente, sino también espiritualmente. Y cuando el niño espiritual ha nacido, está por completo fuera del pasado, ha roto con él, entonces, por primera vez, se convierte en alguien, una realidad independien¬te, autosuficiente. ¡Existe! Antes de esto sólo era parte de su ma¬dre, de su padre, o de su familia; no era él mismo.
Desde el mismo principio la madre y el padre no quieren dar libertad al niño. Y el amor nace sólo en libertad, porque es un fenómeno espontáneo, no puedes hacer nada para que su¬ceda. Si haces algo, destruirás cualquier posibilidad. Ellos lo intentan: «Ámanos», y el niño tiene que ceder, está indefenso.
Hasta para existir tiene que negociar. Cuando el niño dice: «Sí, te quiero, mamá», o: «No quiero a nadie tanto como a ti», en realidad, está negociando al igual que cuando dice: «Te quiero, papá, no hay nadie como tú. Eres único, el mejor, el padre más grande que ha existido». El niño está haciendo po¬lítica, se ha convertido en parte del juego, de un juego fraudu¬lento. Al principio no se da cuenta de que el amor es un fenó¬meno espontáneo. Tienes que estar libre, a la espera, en una actitud de plegaria, para que llegue. No puedes hacer nada por él, es un suceso. Ahora será algo que no ocurrirá en toda su vida. Siempre manipulará, siempre intentará controlarlo, siempre será artificial.
¿Lo has observado? Siempre que amas te conviertes en dos, una parte manipulando. Y en el fondo siempre sabes que estás manipulando; el hombre intenta explotar a la mujer, la mujer intenta explotar al hombre. Y cuando están casados, o sea, cuando su amor se convierte en una atadura, toda esa fal¬sedad poco a poco desaparece. Entonces aparece la persona real, auténtica, y hay un choque. Todo el amor desaparece, porque la verdad es que este amor nunca existió. Si no fuera así, ¿cómo puede desaparecer el amor?
El amor es la cosa más eterna del mundo. La tierra puede desaparecer, las estrellas pueden desaparecer, el amor no. El amor es el fenómeno eterno, el más divino. ¿Cómo puede desa¬parecer tan pronto? Todavía no se ha acabado la luna de miel y el amor ha desaparecido; nunca existió. Únicamente estabas in¬tentando engañar al otro y a ti mismo. ¿Durante cuánto tiempo puedes engañarte a ti mismo? Y si te vas engañando por dema¬siado tiempo, se convierte en un lastre tan grande, tan pesado, que se hace imposible vivir. No puedes ser un actor durante las veinticuatro horas del día. Por unos minutos, está bien; en la playa, en el campo, está muy bien; puedes ser romántico artifi¬cialmente. Es bueno, es un juego, pero ¿durante veinticuatro horas? Si tienes que actuar durante veinticuatro horas experi¬mentarás una gran tensión y ansiedad, porque te sentirás con¬finado, encarcelado. Y cuando te sientes así crees que la otra persona es responsable. Entonces te vengas, reaccionas; te molesta todo lo que dice tu esposa, y ella todo lo que dices tú, su marido. Entonces el silencio se vuelve de oro, cuanto me¬nos digas, mejor. Pero esto sucede porque el amor nunca ha existido.

El Mulla Nasrudin estaba enamorado de una mujer. Era muy alta, y vivía muy lejos, casi a una milla de la parada del tranvía, de manera que Nasrudin acostumbraba acompañar¬la a su casa todas las noches.
Un día, tras unos cuantos minutos de camino, Nasrudin dijo:
-Dame un beso.
Pero era tan alta que él necesitaba un taburete para poder besarla. Así que miraron alrededor y vieron el taller de un herrero, abandonado. Encontraron allí un yunque, así que Nasrudin se subió en él, besó a la mujer y siguieron hacia la casa.
Después de media milla, Nasrudin dijo:
-Uno más, querida.
-No, ya te he dado un beso así que basta por esta noche.
-Entonces, ¿de qué me sirve llevar a cuestas este condena¬do yunque?
-preguntó Nasrudin.

Si llevas un lastre, tarde o temprano... ¿de qué sirve? Si tu amor es únicamente un medio para otra cosa y no el fin, en¬tonces puede ser un teatro, pero no puede convertirse en una existencia realmente significativa. Estás representando.

Nasrudin le regaló una sortija de compromiso a esa mu¬jer, era diamantes, Ella la miró y dijo:
-Es preciosa, pero hay una impureza en el diamante.
-¿No has oído decir que el amor es ciego? -preguntó él.
La mujer dijo:
-Sí -contestó ella-, lo he oído, y sé que el amor es ciego, pero no del todo.

¡Picardía! ¡Mente manipuladora! Puedes representar la ce¬guera, pero ¿cómo puedes ser ciego de veras? Puedes actuar, pero la actuación no puede convertirse en la vida. Y en el fon¬do no estás implicado en ello, y entonces empiezas a odiar.
El amor sólo puede ser espontáneo. No hay otra manera de llegar a él. Sea lo que sea lo que diga Dale Carnegie, no hay otra manera de llegar a él. No puedes ser educado para el amor. Si tratas de manipularlo, lo perderás para siempre. Uno sólo tiene que esperar en actitud de plegaria. Al niño hay que darle libertad para que un día nazca el amor. Pero son indis¬pensables una madre muy valiente y un padre muy valiente. Por eso siempre digo que ser madre es una de las cosas más difíciles del mundo. Se puede dar a luz un hijo, pero para ser madre o ser padre, pocos están capacitados, porque una madre debe saber dar al niño toda la libertad de forma amorosa; sólo así surgirá en su hijo el amor espontáneo.
El niño debe enamorarse de su madre, no debe ser obliga¬do a ello. Puede suceder, puede no suceder. Por eso es un acto muy valiente por parte de la madre. Nadie sabe si ocurrirá. Nadie puede predecirlo, no es mecánico. Si sucede, será ma¬ravilloso para la madre; si no es así, ella tendrá que empezar a rezar para que su hijo pueda amar a otra mujer, pero no for¬zarlo. Si lo fuerzas, el niño aprenderá un truco, un artilugio, y lo utilizará una y otra vez; con una mujer y otra, con este hom¬bre y este otro, y toda su vida se convertirá en una serie de tru¬cos; no será real, se volverá artificial.
Cuando el amor se vuelve artificial, el dinero se vuelve im¬portante. Hay que entender esto. ¿Por qué el dinero se vuelve importante cuando el amor es artificial? Porque el amor te da una seguridad interior. Cuando amas estás seguro, no se nece¬sita otra seguridad, ninguna otra protección es necesaria. Con el amor basta. Puedes ser un mendigo en la calle, pero si amas ningún emperador puede competir contigo en cuanto a segu¬ridad; hasta Salomón es un pobre hombre a tu lado.
Si amas eres el más rico. Nada puede compararse con las riquezas del amor. Puedes no tener nada, pero lo tienes todo. Un solo momento de amor, y toda la vida queda satisfecha. Cuando amas, nunca temes la muerte, porque has conocido una muerte, la del amor. Y es tan bella, tan melodiosa, es una bendición tan grande que ahora ya puedes incluso aceptar la muerte real, la muerte del cuerpo. Ya no hay miedo, porque has sabido que mezclarte con una mujer o un hombre ha sido muy bello. ¿Cuánto más bello será cuando te mezcles con toda la existencia?
La muerte es una fusión. Si conoces el amor, no hay mie¬do en la muerte. Si no conoces el amor, entonces el miedo se convierte en el centro de tu vida. ¿Cómo protegerte? Haces castillos, te preocupas por las cuentas bancarias; son protec¬ciones contra la muerte. Y cuando temes a la muerte, temes vivir, porque vivir es siempre peligroso. Para vivir tienes que ir por caminos desconocidos. Y hay peligro; tras cada esquina puede estar esperando la muerte.
Un hombre que teme la muerte poco a poco se encoge y empieza a temer también la vida. No puede volar en un aero¬plano, no puede ir en tren, porque hay accidentes. No puede hacerse amigo de un desconocido, porque ¿quién sabe...? No puede enamorarse de una mujer, porque ¿quién sabe si ella va a engañarle o no? No puede creer. Si el amor no ha sucedido, nunca puedes confiar. Estás siempre dudando, escéptico. ¿Y cómo puede crecer una relación cuando dudas permanente¬mente?
Y si no has vivido el amor, nunca puedes llegar a un maes¬tro. Aun cuando un buda llegara a tu ciudad, lo perderías. No irías a él, porque esta gente es peligrosa. Pueden hipnotizarte y llevarte por mal camino. Son capaces de desbaratar el mun¬do rutinario donde estás ganando dinero, y donde cada día tie¬nes más éxito: la fábrica se hace cada vez mayor y la cuenta bancaria crece; todo va tan bien. ¿Por qué molestarse por un elemento nuevo, extraño? De modo que no permitas la entra¬da de ningún elemento de fuera. Vive en tu cárcel, a cubierto, seguro.
Cuando conoces el amor no tienes miedo a la muerte. Sólo cuando no le tienes miedo a la muerte eres capaz de vivir. Por¬que si un hombre teme morir, ¿cómo puede vivir? Hasta teme aspirar aire porque hay gérmenes en él.
Conozco a un poeta. Es un gran poeta, pero siempre me he preguntado cómo es un gran poeta, en principio ni siquiera puede ser un hombre. Debe conocer los trucos del lenguaje y ser un gramático, pero no puede ser un verdadero gran poeta, porque la gran poesía sale de la vida, y él tiene tanto miedo. En cierta ocasión viajó conmigo. Su mujer me había dicho: «No vayas con él, porque creará problemas». Y los problemas empezaron porque se negó a tomar el té en el hotel.
-¿Quién sabe? -dijo-. Alguien pudo envenenarlo.
Así que yo le dije:
-¿Quién está en contra de un poeta? ¿Quién va a envene¬narte? Nadie se preocupa de ti.
Pero él se negó a tomar el té.
-Voy a traer un hornillo y prepararé té -dijo.
No quería comer la comida del hotel, porque ¿quién sabe?
Tenía tanto miedo de todo. ¿Cómo puede vivir este hombre? Como si lo único importante fuera no morir.
Pero la vida trae muerte, la muerte es la culminación. Si no quieres morir, no vivas, es la única manera. Porque si vives es¬tás caminando hacia la muerte. La vida trae la muerte. Así que la manera lógica es no vivir. Cuanto menos vives, menos posibili¬dades de muerte hay. Si no vives completamente, si te suicidas, nunca volverás a estar muerto, has acabado. No hay vida, ya no puedes morir. Este hombre se convierte ya en un hombre muer¬to. Encontrarás a estos cadáveres moviéndose por los mercados, las universidades... hacen cosas, pero son cadáveres.
La vida necesita expansión. El miedo no te la permite, en¬tonces la seguridad se convierte en lo importante: cómo estar seguro. Cómo no morir se convierte en todo el arte de vivir. Y te digo, todo el arte de vivir es cómo morir alegremente, cómo morir felizmente, cómo aceptar la muerte; porque si estás dis¬puesto a morir, estás dispuesto a vivir. Si estás dispuesto a morir, estás dispuesto a amar, a encontrarte con la divinidad. No hay otro camino, la muerte es la puerta.
¿Qué quiero decir cuando digo que la muerte es la puerta? Tienes que dejar de existir, disolverte, perderte. ¿Qué signifi¬ca seguridad? Pase lo que pase, tienes que ser, tienes que se¬guir en tu ego. Por eso el dinero es tan importante, porque el dinero te ayuda a no vivir. Un hombre pobre tiene que vivir, un hombre rico no lo necesita.

He oído contar acerca de un hombre muy rico que para ir del porche a la habitación pedía que le llevaran en una cami¬lla. Había llegado a una nueva ciudad, a un nuevo hotel don¬de nunca había estado, y cuando le estaban llevando en la ca¬milla, el director pensó que era paralítico o algo así. De modo que le preguntó apenado a la esposa:
-¿Qué pasa? Su esposo parecía muy sano. ¿Es paralítico o tiene algún problema con sus piernas?
-No -contestó ella-. Sus piernas están perfectamente. Pero no necesita caminar, es un hombre rico.

Un hombre rico no necesita vivir, ¡se lo puede permitir! Un hombre pobre tiene que vivir. Debe ir a la calle, enfrentar¬se a peligros, mezclarse con la multitud. Un hombre pobre no se puede permitir no vivir. Por eso un hombre rico, poco a poco, va quedando enjaulado en sus riquezas, aislado. Enton¬ces vive solo, ni siquiera permite que su mujer entre en la ha¬bitación. Puede encontrar una explicación: «No somos po¬bres, así que ¿por qué tendríamos que vivir mi mujer y yo en una habitación? Somos ricos. Podemos permitirnos tener dos habitaciones separadas». Pero la realidad es diferente.
Hitler nunca permitió que nadie se instalara en su habita¬ción porque estaba asustado. ¿Quién sabe? La mujer puede ser una espía. Nunca se casó. Bueno, de hecho contrajo matri¬monio justo antes de suicidarse, tres horas antes, porque en¬tonces ya no tenía miedo. Cuando la muerte era cierta se casó, no antes, porque una esposa es algo peligroso. ¿Quién sabe? Puede estar en asociación con un poder extranjero o ser co¬munista y querer matarlo por la noche.
Amó a muchas mujeres, pero nunca permitió que una de ellas viviera con él o estuviera en su habitación por la noche. Pero tres horas antes de morir, cuando había decidido que ya no había escapatoria, la muerte era cierta, el enemigo estaba bombardeando Berlín, llamó a un sacerdote en la noche. Despertaron al cura y lo llevaron inmediatamente a la célula subterránea donde estaba Hitler. Éste le dijo: «Ahora celebra la ceremonia del matrimonio». Y cuando la ceremonia acabó, los dos esposos se fueron a la habitación y tomaron veneno y murieron. ¿Qué clase de hombre era éste? No obstante, en¬contrarás por todas partes esta clase de hombre. Cuando hay miedo, nadie puede ser amigo. Entonces todo el mundo es el enemigo y tú tienes que protegerte. Un hombre rico se puede proteger más; por esto se le da tanta importancia al dinero, ¡cuánta locura! Ni siquiera puedes entender lo que está suce¬diendo. ¿Por qué esta neurosis respecto al dinero?

El Mulla Nasrudin se estaba muriendo. Abrió los ojos, miró a su mujer. Ella dijo:
-Estamos aquí, Mulla. Ve hacia la divinidad silenciosamen¬te, en paz y plegaria. Estamos todos aquí.
-Nasrudin miró los rostros. Sus ojos estaban apagados, casi había desaparecido, era difícil ver.
-¿Dónde está Rehman? -preguntó-. Era su hijo mayor.
-Está de pie a tu lado derecho -contestó la mujer.
-¿Dónde está Rahim? -preguntó ahora Nasrudin, refirién¬dose a otro de sus hijos.
Y su mujer dijo:
-Está aquí, a tus pies.
-¿Y dónde están Abdul y Farid? -preguntó.
Todos estaban allí, de modo que la esposa dijo: -Descansa, estamos todos aquí.
Nasrudin pareció preocupado y dijo:
-¿Entonces quién se ocupa de la tienda?
¿Si todo el mundo está aquí, quién se ocupa de la tienda? Y estaba en su lecho de muerte: justo un instante después mu¬rió. No, ni la vida ni la muerte son importantes... La tienda. «¿Quién se ocupa de la tienda?» Hasta en el último instante, no hay en la mente un templo, sólo la tienda, el mercado, el dinero.

¿Por qué es el dinero tan importante? Es tu protección con¬tra el amor, contra la vida, contra la muerte, contra Dios. Por esto Mahavira y Buda renunciaron a él. La renuncia es única¬mente llegar a entender que todo este montaje va contra la vida, contra el amor, contra Dios. ¡Ellos renunciaron! Enten¬dieron que por la protección que suponía el dinero habían es¬tado matándose a sí mismos; aquello era veneno. Y se fueron de los palacios.
Entonces, cuando entiendes que el dinero es una enferme¬dad, empieza una nueva vida. La seguridad, el anhelo de pro¬tección y seguridad muestran que ya estás muerto, que la vida te ha abandonado. El esfuerzo continuo por estar seguro signi¬fica que no has sido capaz de amar; si no, el amor es suficien¬te seguridad, no se necesita nada más para sentirse seguro. Un momento de amor es eternidad; sin miedo a la muerte, un amante puede morir fácilmente, amando. Ha conocido la vida, está agradecido. Siquiera por un único momento, vivió el amor..., ha conocido su gloria, su bendición, todos sus be¬neficios han sido suyos. Puede dar gracias a Dios por este úni¬co momento que le ha sido dado, y no se lo merecía.
¿Quién se lo merece? Nadie. ¿Has pensado alguna vez en esto, que estás vivo? ¿Te mereces estar vivo? ¿Cómo te lo has ganado? Has conocido las flores y los árboles y los pájaros vo¬lando y el sol saliendo, tantas mañanas, tantos atardeceres, y las estrellas. ¿Te has ganado estar vivo? Es pura gracia. No te lo mereces, no te lo has ganado de ninguna manera. Tu existencia es pura gracia de Dios.
Pero cuando alguien llega a conocer un solo momento de amor, toda esta vida se convierte en nada. Entonces todos los pájaros que has visto y todas las canciones que has oído y to¬dos los músicos del mundo son ¡nada! El follaje de los árbo¬les se vuelve nada. No hay brillo del sol ni música de estrellas. Si has conocido un solo momento de amor, el mundo se torna pálido y oscuro; es sólo un reflejo, no la realidad.
Si has conocido un solo momento de amor, por toda la eternidad te sentirás agradecido y cantarás canciones de grati¬tud a la divinidad. Entonces no hay muerte: el amor no cono¬ce la muerte, el amor sólo conoce la vida. Tú conoces sólo la muerte. El amor... Has pasado junto a él, y ahora el dinero se ha vuelto importante. El dinero simboliza al hombre muerto, es el amor de un hombre muerto.
Observa a un avaro cuando tiene billetes en sus manos. Hay tanto amor en sus ojos cuando mira el dinero; nunca un amante ha mirado con tanto amor a su amado. Palpa y toca... iMira el brillo de sus ojos, la poesía de su ser! El avaro que yo vi se trans¬formó totalmente. No; Majnu no era tan feliz cuando miraba a Laila. No; Shiri no era tan feliz cuando miraba a Farhad.
Este hombre era un pariente mío, de manera que tuve muchas ocasiones de vede y entenderle. Era un hombre de dinero, un buda en este camino. Nunca se casó; siempre decía: «Es tan caro, no me lo puedo permitir. Algún día me casaré». Ahora está muerto. Nunca se casó, se quedó soltero. Pero lo raciona¬lizaba; decía: «Esto es brahmacharya»; «Es castidad. En las escrituras, en los Vedas, la vida casta es la vida superior». Pero sólo era un avaro, que cuidaba incluso de no gastar su se¬men. Ésta era su castidad, no era un brahmachari.
De manera que el noventa y nueve por ciento de los solte¬ros que encontráis son avaros del semen. Temen dejarse ir: si el semen sale de su cuerpo, sus cuentas bancarias... Su brah¬macharya es una especie de estreñimiento. ¡Apestan! Nunca puedes tener un perfume llegando de ellos. Son avaros, pero racionalizan. Y siempre viven en la razón, nunca en el cora¬zón, porque el corazón es peligroso.
La razón siempre coge cosas y el corazón siempre quiere dar. Es el donante, y por ello un avaro nunca puede confiar en él. Poco a poco mata el corazón, se convierte en la cabeza úni¬camente. No hay sentimiento en un hombre avaro, porque es peligroso. No siente, se vuelve insensible. No se permite la sen¬sibilidad; porque cuando un mendigo llega y pide... Si tienes sentimiento, es difícil decir no. Pero si sólo tienes la cabeza, ra¬cionalizarás y dirás: «Yo no creo en la mendicidad; es mala para la economía, no es bueno para la cultura, y pareces perfec¬tamente sano, así que vete y trabaja». Racionalizarás, aunque sabes también que tales razones son sólo superficiales; en el fondo la única verdad es que no quieres dar. Pero no puedes aceptar el hecho de que no eres alguien que da.
Vives en las palabras, las razones, las racionalizaciones y vas ocultando el hecho básico de que estás matando tu senti¬miento. Si estás en el camino del dinero, y casi todo el mun¬do lo está, más o menos, entonces observa la totalidad del fe¬nómeno de lo que está sucediendo dentro de ti; te estás matando. Y la vida no puede ser detenida, la vida llegará a la muerte. No puedes contenerla, no está bajo tu control. Tiene que irse, igual que vino, tiene que irse. Antes de que te deje, sólo puedes crear ansiedad, eso es todo.
Si aceptas el ir y venir de la vida, el nacimiento y la muerte; si aceptas, no es preciso que crees ansiedad. Puedes amar. En sincronicidad con la muerte, ama. Y permite que suceda el amor. No pretendas seguridad y no temas a la muerte. Ésta llegará. Dale a la vida la oportunidad de florecer. Si florece realmente, la muerte será la culminación, no el final. Será el clímax, el cres¬cendo. Será la cumbre más alta, el Everest, no el final.
Para un hombre que ha vivido correctamente, con amor, y ésta es la única manera correcta de vivir, la muerte llega como el éxtasis más bello. Muere con una canción en su cora¬zón, sintiendo el éxtasis por todo el cuerpo, palpitando. Va a encontrarse con la divinidad amada. Ha aprendido cómo amar y cómo dar. Por lo que también en el momento de la muerte puede dar. Devuelve todo su ser a la naturaleza; el cuerpo, el aire va al aire, el fuego va al fuego, la tierra va a la tierra, el cielo va al cielo. Da, es un donante, y el ser va a la fuente, a Brahma; no se aferra. Pero no lo puedes hacer si durante toda la vida has sido alguien que se ha aferrado. En el momento de la muerte, si te aferras todo se vuelve feo. Si has estado siem¬pre asustado y con miedo, y nunca has permitido el amor, en¬tonces en el momento de la muerte te perderás la cumbre más alta que es posible, que fue posible. Estos son los dos cami¬nos: uno es correcto, el otro equivocado.
Ahora intentaremos entrar en esta historia. Serás capaz de entenderla con el corazón:

El maestro Seistsu necesitaba un local mayor, pues el edi¬ficio donde enseñaba se había quedado pequeño, debía de es¬tar en la misma situación en la que yo estoy. Umezu, un co¬merciante..", todavía no me ha llegado....
Umezu, un comerciante, decidió donar quinientas monedas de oro para la construcción de un edificio nuevo, quinientas monedas de oro es en verdad mucho dinero.
Umezu llevó el dinero al profesor y Seistsu dijo:
-Muy bien, lo cogeré, pero esto no son maneras, para un avaro 0.

El hombre debía de ser un avaro, de no ser así, ¿cómo pue¬de reunir quinientas monedas de oro? Y no sólo esto; esa can¬tidad debía de ser sólo una pequeña parte de sus montones de dinero. Pero si es un avaro, ¿por qué ir a dar a un maestro? Pa¬rece contradictorio: si es un avaro y un hombre de dinero, no debería mostrarse caritativo. Pero yo conozco la razón: este gesto también es fruto del miedo, tiene como objetivo crear seguridad en el otro mundo.
Puede que se estuviera acercando a la muerte, que ya fuera viejo. Aunque la gente de dinero siempre son viejos, nunca son jóvenes; la muerte está siempre cerca y ellos están temblando. Quizá notará que la muerte podía llegar ya cualquier día, y te¬nía que hacer preparativos para el otro mundo. Debía de tener millones de monedas de oro, y pensó en dar quinientas mone¬das..., para preparar su paso al otro mundo: «Da esto a este maestro; la gente dice que está iluminado. Dale estas quinientas monedas, él se encargará del otro mundo, puede darte un certificado. La gente dice que está en buenos términos con Díos, su nombre está en los buenos libros; de alguna manera será de ayuda».
Esto es ir a tientas en la oscuridad. Un hombre que se ha perdido la vida está pensando en alguna otra vida. Recuerda, sólo la gente que se ha perdido esta vida piensa en esto. Y si puedes perderte esta vida, te perderás la otra también, porque seguirás siendo el mismo. Incluso si te obligan a entrar en el cielo, lo convertirás en un infierno, porque irán contigo tus há¬bitos, tus mecanismos mentales, tu modo de funcionar; todo tu pasado irá contigo. Convertirás el cielo en un infierno.
¿Puedes estar en el cielo? No veo la manera; no puedes. A donde vayas llevarás tu infierno contigo. Es parte de ti. Por eso los que saben dicen que cielo e infierno no están fuera, es¬tán dentro de ti, son cualidades de tu ser. Sobre esta tierra ha habido gente que ha vivido en el cielo; y tú, sin embargo, es¬tás en el infierno. Recuerda bien, a donde vayas, llevarás tu propio infierno. En cuanto llegues, crearás tu infierno alrede¬dor. No puedes hacer nada nuevo. La mente es vieja, va si¬guiendo un modelo, se mueve en círculo.
Umezu seguramente era un avaro. Vio la muerte cerca y pensó en el otro mundo. Se había perdido éste, y ahora no quería perderse el otro. Tenía que hacer algo, y para ello tam¬bién utilizaría el dinero. Observa la mente: pensaba que la vida podía comprarse con dinero, ahora piensa que Dios pue¬de ser comprado con dinero. Pensaba que el amor podía com¬prarse con dinero. Ahora piensa que con dinero puede com¬prarse el cielo. Esta mente sigue enfocada en la neurosis del dinero. Sigue estando loco, el dinero sigue siendo todavía el medio. Todo cuanto piensa hacer sólo puede realizarse me¬diante el dinero. Por esto el maestro se comportó así. Dijo: «Muy bien, lo cogeré», como si no fuera nada. Éste es el sig¬nificado: como si no fuera nada. Quinientas monedas de oro, mera basura.
El maestro dijo: «Muy bien, lo cogeré», como si fuera un lastre y le estuviera haciendo un favor a Umezu. Recuerda siempre que si te acercas con dinero a un maestro, éste va a ser el trato. Es muy fácil entender que sea así la historia, pero resulta muy difícil aceptar que te den este trato a ti.
Hace pocos días alguien telefoneó; acostumbraba dar al¬gún dinero al ashram. Entonces dijo: «Ahora voy a dejar de hacerlo, porque parece que no se agradece. Ni siquiera me conceden una entrevista especial con Osho, o sea que ya no voy a dar más dinero». Él está aquí, debería entender esta his¬toria bien, porque es más fácil entender una historia cuando no eres parte de ella. Porque cuando formas parte de ella com¬prender se hace muy difícil. Si este hombre me da quinientas monedas de oro, yo le diré: «Muy bien, las cogeré».

Umezu le dio a Seistsu la bolsa de oro, pero se sintió muy insatisfecho con la actitud del profesor, ya que la suma que había dado era muy alta -una persona podía vivir durante un año con tres monedas de oro-, y el profesor ni siquiera le ha¬bía dado las gracias.

Observa esta mente neurótica en relación con el dinero. ¿Qué está diciendo? Está diciendo: «He dado una bolsa de oro y un hombre puede vivir con tres monedas de oro durante un año». Piensa que la vida se debe al dinero. El dinero se nece¬sita, pero nadie vive gracias al dinero. Desde luego es necesa¬rio; pero no basta. Si hay dinero y nada más, es mejor morir, cuanto antes mejor. Porque estás viviendo innecesariamente, tan sólo estás viendo pasar los días, y eso no es vida.
Se dice que Jesús dijo: «El hombre no puede vivir sólo de pan». Él sabía que el pan es necesario, que nadie puede vivir sin pan, cierto. Pero hay una dimensión superior de la vida... Si sólo hay pan, ¡suicídate!, porque comer el mismo pan una y otra vez es inútil.
Pero el hombre que vive del dinero piensa que una persona puede vivir durante un año con tres monedas de oro, ¡y aquí hay quinientas monedas! ¡Con esa cantidad cualquier persona podría vivir para siempre! La vida eterna es posible con qui¬nientas monedas de oro. ¿Y qué clase de hombre es éste? Ni si¬quiera me ha dado las gracias. Estaba muy insatisfecho.
Siempre que des con una condición te sentirás insatisfe¬cho, porque la condición no será cumplida. Cuando des sin condiciones sentirás un contento profundo, porque no hay ra¬zón para sentirse insatisfecho. Cuando das y gozas de ello, cuando dar es un fin en sí mismo... Este hombre debería ha¬ber bailado porque el maestro había aceptado... ¡Suficiente! Debería haber estado agradecido al maestro porque «Estaba preocupado por si ibas a aceptarlo o no. Porque te conozco bien: esto no es más que basura para ti y lo has aceptado. Eres tan amable, tu compasión es tan honda». Tendría que haber bailado y haber dado las gracias. Se hubiera marchado pro¬fundamente feliz y contento. Pero no, no era posible porque no era el fin, sino el medio. Quería que el maestro se sintiera en deuda con él.
Si este hombre llega hasta Dios, le dará una bolsa de oro y esperará su agradecimiento. ¿Qué puedes darle a Dios, que te lo ha dado todo? Y un maestro es un representante de la divi¬nidad, de la misma cualidad. Por esto llamamos Bhagwan a Mahavira, por eso llamamos Bhagwan a Buda. ¿Qué puedes darle? Todo te llega a través de él. Como máximo, tú se lo es¬tás devolviendo... Como máximo. Deberías sentirte agradeci¬do por haber sido aceptado.
Pero un hombre de dinero no puede entender esto. Quería que el maestro se sintiera en deuda por lo que había hecho, y había hecho tanto... Para él era mucho. En lo que a su actitud atañía, era una suma muy grande, quinientas monedas de oro; un hombre puede vivir durante un año sólo con tres monedas, porque la mente piensa de forma relativa. No sabe nada del absoluto. Sólo sabe acerca de lo relativo. ¡Es su mente!

He oído contar: el Mulla Nasrudin murió y fue enviado inmediatamente al infierno. Allí se acercó a Satán, que le ha¬bía estado esperando durante mucho tiempo le dio la bienve¬nida. El Mulla Nasrudin le dijo:
-Chico, estoy contento de estar aquí, en el cielo.
-Nasrudin -dijo el diablo-, estás equivocado. Esto no es el cielo.
-Eso será para ti -contestó Nasrudin-. Yo llego de la India, a mí me parece el cielo.

La mente es relativa. ¡Quinientas monedas de oro! Estaba dando su vida misma; su mismo corazón estaba en esta bolsa de oro. Esas quinientas monedas no eran de oro, eran de su corazón. Había vendido su vida y negociado por ese oro. Ha¬bía muerto por aquella bolsa de oro, y ni le daban las gracias. Era demasiado. El maestro no se está comportando correcta¬mente; se sentía insatisfecho.
Si piensas en cualquier maestro, siempre llegarás a la con¬clusión de que no se comporta correctamente. Recuerda esto: si piensas -repito-, siempre llegarás a la conclusión de que no se está comportando de la forma correcta. Si observas, no piensas, entonces sabrás que siempre se comporta correctamente.
El hombre pensó, calculó. Lo veía tan claro: quinientas monedas de oro... toda su vida dentro de esta bolsa. Y sin em¬bargo, el maestro simplemente dice: «Muy bien, lo cogeré».

-En esta bolsa hay quinientas monedas de oro -insinuó Umezu.

Pensó: «Quizás no se ha dado cuenta. Quizás está medi¬tando, porque ¿cómo puede ser que le de quinientas monedas de oro y sólo diga "Muy bien, lo cogeré"? No está en sus ca¬bales». Por eso insistió.

-En esta bolsa hay quinientas monedas de oro –insinuó Umezu.
-Ya me lo dijiste antes -dijo Seistu.

Dijo: «Es innecesario, ¿por qué repetirlo? Ya lo he oído». Esto era todavía peor, la falta de agradecimiento. Ni si¬quiera hacía caso de la insinuación, y parece ser que se enfa¬dó un poco, porque dijo: «Ya me lo dijiste antes. No es nece¬sario...».

-Aunque sea un comerciante rico, quinientas monedas de oro es mucho dinero -insistió Umezu.

-Aunque sea un comerciante rico, quinientas monedas de oro es mucho dinero -insistió Umezu.

Éste es el problema de la mente. Dice: «Aun siendo un co¬merciante rico... Tengo bastante dinero, pero aun así..., qui¬nientas monedas de oro es mucho dinero. De modo que para ti, un simple mendigo, es todo el mundo. Para mí es mucho dine¬ro, y tú lo estás tratando como si nada. Me estás insultando».
Un hombre que está enfocado hacia el dinero no puede en¬tender a un hombre de amor. Éste siempre parecerá un mendi¬go, un loco, no de este mundo; alguien que no entiende. Se comporta de una manera extraña. Pese a venerar a Buda y Mahavira, si llegases a encontrarlos en algún lugar, pensarías que estaban locos. Aunque no lo dijeras, porque sería tan des¬cortés..., pero pensarías que había malgastado su vida senta¬do bajo un árbol. Podía haber ganado un montón de dinero... A Buda le dijeron esto muchas veces.
Buda dejó su hogar y se fue a otro reino, sólo para librarse de sus parientes y familia, porque le molestaban allí y hubie¬ran seguido, intentando persuadirle de que regresara. De modo que dejó el reino y se fue a otro, pero allí se dio cuenta que esta gente está en todas partes, no puedes huir.
Corrió el rumor de que un príncipe había abandonado su reino y había llegado allí. O sea que hasta el rey del reino ve¬cino donde ahora estaba Buda llegó y le dijo:
-Hijo mío, eres joven y no conoces cómo funciona el mun¬do. Eres inmaduro, yo tengo experiencia. Te digo, gracias a mi experiencia, vuelve a tu hogar. Esto es una tontería. A tu edad las ideas tontas como ésta se adueñan de la mente. Uno tiene que resistir. A tu edad, cuando uno es joven, uno se in¬clina, tiende a ser idealista. Pero luego la experiencia de¬muestra que está equivocado. No seas loco, regresa.
Buda le escuchó y le dijo:
-Puedes tener razón en lo que se refiere a tu experiencia, pero yo he vivido en este mundo muchas vidas, y nada conseguí nunca. Ya basta. Me he marchado usando mi expe¬riencia, no debido a quién sabe qué romántico idealismo de muchacho.
El anciano no estaba dispuesto a escuchar.
-Si no quieres regresar, lo entiendo -dijo-. Quizás hay allí algún problema. Quizás no te encuentras bien con tu padre, o con tu familia, o algo ha ido mal. Entonces no regreses, ven aquí. Tengo una hija preciosa; cásate con ella y su reino será tuyo.
-Estoy casado -explicó Buda-, y he dejado atrás a una mujer muy bella. Es imposible encontrar otra como ella. Pero ni siquiera esa bella mujer me dará lo esencial, y yo voy en búsqueda de lo esencial.
El anciano rey se fue, diciendo:
-Estás loco, loco de atar.

Esto sucedía en todas partes adonde iba Buda. Y era tan jo¬ven y tan bello... Nunca había caminado por las calles. A don¬de fuera, todo el mundo se daba cuenta de que era un prínci¬pe, que no era un mendigo, y entonces todo el mundo le aconsejaba que regresara.
La mente vive inmersa en sus propias ideas, piensa con sus propias ideas. No puedes poner de lado la mente y luego ob¬servar. Este anciano que se acercó a Buda se perdió una opor¬tunidad. Puede no suceder otra vez durante millones de vidas. Pero estaba enseñando al más grande de los profesores, esta¬ba intentando enseñarle algo; quería que Buda aprendiera de él. Y él mismo no ganó nada, no llegó a ninguna parte.
Este hombre dice: «En esta bolsa hay quinientas monedas de oro. Soy un comerciante rico, pero aun así se que quinien¬tas monedas es mucho dinero». Tú sólo eres un mendigo no se dice, pero queda entre líneas. «Deberías saber el sentido de esto, lo que estoy haciendo. Te hago una donación como ésta, ¿y sólo dices, "Está bien, lo cogeré"?»

«¿Quieres que te dé las gracias por ello?», dijo el maes¬tro. Los maestros nunca contestan lo que preguntas, contestan lo que quieres preguntar. Nunca contestan a tu pregunta, por¬que esta carece de importancia. Siempre dan una respuesta a la que se oculta tras la pregunta.
No estás interesado en demostrar que el oro es importante, no estás interesado en demostrar que quinientas monedas de oro son una gran suma; éstas son simples racionalizaciones. Estás insinuando otra cosa. El maestro lo captó inmediata¬mente, y dijo: «¿Quieres que te dé las gracias por ello?» Dio en el clavo, le dio de pleno en el corazón.
«Deberías hacerlo», dijo Umezu. No dijo «Lo espero y lo quiero», sino «Deberías hacerlo». Este hombre no es un donan¬te, nunca lo ha sido. Aunque está dando, no está dando. Está do¬nando, pero en realidad trata de hacer un negocio. Dice: «De¬berías hacerlo. He hecho algo grande, ahora es tu deber dar las gracias. No se trata de mi deseo o mi súplica».

-¿Por qué debería hacerlo? -quiso saber Seistsu-. El que da debería sentirse agradecido.

Para la mente esto es incomprensible, para la mente orienta¬da hacia el dinero; el que da debe ser el agradecido. Pero ésta es la cumbre del camino del amor. Los que aman, llegan a saber que dar es tan bello y produce tanta felicidad; llegan a saber que cuanto más das, más tienes; cuanto más amor das, más amor tie¬nes dentro; cuanto más vas abriendo, compartiendo, más burbu¬jea el amor. Es una fuente eterna. Y cuando averiguas que cuan¬to más das, más tienes, has aprendido la aritmética básica de la espiritualidad. Entonces nunca retienes, estás siempre buscando a alguien que pueda recibir tu amor, a alguien con quien com¬partirlo, porque ello te refrescará. Lo viejo se fue, surge lo nue¬vo, que está siempre llegando.
Eres como un pozo que se ha podrido, porque no has dado nada a nadie. Nunca has compartido tu agua; el agua se ha po¬drido. ¡Dala! Permite que la gente llegue y déjales beber de ti, y entonces siempre hay provisión de nuevos manantiales. En el momento en que se elimina el agua vieja, llega la fresca. Tu pozo está conectado por el fondo con el océano infinito. Es una puerta al océano. El que da, el que comparte, llega a sa¬berlo y se siente agradecido. Cuando alguien toma algo de ti, algo nuevo nace en tu interior. Tu ser se renueva gracias a ello. A medida que des vas rejuveneciendo. El que da se man¬tiene siempre joven. El que no da es siempre viejo, muerto, podrido.
El maestro dice: «El que da debería sentirse agradecido. Deberías agradecerme que acepte, y que acepte algo como el dinero. Deberías agradecérmelo, porque el dinero no significa nada para mí». Puede ser necesario en el mundo, porque un maestro también tiene que vivir en el mundo; puede ser el medio de intercambio en este mundo loco, pero no es nada. Es tan sólo un medio inventado, en el que todos están de acuer¬do, para que podamos intercambiar cosas. La sociedad puede vivir sin dinero; durante miles de años la sociedad vivió sin dinero. Y, tarde o temprano, llegará un día en que la sociedad vivirá de nuevo sin dinero, porque vivir con la ayuda del di¬nero es tan problemático y tan inútil y tan innecesario. Pero como el mundo hasta ahora era pobre, había que usar dinero; pero cuanto más crece la riqueza...
América será la primera en abandonar el dinero. Cuando hay bastante dinero, no es preciso llevarlo encima, ¿para qué? En¬tonces es una tontería, se convierte en un lastre. Pronto la tierra no necesitará el dinero. Pero esto los maestros lo han sabido siempre, siempre, que el dinero sólo es un invento del mercado; pero un maestro tiene que vivir con vosotros.
Si vas a un manicomio, es mejor fingir que también estás loco, de lo contrario tendrás problemas. Si intentas demostrar que eres un hombre cuerdo, los locos te matarán. Lo hicieron con Jesús, lo hicieron con Sócrates, lo hicieron con Mansoor. Ellos eran inocentes. Intentaron vivir en un manicomio tal como eran: cuerdos. Eran inocentes, no sabían que la regla del manicomio es: aunque no estés loco, finge que lo estás, por¬que la locura es la moneda válida, es la de curso legal allí. No seas un forastero en un manicomio, de lo contrario los locos se reunirán y te matarán. Si dices que no estás loco, significa que les estás intentando decir: «¡Estáis locos!», y esto no pue¬de ser tolerado. Una persona iluminada tiene que vivir con vo¬sotros en este mundo y usar vuestras técnicas, vuestros trucos.

Sucedió en cierta ocasión en Japón que un hombre ilumi¬nado era sorprendido siempre, unas veces robando, otras al¬guna otra cosa, un acto delictivo, pequeñeces. Robaba sólo pequeñas cantidades de dinero, y por ello era enviado a la cár¬cel, ¡y era un hombre iluminado! Fue encarcelado veintiséis veces a lo largo de su vida, pero aquellos que eran sus discí¬pulos lo conocían. La última vez que salió de la cárcel tenía setenta y ocho años, y los discípulos le dijeron: «Ahora ya no vuelvas a robar... ¿Por qué lo haces?».
-Entonces -dijo él-, ¿quién irá a la cárcel e intentará hacer meditativos a aquellos carceleros, a aquellos presidiarios? ¿Quién irá allí? Tengo que robar, es la única manera de llegar hasta aquella gente. Y para mí no es nada. He estado ayudan¬do y allí hay muchos enfermos. Allí me necesitan. Y ésta es la única manera que tengo para entrar, no me dejarían hacerlo de otra forma. Ésta es la única moneda que se exige. iUn hombre iluminado tiene que vivir con vosotros, presidiarios!
Pero si tú estás dispuesto a entender la neurosis del dinero y el éxtasis del amor, entonces serás capaz de entender esto: el que da debería sentirse agradecido. Da y agradece, porque el otro hubiera podido rehusar. Esta posibilidad no existe para este avaro. No puede concebir que alguien rehúse quinientas monedas de oro. No sabe que el maestro podría haber recha¬zado su donación. Hubiera podido arrojar la bolsa fuera del templo y haber dicho: «No traigas aquí esta basura».

Esto sucedió: llegó un hombre a Ramakrishna, también llevaba quinientas monedas de oro. Estos avaros tienen sus matemáticas; y quinientas parece ser el tope, el límite; no pue¬den ir más allá. Ramakrishna era incluso más peligroso. Él no sólo dijo: «Muy bien, lo cogeré», sino que se comportó de modo todavía más grosero. Dijo: «Pues muy bien, ve al Gan¬ges y tíralo todo allí».
El hombre no podía hacer nada; Ramakrishna ya había ha¬blado; se asustó. Le era imposible ir al Ganges y arrojar en él a quinientas monedas de oro. Pero cuando Ramakrishna lo dice... Seguía dudando. Ramakrishna dijo: «¿Por qué dudas? ¿Acaso no me has dado el dinero? Pues entonces es mi dine¬ro. Ve y tíralo al Ganges, porque ahora mismo no lo necesito, y el Ganges lo necesita».
De manera que el hombre fue, muy despacio claro está, pero no volvía. Pasó una hora, pasaron dos horas, y Rama¬krishna envió a varios discípulos para ver qué le había ocurri¬do a aquel hombre. ¿Se habría ahogado para salvar el dinero? Los avaros hacen cosas así. De manera que los discípulos fue¬ron a ver lo que estaba haciendo. Había allí un gran gentío, el hombre había montado un gran espectáculo. Sacaba una mo¬neda de oro, la tiraba contra una piedra, ¡clannnnnng! ¡El so¬nido! Y había mucha gente. Entonces contaba: «Ciento una, ciento dos, ciento tres...», e iba arrojando, una a una, las mo¬nedas al Ganges.
Así que los discípulos informaron: «Este hombre es un ex¬hibicionista. Ha reunido un gran gentío y está tirando las mo¬nedas una por una, contándolas, y haciéndolo todo muy des¬pacio» .
De modo que Ramakrishna fue, le abofeteó y le dijo: «Cuando uno acumula es preciso contar, pero cuando uno re¬nuncia... ¿Qué estás haciendo? ¡Cuando uno tiene que arrojar las monedas, uno puede arrojar toda la bolsa!».

Si la gente renuncia y sigue contando es que no ha renun¬ciado.
Los que dan deberían sentirse agradecidos; da y agradece. Si puedes cumplir esta norma, el viejo cubo caerá, el agua se derramará. Toda maya, la ilusión, desaparece. Ni agua, ni luna. Entonces puedes mirar el cielo, la luna verdadera. Está siempre allí, pero tú estás atrapado en el reflejo.
El amor es la luna verdadera; el dinero es el reflejo.
Basta por hoy.





CAPÍTULO 9
Un Filósofo Pregunta A Buda


Un filósofo se acercó a Buda un día y preguntó: -Sin palabras, sin y lo sin-palabras, ¿me dirás la verdad?
El Buda guardó silencio.
El filósofo hizo una reverencia y dio las gracias a Buda, diciendo:
-Gracias a tu amable bondad he disipado mis ilusiones y he tomado el camino verdadero.
Después que el filósofo se hubo marchado, Ananda le preguntó a Buda ¿qué había conseguido el filósofo? El Buda replicó:
-A un buen caballo la sombra del látigo le basta.

Un filósofo se acercó a Buda un día y preguntó: -Sin palabras, sin y lo sin- palabras, ¿me dirás la verdad?

Muy raramente un filósofo se acerca a Buda. Es casi im¬posible. Pero cuando esto sucede, puede haber una revolu¬ción, el filósofo puede experimentar una transformación. ¿Por qué es tan imposible que un filósofo se acerque a Buda? Por¬que filosofía y religión son muy contrarias; su perspectiva es opuesta, diametralmente opuesta...
La filosofía cree en el pensamiento y la religión en la con¬fianza. Un pensador duda fácilmente, pero no puede confiar tan fácilmente. Para ser un filósofo, es preciso tener una men¬te dubitativa y muy escéptica. Para ser religioso se necesita te¬ner una confianza profunda, alejada absolutamente del escep¬ticismo, en la que no exista ningún género de duda. El filósofo vive en función de la lógica; el hombre religioso vive en fun¬ción del amor, y no hay manera de conseguir que la lógica y el amor coincidan. No hay manera; nunca coinciden, sus ca¬minos nunca se cruzan. Pueden ir paralelos, exactamente como las vías del ferrocarril, pero nunca se encuentran. Pue¬den estar muy cerca una de la otra, pero siempre corren para¬lelas. Aunque puedas pensar que se encuentran en algún lugar, es una ilusión.
Sitúate entre las vías del ferrocarril y observa cómo corren paralelas: en el lejano horizonte pensarás que se encuentran. Pero no, es una ilusión. Ve hasta aquel punto y verás que si¬guen siendo paralelas, y dos líneas paralelas nunca pueden coincidir. El corazón y la cabeza son como las líneas parale¬las, nunca se encuentran. Puedes dar un salto, de una línea puedes ir a la otra: esto sí es posible. Puedes dar un salto de la cabeza al corazón, pero no hay continuidad; es un salto.
Si crees en la cabeza demasiado, lo que significa creer en la duda, este salto se hace imposible. Ha habido grandes filó¬sofos; han pensado y pensado, y han reflexionado y contem¬plado, y han creado grandes sistemas, milagros de palabras, pero no están más cerca de la verdad que cualquier hombre ig¬norante. Más bien al contrario, el hombre ignorante puede es¬tar más cerca, porque por lo menos es humilde en su ignoran¬cia, por lo menos no es egoísta y puede escuchar al otro. Si un buda llega a la ciudad, el hombre ignorante puede acercarse a él, porque sabe que no sabe -existe este grado de humildad-. Un filósofo no puede ir, porque ya sabe. Éste es el problema: sin saber nada, piensa que sabe.
Esto me pasa a mí todos los días. Si se me acerca un filóso¬fo, un psiquiatra, un hombre que ha estudiado psicología, filo¬sofía y religión en alguna universidad, es difícil, casi imposi¬ble, tener con él comunión alguna. Puedes discutir, pero no coincidir, irás en paralelo. Puede parecer que estáis cerca, por¬que utilizáis las mismas palabras, pero es sólo apariencia.
¿Por qué es tan difícil amar para la lógica? Porque el amor ne¬cesita un acto muy valiente, y este acto valiente es entrar en lo des¬conocido. La lógica es siempre cobarde, nunca entra en lo desco¬nocido. La lógica dice: «Primero, tengo que conocer. Cuando el territorio sea bien conocido, daré el paso».
La lógica es ajena a la aventura. El amor es absolutamente aventurero; a veces llega a parecer loco. A la mente lógica le parece siempre loco: «¿Qué estás haciendo, entrando en lo desconocido sin saber adónde vas? ¿Qué estás haciendo, de¬jando el territorio que era conocido, seguro, sin peligro, que¬dándote sin hogar innecesariamente? No pierdas lo que tienes. Nunca llega a ningún sitio, porque siempre está pendiente del lugar de donde parte. Está interesado en el pasado. Es como si fueras viejo y te dirigieras hacia la matriz. Esto es imposible, pero así funciona la mente humana.
Con la lógica, vas hacia la fuente; con el amor, vas hacia la floración final; las dimensiones son diferentes. La lógica pregunta: «¿Quién creó el mundo?». Se interesa por el creador pasado, la fuente original, “el Ganges, de donde mana el Ganges”. El amor nunca pregunta quién creó el mundo. Y está, de modo que, ¿para qué preocuparse de quién lo creó. No importa quién creó el abecedario. ¿En qué te va a afectar saber quién creó el mundo? ¿Qué importa si fue un dios hindú Brahma, o una trinidad cristiana?
El amor está interesado en lo que va a ser la floración final. Le interesa la budeidad, lo que va a sucederme a mí, a mi semilla, cómo va a florecer. Observa la diferencia: la lógica siempre está interesada en lo conocido, en el pasado, el camino que ya has recorrido; el amor se preocupa por lo desconocido por la floración final, el camino que no has recorrido; no por el que no has recorrido, sino también por el que ni siquiera has imaginado o soñado.
Por eso un filósofo raramente se acerca a un buda. Van direcciones diametralmente opuestas; un filósofo va hacia el pasado, un buda hacia el futuro. Su punto de partida puede el mismo, pero no hay punto de encuentro. Pero cuando un filósofo se acerca a un buda..., algo que sucede raramente, hay en él una transformación inmediata.
¿Por qué? Porque cuando esto ocurre, significa que en el fondo ha entendido el fracaso de la filosofía. De no ser así, ¿para qué habría ido a buscar a un buda? En el fondo ha encontrado el fracaso de la lógica. Ha hecho todos los esfuerzos posibles para conocer la verdad a través de ella: razonando acerca, sobre, a favor y en contra. Ha razonado y razonado, y llegado al punto en que sabe que todo el asunto es fútil; a través de la lógica nada puede conocerse. Este fracaso le da la humildad más honda que es posible en este mundo. Ni un hombre ignorante puede llegar a ser tan humilde, porque no ha llegado a conocer el sufrimiento del fracaso. El ignorante no ha sido arrojado, como el filósofo, de la cima al valle.
Este filósofo pensaba que estaba en la cima. De pronto se dio cuenta de que había estado en el valle soñando que estaba en la cima. Nunca había alcanzado la cumbre, en realidad no había adelantado ni una pulgada. La verdad seguía tan desco¬nocida como siempre. Había desperdiciado toda su vida. Cuando alguien llega a sentir esto, de repente el ego desapa¬rece, uno se vuelve humilde. Y si no eres humilde, no te pue¬des acercar a un buda. Sólo la humildad, la humildad profun¬da, puede llevarte a un buda. Y únicamente entonces estás preparado para aprender, porque no sabes nada. De modo que hay dos tipos de ignorancia: la ignorancia ordinaria se da cuando un hombre es ignorante pero no se da cuenta de ello. Cuando un filósofo advierte que es ignorante se da el segun¬do tipo de ignorancia, muy hondo: al descubrir que es igno¬rante, se hace plenamente consciente de su ignorancia, y éste es el primer paso de la sabiduría.
O sea que ésta es la primera cosa que hay que entender.

Un filósofo se acercó a Buda un día y preguntó...

En la época de Buda había muchos filósofos. De hecho, nunca ha habido una floración intelectual como la de enton¬ces, no sólo en la India, sino en todo el mundo. Estaba Buda; estaba Mahavira; Prabuddha Katyayan, un gran lógico; Ajit Keshakambal, un gran filósofo; Makkali Goshal, un intelecto raro; Sanjay Vilethiputta, y otros muchos estaban en Bihar. Ahora sus nombres no son muy conocidos porque nunca cre¬aron escuelas. Exactamente al mismo tiempo, en Grecia, esta¬ban Sócrates, Platón, Aristóteles -los tres que crearon toda la mente occidental-. Exactamente al mismo tiempo, en China, estaban Confucio, Lao Tsé, Chuang Tzu, Mencio. Parece que, en todo el mundo la mente estaba en el Everest.
Sólo hay tres culturas: una es china, la otra es india, y la ter¬cera es griega. Sólo existen tres culturas, todas las demás son sólo subproductos. Todo Occidente nació con la mente griega en Atenas. La civilización china, totalmente diferente, surgió de la confrontación de Confucio y Lao Tsé; y todo cuanto es bello en la India salió de Buda, Mahavira. Y todos ellos existieron en un único momento de la historia. Los historiadores dicen que la historia se mueve como una rueda: hay momentos en que la in¬teligencia está en la cima, y otros en que está muy baja. Éstos eran tiempos en que la inteligencia estaba en su punto más alto. Había muchos filósofos, particularmente en la India; el país en¬tero era filosófico. La gente iba de acá para allá buscando la verdad, imillones de buscadores! Sólo cuando hay millones de buscadores, unos cuantos pueden ser iluminados, porque es algo así como una pirámide. Una pirámide es muy ancha en la base y, poco a poco, va estrechándose hasta llegar a la cima. Un buda sólo existe cuando en la base ancha millones de personas buscan la verdad; de lo contrario, no puede existir. No es posi¬ble, no puede mantenerse en pie. ¿Dónde se apoyaría? Necesi¬ta millones, millones de buscadores; ellos forman la base.
Y en aquella época, cuando en todas partes se creaban sis¬temas complicados, tan complejos que nunca ha habido nada que pueda ser comparado con ellos... Los historiadores de la filosofía y la religión dicen que por entonces la India conocía todo cuanto se ha conocido en filosofía: todas las facetas, matices de pensamiento, todas las perspectivas. La India ha estudiado todos los caminos y posibilidades, y éstas ya se han acabado. Ahora, desde aquel tiempo, no ha habido nada nuevo en filosofía; y si piensas que hay algo nuevo, esto sólo sig¬nifica que no sabes mucho de la India. No ha habido nada nuevo desde Buda, porque en aquella época todo fue investigado, casi todas las posibilidades completadas. Y si piensas... En Occidente mucha gente, cuando descubre algo, cree que están ofreciendo una cosa nueva. Les parece nueva porque no están familiarizados con ella, no la conocen. Y ahora todo este tesoro está oculto en pali, en pracrito y en sánscrito, lenguas no habladas, no usadas. Pero estas lenguas contienen todos los matices de pensamiento...
Por ejemplo, cuando Sigmund Freud dijo por primera vez: «Sospecho que la mente consciente no es toda la mente. Muy por debajo del consciente hay un estrato subconsciente. Y aún por debajo de éste, sospecho un estrato inconsciente», se pen¬só que era un descubrimiento muy revolucionario. Pero en la época de Buda esto era conocido; no sólo esto: Buda habla in¬cluso de más estratos. Habla de siete estratos de la mente. Los tres de los que Freud habló existen, pero hay cuatro más..., y si descubrió esos tres, había muchas posibilidades de que fue¬ra más allá, porque iba por el buen camino.
Luego Jung sugirió que más allá del inconsciente parece haber un inconsciente colectivo -éste es el cuarto estrato de Buda-. Ahora la psicología ha llegado a este cuarto estrato. Todos ellos habían sido sugeridos por Buda; pero hay tres más, y tarde o temprano los descubriremos.
Desde entonces nunca ha habido tanta consideración por el pensamiento, la lógica. Y la sutileza llegó al extremo. Buda habla de siete estratos de la mente y Prabuddha Katyayan ha¬bla de setecientos.
Incomprensible, pero muy lógico... Existe la posibilidad de que la mente pueda ser dividida en setecientos estratos. Nada es imposible.
En aquel tiempo un filósofo se acercó a Buda. En primer lugar intenta entender la situación de Buda; es antimetafísica, él no es un filósofo. De hecho, no puedes encontrar a un hom¬bre que sea más antifilosófico que Buda, porque él dice que todas las preguntas filosóficas son tonterías. Esta es la posi¬ción ahora en Occidente -Bertrand Russell, Wittgenstein-. El último descubrimiento en Occidente es Wittgenstein, y ésta es su posición: que todas las preguntas y respuestas filosóficas son tonterías. Con todo, si haces una pregunta filosófica, Ber¬trand Russell responde sí o no. Buda nunca respondió, porque si es una tontería, ¿para qué responder? Buda callaba.
Así que cuando Buda llegaba a una ciudad, los bhikkus ha¬bían informado antes a la gente: «Por favor, no hagáis estas once preguntas». Tenían una lista de once preguntas en las que estaba toda la metafísica, no puedes preguntar nada más allá de estas once. Abarcan toda la inquisición filosófica.
Así que, antes de que Buda llegara a la ciudad, los bhikkus iban y hacían correr la noticia: «Por favor, no hagáis estas once preguntas, porque no va a responder. Si tenéis algo más allá de estas once cuestiones, podéis venir, estáis invitados». Pero no hay nada más allá de esas preguntas, de modo que ¿qué hacer?
Este hombre no era un filósofo, no era escéptico, no creía en la duda. Creía tan poco en la duda que nunca habló de la confianza. Hay que entender esto, porque la confianza es ne¬cesaria sólo si dudas. Si no, ¿para qué hablar de ella? Toda mención de la fe significa que la duda ha hecho su aparición. Nunca dijo: «¡Creed!», porque, dijo, no es cuestión de creer o no creer; uno tiene que ser. No es un asunto intelectual, por¬que tanto la fe como la duda siguen siendo intelectuales. ¿Desde dónde dudas? Desde la mente. ¿Desde dónde crees? Desde la mente.
De modo que tu creencia se originará también en la misma raíz. Estará ya envenenada. ¿Quién creerá? ¿Y quién dudará? Seguirás siendo el mismo, y tú eres el problema. De modo que Buda golpea la raíz; dice: «No es necesario confiar, no es ne¬cesario dudar. Simplemente acércate a mí y sé. No vayas a este extremo, no vayas al otro. No adoptes ninguna posición, mantente en el medio». Por eso su camino es conocido como el camino del medio “majjhim nikaya: nunca vayas al extre¬mo”. Éste es uno de los descubrimientos más originales sobre la mente humana y su funcionamiento, porque la mente siem¬pre quiere ir hasta lo opuesto.
Amas a una persona. A través del amor magnificas a la persona, se convierte en un dios. Entonces el amor desapare¬ce; inmediatamente empiezas a odiar, y haces exactamente lo contrario. Nadie se para en el medio. La persona se encoge bajo tu odio, se convierte en un diablo. ¿Hay alguna manera de quedarse entre Dios y el diablo sin ir hasta lo opuesto? La mente se siente muy cómoda yendo de una cosa hasta su con¬traria. No hay problema, tú has estado haciéndolo: dudas de una persona, luego puedes creer en ella; crees en una persona, luego puedes dudar de ella.
Buda dice que te pares en el medio, porque en el medio no hay mente; la mente existe sólo en los extremos. ¿Amor? Hay mente. ¿Odio? Hay mente. ¿A favor? Hay mente. ¿En contra? Hay mente. En el medio, la mente no puede existir. En el medio no hay posibilidad de pensamiento alguno, porque el pensa¬miento será de duda o de confianza, de amor o de odio, enemis¬tad o amistad. Y sabes muy bien que en todo amigo el enemigo se oculta, y que en todo enemigo es posible el amigo.
Una de las mentes más astutas del mundo, Maquiavelo, ha escrito en su libro El príncipe: «No digas nada, ni siquiera a un amigo, que no quisieras decirle a un enemigo, porque un amigo es un enemigo potencial cualquier día. Y no digas nada contra un enemigo que no quisieras decir contra un amigo, porque entonces algún día tendrás problemas. Si el enemigo se convierte en amigo, te encontrarás en un aprieto».
Y ésta es una sugerencia de un político a príncipes, a otros políticos. Por eso los políticos se mantienen alerta; cuanta más experiencia tienen, menos puedes encontrar en sus pala¬bras afirmaciones, contra quién están, a favor de quién están. Sus palabras se vuelven más y más elusivas, de manera que es posible que si el amigo se convierte en enemigo no se vean en un aprieto. Si un enemigo se vuelve amigo... Y la política cambia todos los días: es como el clima, y nunca se sabe...

He oído contar que dos políticos estaban hablando sobre un tercer compañero de viaje. Uno decía:
-Este hombre es tan deshonesto, tan astuto, tan grosero. Nunca he conocido a nadie así. Es el hombre más deshonesto de los que hay aquí. Me parece que no lo conoces tanto como yo.
El otro hombre dijo:
-No, estás equivocado. Yo también lo conozco muy bien.
-¿Cómo puedes conocerle muy bien? -dijo el primero-.
¡Soy su mejor amigo!

Sólo los amigos se conocen muy bien. Y este hombre está diciendo que su amigo es el más deshonesto, el mayor malhe¬chor de los alrededores. Y dice: «¿Cómo puedes conocerle muy bien? ¡Soy su mejor amigo!».
Amistad y enemistad son las dos caras de la misma mente. ¡Párate en el medio! Y Buda se paró en el medio... y ayudó a mucha gente a hacer lo mismo. Es igual que caminar por la cuerda floja. ¿Has observado lo que hace un funámbulo? Una de las verdades más profundas de la vida se revela en su ac¬tuación. Cuando nota que está cayendo hacia la izquierda, inmediatamente se mueve hacia la derecha. Acaso no sea visible para ti, porque piensas que se mueve hacia la derecha, Se inclina hacia la derecha. Pero siempre que se inclina hacia la derecha, sabe que estaba a punto de caer hacia la izquierda. Para mantener el equilibrio, cuando nota que va a caer hacia la derecha, inmediatamente se inclina hacia la izquierda; lo contrario debe ser escogido para mantener el equilibrio.
Cuando amas a una persona demasiado por la mañana, por la tarde tienes que odiada, de lo contrario te caerás de la cuerda; es funambulismo. Si amas demasiado a una persona, te has inclinado demasiado hacia la izquierda; ahora caerás. Para recobrar el equilibrio tienes que inclinarte hacia la dere¬cha. Los amantes están siempre peleando; es una especie de balancín, sólo esto, nada serio. Es natural... a menos que ba¬jes de la cuerda, esto es diferente.
Es lo que dice Buda: «No te inclines hacia la derecha, no te inclines hacia la izquierda». ¿Qué pasará entonces? Te cae¬rás de la cuerda. Y esta cuerda es la mente, es el ego; tienes que mantenerlo en equilibrio continuamente. Así que... pare¬ce tan paradójico.
Cuando odias a tu amado, a tu mujer, a tu amigo, en reali¬dad estás intentando recobrar el equilibrio para poder amar de nuevo. De lo contrario, caerás de la mente. Y sin mente no hay amor, no hay odio, por lo menos el odio que tú conoces, el amor que tú conoces; ésos dejan de existir. Surge otra clase de compasión que está más allá de la dualidad, pero ésta sólo aparece cuando has caído de la cuerda, cuando has dejado de esforzarte por mantener el equilibrio sobre ella. Cuando estás perdido, tu ego está perdido; el ego es un sutil equilibrio.

Un filósofo se acercó a Buda un día y preguntó:
-Sin palabras, y sin lo sin-palabras, ¿me dirás la verdad?

Está pidiendo algo imposible; pero cerca de un buda lo im¬posible se hace posible, y todas las leyes, las leyes ordinarias, se rompen.
¿Qué está preguntando? Está preguntando: «Sin palabras y sin lo sin-palabras, ¿me dirás la verdad?». Esto ha sucedi¬do muchas veces. También sucedió una vez antes con Buda: otro hombre llegó, pero el hombre debió de ser muy diferente cualitativamente, porque Buda se comportó de forma muy distinta.
Un buda no tiene respuestas fijas. No tiene obsesión, por¬que tiene no-mente. Cuando una persona se pone ante él, es sólo como un espejo -refleja a la persona- Otro hombre lle¬gó y preguntó: «Señor, ¿me puedes decir algo sobre la verdad sin utilizar palabras?». Buda le dijo: «Entonces me tendrás que preguntar sin utilizar palabras. Pregunta y yo te diré. Si no puedes preguntar sin palabras, ¿cómo puedes esperar...? ¡De modo que ve, prepárate! Cuando estés dispuesto a preguntar sin utilizar palabras, vuelve».
Pero a este filósofo, Buda no le replicó de esta forma. De hecho este hombre estaba haciendo una pregunta diferente, porque era diferente. La pregunta lleva el significado de la persona. La pregunta no tiene el significado en las palabras. Te lleva a ti, tu cualidad. Puedes hacer la misma pregunta, pero no puede significar lo mismo. Si eres diferente la pre¬gunta será diferente. Una palabra lleva el significado de la persona. Una palabra en sí misma carece de significado. Pue¬des consultar diccionarios, y llegar a conocer el significado de las palabras, pero éste no es un significado real, vivo, está muerto. Cuando una persona utiliza una palabra, le da un sig¬nificado vivo, real. El significado viene de la persona.
Este hombre preguntó... ¿Qué había preguntado? Una pregunta muy sutil. Dijo: «Sin palabras, sin y lo sin-palabras, ¿me dirás la verdad?».
Sin palabras, es fácil, puedes mantenerte en silencio. Pero sin y lo sin-palabras se hace imposible, porque si sigues callado estás usando lo sin-palabras. Y el hombre ha pedido: «No uses palabras, no uses no-palabras, y dime la verdad». El silencio no servirá, las palabras no servirán. El lenguaje no servirá gran cosa, y el silencio tampoco. Entonces ¿qué va a hacer Buda?
Se mantuvo en silencio, pero este silencio es diferente.
Hay dos tipos de silencio. Cuando tú estás en silencio, es una quietud forzada. Hay palabras dentro de ti, hay ruido; el silencio está sólo en la superficie. Pareces estar silencioso; pero no lo estás. Éste es un tipo de silencio que conoces. Hay otro: en la superficie estás silencioso, y puedes ser forzado por dentro a estar también silencioso. Si estás en peligro, al¬guien te amenaza con que te va a matar, entonces te volverás silencioso también por dentro, pero este silencio será sin pa¬labras. En el primero, “cuando en la superficie estabas silen¬cioso”, por dentro había palabras y parloteo: era silencio con palabras. Este segundo silencio es silencio sin palabras, no habrá ruido por dentro, estás en una situación peligrosa, has experimentado un shock, el ruido ha cesado.
Pero aún no es éste el silencio de un buda. El silencio de un buda es un tercer tipo de silencio que tú no has conocido. No es ni con ruido ni con no-ruido. Buda está en silencio; no es que haya forzado sus palabras a callar, no es una quietud a la que se llega con esfuerzo, está en silencio simplemente por¬que no hay otra cosa que hacer. Este silencio es positivo, no es lo contrario de las palabras. Este silencio está en el medio, no en el otro extremo. Un extremo es palabras, el otro extremo es sin-palabras. Este silencio está justo en el medio: no hay pala¬bra, no hay no-palabra. Está simplemente en silencio, no con¬tra el ruido.
Si estás contra el ruido, tu silencio puede ser turbado muy fácilmente. A mucha gente le molesta que un niño ría o juegue cuando está rezando o meditando. Hay algún ruido en la calle, ruido de coches; hay alguien tocando la bocina, y les molesta. Un silencio forzado puede ser turbado muy fácilmente. Pero si estás realmente silencioso, como un buda, el que un niño ría, un pájaro cante, o alguien toque la bocina no te molestará. El ruido vendrá y se irá, exactamente como en una habitación vacía: el ruido entra por esta puerta y sale por esta puerta. No hay nadie dentro que pueda ser molestado.
Pero si tienes un silencio forzado, entonces tú estás allí, el ego está allí, cabalgando sobre la mente, forzándola, haciendo grandes esfuerzos para estar callado. Es un silencio forzado, tenso. Puede ser turbado muy fácilmente, hasta un niño puede violentarlo. ¿Qué clase de budeidad es ésta? No es budeidad, es una moneda falsa.
Recuerda, mientras medites, éste será tu problema más profundo. Ordinariamente estás parloteando. Puedes ir al otro extremo fácilmente; puedes forzar al parloteo a no estar. Es exactamente como un niño que juega, corriendo por ahí, ha¬ciendo muchas cosas inútiles, y tú le amenazas con ser casti¬gado: «¡Siéntate en este rincón!». Y tú eres fuerte y el niño está indefenso, de modo que se sienta en el rincón, parece un buda, pero por dentro está hirviendo, explotando; está espe¬rando la ocasión de poder empezar a correr de nuevo.
Observa a un niño cuando le has obligado a estar callado, su silencio es del primer tipo. No se está moviendo; puede que hayas conseguido que ni siquiera mueva el cuerpo, que tenga cerrados los ojos. Pero ¿qué está haciendo? Forzándose, lu¬chando consigo mismo; realiza un esfuerzo constante. Se está empujando hacia abajo, sentándose en su propio pecho. No será capaz ni de respirar, porque está asustado, porque si res¬pira el movimiento empieza.
Por eso nadie respira en realidad. Has perdido la capacidad de respirar, desde la infancia, cuando te forzaron. Todo el mundo respira sólo con la parte alta de los pulmones. La res¬piración no puede ir hasta el fondo porque tienes miedo. Des¬de la misma infancia te han forzado.
Observa a un niño que duerme. Mira lo que sucede: su pe¬cho no se mueve, se mueve su vientre. Su respiración llega hasta el fondo, hasta el final. Este niño todavía no forma par¬te de la sociedad, no es un ciudadano, todavía es salvaje. Ten¬drás que educarle, tendrás que utilizar la fuerza.
Y cuando le dices a un niño: «¡No hagas esto!», ¿cómo puede manipularse él mismo? Lo primero es no respirar. Siempre que reprimes algo empiezas a respirar superficial¬mente. Represión y respiración superficial van unidos. Siempre que te libras de tu represión, expresas; la respiración se hace profunda. Sólo cuando estás dormido la respiración es completa, porque durante el sueño no puedes reprimir, el ego ha quedado inconsciente. Así que durante el sueño respiras con el vientre; ésta es la manera correcta de hacerlo. Cuando haces el amor, tu respiración también es profunda; tiene que ser así, porque todas las represiones tienen que ver con el sexo, y si estás haciendo el amor, si permites el sexo, te des¬prendes de todas las represiones. Entonces la respiración se hace honda, llega al vientre; de nuevo respiras como un niño, te vuelves salvaje, otra vez eres natural, espontáneo.
Observad a un niño cuando le habéis amenazado, y obser¬vad a vuestros monjes en los monasterios. También a ellos les habéis amenazado. Temerosos del infierno, codiciando el cie¬lo, están sentados allí, reprimidos. Su silencio es del otro polo, el otro extremo; están sin palabras, han obligado a la palabra a desaparecer, pero no están más allá de los dos extremos.
Buda guardó silencio. Buda es de la tercera dimensión. No dijo nada -las palabras no estaban permitidas-. No reprimió la palabra, lo sin-palabras no estaba permitido. Sencillamente se quedó allí, sin pensar, sin meditar; permaneció sencillamente como un árbol.
Hasta quinientos años después de Buda no se hizo su estatua. Durante quinientos años no hubo retrato de Buda; y cuando se le quería representar se dibujaba el árbol bodhi. Esto era bello, por¬que él era exactamente como un árbol. ¿Puedes decir que el ár¬bol está en silencio? No puedes decirlo, porque el árbol nunca es ruidoso, por lo tanto ¿cómo puede estar en silencio? ¿Puedes de¬cir que el árbol está meditando? ¿Cómo puede meditar? Nunca ha pensado, no ha habido pensamiento, así que ¿cómo puede meditar? Entonces ¿dónde está el árbol? Se halla en la tercera dimensión, donde no existe parloteo, ni tampoco no-parloteo. El árbol está en el medio, exactamente en el medio.
Acaso tú no seas un buda, pero este árbol es un árbol bodhi.
Y si puedes sentarte bajo un árbol, igual que el árbol te conver¬tirás en un buda. Y cualquier árbol puede convertirse en un ár¬bol bodhi, todos los árboles lo son; sólo se necesitan budas para descubrir qué árbol es un árbol bodhi. Siéntate bajo cualquier árbol, y si estás en el medio, se convertirá en el árbol bodhi. To¬dos los árboles lo son, sólo se necesita a alguien para revelar el hecho, porque los árboles no creen en la publicidad, de lo con¬trario, lo revelarían.

El Buda guardó silencio.
El filósofo le hizo una reverencia y dio las gracias a Buda, diciendo:
-Gracias a tu amable bondad he disipado mis ilusiones, y he tomado el camino verdadero.

Parece milagroso, o absurdo, porque Buda no dijo nada, el filósofo entendió, y yo he estado diciendo cosas y vosotros no habéis entendido. También había muchos con Buda, con los que hablaba y hablaba, que no entendían, pero este hombre entendió sin palabras, sin sin-palabras. ¿Qué pasó? ¿Que tipo de comunicación se produjo en este momento en que Buda guardó silencio?
Ningún conocimiento fue transferido, obviamente, porque no puedes transmitir conocimiento sin palabras, sin sin-palabras. Hay dos tipos de conocimiento: uno, el conocimiento ordinario, que puede ser transferido mediante palabras, y otro que es el oculto, que puede ser comunicado mediante sin-palabras, es telepático. No es preciso decirlo, pero puede se transferido. Ninguno de los dos está permitido.
Este filósofo dijo: «No uses palabras y no uses no-palabras. Estoy harto de ambas. Estoy harto de las polaridades. He profundizado en la lógica demasiado -de esto a aquello-. He vivido todas las posibilidades de la lógica... iY basta! Simplemente dame la verdad sin palabras y sin sin-palabras».
¿Y qué sucedió, qué tipo de transferencia se produjo? ¿Qué comunión hubo en este momento? El filósofo se inclinó y dio las gracias a Buda: «Gracias a tu amable bondad he di¬sipado mis ilusiones y he tomado el camino verdadero».
Cuando un Buda está en silencio y tú también puedes estar en silencio, se transfiere ser, no conocimiento; no lo que Buda sabe, sino lo que Buda es. Se transfiere ser. De pronto te pe¬netra si estás en silencio. Y este hombre que estaba pregun¬tando auténticamente sobre el camino verdadero, y que pedía que no se usaran ni palabras ni sin-palabras, que rechazaba toda dualidad, estaba preparado. Buda quedó callado. El filó¬sofo lo miró; había la mirada. Estaba atento, prestó toda su atención. ¿Qué estaba pasando?
No pensaba, ya había pensado bastante. Por eso digo que cuando llega un filósofo, se produce una transformación. Aquel filósofo estaba harto de pensar. Tú todavía no lo estas. Todavía te aferras a la lógica, porque no has pensado hasta el final. Todavía esperas que un día, a través del pensamiento, puedas llegar a una conclusión, porque no has llegado hasta el final de todo. Si vas hasta el final, averiguarás que el pensa¬miento nunca da ninguna conclusión, nunca es conclusivo. Sólo te da la sensación de que pronto se abrirá la puerta. La puerta se abre, naturalmente, pero sólo se abre a otra habita¬ción. Y allí hay otra puerta. También ésta se abre... a otra ha¬bitación. Nunca sales de ahí; la casa parece ser infinita, millo¬nes de habitaciones. De una habitación vas a otra, siempre esperando: «Esta puerta me llevará afuera». Sólo te lleva a otra habitación.
Si has ido hasta el final de todo, como este hombre, enton¬ces puedes escuchar en silencio. Él no estaba esperando nin¬guna respuesta, porque sabía que las respuestas no pueden ser dadas sin palabras, ni sin sin-palabras; sólo pueden llegar de estas dos maneras.
Buda se quedó callado. El hombre miró a Buda. En esta mi¬rada las dos personalidades se disolvieron. No eran dos, en ese momento había uno; dos cuerpos, dos corazones latiendo, pero un ser, trascendidas todas las fronteras. Buda le penetró, entró. Es una transferencia de ser. El hombre saboreó el ser de Buda, no lo que sabía. Buda no sabe mucho, puedes derrotarlo muy fácilmente. Puedes saber más que él, ahora hay más conoci¬mientos; ésta no es la cuestión. Pero Buda tiene más ser.
Gurdjieff solía preguntar a cada buscador, cualquiera que se acercaba a él... Pues bien, la primera pregunta que hacía era: «¿Quieres saber más, o quieres ser más?». Estas son cuestiones básicamente diferentes. Si alguien decía: «Quiero saber más», Gurdjieff contestaba: «Esta puerta está cerrada. No estoy aquí para impartirte conocimiento. Vete..., existen muchos departamentos, universidades, colegios; ellos trans¬miten conocimiento, ve allí. Cuando estés harto de conoci¬miento, entonces regresa y llama. Si estoy vivo, esta puerta estará abierta, pero esta puerta sólo se abre para aquellos que están buscando ser».
¿Adonde vas? Aun cuando llegues a saber, ¿de qué te va a servir? Un hombre puede saberlo todo sobre el agua, pero ¿esto satisfará su sed? ¡Es una tontería tan evidente! Puedes saber que H2O es la composición del agua, pero si alguien se está muriendo de sed en el desierto y le escribes la fórmula en un papel, el sediento dirá: «Muy bien, éste es el secreto. Pero ¿y mi sed?».
Un hombre está muriendo de falta de amor y tú le vas dan¬do conocimientos sobre el amor. ¿De qué le va a servir? Hay millones de libros sobre el amor, pero ni un solo amante puede ser satisfecho con ellos. ¿De qué le sirven? Un hombre está muriendo y tú le hablas sobre la inmortalidad. Esto no va a ali¬mentarle. Tus palabras no crearán la inmortalidad para él.
Es necesario ser; se necesita a alguien que imparta ser, no conocimiento. El conocimiento es acerca de; el ser está en el centro, el conocimiento en la periferia. Tú has llegado a mí...
¿Has venido a acumular más conocimientos? Pues te has acer¬cado a la persona equivocada; estás perdiendo el tiempo. Pero si estás buscando ser, entonces hay alguna posibilidad.
En aquel momento sucedió este milagro, se abrió el miste¬rio de Buda. Éste se abre siempre en silencio, como se abre una flor a medianoche. Nadie lo sabe: se abre en silencio. Si hay alguien allí que pueda esperar pacientemente, entonces la flor puede impartir, compartir su ser. Buda entró en aquel mo¬mento.
Ananda, que era el discípulo principal de Buda, no podía entender lo que estaba pasando, porque iba tras el conoci¬miento. Pero de alguna manera Ananda era necesario aunque no fuera el buscador adecuado, porque gracias a él conoce¬mos todo cuanto dijo Buda. Él recopiló sus enseñanzas -era el magnetófono-. Pero ahora ya hay grabadoras, de modo que -no necesito a ningún Ananda. Algo que puede hacerse con un aparato mecánico no debe ser hecho -por un hombre, porque haciéndolo se vuelve mecánico.
Ananda podía repetir cada una de las palabras que Buda había pronunciado durante cuarenta años. Era una de esas me¬morias excepcionales. Cuando Buda murió, repitió los cua¬renta años enteros -miles de páginas-, y dejó constancia de ellas. Era necesario, pero no era el buscador auténtico; era un magnetófono, un buen magnetófono, pero se estaba perdien¬do algo.
Si estás grabando lo que estoy diciendo, te estás perdiendo algo. No seas una memoria, no grabes, ¡comprende! Porque cuando te esfuerzas por grabar, no entiendes bien. Y hay mu¬cha gente que piensa: «Primero grábalo, después lo intentare¬mos y lo entenderemos».
He visto a mucha gente que toma notas. Estoy aquí ha¬blando y ellos van escribiendo. Aquí me están perdiendo, y en casa mirarán sus notas e intentarán entenderlas. Hay gente que irá al Himalaya, y ¿qué harán allí? Sólo irán a la caza de buenos panoramas e imágenes y tomarán fotografías. Allí no existe el Himalaya, sólo la cámara. Luego, de vuelta a casa, mirarán el álbum y las disfrutarán. Hubieras podido comprar fotografías, no era necesario ir al Himalaya. Hay fotógrafos profesionales, no es necesario que tú vayas tan lejos, y tú no puedes hacerlo mejor que los profesionales, tus fotografías serán de aficionado. Pero luego, sentado en tu casa, las dis¬frutarás. Te perdiste el Himalaya y ahora sólo tienes unas fo¬tografías que no son demasiado buenas.
Intenta entender lo que estoy diciendo. ¡Intenta ser! No lo grabes, no es necesario. Olvida lo que he dicho. Si de verdad lo has entendido, te seguiré como una fragancia. No es preci¬so llevarlo en la memoria, será parte de tu ser.
En aquel momento, el filósofo comprendió. Se inclinó lleno de profunda gratitud. ¿Y qué dijo? Las palabras son muy signi¬ficativas. Dijo: «Gracias a tu amable bondad...». No «Gracias a tu gran sabiduría...». ¡No! No dijo «Sabes tanto, lo sabes todo. Tu sabiduría, tu conocimiento...». No, no era ésta la cues¬tión: «Gracias tu amable bondad...».
Buda dice que cuando uno se ilumina, tiene dentro dos co¬sas que florecen simultáneamente. Una es karuna: bondad, amable bondad, y la otra es sabiduría, prajna: estas dos cosas florecen dentro del iluminado. De modo que si eres alguien que busca conocimiento, te hablará a través de su sabiduría, pero esto es secundario. Pero si eres un buscador del ser, té hablará a través de su amable bondad, a través de su karuna, La sabiduría puede errar el tiro, pero karuna nunca falla, la amable bondad nunca falla.
Cuando este hombre dijo: «Sin palabras, sin sin-palabras ¿me dirás la verdad?», estaba diciendo: «No estoy aquí para saber más. Ya he estudiado demasiado y he acumulado mucho conocimiento; pero éste nunca te da la libertad. Al contrario, más bien se convierte en una prisión. Ahora estoy aquí para saber algo sobre ser, para ser yo mismo. Quiero el sabor, no las palabras. Quiero entrar». Buda se quedó callado, miró desde todo su ser al hombre con una corriente de amor profundo y bondad. Siempre que miras a alguien con amor profundo algo fluye de ti hacia la otra persona, exactamente como un río fluye hacia el océano. Pero la otra persona tiene que ser como un valle, sólo entonces puede fluir; de lo contrario es imposible.
El otro día alguien me dijo: «He venido a verte; y tú estás sentado en el sillón y yo en el suelo. ¿Por qué? ¿Por qué no hay otro sillón para mí?». Yo dije: «Es posible, y yo no pierdo nada con ello. Puedes tener un sillón más alto que el mío, in¬cluso, o puedes subir al techo; yo no perderé nada. Tú sí per¬derás mucho, porque es simplemente simbólico».
Tú tienes que ser un valle, sólo entonces el río puede fluir, igual que el agua fluye hacia el valle. Tienes que ser un valle, humildad profunda, receptividad, matriz, para poder recibir.
Este hombre se quedó callado ante Buda, en actitud humilde, dispuesto a recibir. Y Buda le miró con profundo amor, infinito amor, fluyó hacia él... captó el sabor. Vivió a Buda durante un instante. Tubo el atisbo, como si por un momento la oscuridad desapareciera y hubiera un relámpago. Por un instante, cuando el ser de Buda tocó a este hombre, hubo un relámpago y todo cambió. Se inclinó con profunda gratitud y dijo: «Con tu amable bondad, he despejado todas mis ilusiones...». Las ilusiones no pueden ser despejadas mediante teorías. Ninguna filosofía pue¬de servir. Las ilusiones son muy reales; necesitan algo más real que ellas, sólo entonces pueden ser despejadas.
Si estás en la ilusión del sexo, ninguna teoría te ayudará. Sólo un amor que fluya hacia ti despejará tus ilusiones, por¬que el amor es una realidad superior al sexo. Si estás inmerso en ilusiones sobre el mundo, sólo un buda puede ayudarte. Si fluye dentro de ti, en ese instante no hay mundo. En aquel ins¬tante sólo Buda existió, no había mundo. En aquel instante, ni siquiera el buscador existía. Dijo él: «... he disipado mis ilu¬siones y he tomado el camino verdadero».

Después que el filósofo se hubo marchado, Ananda le preguntó a Buda...

Seguramente Ananda se sintió muy desconcertado: «¿Qué está pasando?». Buda no ha dicho nada. Si lo hubiera hecho, é lo hubiera registrado. Si yo me callo, este magnetófono no funcionará, y si pudiera hablar, diría: «¿Qué ha pasado?», porque el magnetófono sólo puede registrar lo visible, el sonido lo físico. Lo espiritual está completamente más allá de él.
Ananda estaba profundamente desconcertado. «¿Qué está pasando?». Seguramente antes habría pensado: «Este hombre ha planteado un gran tema. ¿Qué va a decir Buda ahora?». Y Buda no dijo nada. No sólo esto, sucedía muchas veces que Buda no decía nada, esto no era nuevo, sino que aquel hombre hizo una reverencia como si hubiera recibido algo. Y dijo «He tomado el camino verdadero». Y dijo: «Gracias a tu amable bondad, todas mis ilusiones se han despejado».
Ananda estaba presente y se lo perdió. ¿Cómo serás capaz tú de entender lo que sucedió? ¿Por qué se lo perdió Ananda? No era humilde; éste fue su gran problema. Era primo hermano de Buda, un primo hermano mayor; este hecho supuso la base de todo el problema. En el fondo, él siempre creyó que tenía alguna ventaja sobre Buda al ser mayor que él y conocerlo desde la infancia: «Puede haberse vuelto sabio en algunos aspectos, puede estar un poco más adelantado que yo, pero yo soy su hermano mayor». Esta creencia permaneció en su inconsciente y creó la barrera.
Es muy difícil... si un Jesús nace en tu familia, es muy difícil para la madre, para el padre, para los hermanos, las hermanas, para la familia, para la ciudad, reconocerle. ¡Imposible! Porque ¿cómo puedes creer que un milagro puede ocurrir en tu familia? ¿Cómo puedes creer que un milagro le ha ocurrido a esta persona, y no te ha ocurrido a ti? No, es imposible. Tú te conoces bien, conoces también a otros. O sea que o este hombre está engañando, o algo de menor importancia ha ocu¬rrido que también te puede suceder a ti; es preciso hacer un pequeño esfuerzo, no hay ningún otro problema.
Ésta siguió siendo la barrera y Ananda continuó ciego. Preguntó cuando el filósofo se hubo marchado lo que el filó¬sofo había alcanzado: «Porque no veo que nada se haya co¬municado. No veo que esté sucediendo nada, y este hombre dijo que ha alcanzado el camino, que lo ha tomado. ¿Qué ha ocurrido?». El Buda replicó, y la réplica es preciosa: «A un buen caballo la sombra del látigo le basta».
Hay tres tipos de caballos: ¡los tres tipos están aquí!
Pri¬mer tipo: si no le azotas, no se moverá. Le azotas y de algún modo acarreará un poco la carga. Dejas de azotarle y se para. Tienes que estar constantemente encima de él, pegándole, azotándole, para que avance algo.
Luego hay otro tipo de caballo: no necesita que lo azoten tanto. Con una sola vez que le amenaces o lo pegues se mo¬verá.
Y por fin hay un tercer tipo de caballo, el mejor. La mera sombra del látigo, ni siquiera el látigo, sólo su sombra -no tienes que levantar el látigo, basta con que exista la posibili¬dad de que lo hagas- es suficiente para que eche a correr. Este tercer tipo de caballo alcanza la iluminación en un instante.
Buda no hizo nada. Ni azotó a este hombre, ni le amenazó con el infierno ni el cielo. No dijo nada, se quedó callado. Y en este silencio la sombra fue vista. Esto bastó.

Sucedió en cierta ocasión: tres ministros de Akbar, el gran Mogol, hicieron algo malo. Era un delito, por lo que Akbar le preguntó a uno de ellos:
-¿Qué debo hacer? ¿Qué castigo?
El hombre dijo:
-Basta con tu pregunta-. Se fue a casa y se suicidó.
El segun¬do fue encarcelado durante dos años,
Y el tercero fue ahorcado.

Los otros ministros quedaron muy desconcertados, porque el delito era el mismo; eran cómplices en el mismo delito y los tres habían confesado. Por lo que preguntaron:
-¿Qué tipo de justicia es ésta, que a un hombre no se le dice nada, se le deja ir a casa, al otro se le sentencia a dos años y al tercero se le ahorca?
Akbar dijo:
-Hay tres tipos diferentes de caballos. Para el primero, la mera sombra del látigo bastó. Le pregunté qué tipo de castigo quería, y dijo esto basta. Se fue a casa, se suicidó. ¡Es dema¬siado! Ha sido bastante castigado.
“El segundo hombre ha sido enviado a la cárcel por dos años, menos tiempo no serviría de nada. Ahora está pensando continuamente: "Fue malo hacerlo, y tan pronto como salga de la cárcel haré algunas buenas obras para recobrar el equili¬brio". No se siente culpable, sólo se equivocó, y se recupera¬rá. Está pensando y planeando cómo salir y cómo...
“Para el tercer hombre, ni la cadena perpetua hubiera sido suficiente, porque no sentía que había cometido delito. Por el contrario, pensaba que lo descubrieron porque no fue bastan¬te listo, pero que esto no ocurriría la próxima vez. Actuaría de forma más inteligente, aprendería los trucos; se trataba de ha¬cerlo mejor. No se sentía culpable. Ningún castigo podía ayu¬dar a este hombre, tenía que ser eliminado de la sociedad. Y el primero se eliminó él mismo porque no podía soportar el sen¬timiento de culpabilidad.

El Buda replicó:
-A un buen caballo la sombra del látigo le basta.

Si eres comprensivo, la sombra te basta; no necesitas in¬fierno. Éste ha sido creado para el tercer tipo de caballo: los que no escuchan. No necesitas cielo para tu codicia y satis¬facción; la vida te basta si comprendes.
Y si sientes, empezarás a cambiar gracias a tu sentimiento. Ocurre una mutación si te vuelves más y más sensitivo en re¬lación con la vida. La propia sensibilidad te hace consciente, te mantiene alerta. De lo contrario, ni siquiera un buda puede ayudarte.

He oído:
El Mulla Nasrudin paró a un banquero que sa¬lía de su oficina y dijo:
-¿Qué tienes dos annas para una taza de café?
El Mulla parecía tan afligido, tan triste, que el hombre lo sintió por él y dijo:
-Ten una rupia. Cógela y tómate ocho tazas de café.
-Así que el Mulla se marchó.
Al día siguiente allí estaba de nuevo, en la escalera de la oficina, y cuando salió el banquero, le dio un puñetazo en la nariz.
El hombre dijo:
-¡Eh! ¿Qué estás haciendo? ¿Me haces esto después de darte una rupia ayer? ¿Qué tipo de agradecimiento es éste?
El Mulla dijo:
-Tú y tus asquerosas ocho tazas de café. -Le golpeó de nue¬vo en la nariz y dijo-: iMe tuvieron despierto toda la noche!

Nadie le dijo: «Ve y toma ocho tazas de café ahora mis¬mo». Ni siquiera tomes un buda con semejante dosis, te man¬tendrá despierto toda la noche, iy querrás darme un puñetazo en la nariz! Sé comprensivo, sensitivo. Avanza de acuerdo con tu comprensión, con tus posibilidades, con tu capacidad. Mira siempre la sombra del látigo y avanza a la par que ella. Mantente más alerta, más y más alerta, de lo contrario hasta la religión puede ser un veneno; de lo contrario puedes caer en el infierno por culpa de un buda. ¬
Buda no es la certeza, no es una garantía. A la larga, tu pro¬pia consciencia... Si eres consciente, poco a poco te darás cuenta de que cada vez llegan menos pensamientos a la mente. El viejo cubo se rompe. El agua se derrama. No refleja la luna, y sólo cuando el reflejo se ha ido puedes mirar el cielo, la luna real. Ni agua, ni luna. Basta por hoy.


CAPÍTULO 10

Ninakawa Sonríe


Justo antes de que Ninakawa expirase le visitó el ma¬estro zen Ikkyu. ¬
-¿Quieres que te guíe? -preguntó Ikkyu.
-Llegué aquí solo y me marcho solo -replicó Ninaka¬wa-. ¿Cómo puedes ayudarme?
Ikkyu respondió:
-Si piensas que realmente llegas y te marchas, ésta es tu ilusión. Permíteme que te muestre el camino en el que no hay llegar ni marcharse.
Con estas palabras Ikkyu había revelado el camino tan claramente que Ninakawa sonrió y expiró.


La muerte es el crescendo, la cumbre más alta que puede alcanzar la vida. En el momento de la muerte mucho es posi¬ble. Si te has estado preparando y preparando, meditando y esperando, entonces en el momento de la muerte la ilumina¬ción es fácilmente posible, porque la muerte y la iluminación son similares. Un maestro, uno que está iluminado, puede fá¬cilmente hacer que te ilumines en el momento de la muerte. Incluso antes, cuando suceda, tienes que estar preparado para morir.
¿Qué ocurre en la muerte? De repente estás perdiendo tu cuerpo, de repente estás perdiendo tu mente. Notas que te es¬tás separando de ti mismo, de todo cuanto crees que eres tú mismo. Es doloroso, porque sientes que te ahogas en el vacío. Ahora no estarás en ningún sitio, y hasta ahora has estado identificado con el cuerpo y la mente, y nunca has conocido el más allá; nunca te conociste más allá del cuerpo y de la men¬te. Estuviste tan obsesionado con la periferia que olvidaste completamente el centro.
En la muerte tienes que afrontar este hecho: que el cuerpo se marcha, ya no puede ser retenido por más tiempo. La men¬te te deja, ya no la controlas. El ego se disuelve, no puedes ni siquiera decir “yo". Tiemblas de miedo, al borde de la nada. Ya no existirás.
Pero si te has ido preparando, si has ido meditando, y pre¬paración significa que te has estado esforzando para usar la muerte, usar este abismo de la nada, para saltar hacia él en vez de ser arrastrado a sus profundidades, para ti la muerte será diferente. Si eres arrastrado por las malas, no quieres ir allí y te han hecho cautivo, resulta dolorosa. ¡Mucha angustia! Y la angustia es tan intensa que perderás la consciencia en el mo¬mento de la muerte. Entonces te lo pierdes.
Pero si eres capaz de saltar adentro no hay angustia. Si la aceptas y le das la bienvenida y no hay quejas, al contrario, estás feliz y celebrando que el momento haya llegado: podrás saltar fuera de este cuerpo que es una limitación, una prisión, saltarás fuera de este ego que ha sido un sufrimiento. Si pue¬des darle la bienvenida, no será necesario perder la consciencia. Adoptarás una actitud de aceptación, dándole la bienveni¬da, lo que los budistas llaman tathata, aceptarla, y no sólo aceptar, porque la palabra "aceptar" no es muy buena, escon¬de en el fondo algo de no aceptación. No, no perderás la consciencia si le das la bienvenida, si es realmente una cele¬bración, para ti recibir a la muerte, un éxtasis.
Si recibes a la muerte como una bendición, en aquel mo¬mento te volverás consciente. Recuerda estas dos cosas: si re¬chazas, si dices no, perderás la consciencia; si aceptas, das la bienvenida, y dices sí de todo corazón, te volverás conscien¬te. El sí a la muerte te hace perfectamente consciente; el no te sume en la inconsciencia, y éstas son las dos maneras de mo¬rir. Un buda muere aceptando totalmente. No hay resistencia, no hay lucha entre él y la muerte. La muerte es divina; tú, sin embargo, mueres luchando.
Si un hombre se ha estado preparando, disponiéndose, en el momento de la muerte el maestro puede ser una ayuda mi¬lagrosa. Una mera palabra en el momento oportuno y la llama interior de repente estalla, te iluminas, porque el momento es tal, tan intenso, estás tan concentrado en un punto.
Esto está ocurriendo en esta historia. Ikkyu es uno de los maestros más grandes, un inconformista muy excepcional, re¬volucionario. En cierta ocasión se encontraba en un templo en el que había tres budas de madera. Como la noche era muy fría, Ikkyu quemó un buda para calentarse. El sacerdote se dio cuenta, estaba profundamente dormido, era en medio de la noche y la noche era muy fría, de que algo pasaba y miró.
¡Buda estaba en llamas!, e Ikkyu estaba allí sentado, tan contento, calentándose las manos. El sacerdote se enfureció y dijo:
-¿Qué estás haciendo? ¿Estás loco? Yo pensaba que eras un monje budista, por eso te permití quedarte en el templo. Has cometido el acto más sacrílego.
Ikkyu miró al sacerdote y dijo:
-Pero el buda de mi interior tenía mucho frío. Así que se trataba de sacrificar el buda viviente al de madera, o bien el buda de madera al viviente. Y decidí a favor de la vida.
Pero el sacerdote estaba tan loco de ira que no podía escu¬char lo que Ikkyu estaba diciendo.
-Eres un loco. ¡Fuera de aquí! Has quemado al Buda.
Así que Ikkyu empezó a hurgar con un bastón entre las ce¬nizas del buda, la estatua estaba casi completamente quema¬da.
El sacerdote preguntó:
-¿Qué estás haciendo?
-Estoy intentando encontrar los huesos de Buda -dijo Ikkyu.
El sacerdote se rió.
-Eres un tonto o un loco. ¡Estás completamente loco! No puedes encontrar huesos aquí, porque no es más que un buda de madera -dijo.
Ikkyu se rió.
-Entonces trae los otros dos. La noche es todavía muy fría y la mañana está aún lejos.
Ikkyu era un hombre excepcional. Fue expulsado inmedia¬tamente del templo. Por la mañana estaba sentado justo al lado de la calle, fuera del templo, venerando un mojón de pie¬dra, poniendo flores, rezando. Así que el sacerdote dijo:
-¡Tonto! Durante la noche le faltaste a Buda. ¿Qué has he¬cho? Has cometido un pecado, y ahora ¿qué estás haciendo con ese mojón? Esto no es una estatua.
Ikkyu dijo:
-Cuando quieres rezar, todo es una estatua. Antes el buda interior tenía mucho frío. Ahora el buda interior tiene muchas ganas de rezar.
Ikkyu tenía miles de discípulos por todo el país, y solía ir de un lado a otro para ayudarles. Esta historia trata de uno de sus discípulos, Ninakawa. Estaba a punto, casi iluminado. Pero "casi iluminado" no significa nada; puedes retroceder, puedes caer en el último momento. Si no ha sucedido, no ha sucedido. En el último momento, cuando sólo falta un paso para conver¬tirte en un iluminado, puedes retroceder. Ninakawa estaba casi iluminado pero todavía a merced de las escrituras, porque has¬ta que no llegas a la verdad, es muy difícil librarse de las es¬crituras.
Es muy difícil salir de la cárcel de las palabras. Sólo suce¬de cuando estás iluminado de verdad. Entonces puedes ver que las palabras son sólo palabras: no hay nada dentro, no tie¬nen sustancia, están hechas del mismo material que los sue¬ños. Sólo son ondas en la mente, nada más; sonidos en la mente. ¿Y el significado? Éste se lo damos nosotros; no exis¬te, ninguna palabra tiene significado. Y toda palabra puede volverse significativa por común acuerdo.
De modo que sólo es un fenómeno social, que no tiene nada que ver con la verdad. Pero la gente vive por las palabras: si al¬guien dice algo contra Jesús y eres cristiano, estarás dispuesto a matarle, o a que te maten, es una cuestión de vida o muerte. Alguien dice algo contra Mahoma, y un musulmán se enfada. Sólo una palabra, "Mahoma" es sólo una palabra, "Jesús" es sólo una palabra, pero la gente vive por las palabras.
He oído contar que en cierta ocasión el Mulla Nasrudin detuvo a un hombre por la calle y le dijo:
-Estoy en una situación muy difícil: mi mujer tiene hambre, mis hijos están enfermos. ¿Me podrías ayudar un poco?
El hombre miró a Nasrudin; estaba realmente en un triste estado. Preguntó:
-¿Por qué te iba a ayudar? Pero una cosa quisiera pregun¬tarte: ¿qué es lo que te ha llevado a este triste estado? ¿Cómo te volviste tan miserable? ¿Qué te ha ocurrido?
-Es una larga historia -contestó Nasrudin-. Pero en dos palabras: hace pocos años tenía un negocio, como tú, y los mendigos me paraban en la calle. Todo iba a las mil maravi¬llas. Entonces una catástrofe...
El hombre empezó a interesarse. -¿Qué ocurrió entonces?
-Mi negocio era muy bueno -explicó Nasrudin-, el dine¬ro llovía continuamente. Yo era muy trabajador, estaba total¬mente absorto en mi negocio. Y tenía un lema sobre mi escri¬torio: «¡Piensa constructivamente! ¡Actúa con decisión!», y el dinero continuaba lloviendo. Y entonces... -El cuerpo del Mulla Nasrudin empezó a estremecerse y dijo-: entonces mi mujer quemó mi lema. ¡Todo dependía de él y mi mujer lo quemó! Fue la mayor catástrofe, y esto me llevó a este triste estado.

¿Has pensado alguna vez en lo que será de ti si tus escritu¬ras son quemadas? ¿Qué será de ti si tus lemas son quemados? ¿Qué será de ti si tus palabras son quemadas? Te encontrarás en un triste estado. Por eso, si alguien dice algo contra la Bi¬blia, te enfureces. No es porque esté diciendo algo contra la Biblia: está quemando tu lema. Dependes de la palabra, por¬que no sabes lo que es la verdad. Cuando la conozcas, te li¬brarás de todas las palabras, quemarás todos los lemas.
El Mulla Nasrudin parece un tonto, pero no lo es. Sólo es un ser humano representativo, el más representativo, el normal. Es tú, con todos tus absurdos, exagerados, natural¬mente.

Ninakawa luchó durante toda su vida, meditó, se sentó, utilizó muchas técnicas, intentó de todas las maneras volver¬se tranquilo, silencioso y pacífico; pero estaba tranquilo en las garras de la escritura. El día en que se estaba muriendo, Ikkyu le visitó. Aquél era el momento de empujar a Ninakawa al abismo infinito. Podía perdérselo, porque en el momento de la muerte, si está ahí la escritura, te lo perderás.
Tienes que estar totalmente vacante, vacío; sólo entonces puedes encontrarte con la muerte, porque la muerte es vacío. Y sólo lo semejante puede encontrarse con lo semejante, lo igual puede comprender lo igual. Si estás lleno, incluso de una simple palabra, te lo perderás, porque la mente está ahí, y la muerte no tiene mente, la muerte no tiene pensamiento. La muerte es simplemente caer en el vacío.
Así que Ikkyu llegó para empujar a este discípulo en este último instante. Había estado perdiéndose toda la vida, no te¬nía que perderse este último momento. Y yo también te digo: si pierdes toda tu vida, entonces sólo hay una posibilidad y una sola esperanza en el momento de la muerte. Pero no hace falta esperarlo, puede suceder ahora mismo. Si no está suce¬diendo ahora mismo, entonces sigue intentándolo. Pero pre¬párate para la muerte. Si estás preparado, yo estaré allí para darte un empujón. Será muy fácil: una pequeña sacudida, y la mente explosiona.

Justo antes de que Ninakawa expirase le visitó el maestro zen Ikkyu.

Los maestros han estado siempre visitando. Puede que no haya ocurrido realmente, recuerda esto; puede no haber ocu¬rrido realmente. Puede ser, es posible, que sólo Ninakawa vie¬ra que el maestro le visitaba. Puede haber sucedido realmen¬te, pero esto es irrelevante. Una cosa es cierta: que mientras Ninakawa se estaba muriendo, justo en el último momento, el maestro estaba allí. Este diálogo sucedió entre Ninakawa e Ikkyu. Quizás había allí muchos otros, quizás no oyeron lo que se dijeron maestro y alumno; quizás no vieron llegar a Ikkyu. Era o no era una visita física. Pero sucedió, e hizo... cuanto era necesario.

-¿Quieres que te guíe? -preguntó Ikkyu. Ninakawa repli¬có...

Un hombre de escritura, particularmente budista, porque en el budismo el gurú no es aceptado. Buda es el gurú más grande. Tienen una razón para ello. Como la mente humana es tan compleja, siempre crea problemas: y el gurú existe para li¬berarte, pero puedes convertirlo en una atadura. Los hindúes han enseñado que sin el gurú, sin el maestro, no hay ilumina¬ción. Y esto es cierto, absolutamente cierto, pero en la época de Buda se convirtió en una atadura.
Sin el gurú, sin el maestro, no hay liberación. De manera que la gente empezó a convertirse en esclavos de los maes¬tros, porque sin ellos no podían liberarse. Mira la mente hu¬mana y la estupidez: un maestro es para liberar, pero puedes convertirte en esclavo de un maestro porque sólo él puede li¬berarte; entonces puedes volverte meramente dócil. Se creó mucha esclavitud; nadie ha creado sobre la tierra tanta escla¬vitud como los hindúes. En toda la historia del hinduismo, no puedes encontrar ni una sola revolución contra el sacerdote. No, todo el asunto estaba establecido, fijado y sistematizado, y todo el mundo sabía que si te rebelabas contra el sacerdote no había liberación.
Los intocables, los sudras, han vivido en la condición más miserable. Son los mayores esclavos y tienen la historia más larga de esclavitud, pero nunca se han rebelado; porque no les es posible. El gurú, el maestro, el brahmán, es la puerta hacia la divinidad. Has perdido esta vida y si te rebelas te perderás también la otra, de modo que sigue siendo esclavo.
Entonces llegó Buda y dijo: «El gurú no es necesario», no porque el hombre no lo necesite, sino porque acaba convir¬tiéndose en su esclavo. Ésta era la única forma de decido. Así que Buda dice: «Sé una luz para ti mismo. No es necesario que nadie te guíe. Te bastas a ti mismo».
Ésta es la mayor posibilidad de ser libre, de libertad. Pero también puedes usar mal estas palabras, éste es el problema. Puedes pensar que si no es necesario un maestro, ¿para qué acercarse a Buda? Si soy totalmente independiente, entonces yo mismo soy un buda. Esto ocurrió en el budismo: no hubo esclavitud, pero hubo un profundo egoísmo. Son los dos ex¬ tremos: o te conviertes en un egoísta, porque no hay gurú, no hay maestro, nadie a quien seguir, o te conviertes en un es¬clavo, porque sin gurú no hay liberación.
¿No puedes estar en el medio?, mantenerte en el medio sin ir hasta el extremo? Si lo consigues, la mente desaparecerá.
Ikkyu llegó y dijo: «¿Quieres que te guíe?».
Hizo la pregunta budista básica, sabía que si Ninakawa to¬davía estaba lastrado con la escritura diría: «No, ¿quién pue¬de guiar a alguien? Nadie es un gurú. Todas las almas son ab¬solutamente independientes. Soy una luz para mí mismo».Pero si no era así, cualquier respuesta era posible. Entonces se abren infinitas posibilidades.

Ninakawa replicó: «Llegué aquí solo...» -esto es lo que dice Buda- ...me marcho solo. ¿Cómo puedes ayudarme?».

Todo el mundo nace solo, se marcha solo; y en el medio de estos dos extremos, llegar y marcharse, puedes engañarte a ti mismo y pensar que estás con alguien, pero a pesar de ello si¬gues solo. Porque si en el principio estás solo, y al final estás solo, ¿cómo puedes estar con alguien en el medio? La mujer, el marido, el amigo, la sociedad, todos son ilusiones. Sigues solo, la soledad es tu naturaleza. Puedes engañarte, esto es todo. Puedes tener sueños, esto es todo, pero el otro sigue siendo el otro y no hay punto de encuentro. Ésta es la doctri¬na básica budista para hacer al hombre libre.
Por eso Buda negó incluso a Dios, porque si Dios existe, ¿cómo puedes estar solo? Está siempre aquí. Incluso cuando estás en tu cuarto de baño, él está allí, porque es omnipotente, omnipresente. No puedes evitarle; a donde vayas él irá conti¬go. Es el ojo cósmico, el espía cósmico, siguiéndote. Todo cuanto haces lo estará mirando. Es muy difícil evitar a Dios; si existe, está en todas partes. No puedes esconderte, esto es muy bello si puedes comprender, y la gente religiosa lo utili¬zó como ayuda.
Los hindúes, los musulmanes, los cristianos, todos ellos han usado la omnipresencia de Dios. Es una gran ayuda, por¬que si realmente puedes sentir a Dios siguiéndote como una sombra a todas partes te volverás muy, muy alerta y conscien¬te, porque él está allí. No estás solo, no puedes entregarte al pecado, no puedes entregarte a la ignorancia, al sueño, porque está allí. La presencia te hará permanecer alerta. Éste es el uso correcto. Pero la presencia también puede convertirse en una atadura, un lastre pesado, ansiedad.

He oído hablar acerca de una monja cristiana que ni si¬quiera podía tomar un baño desnuda. Continuaba teniendo puesta la ropa incluso bajo la ducha, así que alguien le pre¬guntó:
-¿Qué haces?
-¿Cómo puedo desnudarme? -dijo ella-. Dios está en to¬das partes.

Pero si Dios está en todas partes, en el baño, también está bajo la ropa, no puedes huir de él. Está dentro de ti. Está en to¬das partes.

Esto puede originar una gran ansiedad, como cuando estás tomando un baño y te das cuenta de que alguien está mirán¬dote por el ojo de la cerradura, te pone nervioso. Y Dios es el mirón cósmico, está en todos los ojos de cerradura; no puedes hacer nada sin que lo sepa; haces el amor y está allí. Todo cuanto haces lo sabe, y todo queda registrado.
Esto puede convertirse en un motivo de gran ansiedad, una neurosis; puede crear culpabilidad, y entonces has errado. Re¬cuerda: cualquier llave que puede abrir una puerta puede tam¬bién estropear la cerradura si no la utilizas bien. Hay una ma¬nera correcta y otra incorrecta de usar una llave. Si la utilizas incorrectamente, puedes estropear la cerradura. Y siendo la mente como es, siempre usa mal las llaves. Entonces se nece¬sita a alguien que te diga: «Tira esta llave, porque ya no sirve. Estás estropeando la cerradura con ella, no te ayuda en abso¬luto» .
Buda dijo que no se necesita un gurú, porque en su época el gurú significaba el brahmán. Krishnamurti está diciendo lo mismo: no se necesita gurú. Pero hay otra posibilidad: puede darte libertad. Si te da libertad es alguien valioso. Pero puede darte egoísmo, éste es el problema, éste es el obstáculo. Si te proporciona egoísmo, puedes no convertirte en esclavo de otro, pero serás esclavo de tu propio ego. Y recuerda, nadie puede ser un maestro tan peligroso como tu ego. Nadie puede cegarte tanto como tu ego. Nadie puede guiarte a infiernos se¬mejantes a los que pueda guiarte tu ego.
Ikkyu sólo quería saber si Ninakawa todavía estaba aferrán¬dose a las escrituras, o si había llegado a comprender a Buda. La comprensión es diferente, agarrarse es diferente. Uno se afe¬rra a la letra muerta. Si una persona ha entendido, proclama que Buda es el maestro más grande; si no, incluso estando hasta al borde de la muerte, se agarrará a las escrituras.
Ikkyu estaba allí y preguntó: «¿Puedo guiarte? ¿Debo guiarte?.. Porque el camino es desconocido. Nunca lo has re¬corrido, yo sí. Sé cómo morir, sé cómo celebrar la muerte. Sé cómo uno mismo puede perderse en la muerte, y entonces nunca pierdes; y el verdadero ser nace por primera vez. Co¬nozco el secreto de morir y renacer. ¿Puedo guiarte?».

Ninakawa replicó:
-Llegué aquí solo y me marcho solo. ¿Cómo puedes ayu¬darme?

Y necesitaba ayuda. Si no hubiera necesitado ayuda, sim¬plemente hubiera reído, sonreído; hubiera dicho: «Gracias». No hubiera tenido que utilizar estas palabras de las escrituras. ¿Para qué usas las escrituras? Son racionalizaciones. Cuando estás indeciso, utilizas las escrituras, porque son muy ciertas. Cuando dudas, usas a Buda, a Krishna, a Cristo, porque pueden ocultar tu duda, tu realidad, y darte una falsa confianza.
Siempre que empleas las palabras de otro estás ocultando tu ignorancia. Este hombre no estaba diciendo: «Llegué aquí solo», ésta no era una experiencia suya. No estaba diciendo «... y me marcho solo». Estaba repitiendo palabras, y no pue¬des engañar a un maestro con palabras.

Ikkyu respondió:
-Si piensas que realmente llegas y te marchas...

Son éstas las palabras más bellas que jamás hayan sido di¬chas: la esencia de todas los Upanishads, la esencia de todos los Budas y Mahaviras, en una sola frase.

«Si piensas que realmente llegas y te marchas, ésta es tu ilusión. Permíteme que te muestre el camino en el que no hay llegar ni marcharse».

Esto es verdaderamente muy sutil y difícil.
Dice Ikkyu: «Si piensas que realmente llegas y te marchas, entonces el ego está ahí. ¿Quién llega? ¿Quién se marcha? Si piensas que llegas y te marchas, no sabes; entonces estás sim¬plemente repitiendo las palabras de Buda». Aquí está la difi¬cultad.
Si has llegado a saber que «Yo llego solo y me marcho solo», entonces llegar y marcharse no existen, porque el alma nunca nació, nunca muere. La vida es un continuo eterno. Continúa. Nunca llega, nunca se marcha. Este cuerpo puede haber nacido, este cuerpo puede morir, pero esta vida, la ener¬gía, el ser, el alma o como quiera que llames a la consciencia que existe en este cuerpo, nunca ha nacido y no morirá. Esta consciencia es continua. Nunca ha habido ninguna ruptura en ella.
Si de verdad sabes, sabes que no hay ni llegar ni marchar¬se. ¿Quién llega? ¿Quién se marcha? Si no entiendes, si no te has dado cuenta de esto, entonces dirás: «Yo llego solo». Pero entonces, este "yo" es el ego; este "yo" no es el sí mismo. Cuando dices «Yo me marcho solo», el énfasis lo pones en el "yo", y el "yo" es la atadura. Si no hay "yo", de pronto te das cuenta de que nunca has nacido y nunca vas a morir; no hay ni principio ni fin. Alguien le preguntó a Jesús: «¿Eres tú el Mesías que hemos estado esperando? ¿Quién eres? Háblanos de ti». Jesús dijo: «Antes que Abraham fuera, yo soy».
Abraham vivió miles de años antes, y Jesús dice: «Antes que Abraham fuera, yo soy». La frase es verdaderamente muy absurda, lógicamente absurda, gramaticalmente incorrecta: «Antes que Abraham fuera, yo soy». Abraham existe en el pa¬sado; Jesús dice: «Antes que fuera...», y Abraham es el pri¬mer profeta. Hay muchas posibilidades de que Abraham sólo sea un nombre cambiado de Ram, porque en hebreo antiguo no es Abraham, es Abram. Y Ab simplemente significa respe¬to, exactamente como Shree Ram; sólo es para mostrar respe¬to. Es muy posible que Abraham no sea sino Ram.
Dice Jesús: «Antes que Abraham fuera, yo soy». Para Abraham utiliza el tiempo pasado: fue y ya no es; la manifes¬tación estuvo aquí y ya no está. Pero «Yo soy», porque «Yo soy siempre: fui, soy, seré».
La consciencia interior no conoce nacimiento ni muerte; no conoce pasado, presente o futuro: no conoce el tiempo. Es eterna, y la eternidad no es parte del tiempo.

Ikkyu respondió:
-Si piensas que realmente llegas y te marchas, ésta es tu ilusión. Permíteme que te muestre el camino en el que no hay llegar ni marcharse.

¿Qué han estado haciendo los budas? Simplemente han es¬tado mostrándote que eres perfecto tal como eres. No hay que cambiar nada. No tienes que ir a ningún sitio, no tienes que avanzar ni una pulgada. Tal como eres, estás en la gloria per¬fecta, aquí y ahora. No hay llegar ni marcharse. Basta con que te des cuenta del fenómeno que eres. ¡Basta con que te des cuenta de quién eres! ¡Basta con que te mantengas alerta! Y en¬tonces no hay que conseguir nada, no hay que hacer ningún es¬fuerzo, porque desde el principio mismo, antes de que existiera Abraham, tú existes. Has visto la creación del mundo, verás el fin del mundo, pero para ti no hay ni principio ni fin.
Tú eres el testigo, y el testigo no puede tener principio ni fin. Si hubieras estado alerta, habrías visto tu propio naci¬miento. Si puedes morir conscientemente, verás que la muer¬te está ocurriendo en el cuerpo y tú eres sólo un espectador. Así que el cuerpo muere, y tú eres sólo un testigo. Y si puedes ser un testigo en la muerte, entonces en la próxima vida, en el nacimiento, serás un testigo. Verás que la mente está esco¬giendo una matriz; planeando alrededor de la tierra, buscando una mujer, una pareja, haciendo el amor... lo verás.
Exactamente como cuando tienes hambre: vas al mercado y puedes ser testigo de que tus ojos, tu mente miran los hote¬les, los restaurantes, para encontrar el lugar adecuado donde comer. Tienes hambre, pero si estás demasiado identificado con el hambre no puedes ser testigo. De lo contrario, el ham¬bre existe, pero tú no eres el hambre. ¿Cómo puedes ser el hambre? ¿Cómo sabrías en este caso que tienes hambre?
El hambre, para ser conocido, necesita algo más allá del hambre que puede mirar y ver, que puede estar alerta. Si pue¬des estar alerta estando hambriento, entonces puedes ver cómo tu mente está buscando el lugar adecuado para comer. Lo mismo ocurre después de la muerte: tu mente busca la ma¬triz adecuada. Tú escoges, ves lo que está ocurriendo.
Si vas a la búsqueda de una matriz particular, si eres un alma muy buena o muy mala, entonces puedes estar muchos años buscando la matriz adecuada -muy difícil-. Si eres sólo una persona ordinaria, normal, no especialmente buena o mala, ni un Hitler ni un Gandhi, puedes nacer inmediatamen¬te; no es necesario, porque en todas partes hay matrices nor¬males, ordinarias. Entonces mueres y de inmediato renaces, no se pierde ni un instante.
Pero para un Hitler pueden pasar muchos, muchos años; y esto es bueno, tenemos suerte, porque es un alma muy per¬versa, mucho. No puedes imaginar su perversión, lo pervirtió todo. Y cuando un hombre se pervierte, lo primero que se per¬vierte en él es su amor, porque el sexo es la raíz de tu ser. Lo primero que se pervierte es el sexo. Cuando el sexo se estro¬pea, todo se estropea; cuando el sexo es natural, todo sigue siendo natural.
Estudia la vida sexual de Hitler y te sorprenderás: no pue¬des creer lo que hacía. Buscaba bellas mujeres, pero nunca les hacía el amor. ¿Qué hacía? ¡No puedes imaginártelo! Se sen¬taba y les obligaba a orinar en su cabeza. ¿Qué tipo de hom¬bre...? ¿Qué está haciendo? Y le gustaba mucho: no sólo ori¬nar, también tenían que defecarle encima. Y las mujeres se sentían muy culpables, ¿qué está haciendo?, pero era un hombre tan poderoso: si no le sigues...; mató a muchas muje¬res. Todas sus queridas fueron o matadas por él o se suicida¬ron. ¡No hay perversión mayor! Pero él se sentía muy bien. ¿Qué ocurría?
Se sentía tan culpable que quería autocastigarse; incluso mediante el amor se castigaba. Se sentía tan culpable y la cul¬pabilidad era tan fuerte... Si te sientes culpable no puedes amar, porque el amor sólo puede venir del corazón de uno que no es culpable, que no siente ninguna culpabilidad, que sólo es un niño, inocente. Entonces al amor mana, se convierte en una celebración. Pero si te sientes culpable, te autocastigas median¬te el amor, y también castigas al otro. No puedes gozar del amor, porque te sientes culpable, malo. ¿Cómo puedes disfrutar del amor? Crearás un infierno con el amor. Parece imposible, porque fuera de su habitación Hitler era casi un dios, la gente le adoraba. Y dentro de la habitación se sentía inferior, culpable, condenado, y se autocastigaba mediante el amor.
Este tipo de hombre no encontrará fácilmente una matriz, es casi imposible. Tendrá que esperar durante siglos, sólo en¬tonces hallará la matriz adecuada. Nacerá de un hombre y una mujer llenos de culpabilidad, condenados en sí mismos. Pero esto sucede de forma inconsciente, de modo que no tienes que preocuparte mucho por ello. Mueres inconscientemente, rena¬ces inconscientemente; son cosas que ocurren de forma auto¬mática. La mente se mueve, se limita a tantear en la oscuridad y se mete en una matriz. Pero si mueres conscientemente, en¬tonces el próximo nacimiento va a ser consciente. Si mueres conscientemente y naces conscientemente, sabrás que no existen ni el nacimiento ni la muerte, sólo se ha escogido un cuerpo. Sigues siendo el mismo, sólo cambia la casa. ¿Dices que es un nuevo nacimiento, he nacido, cuando cambias tu ropa vieja? No, porque sólo te has cambiado de ropa; sigues siendo el mismo. Así es como uno que se vuelve alerta y lle¬ga a saber que todos los cambios sólo son cambios de ropa. Y de casas, lugares, situaciones, circunstancias, pero tú sigues siendo el mismo; el centro nunca cambia, es eterno. Dice Ikk¬yu: «Si piensas que realmente llegas y te marchas, ésta es tu ilusión. Permíteme que te muestre el camino en el que no hay llegar ni marcharse».

¿Qué camino es éste? Porque tenemos que utilizar el len¬guaje, por esto dice "camino". De lo contrario, no hay cami¬no, porque un camino siempre lleva a alguna parte. Ningún camino puede llevarte, porque ya estás allí. Si quieres llegar hasta mí, hay un camino, tiene que haberlo. Si vas hacia al¬guien tienes que seguir un camino, pasar a través de un paso, un puente o alguna otra cosa, porque te mueves hacia afuera. Pero si quieres ir hacia adentro, no hay camino. Ya estás allí. Se necesita una sacudida repentina y simplemente sientes que ya estás allí. Es exactamente como cuando sueñas durante la noche: te duermes en Puna y en el sueño has regresado a tu casa en Londres, o Nueva York, o Calcuta, o Tokio, y en el sueño te olvidas completamente de que estás en Puna. ¿Qué se necesita entonces? Sólo una sacudida. Alguien llega y te despierta. ¿Te despertarás en Londres, Tokio, Nueva York, o en Puna? ¡Sería muy difícil, crearía un mundo muy absurdo si estuvieras soñando con Nueva York y de repente alguien te despertase y estuvieses en Nueva York! Entonces este mundo hubiera sido una pesadilla. Pero te despiertas en Puna; el sueño desaparece.
Los budas han estado enseñando esto: que no es preciso ir a ningún sitio, porque ya estás donde quieres ir; pero estás el un sueño. Sólo en un sueño te has alejado del centro, pero no puedes alejarte de allí. Estás allí. Puedes haber soñado duran¬te millones de vidas, pero no te has alejado del centro en el que estás. Nadie puede hacerlo. Una simple sacudida, sólo al¬guien que te sobresalte..., te pones alerta y de repente el sue¬ño desaparece. El país del sueño, y Nueva York, y Londres, desaparecen, y estás aquí ahora.
Esta sacudida, este sobresalto, puede ser dado muy fácil¬mente en el momento de la muerte, porque la totalidad del cuerpo-mente experimenta un gran cambio. Todo está en caos. En un caos puedes ser alertado más fácilmente porque todo es incómodo. Cuando todo es cómodo es difícil sacar a un hombre de su sueño; en realidad nadie quiere salir de un sueño cómodo. Sólo cuando el sueño se convierte en una pe¬sadilla, cuando gritas.

He oído contar que cierta noche el Mulla Nasrudin gritó tan alto que hasta los vecinos llegaron para preguntar lo que había sucedido. El Mulla Nasrudin estaba sentado en su cama llorando, con las lágrimas deslizándose, y su mujer le consolaba, diciendo:
-Sólo era un sueño, Nasrudin. ¿Por qué armas tanto ja¬leo? Han venido los vecinos, hay mucha gente.
-Pero el sueño era tan..., primero deja que te cuente el sueño -dijo Nasrudin-. En el sueño acudí a una subasta de esposas, unas mujeres muy bellas. Una mujer valía diez mil rupias, otra cinco mil, y muchas costaban mil.
“Yo no tenía dinero. Intenté comprar una esclava, pero no tenía dinero. Busqué en todos mis bolsillos -y aunque tenía un bolsillo en el que nunca buscaba, dijo-: Incluso busqué en este bolsillo.
Había un bolsillo especial en el que nunca buscaba. Y si se perdía algo, la gente le preguntaba: «¿Has buscado en todos los bolsillos? ¿Por qué no en éste?». Y él decía: «Porque esto me da esperanzas. Si busco también en este bolsillo, adiós es¬peranza, porque pienso que quizás todavía hay una posibili¬dad..., pero nunca busco en éste, porque sé muy bien que no está aquí».
Dijo a su mujer:
-Incluso busqué en este bolsillo especial y no había dinero. Yo lloraba y gritaba.
Pero su mujer no estaba interesada en esto. Preguntó:
-Nasrudin, ¿y había mujeres como yo allí también? –lo preguntó tontamente, como haría cualquier mujer, porque ninguna mujer se siente interesada en otras mujeres bellas; su curiosidad se debía más bien a los celos-. ¿Y qué hay de otras esposas como yo? -preguntó-. ¿Cuánto pagaban por ellas?
Nasrudin dijo:
-Por eso grité. Con las mujeres como tú, esta gente había hecho fardos. Una docena, dos docenas; estaban vendiendo es¬posas como tú a rupia el grupo. Por eso grité: ¡sin dinero para comprar, y esto es lo que le estaba ocurriendo a mi mujer!
Pero lloraba y gritaba incluso fuera del sueño.

Los sueños son efectivos, calan hondo, porque en una mente inconsciente la distinción es de hecho muy vaga; lo que es sueño y lo que es real es muy vago. Están mezclados, las fronteras no están tan definidas, son borrosas. ¿Has visto des¬pertar a un niño llorando porque ha perdido un juguete que había visto en el sueño? «Estoy buscando el juguete. ¿Dónde está mi juguete?» Pero este niño nunca muere en ti. Sólo mue¬re cuando haces un gran esfuerzo para estar alerta; sólo en¬tonces el sueño y la realidad empiezan a distinguirse clara¬mente. Y cuando la vaguedad se ha perdido, cuando las fronteras no están borrosas, cuando te has dado cuenta de lo que es sueño y lo que es realidad, el sueño se acaba, porque entonces ya no puede continuar. Si te has vuelto consciente, el sueño no puede continuar. Aun dentro de un sueño, si te das cuenta de que es un sueño, éste se acaba inmediatamente.
Así que en un sueño nunca te das cuenta de que es un sue¬ño, siempre crees que es real. Para que algo continúe, es ne¬cesaria tu sensación de que es real. Le confieres realidad me¬diante esa sensación. Si ésta desaparece, el sueño también desaparece y sólo queda la realidad.
Es un sueño que estés en este mundo, y es realidad que existas en la divinidad. Es un sueño que estés en el mercado; es realidad que nunca te has alejado del mismo centro de la existencia, de Dios. Es un sueño que hayas ido al mercado, y un sueño puede continuar, no tiene un límite de tiempo. Pien¬sas que eres el cuerpo, pero es un sueño, nunca has sido un cuerpo. Piensas que naces y mueres, pero es un sueño, nunca has nacido y no puedes morir; es imposible.
Dijo Ikkyu: «Es tu ilusión si dices "Yo llego y yo me marcho". No hay nadie que llegue y nadie que se marche. Y no hay sitio alguno al que llegar, ni sitio alguno al que ir. Permíteme que te muestre el camino sin camino. Porque en¬tonces no puede haber camino; porque si no hay nadie que llegue y nadie que vaya, ni sitio a donde llegar, ni sitio a donde ir, ¿cómo puede existir el camino? Así que déjame en¬señarte el camino sin camino en el que no hay ni llegar ni marcharse».
Con estas palabras, Ikkyu había revelado el camino tan cla¬ramente que Ninakawa sonrió y expiró.
¡Sucedió! Tú has oído las palabras, pero tú no eres Nina¬kawa, no estás tan preparado, no te hallas en tu lecho de muer¬te: éste es el problema. Estás esperando algo de la vida toda¬vía, tu sueño aún tiene para ti mucho sentido, has invertido mucho en él. Puedes tener el deseo de salir del sueño, pero es un deseo a medias. La otra parte sigue diciendo: «Suéñalo un poco más, es tan bonito».

Cierta noche, el Mulla Nasrudin llamó a su mujer y dijo: «Tráeme las gafas, porque he estado viendo un sueño precio¬so y se me promete mucho más. Tráeme las gafas, porque el lugar no está bien iluminado y no puedo verlo claramente».

Cuando tienes pesadillas dices: «¿Cómo salir del sueño?». Pero también tienes bellos sueños; no sólo sueños infernales, tienes sueños celestiales. Y éste es el problema: si no te das cuenta de que un sueño celestial es también un sueño e inútil, no estás en tu lecho de muerte. Tu deseo continúa, vas regando el mundo de los sueños, alimentándolo, ayudándole a crecer.
Ninakawa estaba en su lecho de muerte, se estaba murien¬do, no le quedaba futuro. Se hallaba sumido en un caos. Todo el sistema, todo el ajuste del cuerpo, mente y alma se estaba aflojando. Había cosas que se deshacían, no estaba completo. La pesadilla era intensa, porque en la muerte es intensa al má¬ximo. En aquel momento se sentía simplemente desgraciado: muerte y sin futuro.
Si no hay futuro no puedes soñar, porque los sueños necesitan espacio, tiempo en el que moverse. Por esto la muerte parece tan peligrosa, porque no deja tiempo para pensar. No puedes esperar, porque no hay mañana. La muerte no te mata, simplemente mata el mañana, y el mañana ha sido toda tu existencia. Nunca has vivido en el hoy, has estado siempre posponiendo para ma¬ñana. Y la muerte mata el mañana, simplemente quema tu ca¬lendario; de pronto se para el reloj, el tiempo no se mueve.
¿Qué puedes hacer sin tiempo? ¿Cómo puede la mente pen¬sar, desear, soñar? La muerte cierra la puerta: éste es el miedo.
¿Por qué la muerte te atemoriza tanto, te sientes tembloro¬so y asustado? Porque parece que no hay más allá, no hay po¬sibilidad de huir de ella. No puedes hacer nada porque no pue¬des pensar, y tú sólo sabes una cosa: pensar, nada más. Toda tu vida ha consistido en pensar. Y resulta que la muerte no deja pensar. Sólo un hombre que ha meditado y ha experi¬mentado el no-pensar antes de morir estará libre de miedo, porque sabe que el pensamiento no es la vida.
Y conoce un plenum diferente de existencia. Conoce la pro¬fundidad, no la extensión de la existencia. No va de este mo¬mento a este otro, no va de hoy a mañana. Se mueve en este momento, más, y más y más hondo; en el hoy, más y más y más hondo. Se mueve en el aquí y ahora, en profundidad. Tú tocas este momento y vas hacia otro momento; tienes un movimien¬to horizontal: de A a B, de B a C, de C a D. Y un hombre que medita va de A1 a A2 a A3, en profundidad, no a B. No tiene mañana. Este aquí ahora es para él la única existencia, ¿cómo puede entonces haber muerte? En este instante estás vivo; sólo en el próximo puedes morir. En este instante nunca ha muerto nadie. En este instante estás vivo, y este hombre que medita se mueve en este instante: ¿cómo puede morir?
La muerte ocurrirá en la periferia; se enterará de ello. Será exactamente como cuando te enteras de que un vecino ha muerto: se enterará de que el cuerpo ha muerto, éstas serán las noticias. Incluso puede sentir lástima por el cuerpo, pero no se está muriendo.
Ninakawa era un meditador justo al borde de la ilumina¬ción, que se agarraba todavía. Puedes saltar al abismo y afe¬rrarte aún más a una enredadera, y seguir agarrado, atemori¬zado. Estás casi en el abismo, tarde o temprano caerás, pero por un momento más la mente dice: «¡Agárrate!». Ninakawa se agarraba a las escrituras, a los budas, a las palabras, a las doctrinas. Estaba todavía repitiendo conocimiento. Sólo una enredadera; tarde o temprano tendrá que dejarla, porque cuan¬do la vida te deja, ¿cómo pueden conservarse las palabras? Te dejarán. Con esta revelación de Ikkyu, entendió, dejó de afe¬rrarse. Sonrió y expiró.
Tú nunca sonríes. O lloras o ríes, pero nunca sonríes. Una sonrisa está justo en el medio, es difícil para ti. O lloras o ríes, son las posibilidades, los dos extremos. Intenta averiguar lo que es este fenómeno de la sonrisa.
Sólo un buda sonríe, porque está justo en el medio. Una son¬risa tiene la tristeza de las lágrimas y la felicidad de la risa. Una sonrisa está compuesta de ambas cosas, tristeza y felicidad. La sonrisa nunca es simple risa: tiene la expansión de la risa y la profundidad de la tristeza, participa de ambas. Mira un buda, medita en él, y verás en su rostro tristeza y felicidad; un flujo feliz de su ser y al mismo tiempo una profunda tristeza.
Con estos dos productos, por decirlo así, se crea una sonrisa. Cuando te sientes triste por todo el mundo, cuando te sientes triste por toda la existencia porque están sufriendo innecesaria¬mente. No puedes imaginar la tristeza de un buda, es difícil para ti. Tú piensas que un buda es feliz. Es feliz en lo que a él concierne, pero ¿con respecto a ti? No puedes concebir su difi¬cultad, porque te ve, y sabe que estás sufriendo innecesariamen¬te, y no se puede hacer nada, no se te puede ayudar. Una enfermedad que no existe, ¡es incurable! Sin embargo, sabe que a la vuelta de la esquina, con un simple giro de tu ser, todo quedaría resuelto. Pero tú no darás ese giro. Saltarás y harás muchas co¬sas, pero siempre evitarás ese giro. Vas a tientas en la oscuridad, pero de alguna forma, milagrosamente, nunca encuentras la puerta. Sabes cómo no encontrarla, eres bueno en esto: cómo no encontrar la puerta y seguir siempre tanteando.
Un buda tiene dificultades porque ha experimentado algo que ya tienes. La misma existencia feliz, la misma belleza, el mismo éxtasis que él tiene, los tienes tú. Y sigues llorando, y sigues dándote golpes de pecho, y estás inmerso en un gran dolor, y nada puede hacerse. Una tristeza...

Se dice que cuando Buda alcanzó la puerta, la última puer¬ta, ésa tras la cual ya no hay más puertas y no puedes regresar; es el final, la puerta del nirvana, ésta se abrió para él y se le daba la bienvenida. Porque una vez tras millones de años al¬guien llega al final. Pero él le dio la espalda a la puerta y miró al mundo; y dicen que sigue parado allí, no ha entrado.
El portero preguntó:
-¿Qué haces? Te has esforzado para esto durante muchas, muchas vidas. Ahora la puerta está abierta, entra.
Y Buda dijo:
-A menos que cuantos están sufriendo allí fuera entren, yo no puedo entrar. Seré el último en hacerlo. -Esta es la tristeza.

La historia es realmente preciosa. Nadie puede quedarse ante la última puerta, es cierto; no existe una puerta así, ni un portero. Caes y no hay manera de pararte. Esta bonita historia muestra de manera simbólica la consciencia de un buda, el conflicto, su angustia, su dolor. Ya no es su dolor ahora, es el dolor de otros el que le entristece.
Es como si te hubieras despertado y todos los demás estu¬vieran aún profundamente dormidos, soñando y teniendo pe¬sadillas, gritando, saltando, llorando... Tú sabes que sólo son pesadillas, pero están tan borrachos y tan profundamente dor¬midos que no puedes ayudarles. Si intentas despertarles se en¬fadan. Dicen: «¿Por qué turbas nuestro sueño? ¿Quién eres tú?». No puedes despertarles y tienes que contemplar su dolor y sufrimiento.
Buda está triste, por ti. Buda ríe profundamente, todo su ser está lleno de risa. Igual que un árbol, ha florecido, todo él se ha convertido en una danza. Y ambas cosas se encuentran en él: la risa que burbujea y va saliendo, aunque no puede reír por tu culpa, y la tristeza que tú creas. Ambas se encuentran y ello crea una sonrisa. Una sonrisa es al mismo tiempo risa y lágrimas. Tú no puedes sonreír: puedes reír, puedes llorar. Cuando lloras, ¿cómo puedes reír? Siempre lloras por ti mis¬mo; es un elemento singular. Cuando ríes, ríes; ¿cómo puedes llorar? Siempre lloras por ti mismo. En Buda, el ego ha desa¬parecido, ahora ya no existe, ha ocurrido el encuentro con la totalidad. Se encuentran dos elementos: la consciencia que se ha vuelto perfecta y, alrededor, millones de consciencias que son perfectas, sufriendo, sufriendo innecesariamente, sin cau¬sa. Ambas se encuentran, y una sonrisa triste y sin embargo, feliz aparece en su rostro.
No puede llorar porque lo que estás haciendo es tan tonto. No puede reír porque si lo hiciera resultaría muy duro para ti. Como máximo, puede sonreír. Esto ocurrió, de modo que una sonrisa se ha convertido en el símbolo de la persona que se ha iluminado.

Con estas palabras Ikkyu había revelado el camino tan claramente que Ninakawa sonrió y expiró.

Entonces no es una muerte, es un paso -un paso al otro mundo, un paso a otro nacimiento-; nadie se estaba murien¬do. Y si puedes morir con una sonrisa conoces el arte de mo¬rir, y la religión no es otra cosa más que el arte de morir, nada más que esto.

Ahora voy a repetir la primera historia con que empeza¬mos, para que no te olvides de ella: el olvido es un truco.
Estos diez días hemos estado hablando de «Ni agua, ni luna». Se quedará en simple charla, palabras y palabras y pa¬labras, si no estás preparado para morir. ¡Ponte en tu lecho de muerte! ¡Sé un Ninakawa! Entonces estas palabras son tan claras, más de lo que nunca fueron las de Ikkyu. Yo te digo: estas palabras son más claras de lo que fueron nunca las de Ikkyu. Tú también puedes sonreír y expirar. Recuerda:

La monja Chiyono dedicó años al estudio, pero fue inca¬paz de hallar la iluminación. Una noche, acarreaba un viejo cubo lleno de agua. Mientras caminaba, contemplaba la luna llena reflejada en el agua del cubo. De pronto, las tiras de bambú que sujetaban el cubo se rompieron, y el cubo se hizo pedazos. El agua se derramó, el reflejo de la luna desapare¬ció, y Chiyono se iluminó.

Más tarde escribió este poema:

De una y otra forma
intenté mantener Íntegro el cubo, esperando que el frágil bambú nunca se rompería.
De pronto, el fondo cedió, se derramó el agua;
se acabó la luna en el agua (vacío en mi mano).

Ve con vacío en tu mano, porque esto es todo..., esto es todo cuanto te puedo ofrecer y no hay nada más grande que esto. Éste es mi regalo: ve con vacío en tu mano. Si puedes llevar vacío en tu mano, todo se vuelve posible. No lleves po¬sesiones, no lleves conocimiento, no lleves nada que llene la vasija y se convierta en el agua, porque entonces sólo estarás viendo el reflejo. En la riqueza, en las posesiones, en las ca¬sas, en los coches, en el prestigio, verás el reflejo de la luna llena. Y la luna llena está ahí, esperándote.
¡Permite que el fondo ceda! No intentes esto o lo otro para proteger el viejo cubo. No vale la pena. No te protejas, no vale la pena. Permite que el cubo se rompa, que el agua se derra¬me, que la luna en el agua desaparezca, porque sólo entonces serás capaz de levantar los ojos hacia la verdadera luna. Ella está siempre en el cielo, pero se necesita vacío en la mano. Permanece más y más vacío. Poco a poco, poco a poco, lo sa¬borearás. Y cuando llega el sabor... es tan bello.
Una vez conoces el sabor del vacío, has conocido el signi¬ficado mismo de la vida. Lleva vacío, deja caer el cubo de agua que es tu ego, tu mente y tus pensamientos, y recuerda: ni agua, ni luna (vacío en la mano).
Basta por hoy.

El autor



La mayoría de nosotros vivimos nuestras vidas en el mundo del tiempo, entre recuerdos del pasado y esperanzas del futuro. Sólo rara vez tocamos la dimensión intemporal del presente, en momentos de belleza repentina, o de peligro repentino, al encontrarnos con una persona amada o con la sorpresa de lo inesperado. Muy pocas personas salen del mundo del tiempo y de la mente, de sus ambiciones y de su competitividad, y se ponen a vivir en el mundo de lo intemporal. Y muy pocas de las que así lo hacen han intentado compartir su experiencia con los demás. La Tse, Gautama Buda, Bodhidharma… o, más recientemente, George Gurdjieff, Ramana Maharshi, J. Krishnamurti: sus contemporáneos los toman por excéntricos o por locos; después de su muerte, los llaman “filósofos”. Y con el tiempo se hacen legendarios: dejan de ser seres humanos de carne y hueso para convertirse quizás en representaciones mitológicas de nuestro deseo colectivo de desarrollarnos dejando atrás las cosas pequeñas y lo anecdótico, el absurdo de nuestras vidas diarias.
Osho ha descubierto la puerta que le ha dado acceso a vivir su vida en la dimensión intemporal del presente, ha dicho que es “un existencialista verdadero”, y ha dedicado su vida a incitar a los demás a que encuentren esta misma puerta, a que salgan de este mundo del pasado y del futuro y a que descubran por sí mismos el mundo de la eternidad.
Osho nació en Kuchwada, Madhya Pradesh, en la India, el 11 de diciembre de 1931. Desde su primera infancia, el suyo fue un espíritu rebelde e independiente que insistió en conocer la verdad por sí mismo en vez de adquirir el conocimiento y las creencias que le transmitían los demás.
Después de su iluminación a los veintiún años de edad. Osho terminó sus estudios académicos y pasó varios años enseñando filosofía en la Universidad de Jabalpur. Al mismo tiempo, viajaba por toda la India pronunciando conferencias, desafiando a los líderes religiosos a mantener debates públicos, discutiendo las creencias tradicionales y conociendo a personas de todas las clases sociales. Leía mucho, todo lo que llegaba a sus manos, para ampliar su comprensión de los sistemas de creencias y de la psicología del hombre contemporáneo. A finales de la década de los 60, Osho había empezado a desarrollar sus técnicas singulares de meditación dinámica. Dice que el hombre moderno está tan cargado de las tradiciones desfasadas del pasado y de las angustias de la vida moderna que debe pasar un proceso de limpieza profunda antes de tener la esperanza de descubrir el estado relajado, libre de pensamientos, de la meditación.
A lo largo de su labor, Osho ha hablado de casi todos los aspectos del desarrollo de la conciencia humana. Ha destilado la esencia de todo lo que es significativo para la búsqueda espiritual del hombre contemporáneo, sin basarse en el análisis intelectual sino en su propia experiencia vital.
No pertenece a ninguna tradición: “Soy el comienzo de una conciencia religiosa totalmente nueva”, dice. “Os ruego que no me conectéis con el pasado: ni siquiera vale la pena recordarlo”.
Sus charlas dirigidas a discípulos y a buscadores espirituales de todo el mundo se han publicado en más de seiscientos volúmenes y se han traducido a más de treinta idiomas. Y él dice: “Mi mensaje no es una doctrina, no es una filosofía. Mi mensaje es una cierta alquimia, una ciencia de la transformación, de modo que sólo los que están dispuestos a morir tal como son y a nacer de nuevo a algo tan nuevo que ahora ni siquiera se lo pueden imaginar… sólo esas pocas personas valientes estarán dispuestas a escuchar, porque escuchar será arriesgado.
“Al haber escuchado, habéis dado el primer paso hacia el renacer. De manera que esta filosofía no podéis echárosla por encima como un abrigo para presumir. No es una doctrina en la que podráis encontrar el consuelo ante las dudas que os atormenta. No, mi mensaje no es ninguna comunicación oral. Es algo mucho más arriesgado. Trata nada menos que de la muerte y del renacer”. Osho abandonó su cuerpo el 19 de enero de 1990. Su enorme comuna en la India sigue siendo el mayor centro de desarrollo espiritual del orbe y atrae a millares de visitantes de todo el mundo que acuden para participar en sus programas de meditación, de terapia, de trabajo con el cuerpo, o simplemente para conocer la experiencia de estar en un espacio búdico.



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